Sin techo salva a un multimillonario — sin saber que es su hermano gemelo perdido hace años

Querido diario,

Hoy el hombre de traje no se movió ni un milímetro, pero sus ojos estaban clavados en la carta que sostenía como si fuera el único tesoro del mundo. En mis brazos yacía Elías, apenas respirando, la piel pálida y los labios helados. Sentía su pulso desvanecerse y, sin perder el aliento, rasgué la carta.

No había un largo mensaje, solo una vieja fotografía, una dirección escrita al revés en el reverso y, en tinta negra y gruesa, un nombre: Alejandro Villa.

Al leerlo, la sonrisa del hombre desapareció, sus cejas se estrecharon y apretó la mandíbula.

—No deberías haberla abierto —gruñó, con voz seca y cortante.

Yo le miré.

—¿Quién es Alejandro Villa?

Se acercó un paso.

—Ese nombre quemará esta ciudad hasta los cimientos. Si tienes sentido, destrúyela y olvida que la viste.

Antes de que pudiera contestar, un claxon estridente resonó fuera. Un tren de mercancías cruzó el patio de ferrocarril, sacudiendo las paredes del refugio. El suelo tembló bajo mis pies, pero el hombre de traje no apartó la vista de la carta.

Elías gimió y abrió los ojos un instante.

—Encuéntralo… Mateo… antes de que lo hagan —susurró, y su cabeza cayó de nuevo.

El pánico me aprisionó el pecho.

—¡Elías, no te vayas! —grité.

La voz del hombre se volvió helada.

—Si buscas a Alejandro Villa, firmas tu propia sentencia de muerte. Y la de tu hermano, si es que sobrevive la noche.

Me planté entre él y Elías.

—¿Por qué temes tanto a ese tal?

Sonrió débilmente.

—Porque Alejandro Villa es el único vivo que conoce la verdad sobre tu madre… y por qué te arrebataron.

Aquellas palabras me cayeron como puñaladas. Apreté la carta hasta que se arrugó.

En ese instante, Clara apareció, pistola en mano.

—¡Aléjate! —ordenó al hombre.

Él recuperó su mueca.

—¿Sigues jugando a la heroína, Clara? Una vez fuiste una de nosotros. Sabes cómo acaba esto.

—Y sé que no te vas a ir con esa carta —replicó, firme.

Se miraron durante un largo y tenso momento; solo el goteo lento del techo roto y la respiración entrecortada de Elías rompían el silencio.

Finalmente, el hombre dio un paso atrás.

—Esto no ha terminado, Nicolás. Esa carta te destruirá. Y cuando lo haga… yo estaré allí para observar.

Se alejó cojeando, fundiéndose en las sombras del patio.

El silencio volvió a reinar, pero mis manos temblaban, no de miedo, sino de una ira que ardía como fuego.

Me dirigí a Clara.

—Vamos a esa dirección esta noche.

Sus ojos se agrandaron.

—Nicolás, no entiendes—

—Entiendo lo suficiente —interrumpí—. Alejandro Villa sabe dónde está mi madre. Si tengo que quemar la ciudad para encontrarla, lo haré.

Eva, con el hombro herido, intentó ponerse de pie.

—No sabes lo peligroso que es Villa. Trabajó para tu padre antes del incendio. Era el hombre en quien tu padre confiaba todo.

Le respondí con brusquedad.

—¿Y dónde está ahora?

Dudó, mirando a Clara.

—La dirección del papel no es su casa, es una casa segura. Si está allí, se está ocultando de los mismos que te persiguen.

Clara negó con la cabeza.

—Nicolás, no entras en un sitio así sin refuerzos. Villa no confía en nadie. Si cree que vas con sus hombres, te disparará antes de que puedas decir palabra.

Miré a Elías, cuya mano temblorosa aún sujetaba la mía.

—Voy. Y tú o vienes conmigo o te pones en mi camino.

Clara no respondió, pero tampoco me impidió avanzar.

Salimos del refugio, atravesando la penumbra del patio de trenes. Cada sonido hacía latir mi corazón: una cadena suelta que tintineaba al viento, el crujido del metal oxidado, el eco lejano de pasos. Sostuve a Eva para que no se cayera.

La casa segura estaba a dos calles, escondida tras un viejo almacén. Desde fuera parecía abandonada: tablas clavadas en las ventanas, la puerta colgando de una bisagra.

Al acercarnos, vi una pequeña luz roja en la pared y una cámara.

—Nos están observando —murmuré.

Clara golpeó tres veces, hizo una pausa y volvió a golpear dos.

—Soy yo —gritó.

Nada sucedió al principio; después, la puerta se abrió lentamente.

Un hombre alto, barba salpicada de gris y ojos duros como acero, nos recibió con una pistola apuntando a mi pecho.

—Nicolás García —dijo.

Me quedé paralizado.

—¿Me conoces?

—Sé todo de ti —replicó—. Y de tu hermano.

—Entonces sabes que busco respuestas —añadí.

Me hizo entrar. El interior olía a tabaco y estaba iluminado tenuemente. Mapas cubrían las paredes, enlazados por hilos rojos a fotografías. En el centro, una foto reciente de mi madre en un mercado, con un pañuelo sencillo y los mismos ojos que me miro cada mañana al espejo.

Se sentó y, con voz cansada, dijo:

—Está viva, pero en más peligro del que imaginas.

—Llévame con ella —exigí.

Negó con la cabeza.

—Si vas ahora, la delatarás. La matarán antes de que pronuncies su nombre.

Apreté los puños.

—Me han privado de ella toda la vida. No esperaré otros veinte años.

Villa suavizó un poco la mirada.

—Los que te persiguen no buscan solo dinero o poder. Quieren algo que tu madre posee, algo que tu padre le dejó antes de morir. Si lo consiguen, esta ciudad se desmoronará.

Clara, que había guardado silencio, preguntó:

—¿Qué es?

Villa titubeó, mirando la carta que aún tenía en la mano.

—Ya tienes una parte. La otra está con ella.

Eva rompió el silencio.

—¿Y si la consiguen ambas?

—No solo te matarán. Te borrarán del todo, como si nunca hubieras existido.

El ambiente se volvió denso. Volví a observar la foto de mi madre; su sonrisa era tenue, pero real. Por primera vez en años sentí una chispa de esperanza, aunque sabía que la esperanza no la protegería.

Me giré hacia Villa.

—Dime qué tengo que hacer.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Primero, prepárate para matar al hombre que provocó aquel incendio.

—¿Quién es?

Su mandíbula se tensó.

—El mismo que te ha perseguido desde que arrastraste a tu hermano al hospital. El hombre de traje.

Un fuego recorrió mi sangre. Pude ver su mueca en mi mente, oír su voz bajo la lluvia. Ya no huiría. Era mi turno de cazar.

Las palabras de Villa flotaban como humo. Clara apretó su pistola; el rostro de Eva se volvió pálido. Yo sentía el fuego corriendo por mis venas. Años de correr, sobreviviendo con migajas de verdad, habían llegado a su fin. Tenía un nombre, un rostro y un objetivo: el hombre de traje, el que casi le quita la vida a Elías, el que conoce la desaparición de mi madre, el que quemó mi pasado hasta convertirlo en cenizas.

Me acerqué a Villa, con voz baja pero firme.

—Dime dónde encontrarlo.

Él me estudió, sin parpadear.

—No estás listo.

Golpeé la mesa, esparciendo fotos.

—¡Mi hermano está muriendo! ¡Mi madre está oculta! ¡No me digas que no estoy listo!

Una grieta apareció en su máscara. Su mandíbula tembló y bajó lentamente la pistola.

—Me recuerdas a tu padre —murmuró—. El mismo fuego, la misma terquedad. Por eso te temen.

Sacó otro sobre, gastado y arrugado, como si lo hubiera llevado años. Lo deslizó sobre la mesa hacia mí.

—Dentro está el primer paso. Pero una vez lo abras, no habrá vuelta atrás. O salvarás a tu familia… —sus ojos se endurecieron— o la enterrarás.

Sentí el latido de mi corazón retumbar en mis oídos, el débil suspiro de Elías resonando en mi mente, los ojos de mi madre clavados en la foto sobre la pared.

Con mano temblorosa tomé el sobre. En ese instante comprendí que la caza ya había comenzado. No luchaba solo por respuestas; luchaba por sangre. Cuando encuentre al hombre de traje, él no será el cazador, será la presa.

Hasta mañana.

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MagistrUm
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