Sin rastro de magia El Año Nuevo se acercaba con la fuerza imparable de un tren a toda velocidad. A Elena, aquella prisa le dejaba sin aliento. Era como estar parada en el andén, sabiendo que no tenía billete, que nada saldría bien, que la felicidad —y el espíritu navideño— simplemente no llegarían. ¿Y para qué había invitado a gente? ¿A quién le apetece celebrar el Fin de Año con una fracasada? *** El 31 de diciembre empezó con una catástrofe doméstica: la lavadora, fiel durante diez años, decidió jubilarse organizando una auténtica inundación en el baño. Buscar un fontanero en Nochevieja era peor que una gincana imposible. Después de horas de nervios y llamadas, Elena lo logró. Suspiró con alivio, convencida de que se acababan los problemas. Pero… Por la tarde, su gato naranja, Basilio el gourmet autoproclamado, se zampó toda la mortadela que Elena tenía preparada para la ensaladilla rusa, dejándole solo guisantes tristes y pepinillos para decorar. Y ahí no acabó la cosa. Al gato le pareció poco y decidió “cazar” al carbonero que se apoyó en la ventana abierta… La enorme maceta de ficus cayó del alféizar, enganchó el árbol de Navidad y consiguió apagar para siempre la antigua guirnalda que Elena tanto adoraba. https://clck.ru/3R634b Los restos de la maceta y los adornos navideños de su infancia quedaron mezclados con tierra. A punto estuvo Elena de llorar, recogiendo todo aquel desastre. Luego vino una jarra rota, el pollo quemado y la gota que colmó el vaso: justo cuando los invitados ya estaban llegando, Elena se dio cuenta horrorizada de que había olvidado el roscón. Llamó a su hermana presa del pánico: — ¡Cata, desastre! ¡No tengo roscón! — ¡Tranquila! —contestó animada la voz al otro lado—. Ya estoy aquí abajo. Sal, que vamos a por él. — ¿Dónde estás? — ¡En la puerta, te digo! Al bajar, Elena se encontró un cuadro costumbrista: junto al coche de Cata, su mejor amiga María cargaba con una bolsa gigante y la tía Gala, con la clásica ensaladilla casera… ¡en barreño! — ¿Y para qué la ensaladilla, y encima tanta? —alucinó Elena. — ¡Por si acaso! —dictaminó su tía, experta en dar consejos que nadie pedía—. ¡Sé cómo cocináis ahora! ¡Y la noche es muy larga! ¿Al menos hay ensaladilla rusa? Elena se encogió de hombros. Mientras las chicas compraban el roscón, María colgaba serpentinas, en las que Basilio acabó enrollado tan ricamente, como si fuese un marciano recién aterrizado. El marido de Cata, Íñigo, llegó justo a tiempo desde el trabajo para rescatar al gato. Basilio no se resistió… hasta ver a su dueña. Se lanzó tan feliz a sus brazos que le dejó un buen arañazo a Íñigo. Le curaron entre todos e Íñigo, muy digno, se ofreció para ayudar en la cocina. Su ayuda consistía en disertar sobre que “la ensaladilla es un estado de ánimo, no una receta”, lo que a Cata y Elena les pareció más que suficiente. — Elena, ¿qué es esta caja? —gritó María desde el salón—. “¡Feliz Año Nuevo!”, pone. Ah, y un mensaje: “Abrir de noche. De la abuela Valeria.” Elena acudió: — ¡Ay, casi me olvido! ¡Cata! ¡Lo dejó la abuela antes de irse! Dijo que lo abriésemos en Nochevieja, sobre las dos. Prometió sorpresa. https://clck.ru/3R62hu — ¿Y qué será? —Cata miraba curiosa la caja—. ¡Ven, vamos a verlo ya! — ¡Ni hablar! Que dijo que lo comprobaría… Vete a saber si hay candado. Mejor esperamos. Como dijo la abuela. El suspense mantuvo a todos pegados a la caja, hasta la tía Gala, que la miraba de reojo con interés. *** Luego, escucharon el discurso del presidente, brindaron con cava, comieron “ensaladilla gatuna”, rieron, discutieron… y por fin, llegó el momento. — ¿Ya son las dos? —preguntó Elena. —Entonces… —levantó la caja— llegó la sorpresa de la abuela Valeria. La caja la abrió el único hombre presente. Íñigo toqueteó algo y alzó la tapa. Dentro, sobre una cama de algodón, reposaban decenas de notas enrolladas, bien atadas con cintas de colores. Cada una llevaba una pegatina con un nombre. — ¿Y esto? —preguntó asombrado Íñigo. Elena eligió la suya, con su nombre, y leyó en voz alta: — “Elenita, mi nieta querida. ¿Te ha salido todo mal hoy otra vez? ¿Se ha roto la lavadora? ¿El gato se ha comido la ensaladilla? No pasa nada. Recuerda: cualquier problema es una excusa para pedir pizza y ver tu serie favorita. El roscón ya lo compras mañana. Lo importante es estar con quienes te ayudan a comértela. Te quiero hasta la Luna y de vuelta. Tu abuela Valeria.” Hubo un segundo de silencio, que estalló después en carcajadas. Elena se reía tanto que le saltaban las lágrimas. — Pero… ¿cómo lo sabía? — Eso es magia —susurró la tía Gala. — ¡A mí! —dijo Cata ansiosa, pidiendo su nota. Abrió la suya y leyó: — “Catita, cielo. Deja de discutir con Íñigo por tonterías. Mejor abrázale; es bueno, aunque filosofe demasiado. Si empieza otra vez, bésale. Es el antídoto más eficaz contra los discursos masculinos. Besos a los dos.” Íñigo se puso rojo hasta las orejas y besó a Cata, aplaudido por todos. María, desenvolviendo la suya, reía: — “María guapa. Busca el amor en la biblioteca o el súper, no en los bares. Allí hay gente normal, como tú, aunque no lleven pantalones ajustados. Y por favor, deja de teñirte de lila; tu color es precioso tal cual.” — ¡¿Cómo sabe lo del pelo?! —exclamó María—. ¡Si lo cambié hace dos días! Por último, la tía Gala leyó su nota, como si fuera un documento cifrado: — “Gala, querida. Eres la más sabia y enterada, pero hay un secreto que no sabes: los consejos y la amabilidad están muy bien, pero a veces lo mejor es callar y comerse un trozo de roscón. Un beso fortísimo.” La tía Gala miró la nota, se puso roja, se calló y agarró un trozo de roscón. Por primera vez en años, no dio ni un consejo en toda la noche. https://clck.ru/3R636x Las risas y charlas siguieron hasta el amanecer. Las chicas llamaron en videollamada a la abuela Valeria, que sonriente, sentada en su sillón de otra ciudad, les dijo: “¡Queridas mías! ¡Me alegro tanto de que os haya gustado la sorpresa! ¡Y sin magia! Es solo que os conozco muy bien. Y os quiero muchísimo.” Al día siguiente, mientras recogía los restos de la fiesta, Elena guardó todas las notas en un tarro bonito y lo puso bien a la vista. No eran simples deseos: era la receta de la felicidad de su abuela. No temer al caos, reírse de los infortunios, querer a los que te rodean y comer lo que te apetezca, pero sin pasarse. Y sobre todo, recordar que el mejor regalo es saber que, en algún lugar, hay alguien que te quiere y te entiende. Siempre.

Ninguna magia

El Año Nuevo se acerca con la velocidad de un tren AVE que cruza Castilla.

A Inés esa rapidez le deja sin aliento. Se siente como si estuviera en el andén, sabiendo que no tiene billete, que nada va a salir bien, que la felicidad este año tampoco la va a alcanzar, como tampoco ese supuesto espíritu navideño.

¿Para qué habrá invitado a gente? ¿Quién querría pasar el Año Nuevo con una fracasada?

***

El 31 de diciembre empieza con una catástrofe doméstica: la lavadora, tras diez años de fiel servicio, decide jubilarse y monta un auténtico río en el cuarto de baño.

Encontrar un fontanero en Nochevieja es un desafío de los grandes. Después de perder tiempo y paciencia, Inés lo logra al final. Suspira, esperando que las desgracias del día hayan terminado.

Pero no.

Al mediodía, su gato pardo, Gumersindo, autoproclamado gourmet, se zampa todo el chorizo ibérico previsto para la ensaladilla, dejando a su dueña únicamente con unos tristes guisantes y pepinillos en vinagre.

Por si eso fuera poco, el descarado del Gumersindo se empeña en cazar un gorrión despistado que entra por la ventana.

El enorme ficus cae de la repisa y, al engancharse con el árbol de Navidad, apaga para siempre la vieja guirnalda de luces que Inés tanto quería.

Los restos del tiesto y las bolas de Navidad que guardaba desde niña se mezclan con la tierra, en una escena triste.

A Inés casi se le saltan las lágrimas mientras recoge ese desastre.

Luego se rompe la jarra para el agua, el pollo se pasa en el horno y llega la gota final: cuando los invitados están a punto de llegar, Inés, entre el pánico, descubre que no ha comprado roscón ni tarta. Llama angustiada a su hermana.

¡Celia, esto es un desastre! ¡No tengo tarta!

¡Tranquila! responde la voz decidida al otro lado. Ya he llegado. Baja. Ahora lo arreglamos.

¿Dónde estás?

Te lo digo: al portal.

Al bajar, Inés observa una escena digna de museo: al lado del coche de Celia, está su amiga Lucía con una bolsa gigante y la tía Pilar, con una gran fuente de aspic en las manos.

¿Aspic? ¿Y en semejante fuente? se asombra Inés.

Por si acaso, hija responde la tía, que es especialista en dar consejos fuera de lugar. Que yo sé cómo cocináis ahora. Y la noche es larga, ¿eh? ¿Al menos hay ensaladilla?

Inés se encoge de hombros

Mientras las chicas salen a comprar la tarta, Lucía decora el salón con serpentinas, y por supuesto, el omnipresente Gumersindo acaba atado en ellas como si fuese un extraterrestre.

El marido de Celia, Rodrigo, acaba de llegar del trabajo y aparece justo a tiempo para rescatar al gato.

Gumersindo no pone resistencia, hasta que ve a Inés. Al reconocerla, corre hacia ella con tal emoción que deja en el brazo de Rodrigo un arañazo memorable.

Atienden a Rodrigo, y él, todo valentía, se ofrece a ayudar en la cocina.

Claro que su ayuda consiste en sentar cátedra sobre que la ensaladilla es más un estado anímico que una receta; a Inés y Celia les vale así.

Inés, ¿y esa caja tan mona? grita desde el salón Lucía. Pone Feliz Año Nuevo. ¡Oye, hay una nota! Abrir a las dos. Abuela Carmen.

Inés corre al salón:

¡Uy! ¡Se me había olvidado! Celia, ¡es la caja de la abuela! Me avisó antes de irse que la abriéramos en Año Nuevo, sobre las dos de la madrugada. Dijo que sería un sorpresa.

¿Y qué será? Celia observa la caja con curiosidad. ¿Y si la abrimos ya?

Inés niega con la cabeza:

¿Y si ha puesto algún mecanismo raro? Mejor no la liemos. Hacemos como dijo. Hay que esperar.

La intriga vale oro. Hasta la tía Pilar se acerca, mirando la caja de reojo con aire cómplice.

***

Ven luego las campanadas, brindan con cava, disfrutan de la ensaladilla acatarrada por Gumersindo, ríen, discuten, y al fin…

¿Ya son las dos? pregunta Inés. Bueno, ¡el momento llegó! levanta la caja y proclama: ¡sorpresa de la abuela Carmen!

Dejan que Rodrigo, el único hombre, abra la caja.

Él tantea, y al levantar la tapa descubre que no hay dinero ni fotos antiguas, sino decenas de pequeñas notas enrolladas, atadas con lazos de colores y con pegatinas con nombres.

¿Esto? titubea Rodrigo.

Inés abre la primera que encuentra con su nombre y lee en voz alta:

Inés, mi niña. ¿Otra vez se ha torcido el día? ¿Se te ha roto la lavadora? ¿El gato ha merendado la ensaladilla? No pasa nada, hija. Cada problema es excusa para pedir pizza y ver tu serie favorita. La tarta la compras mañana. Lo importante es tener cerca a quien comparta esa pizza. Te quiero hasta la luna ida y vuelta. Tu abuela Carmen.

Un segundo de silencio. Luego todos estallan en carcajadas.

Inés ríe a lágrima viva.

¿Pero cómo cómo lo sabía?

Eso es magia susurra la tía Pilar.

¡Venga, la mía! pide impaciente Celia.

Abre su nota:

Celia, cariño. Deja de discutir con Rodrigo por bobadas. Mejor dale un abrazo. Que es muy bueno, aunque sea filósofo de salón. Y si empieza con teorías, bésale. Contra la lógica masculina, nada como un beso. Os quiero.

Rodrigo se pone rojo y responde dándole un beso a Celia, entre aplausos.

Lucía, abriendo su nota, no puede evitar la risa:

Lucía, preciosa. Busca el amor en bibliotecas, no en bares, ni en la sección de lácteos del súper. Allí hay gente normal, como tú. Aunque no lleven vaqueros ajustados. Y deja de teñirte el pelo de azul; mejor tu color natural.

¿Cómo lo sabe? ¡Si me lo teñí anteayer!

Por fin llega el turno de tía Pilar. Abre la nota, ceremoniosa:

Pili, querida. Eres la más sabia de la familia. Pero hay un secreto que aún no sabes: a veces, lo mejor es callar y comer un trozo de tarta. Te abrazo, mi sabia.

Tía Pilar enrojece, farfulla algo y se sirve su tarta. Esa noche, por primera vez en años, no da ni un solo consejo.

Las risas y las historias se alargan hasta el amanecer.

Las chicas llaman por videollamada a la abuela Carmen, y desde su butaca en otra ciudad, ella, sonriendo, dice: ¡Ay, mis niñas! Me alegro tanto de que os gustara. ¡Y sin ninguna magia! Solo porque os conozco bien. Y porque os quiero muchísimo.

A la mañana siguiente, recogiendo la fiesta, Inés guarda todas las notas en un tarro bonito y lo deja a la vista. No eran simples deseos, sino la receta de la felicidad de su abuela: no temas el caos, ríete de los problemas, valora a quienes tienes al lado y come lo que te apetezca, pero sin pasarte. Y nunca olvides que el mejor regalo del mundo es saber que hay alguien que te ama y te comprende. Siempre.

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MagistrUm
Sin rastro de magia El Año Nuevo se acercaba con la fuerza imparable de un tren a toda velocidad. A Elena, aquella prisa le dejaba sin aliento. Era como estar parada en el andén, sabiendo que no tenía billete, que nada saldría bien, que la felicidad —y el espíritu navideño— simplemente no llegarían. ¿Y para qué había invitado a gente? ¿A quién le apetece celebrar el Fin de Año con una fracasada? *** El 31 de diciembre empezó con una catástrofe doméstica: la lavadora, fiel durante diez años, decidió jubilarse organizando una auténtica inundación en el baño. Buscar un fontanero en Nochevieja era peor que una gincana imposible. Después de horas de nervios y llamadas, Elena lo logró. Suspiró con alivio, convencida de que se acababan los problemas. Pero… Por la tarde, su gato naranja, Basilio el gourmet autoproclamado, se zampó toda la mortadela que Elena tenía preparada para la ensaladilla rusa, dejándole solo guisantes tristes y pepinillos para decorar. Y ahí no acabó la cosa. Al gato le pareció poco y decidió “cazar” al carbonero que se apoyó en la ventana abierta… La enorme maceta de ficus cayó del alféizar, enganchó el árbol de Navidad y consiguió apagar para siempre la antigua guirnalda que Elena tanto adoraba. https://clck.ru/3R634b Los restos de la maceta y los adornos navideños de su infancia quedaron mezclados con tierra. A punto estuvo Elena de llorar, recogiendo todo aquel desastre. Luego vino una jarra rota, el pollo quemado y la gota que colmó el vaso: justo cuando los invitados ya estaban llegando, Elena se dio cuenta horrorizada de que había olvidado el roscón. Llamó a su hermana presa del pánico: — ¡Cata, desastre! ¡No tengo roscón! — ¡Tranquila! —contestó animada la voz al otro lado—. Ya estoy aquí abajo. Sal, que vamos a por él. — ¿Dónde estás? — ¡En la puerta, te digo! Al bajar, Elena se encontró un cuadro costumbrista: junto al coche de Cata, su mejor amiga María cargaba con una bolsa gigante y la tía Gala, con la clásica ensaladilla casera… ¡en barreño! — ¿Y para qué la ensaladilla, y encima tanta? —alucinó Elena. — ¡Por si acaso! —dictaminó su tía, experta en dar consejos que nadie pedía—. ¡Sé cómo cocináis ahora! ¡Y la noche es muy larga! ¿Al menos hay ensaladilla rusa? Elena se encogió de hombros. Mientras las chicas compraban el roscón, María colgaba serpentinas, en las que Basilio acabó enrollado tan ricamente, como si fuese un marciano recién aterrizado. El marido de Cata, Íñigo, llegó justo a tiempo desde el trabajo para rescatar al gato. Basilio no se resistió… hasta ver a su dueña. Se lanzó tan feliz a sus brazos que le dejó un buen arañazo a Íñigo. Le curaron entre todos e Íñigo, muy digno, se ofreció para ayudar en la cocina. Su ayuda consistía en disertar sobre que “la ensaladilla es un estado de ánimo, no una receta”, lo que a Cata y Elena les pareció más que suficiente. — Elena, ¿qué es esta caja? —gritó María desde el salón—. “¡Feliz Año Nuevo!”, pone. Ah, y un mensaje: “Abrir de noche. De la abuela Valeria.” Elena acudió: — ¡Ay, casi me olvido! ¡Cata! ¡Lo dejó la abuela antes de irse! Dijo que lo abriésemos en Nochevieja, sobre las dos. Prometió sorpresa. https://clck.ru/3R62hu — ¿Y qué será? —Cata miraba curiosa la caja—. ¡Ven, vamos a verlo ya! — ¡Ni hablar! Que dijo que lo comprobaría… Vete a saber si hay candado. Mejor esperamos. Como dijo la abuela. El suspense mantuvo a todos pegados a la caja, hasta la tía Gala, que la miraba de reojo con interés. *** Luego, escucharon el discurso del presidente, brindaron con cava, comieron “ensaladilla gatuna”, rieron, discutieron… y por fin, llegó el momento. — ¿Ya son las dos? —preguntó Elena. —Entonces… —levantó la caja— llegó la sorpresa de la abuela Valeria. La caja la abrió el único hombre presente. Íñigo toqueteó algo y alzó la tapa. Dentro, sobre una cama de algodón, reposaban decenas de notas enrolladas, bien atadas con cintas de colores. Cada una llevaba una pegatina con un nombre. — ¿Y esto? —preguntó asombrado Íñigo. Elena eligió la suya, con su nombre, y leyó en voz alta: — “Elenita, mi nieta querida. ¿Te ha salido todo mal hoy otra vez? ¿Se ha roto la lavadora? ¿El gato se ha comido la ensaladilla? No pasa nada. Recuerda: cualquier problema es una excusa para pedir pizza y ver tu serie favorita. El roscón ya lo compras mañana. Lo importante es estar con quienes te ayudan a comértela. Te quiero hasta la Luna y de vuelta. Tu abuela Valeria.” Hubo un segundo de silencio, que estalló después en carcajadas. Elena se reía tanto que le saltaban las lágrimas. — Pero… ¿cómo lo sabía? — Eso es magia —susurró la tía Gala. — ¡A mí! —dijo Cata ansiosa, pidiendo su nota. Abrió la suya y leyó: — “Catita, cielo. Deja de discutir con Íñigo por tonterías. Mejor abrázale; es bueno, aunque filosofe demasiado. Si empieza otra vez, bésale. Es el antídoto más eficaz contra los discursos masculinos. Besos a los dos.” Íñigo se puso rojo hasta las orejas y besó a Cata, aplaudido por todos. María, desenvolviendo la suya, reía: — “María guapa. Busca el amor en la biblioteca o el súper, no en los bares. Allí hay gente normal, como tú, aunque no lleven pantalones ajustados. Y por favor, deja de teñirte de lila; tu color es precioso tal cual.” — ¡¿Cómo sabe lo del pelo?! —exclamó María—. ¡Si lo cambié hace dos días! Por último, la tía Gala leyó su nota, como si fuera un documento cifrado: — “Gala, querida. Eres la más sabia y enterada, pero hay un secreto que no sabes: los consejos y la amabilidad están muy bien, pero a veces lo mejor es callar y comerse un trozo de roscón. Un beso fortísimo.” La tía Gala miró la nota, se puso roja, se calló y agarró un trozo de roscón. Por primera vez en años, no dio ni un consejo en toda la noche. https://clck.ru/3R636x Las risas y charlas siguieron hasta el amanecer. Las chicas llamaron en videollamada a la abuela Valeria, que sonriente, sentada en su sillón de otra ciudad, les dijo: “¡Queridas mías! ¡Me alegro tanto de que os haya gustado la sorpresa! ¡Y sin magia! Es solo que os conozco muy bien. Y os quiero muchísimo.” Al día siguiente, mientras recogía los restos de la fiesta, Elena guardó todas las notas en un tarro bonito y lo puso bien a la vista. No eran simples deseos: era la receta de la felicidad de su abuela. No temer al caos, reírse de los infortunios, querer a los que te rodean y comer lo que te apetezca, pero sin pasarse. Y sobre todo, recordar que el mejor regalo es saber que, en algún lugar, hay alguien que te quiere y te entiende. Siempre.