Sin mirar a su hijo, dejó el carrito junto al garaje y se marchó a descansar.

Sin mirar a su hijo, dejé el cochecito junto al garaje ruinoso y me alejé para descansar.
Begoña, jadeando y mirando a su alrededor, se detuvo. Ni siquiera había mirado al niño antes de dejar el cochecito al pie de aquel garaje desvencijado y marcharse.
Su corazón latía con tal fuerza que parecía que quería salir disparado del pecho. Aceleró el paso.

Solo un instante cruzó por su mente la idea de estar cometiendo el error más terrible de su vida. ¿Era correcto abandonar a una persona viva de esa manera? Un relámpago cruzó el cielo y tronó a la vez. La lluvia se intensificó. Begoña había esperado precisamente a mal tiempo; pocos paseaban bajo la lluvia.

Así tendría más posibilidades de pasar desapercibida. Por otro lado, ¿quién la notaría en ese rincón olvidado de la periferia de Madrid? Solo garajes abandonados y perros callejeros.

Se volvió y se obligó a mirar atrás. ¿Podría decirse que, al dejar al niño, había actuado con la mayor crueldad? Begoña negó con la cabeza. Para ella era una decisión justa, simplemente se libraba de una carga. Su conciencia estaba limpia. Al llegar a casa, se tiró en la cama, se quedó dormida en ropa interior, con un sueño profundo y reparador.

Dolores gritaba a su marido con una voz tan fuerte que al cabo de un rato se quedó ronca. Antonio, con el rostro inexpresivo, escuchaba todo lo que ella tenía que decir.

El asunto era que él había vendido el piso que había heredado de sus padres. Iba a explicárselo, pero ella no le dejaba abrir la boca.

La gente trabaja toda la vida para comprar una vivienda y vivir dignamente cuando envejece, y tú túgimiñó Dolores¡lárgate! ¡Fuera de aquí!

¿Y a dónde se supone que voy?replicó él.

Nunca antes una discusión había terminado con tanta histeria; parecía que unos demonios se habían apoderado de su esposa. A Dolores no le importaba mucho a dónde iría Antonio. Vivían en un amplio apartamento de dos habitaciones y tenían la intención de alquilar la vivienda de Antonio. Los ingresos del alquiler iban a ser un buen colchón para la vejez. Todo se había desmoronado.

Lo que más enfurecía a Dolores no era la venta en sí, sino el hecho de que Antonio no le había consultado. Se quedó horas pensando por qué había gritado así; para una mujer siempre tan mesurada aquel comportamiento era inaceptable. Una fuerza invisible la había privado del control sobre sus palabras.

Antonio, que siempre buscaba compromisos en los pequeños pleitos, se irritó.

¡Pues me voy, y no llores después!

Sin ganas de defender su decisión, salió del piso con la cabeza en alto y cerró la puerta con fuerza, como queriendo demostrar que también tenía carácter.

Afuera caía un aguacero. No había a dónde ir. Había perdido a sus padres a los veinte años y no quería contarle a sus amigos la pelea con Dolores; no quería que la gente pensara que su vida era un espectáculo. ¿Qué sería de él si se mostrara como una mujer de mercado irritable?

Se subió al coche y decidió pasar la noche en el garaje que tenía en la periferia de la ciudad. Al ver a Dolores asomada por la ventana, dio media vuelta, como queriendo que ella se preguntara dónde había desaparecido. Mejor así, pensó, que su mente se llenara de remordimientos.

Un poco más calmado, Antonio reflexionó sobre haber vendido la vivienda sin consultar a su esposa. Tras los tratamientos hormonales y demás fármacos, Dolores se había puesto como una cajita de Pandora. Soñaba con tener un hijo y hacía todo lo posible por que ese momento feliz llegara, pero nada sucedía. Los tratamientos resultaron inútiles y le costaron una fortuna; no se podía ni contar. A veces le parecía que trabajaban solo para la clínica.

Un día se preguntó seriamente qué deseaba más: una mujer sana a su lado o una mujer feliz. Comprendió que, en el fondo, ya había aceptado que nunca tendrían hijos. No le cruzó por la cabeza abandonar a su mujer en busca de otra. Si los niños no venían de Dolores, ¿para qué necesitaban? Mejor adoptarían a algún pequeño y lo criaran como propio.

Intentó expresar todo eso, pero ella no quiso escuchar, tomó la información como una agresión.

¿Hay alguien más?le preguntó¿por eso me pides que renuncie? Entonces mi vida no tendría sentido.

Dolores no podía creer que él estuviera dispuesto a renunciar a la idea de ser madre. Se hizo evidente que sin un hijo nunca sería feliz.

Antonio salió del barrio hacia el bulevar y recordó que en el extremo de la ciudad tenía un garaje donde podía pasar la noche. Apenas lo usaban: guardaban neumáticos y trastos que no podían tirar. Sólo lo recordaban dos veces al año, cuando necesitaban cambiar las llantas.

La carretera estaba desierta; era día de descanso y la gente se quedaba en casa. La lluvia era tan intensa que las alcantarillas no aguantaban el caudal. Antonio pisó el acelerador sin temor a los charcos. Quería llegar pronto al garaje, donde había una vieja tetera eléctrica.

Dolores, sin notar el coche, se puso nerviosa. Quiso llamar a su esposo y disculparse, pero algo la detuvo.

Antonio llegó al garaje en tiempo récord. Vio el cochecito al instante. No pensó en el bebé que había dentro; sólo al bajar del coche y oír un llanto desgarrador comprendió la gravedad.

Todas las discusiones con su esposa se desvanecieron; el pequeño estaba desnudo, empapado y hambriento. Lo normal sería llamar a una ambulancia; en el cochecito había un certificado de nacimiento arrugado y, extrañamente, carne cruda. No había tiempo para pensar en eso; Antonio tomó al niño y lo llevó a su casa.

Dolores, escuchando las explicaciones confusas de su marido mientras le entregaba al bebé, no podía creer que alguien dejara a un niño bajo la lluvia. Luego pensó: El destino, así es el destino. ¿Era posible que su esposo, por pura casualidad, encontrara a un infante abandonado?

El niño tuvo que ser entregado. Dolores lo sostuvo en brazos hasta el último momento, sin querer soltarlo. Antonio describió dónde, cuándo y a qué hora lo había encontrado. Los agentes de la Policía se extrañaron al ver carne cruda dentro del cochecito; parecía que algo le había sucedido a la madre.

Tal vez la madre fue a la tienda, la atrapó el aguacero y quiso acortar el camino por los garajes. Algo le ocurrióteorizó Dolores.

¿O quizá quiso deshacerse del hijo?replicó AntonioNunca he visto que en una tienda vendan carne sin empaquetar.

Cuando se abandonan niños no se compra carne. La mujer se metió en un líoinsistió ella, sintiendo que su marido tenía razón. Creer en su teoría equivalía a aceptar que hay monstruos entre nosotros.

O tal vez quería que los perros callejeros se encargaran del niño, fingiendo accidente. Las madres que aman a sus hijos nunca los abandonan. Tras los sismos, las mujeres suelen ser halladas abrazadas a sus niñosdijo Dolores, recordando imágenes de noticias.

Antonio estremeció al pensar en esos episodios.

Eso no pasaafirmó Dolores, imaginando una jauría de perros y pálida.

Sabes que no hay tales regalos del destino. Llevamos años luchando por el derecho a tener hijos y ahora vendí el piso para intentar algo mejor, quería llevarte a la mejor clínica, hacerte felizdijo Antonio.

Dolores no respondió; la vergüenza la invadió. El torbellino de emociones la dejó casi aliviada por haber sido tan descontrolada. Si no hubiera sido por la discusión, nunca habría expulsado a su marido de casa, nunca habría ido al garaje y descubierto al niño. Quién sabe qué habría sido del pequeño.

Al final, aceptó que si no estaba destinado a ser padre, tampoco lo estaba. Que sea lo que Dios quiera.

Dolores y Antonio iniciaron el proceso de adopción del niño tan pronto como pudieron. Requirió mucho tiempo y esfuerzo, pero no dudaron ni un segundo. Antes rehúsen­an adoptar a un bebé por miedo a no saber criarlo, pero ahora no hubo discusión. Dolores confesó que, al recorrer los distintos trámites, sentía como si luchara por recuperar a su propio hijo. Antonio sentía lo mismo, y eso los unía.

La madre del niño fue localizada pronto. Al principio negó haber abandonado el cochecito, alegando que perros callejeros le habían arrebatado todo y solo le quedó correr. Pero pronto la verdad salió a la luz.

¿Cómo puede una madre dormir tranquila sabiendo que alguien está dañando a su hijo ahora mismo?exclamó Begoña. Nadie piensa que el miedo tiene ojos grandes. Yo solo tenía miedo y no podía pensar en otra cosa.

En su última frase quedó la respuesta a la pregunta de por qué dejó al niño en vez de entregarlo en un orfanato.

Dolores, pensando en esa mujer, sintió una ira que le costaba respirar. No podía juzgar ni desearle mal, pero el caso era una excepción.

Begoña no sólo dejó al niño, lo dejó a merced de los perros callejeros. ¿Podía considerarse humana después de eso?

Antonio, intentando indagar en la motivación, fue cortado por Dolores:

No importa sus motivos: falta de dinero, cansancio, necesidad de dormir, trabajo. No hay excusas ni comprensión en esas situaciones. La tiró junto al cochecito con la esperanza de deshacerse de él. ¿Sabes qué es lo peor? Que, aunque la castiguen, nadie podrá impedirle volver a tener hijos. Esa idea me desangra.

Begoña tardó cinco años en comprender su error. Si pudiera volver atrás, habría dejado al bebé en el hospital. Sin embargo, no se arrepintió de su acto; en aquel momento creía que no tenía otra salida. Quería dormir, pasear y vivir libre de obligaciones. No tenía malos hábitos, era atractiva, alta, rubia, con ojos hermosos. Vivía sola, trabajaba en una empresa de transporte, ganaba lo suficiente para todo.

El castigo no la afectó; lo que la dolió fue la condena social y los reproches de gente que no podía imaginar su sufrimiento. Era una mujer joven, acostumbrada a la atención masculina, y no estaba dispuesta a renunciar a su libertad por un niño.

Sin embargo, Dolores tenía razón en algo: nadie puede impedirle a Begoña volver a tener hijos y vivir feliz sin mirar atrás. Cinco años después, Begoña conoció a un hombre, dio a luz a una niña y, tras una infidelidad, el matrimonio se rompió. Abandonó a la hija con el padre.

Al principio, Dolores pensaba en Begoña de vez en cuando. Un año después, su ira se calmó y empezó a creer que la mujer se arrepentía. Creía en el karma y estaba segura de que la vida castigaría a quien cometió tal atrocidad. No deseaba su muerte, sino su soledad y la reflexión.

¿De qué sirve pensar? No podemos cambiar nadadijo Antonio, poniendo fin a la conversación. Sin embargo, habían logrado algo: dieron un hogar al niño abandonado.

Lo llamaron Alejandro, y a ambos les pareció perfecto. El pequeño estaba sano, comía bien, dormía profundamente y se desarrollaba según su edad. Dolores, de pie junto a la cuna, no podía dejar de sonreír al ver a su hijo. Nada podía empañar su felicidad, ni siquiera el diagnóstico de infertilidad que los médicos les habían dado.

Dolores había escuchado que las parejas que adoptan niños de un hogar de acogida suelen ver cómo sus propias dificultades desaparecen y, con el tiempo, llegan a tener hijos biológicos. En su caso no ocurrió, pero no lo esperaban. El milagro llegó el día que les entregaron a Alejandro y lo llevaron a casa.

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Sin mirar a su hijo, dejó el carrito junto al garaje y se marchó a descansar.