Sin restricciones…

Alejandro estaba sentado en la habitación oscura, escuchando los sonidos de la noche. Un coche se detuvo bajo la ventana, la puerta se cerró con suavidad, el taconeo rápido se apagó tras la puerta del portal. Finalmente, la llave giró en la cerradura con lentitud…

Contenía la respiración para captar el más mínimo ruido. Un roce de ropa, pasos furtivos. «Tiene miedo de despertarme, no se ha puesto las zapatillas», pensó con ironía.

La puerta se abrió sin hacer ruido. Marina entró en puntillas al dormitorio. La luz de la calle entraba suficiente para ver que la cama estaba intacta, sin nadie encima. Se quedó quieta un instante, sintiendo su mirada fija, y se volvió.

—Me has asustado. ¿Por qué no duermes? —preguntó con brusquedad.

—Te estaba esperando. —Alejandro se levantó, caminó hacia la puerta y encendió la luz. El fogonazo cegó a Marina, que entrecerró los ojos.

—¿Dónde has estado? —Alejandro observó el rostro pálido de su mujer, con el maquillaje medio borrado.

—Perdona, se me olvidó avisarte… —Marina bajó la vista.

—No me digas que estabas con tu amiga. Dime la verdad, será mejor para los dos. ¿Cuánto llevas engañándome?

Ella se estremeció, como queri—Dos meses —musitó, alzando la mirada por un instante—. Quería decírtelo, pero… Lo siento, me voy ahora.

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MagistrUm
Sin restricciones…