Sabes, Araceli, los clientes van escasos últimamente dice Ana, frotándose la nariz mientras se recuesta en el respaldo de la silla del café. ¿No habrá sido un error dejar la oficina?
Entonces vuelve responde Araceli, removiendo su capuchino sin entusiasmo. Allí te recibirán con los brazos abiertos.
Ana resopla y sacude la cabeza.
No, mejor así. Prefiero estar por mi cuenta que bajo el control eterno de los jefes. Sólo tengo que darme a conocer mejor.
Durante los últimos seis meses ella invierte toda su energía en el desarrollo de su negocio de fotografía. Crea un portafolio, abre una página en Instagram, publica trabajos cada día. Los clientes aparecen, pero de forma irregular: una semana llena de sesiones, la siguiente solo el viento en los bolsillos. Ana sabe que necesita tiempo, paciencia y mucho esfuerzo.
Araceli trabaja como asesora de ventas en una gran cadena de electrónica, El Corte Inglés. Sociable, con una sonrisa fácil y la habilidad de charlar de todo, se lleva bien con los compradores. Cuando la conversación gira hacia fiestas familiares o eventos, menciona de pasada a su amiga fotógrafa. Un par de veces eso le ha procurado a Ana encargos modestos, pero siempre es un alivio.
Por cierto, ¿recuerdas a la pareja que vino la semana pasada? dice Araceli, tomando otro sorbo de café y entrecerrando los ojos. Les envié a ti para la sesión de niños.
Ah, sí, sí asiente Ana. Gracias, por cierto. Son gente muy amable, el niño es un encanto.
No hay de qué gesticula Araceli. Pero, por buena costumbre, podrías echarme una mano con el porcentaje.
Ana se queda con la taza a medio camino de los labios.
¿Qué?
Es lógico encoge de hombros Araceli. Yo traigo los clientes, tú los fotografías. Entonces somos socios.
Ana la mira un segundo, intentando descifrar si está bromeando. Luego suelta una risa.
A veces tu humor me asusta.
Vamos, no te lo tomes a pecho sonríe Araceli. Solo pienso en voz alta.
La conversación pasa a series de televisión, conocidos en común y planes para el fin de semana. Ana olvida rápidamente la extraña sugerencia; seguramente Araceli solo había intentado una broma torpe.
Los meses se convierten en una sucesión de sesiones. Ana fotografía bodas en parques, cumpleaños infantiles en salas de juegos y retratos corporativos para currículums. Publica anuncios en portales, negocia colaboraciones con organizadores y pide reseñas a sus clientes. La cartera crece despacio pero con seguridad.
Araceli sigue recordando su contribución. De vez en cuando suelta: Sin mí no tendrías trabajo, o con falsa ofensa: Te he enviado a tantos clientes y ni siquiera me has agradecido. Ana se lo toma con humor. A Araceli le gusta exagerar su papel en los éxitos ajenos; es parte de su carácter. Y, en efecto, le ha traído algunos encargos, aunque Ana podría haberlos conseguido sin ayuda.
Un día Ana llega a casa de Araceli. La amiga luce pálida, con ojeras marcadas. Mientras toman té, Araceli suelta:
Ya basta. No puedo más.
¿Qué ocurre? levanta Ana la vista del móvil, donde está editando fotos.
Renuncio se frota el rostro con las manos. Estoy harta de esta tienda. Los clientes nunca están contentos, la dirección me oprime, el horario es insoportable.
¿En serio? deja el móvil sobre la mesa. ¿Y cómo vas a vivir ahora?
No lo sé todavía se encoge de hombros. Voy a descansar, pensar. Quiero algo mejor, quizá una oficina o incluso cambiar de sector.
Es una decisión valiente asiente Ana. Si estás segura, te deseo suerte.
Las semanas posteriores Araceli lleva una vida relajada. Sale con amigas, va de compras y publica en redes fotos acompañadas de subtítulos como merecido descanso o por fin vivo para mí. No sube su currículum a portales ni acude a entrevistas. Cuando Ana le pregunta por la búsqueda de empleo, Araceli responde evasiva: Estoy mirando, pero nada interesante ha surgido, no hay prisa.
Un mes después su tono cambia. Araceli empieza a quejarse:
Malditos los préstamos dice, señalando la pantalla del móvil. Ya es la tercera llamada del banco recordándome la demora.
¿No habías pensado en buscar un trabajo temporal mientras encuentras algo mejor? sugiere Ana con cautela.
Aquí no hay nada que valga frunce Araceli. O pagan una miseria o exigen requisitos imposibles. No aceptaré cualquier puesto, tengo experiencia y estudios.
Ana guarda silencio. Discutir sería inútil; Araceli siempre encontrará excusas. La amiga parece esperar un milagro: que caiga del cielo la oferta perfecta o que el dinero aparezca solo.
Mientras tanto, el negocio de Ana va a todo vapor. Acaba de fotografiar una boda exuberante. Los novios son amables y agradecidos; la novia había acordado todos los detalles con antelación y el novio apoyaba cualquier idea. La sesión ocupa todo el día: preparativos, ceremonia y banquete. Ana vuelve a casa exhausta pero satisfecha. El retoque de las imágenes lleva varios días, y los novios también piden un montaje de vídeo con los mejores momentos. Al final recibe un pago que cubre sus gastos durante un mes entero.
Esa misma noche su móvil vibra. Es Araceli.
Hola suena la voz de su amiga, seria. Necesitamos hablar.
¿De qué? sigue Ana, sin dejar de editar la última sesión.
¿No fue la boda que fotografiaste la semana pasada?
Sí, la fotografié. ¿Qué pasa?
Pues esa pareja la recomendé. La novia compró en nuestra tienda una cámara hace cinco meses y le hablé de ti.
Ana frunce el ceño. La novia la había encontrado a través de las redes, lo cual tiene sentido.
Araceli, ella me encontró en Instagram.
Entonces, gracias a mí, la encontraste responde Araceli, irritada. Así que, transfiéreme diez mil euros.
Ana se queda paralizada.
¿Estás de broma?
No, no bromeo. Te ayudé, ahora quiero mi parte.
Araceli, ¿estás cuerda? intenta calmarse. Solo mencioné tu nombre unas cuantas veces hace meses. Eso no te convierte en socia.
Lo hace insiste Araceli, obstinada. Sin mi recomendación no te habría encontrado.
Sin mi recomendación habría buscado a otro fotógrafo replica Ana, cada vez más enfadada. Mi ingreso depende de mi trabajo, mis habilidades y mi esfuerzo. Tú no tienes nada que ver.
¿Así que ahora no sirvo para nada? la voz de Araceli se vuelve fría. Cuando me faltaban clientes me quejaba, cuando enviaba gente te alegrabas. ¿Y ahora que el dinero llega, ya no me necesitas?
Esto es una tontería dice Ana, llevándose la mano a la nuca. Entiendo tus problemas financieros, pero no puedes exigir dinero por una simple mención. Te has quedado sin trabajo y ahora intentas sacarme pasta.
Una verdadera amiga ayudaría se vuelve Araceli, ofendida. No te pido que me mantengas, solo lo que me corresponde.
No has conseguido nada responde Ana cortante. Solo has dicho a un par de personas que conoces a una fotógrafa. Yo he invertido tiempo, dinero y energía: compré equipos, estudio hasta las tres de la madrugada, edito hasta el amanecer. ¿Y tú? ¿Qué has hecho? Ver series en el sofá.
¿Crees que eres tan exitosa? ¿Que todo lo has conseguido sola? grita Araceli. Sin mí no habrías llegado a nada.
Sabes qué, Araceli exhala Ana, agotada. Ya no quiero seguir escuchándote. Resuelve tus préstamos, busca trabajo, compórtate como adulta. No me quites lo que no me pertenece.
Ya no eres mi amiga grita Araceli y cuelga.
Ana se queda con el móvil en la mano varios minutos, procesando lo absurdo de la situación. Exigir dinero por haber mencionado su nombre suena a chantaje, a manipulación, a pura audacia.
Abre el mensajero, bloquea a Araceli, entra en sus redes y hace lo mismo. Añade el número a la lista negra. Sin explicaciones, sin despedidas; simplemente la elimina de su vida con un clic.
Ana se recuesta en el sofá y cierra los ojos. ¿Cuántas veces ha aguantado insinuaciones y extrañas ofertas de colaboración? ¿Cuántas veces ha ignorado comentarios tóxicos, justificándolos como el carácter de su amiga? Desde el principio ondeaban banderas rojas; solo debía haberlas tomado en serio.
Los verdaderos amigos no exigen nada por esa ayuda. No intentan crear culpa para sacar dinero. No se autoproclaman socios sin aportar. Los verdaderos amigos celebran tus logros, te apoyan en los tropiezos y no ponen precio a la amistad.
Ana abre los ojos y mira la pantalla del portátil, donde una foto sin retocar espera. Tiene que seguir trabajando, buscar nuevos clientes y perfeccionar su arte. Y, sobre todo, rodearse de gente que no mida la amistad en euros.







