Sin mirar a su hijo, deja el cochecito junto al garaje y se va a descansar.
Alicia, jadeante y mirando a su alrededor, se detiene. Ni siquiera vuelve a ver a su hijo antes de abandonar el cochecito en un garaje desvencijado de la periferia de Madrid y marcharse.
Su corazón late con fuerza, como si quisiera saltar del pecho. Acelera el paso.
Solo por un instante cruza por su mente la idea de estar cometiendo el error más terrible de su vida. ¿Es correcto abandonar a un ser vivo así? Un relámpago resplandece y truena. La lluvia se intensifica. Alicia había esperado el mal tiempo a propósito; en la lluvia pocos pasean por la calle, lo que le da más posibilidades de pasar desapercibida. Por otro lado, ¿quién la verá en ese sitio olvidado de la afueras? Garajes abandonados y perros callejeros por doquier.
Alicia se vuelve y se obliga a mirar atrás. ¿Se puede decir que, al dejar al niño, actúa con la máxima crueldad? Niega con la cabeza. Se convence de que solo aligera una carga; su conciencia sigue limpia. Al llegar a casa, exhausta, se tira en la cama con la ropa de dormir y se sumerge en un sueño profundo y tranquilo.
Gema grita a su marido con tal furia que, al rato, la voz se quiebra. Sergio, impávido, la escucha sin poder responder.
El problema es que él ha vendido el piso que heredó de sus padres. Pretende explicarle, pero Gema no le deja pronunciar palabra.
La gente trabaja toda la vida para comprar una vivienda y vivir dignamente cuando envejece, y tú túgime Gema¡Desaparece!
¿Y a dónde voy a ir?replica él.
Ninguna discusión había terminado con tal histeria; parecía que demonios se habían apoderado de ella.
A Gema no le importa mucho el destino de Sergio; el piso se alquilaba y los ingresos debían ser una ayuda para la vejez. Ahora todo se ha ido al traste. Lo que la enciende de verdad es que él no la consultó. Durante dos horas ha reflexionado sobre su explosión; para una mujer siempre equilibrada, ese comportamiento es inaceptable. Una fuerza invisible le hace perder el control de sus palabras.
Sergio, acostumbrado a buscar compromisos, se enfada y dice:
¡Me largo, ya no llores!
Sin ganas de justificar su decisión, sale de la vivienda con la cabeza en alto y cierra la puerta de golpe, demostrando que también tiene carácter.
Llueve a cántaros en la calle. No tiene a dónde ir. Perdió a sus padres a los veinte años y no quiere contarle a los amigos la pelea con Gema. No quiere que su vida sea objeto de chismes. Se sube al coche y decide pasar la noche en el garaje de la afueras que tiene. Al ver a Gema mirando por la ventana, arranca el coche y se aleja; que ella imagine dónde está, le será peor.
Al calmarse un poco, Sergio se da cuenta de que vendió el piso sin consultar a su mujer. Tras los tratamientos hormonales, Gema se vuelve inestable; sueña con tener hijos y hace todo por que esa alegría llegue, pero nada ocurre. Los estudios médicos le han costado una fortuna en euros, incontables sumas. A veces siente que trabajan para la clínica.
Se plantea seriamente qué desea más: una mujer sana a su lado o una feliz. Comprende que, en el fondo, ha aceptado que no tendrán hijos. No piensa abandonar a Gema por otro amor; si no pueden tener hijos propios, la adopción parece la única salida. Intenta compartir sus reflexiones, pero ella las recibe con hostilidad.
¿Hay otra? le pregunta ella. ¿Por eso me pides que me rinda? Entonces ya no valgo la pena vivir.
Gema no puede creer que él renuncie a la idea de progenie. Se hace evidente que sin un hijo nunca será feliz.
Sergio sale del patio hacia el bulevar y recuerda que, en la zona industrial, tiene un garaje donde podría refugiarse por la noche. Ese garaje, casi nunca usado, sólo almacena neumáticos y chatarra que nunca se desechan.
La carretera está desierta; la gente se queda en casa el fin de semana. La lluvia es tan intensa que las alcantarillas no pueden con el caudal. Sergio pisa el acelerador sin temer al charco de agua. Quiere llegar rápido al garaje, donde cree que encontrará una tetera eléctrica vieja.
Gema, sin notar el coche bajo la ventana, se pone nerviosa y casi se arrepiente de sus palabras. Quiere llamar a su marido y pedir perdón, pero algo la detiene.
Sergio llega al garaje en tiempo récord. Ve el cochecito al instante. No piensa en el bebé que lleva dentro; sólo al salir del coche y oír un llanto fuerte comprende la gravedad. Todas sus discusiones con Gema desaparecen de su mente. El niño está desnudo, empapado y hambriento.
Lo correcto sería llamar a una ambulancia; dentro del cochecito hay un certificado de nacimiento arrugado y carne cruda, lo último le sorprende, pero no hay tiempo para pensar. Sergio decide llevar al niño a su casa.
Gema, escuchando las confusas explicaciones de su marido mientras abraza al bebé, no puede creer que alguien haya dejado a un niño bajo la lluvia. Luego piensa que es cuestión del destino. ¿Podría ser una coincidencia que su marido haya encontrado al infante abandonado?
El niño termina entregado a una familia de acogida. Gema lo sostiene en sus brazos hasta el último momento, sin querer soltarlo. Sergio describe dónde, cuándo y a qué hora lo halló. La policía se extraña de la carne cruda en el cochecito; parece que algo le ocurrió a la madre.
Quizá la madre fue a la tienda, la sorprendió la lluvia y buscó el atajo por los garajesteoría de Gema.
O quizás quiso deshacerse del hijoreplica Sergio sin ilusiones. Nunca he visto carne a la venta en un supermercado.
Cuando se abandonan niños, no compran carneinsiste Gema, segura de que el marido tiene razón. Creer en su teoría sería admitir la existencia de monstruos entre nosotros.
O tal vez quiso que los perros callejeros se encargaranpropone Sergio, recordando imágenes de noticias.
Gema se queda pálida ante la idea de una jauría de perros. No hay madre que haga eso.
Sergio, recordando su esfuerzo por vender el piso y la terapia, concluye que, si no pueden tener hijos, tal vez la adopción sea la única vía.
Después de varios meses, Gema y Sergio inician el proceso de adopción del niño encontrado. El trámite lleva mucho tiempo, pero ambos deciden que es lo correcto. Antes se rehusaban a acoger a un pequeño desconocido por miedo a no amarle, pero ahora el deseo de ser padres supera cualquier duda.
La verdadera madre del niño es detenida rápidamente; intentó mentir diciendo que los perros la habían atacado, pero la evidencia la delata.
Alicia, años después, recuerda su error. Si pudiera volver atrás, habría dejado al bebé en el hospital. En aquel momento, sólo anhelaba dormir, salir y vivir sin ataduras. No tenía malos hábitos, era alta, rubia y trabajaba en una empresa de transportes, ganando lo suficiente para vivir bien. El castigo social la afectó más que cualquier sanción legal.
Cinco años después, Alicia conoce a un hombre y da a luz a una niña. El matrimonio se rompe dos años después por infidelidad; ella se queda con su amante adinerado, mientras la expareja se queda con la hija.
Gema, tras un año, empieza a pensar en Alicia con menos rabia. Cree en el karma y está convencida de que la vida castigará a quien abandona a un hijo. No desea su muerte, sino una soledad que la haga reflexionar.
Sergio, cansado, dice a su mujer que no pueden cambiar lo ocurrido, aunque han conseguido darle una familia al niño. Lo llaman Alejandro y ambos están encantados con él. El pequeño come bien, duerme tranquilamente y se desarrolla con normalidad. Gema, al ver la cuna, siente una felicidad plena que no había conocido desde el diagnóstico de infertilidad.
Aunque la adopción no les ha devuelto la capacidad de tener hijos biológicos, el milagro de recibir a Alejandro ha llenado su hogar de amor.



