Hoy he decidido escribir aquí, para encontrar algo de consuelo entre tantas preguntas sin respuesta. El coche avanzaba serenamente por la carretera resbaladiza, mientras yo no podía apartar la mirada de aquel bosque espeso que crece junto al camino hacia Toledo. Dentro del vehículo, mi hijo, Rodrigo, conducía en silencio; a su lado, su esposa, Teresa, en el asiento del copiloto. Mis pensamientos giraban sin cesar¿cómo podía Rodrigo, mi propio hijo, llevarme a una residencia de ancianos? ¿En qué fallé al criarlo? Tal vez no supe quererle como debía, aunque siempre lo di todo por él, intenté regalarle la infancia más feliz posible. Pero Rodrigo siempre tuvo su manera de ver el mundo.
Una mañana llegó a casa con una maleta repleta de cosas. Yo estaba sentada en la cocina, sorbiendo mi té y saboreando unas galletas María. Entró con seguridad, dejó el bulto en el suelo y, con una sonrisa en la cara, me dijo:
Bueno, mamá, prepárate para ir al centro. Marchas, allí vas a estar mucho mejor.
¿Qué centro, Rodrigo? ¿A qué te refieres?
A la residencia de mayores. Ya he pagado seis meses por adelantado, y pronto pagaré lo que queda. Tu habitación es perfecta, solo para ti, sin compartir con nadie. Allí los médicos están pendienteste dan masajes, tratamientos, controlan tu tensión. Y además sirven comidas cinco veces al día. En resumen, mamá, te vas a sentir como en un paraíso terrenal.
Pero, Rodrigo, yo no quiero ir a una residencia. Quiero quedarme contigo y con mi familia, y morir en mi casa, la de siempre.
No digas tonterías. Teresa y yo lo hemos pensado, decidido y ya está todo pagado. No te comportes como una niñavístete y vamos a desayunar.
La pobre madre, o sea yo, sentí que el corazón se me partía, y una lágrima rodó por mi rostro arrugado. Recordé cuando Rodrigo era pequeño, y tras hacerse una herida en la rodilla, se acurrucaba en mis brazos, llorando y diciendo: Mamá, nunca te dejaré sola. Sus ojos castaños miraban profundamente los míos, y mi corazón de madre latía más fuerte, porque creía que mi hijo sería mi sostén el resto de mi vida. Y así fue durante tantos años.
Pero, de repente, aquel niño dulce con ojos grandes y corazón noble se transformó en un Rodrigo frío, que sin arrepentimiento me lleva a una residencia para ancianos.
En el trayecto, los recuerdos de cómo conocí a su padre, Salvador, no me dejaban en paz. Pensaba en cómo nos enamoramos a primera vista, en cómo soñábamos con construir una casa juntos y tener hijos. Y después, él, mi primer amor, murió cuando yo estaba embarazada de seis meses.
Salvador, ¿quién me abandonó de verdad? ¿Quién?Los pensamientos, las súplicas a mi amor perdido, resonaban cada vez con más fuerza en mi interior, y el dolor me ahogaba casi tanto como las lágrimas que me desbordaban el alma.






