¡Pero cómo has permitido que te pase esto, insensata! ¡Quién te va a querer ahora, con criatura y todo! ¿Y cómo piensas criarle? ¡Que sepas que no recibirás ayuda mía! Te crié yo, ¿y ahora debo cargar con tu carga también? ¡Fuera de mi casa, recoge tus cosas y quiero no volver a verte!
Sonsoles escuchaba los gritos mirando al suelo. La última esperanza de que su tía le permitiera quedarse, al menos hasta encontrar trabajo, se desmoronaba como un castillo de naipes ante ella.
Si hubiera vivido mi madre
Jamás supo quién era su padre, y su madre había fallecido hacía ya quince años, atropellada por un conductor ebrio en un paso de cebra. Las autoridades querían llevar a Sonsoles a un hospicio, pero entonces apareció una parienta lejana primo tercero de su madre que la acogió en su casa, tenía el espacio y el sueldo suficiente para ello.
Vivían en las afueras de un pueblo polvoriento de La Mancha, donde el verano abrasaba y el invierno era un llanto de lluvia fina. La niña nunca pasó hambre, iba siempre decentemente vestida y pronto aprendió que en una casa con corral y animales siempre hay faena. Quizá le faltaba el cariño de una madre, pero ¿a quién le importaba?
Estudió con empeño. Tras el bachillerato, ingresó en Magisterio. Los años de universidad se le escurrieron entre los dedos, y ahora, diploma en mano, regresaba al pueblo. Pero esta vez, el corazón le pesaba como una losa.
¡Lárgate ya, y ni una palabra más!
Tía Asunción, por lo menos…
¡He dicho que fuera!
Sonsoles agarró la maleta y salió bajo el sol que azotaba las calles. ¿Cómo había llegado a esto? Humillada, rechazada, con la tripa apenas abultada no pudo ocultar su embarazo, prefirió no mentir.
Debía buscar refugio. Caminaba cabizbaja, sepultada por sus pensamientos, cuando una voz la detuvo:
¿Quieres un poco de agua, hija?
La miraba una mujer robusta de unos cincuenta años, los ojos sagaces.
Entra si vienes en son de paz.
Le ofreció una jarra con agua fresca. Sonsoles, agradecida, se sentó en un banco de madera y bebió con ansia.
¿Puedo quedarme un rato? Hace un calor que abrasa…
Quédate, criatura. ¿De dónde eres, que vas con la maleta a cuestas?
Acabo de terminar la carrera, busco plaza en una escuela… pero no tengo dónde vivir. ¿No conocerá alguien que alquile habitación?
La mujer se llamaba Pilar la observaba: limpia, pero con ojeras de noches en vela.
Puedes quedarte en mi casa. No te cobraré mucho, pero sí a tiempo. Si te parece bien, ven que te enseño la habitación.
Agradecida por la compañía y por ese ingreso extra que no venía mal en aquel pueblo olvidado, Pilar le mostró un cuartito pequeño, con una ventana mirando al huerto. Cama, armario antiguo, mesa lo necesario.
En los días siguientes, Sonsoles se instaló y empezó a buscar trabajo. Se hizo amiga de Pilar, echando una mano en la casa. Todas las noches, sentadas bajo la parra, tomaban manzanilla y charlaban de la vida.
El embarazo seguía su curso. Un atardecer, Sonsoles confesó todo: sobre Rodrigo, el compañero de la facultad, hijo de unos catedráticos adinerados, que había desaparecido al enterarse de la noticia. Sonsoles guardó los euros que él le dejó muy poco, pero algo era.
Hiciste bien en no abortar, murmuró Pilar. Un hijo inocente siempre trae su alegría.
A finales de febrero, empezaron los dolores. Pilar la llevó de urgencias. Sonsoles dio a luz a un niño fuerte y sonrosado: Gonzalo. En la maternidad, escuchó murmullos de una recién nacida abandonada; su madre había desaparecido tras el parto.
¿Hay quien pueda darle el biberón? Está enfermiza, dijo una auxiliar.
Sonsoles la tomó entre sus brazos. Era tan pequeña, blanca como el almendra.
Te llamarás Triana, susurró.
Cuando apareció el capitán don Tomás Prieto, padre de la niña, todo cambió. El día del alta, una berlina con globos rosados y celestes esperaba en la entrada. El militar la ayudó a subir junto a los dos niños, entregándole dos paquetitos: uno azul, otro rosa.
Durante meses, el pueblo no habló de otra cosa que la boda venidera. El capitán, impresionado por la bondad de Sonsoles, pidió su mano. Y así, Sonsoles con Gonzalo en brazos y la pequeña Triana adoptada entró en una vida nueva.
¿Quién iba a adivinar que, en una tarde de sol manchego y con una jarra de agua fresca, iba a cambiar el destino de todos? Así es la vida: da vueltas por páginas que jamás habrías soñado.






