Sin trucos de magia: Un Fin de Año caótico en Madrid, con lavadora jubilada, gato travieso, tragedia…

Ninguna magia

El Año Nuevo se acerca en Madrid con la velocidad imparable de un tren AVE.

A Leonor le falta el aire ante este vértigo. Se siente como si estuviera en el andén de Atocha, viendo pasar el tren sin billete, sabiendo que nada va a salir bien, que la felicidad se le escapa y que el espíritu navideño ni está ni se le espera.

¿Para qué habrá invitado a gente a casa? ¿Quién querría pasar Nochevieja con una fracasada?

***

31 de diciembre y el día empieza con una catástrofe doméstica: la lavadora, que llevaba fiel una década, se declara en huelga eterna y provoca un auténtico diluvio en el baño.

Encontrar un fontanero en la víspera de Nochevieja en Madrid es misión imposible. Leonor gasta media mañana y muchos nervios, pero al final lo logra. Suspira aliviada, esperando que las desgracias hayan acabado.

Pero no

A mediodía, su gato Pelayo, un atigrado naranja que se cree el rey del gourmet, devora todo el chorizo que Leonor había preparado para la ensaladilla, dejando solo guisantes tristes y pepinillos en vinagre.

Y no contento con tanta osadía, decide lanzarse a la caza de un petirrojo que ha parado en la ventana abierta

El enorme ficus del salón rueda de la repisa, se lleva por delante el árbol de Navidad y, de paso, funde la vieja guirnalda de luces que tanto adoraba Leonor.

Los trozos de maceta y los adornos navideños de la infancia se mezclan con la tierra. Leonor está a punto de llorar mientras recoge el desastre.

Después, copa rota, pollo al horno chamuscado, y la gota que colma el vaso: cuando los invitados ya están llamando, Leonor se da cuenta horrorizada de que ha olvidado comprar el roscón. Sale corriendo al móvil para marcar a su hermana.

¡Celia, desastre total! ¡Me falta el roscón!

Tranquila responde la voz alegre al teléfono. Ya he llegado, baja y lo compramos juntas.

¿Dónde estás?

Te lo digo: justo en el portal.

Al bajar, Leonor se encuentra una estampa surrealista: junto al coche de Celia está su amiga Inés, con una bolsa gigante, y la tía Carmen, cargando orgullosa un barreño de aspic.

¿Aspic, Carmen? ¿Un barreño entero además? se asombra Leonor.

¡Por si acaso! responde la tía Carmen, especialista en consejos no solicitados. Que sé yo cómo cocináis ahora las jóvenes. Noche larga por delante. ¿Al menos hay ensaladilla rusa?

Leonor se encoge de hombros…

Mientras las chicas corren a por el roscón, Inés decora la casa con serpentinas. Pelayo, camaleónico, pronto se enreda en ellas como si fuese un extraterrestre.

El rescatador de gatos es el marido de Celia, Álvaro, que llega directo del trabajo, justo a tiempo.

Pelayo no se resiste hasta ver a Leonor. Entonces se lanza hacia ella dejando un buen arañazo en el brazo de Álvaro.

Entre risas, curan al herido y él, todo un valiente, se mete en la cocina a “ayudar”.

Bueno, ayudar… solo se dedica a dictar reflexiones como: La ensalada es un estado del alma, no una lista de ingredientes, pero a Celia y Leonor ya les vale.

Leonor, ¿qué es esta caja? grita Inés desde el salón. Pone ¡Feliz Año Nuevo! ¡Y aquí dice: Abrir de noche. Abuela Vicenta!

Leonor acude deprisa:

¡Ay, se me había olvidado! Celia, es la caja que dejó la abuela antes de irse. Dijo que la abriéramos en Nochevieja, sobre las dos. Prometía una sorpresa.

¿Y si la abrimos ya? Celia inspecciona la caja con intriga.

Leonor niega convencida:

¿Estás loca? Seguro que lo comprueba. Igual hasta la ha cerrado con candado. Mejor como dijo la abuela. Ten paciencia.

Toda la familia se muere de curiosidad. Incluso la tía Carmen se sienta cerca, sin perder la caja de vista.

***

Después llega el momento de ver el mensaje del presidente en la televisión y brindar con cava. Nadie sospecha nada, se zampan la ensaladilla de gato, discuten, se echan unas risas, y ya ha llegado el momento.

¿Son las dos ya? pregunta Leonor. Pues hora del misterio. Levanta la caja y anuncia: ¡Sorpresa de la abuela Vicenta!

El honor de abrirla lo tiene el único hombre presente.

Álvaro trastea con la tapa y finalmente la levanta.

Dentro, sobre una capa de algodón, no hay euros, ni fotos de antaño, sino decenas de papelitos, enrollados y atados con lazos de colores. En cada uno, una pegatina con un nombre diferente.

¿Esto qué es? pregunta Álvaro, desconcertado.

Leonor toma el primero, con la pegatina Leonor, y lee en voz alta:

Leo, mi niña. ¿Otra vez todo al revés? ¿La lavadora estropeada? ¿El gato se comió la ensaladilla? ¡Nada grave! Recuerda: cualquier problema es la excusa perfecta para pedir pizza y ver tu serie favorita. El roscón se compra al día siguiente. Lo importante es que quienes te rodean ayuden a terminársela contigo. Te quiero hasta la luna ida y vuelta. Tu abuela, Vicenta.

El silencio se instala, roto por una carcajada general.

Leonor ríe tanto que llora.

¿Cómo… cómo pudo adivinarlo?

Eso es magia susurra la tía Carmen.

¡A mí, ahora! reclama Celia.

Coge su nota y lee:

Celi, hija. Déjate de discutir con Álvaro por tonterías. Mejor abrázale. Que tienes a un hombre bueno, eso sí, algo filósofo. Y si se pone pesado, dale un beso. Nada vence mejor a la lógica masculina. Os quiero.

Álvaro, rojo como un tomate, besa a Celia entre aplausos.

Inés abre la suya entre risas:

Inés, guapa. Busca el amor en la biblioteca o en el súper del barrio, no en bares. Allí hay gente normal como tú, aunque lleven vaqueros normales. Y deja de teñirte de lila el pelo, tu color natural te va genial.

¡Pero si el pelo lo cambié hace dos días! ¿Cómo lo sabe la abuela?

Por último, la tía Carmen, con manos temblorosas, despliega su nota:

Carmen, corazón. Sé que eres la más sabia. Pero aún hay un secreto que ignoras: la bondad y los consejos están bien, pero a veces mejor callar y comerse un trozo de roscón. Un beso, querida.

La tía Carmen, colorada, corta un pedazo de roscón y se calla. Es la primera Nochevieja en años que no da ni un consejo.

Las risas y los chistes siguen hasta el amanecer.

Las chicas llaman por videollamada a la abuela Vicenta, que desde su butaca en Toledo, les sonríe: ¡Qué alegría veros reír! No hace falta magia. Es porque os conozco y os quiero mucho.

Por la mañana, recogiendo los restos de la fiesta, Leonor guarda todos los papelitos en un tarro bonito y lo pone a la vista. Son mucho más que deseos de abuela. Son la receta de la felicidad: no temas el caos, ríete de tus meteduras de pata, cuida quien te acompaña y come lo que te apetezca, pero sin pasarte. Y, sobre todo, recuerda que el mejor regalo siempre es saber que hay alguien que te comprende y te quiere. Siempre.

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