¡Sin mí te hundirás! ¡No serás capaz de nada! gritaba mi marido mientras metía sus camisas a toda prisa en la maleta grande.
Pero pude. No me hundí. Tal vez, si me hubiese parado a pensar en cómo iba a salir adelante sola con dos niñas, me habría llenado de miedos y pesadillas, y a lo mejor hasta hubiera perdonado la traición. Pero no hubo tiempo para eso: las niñas debían ir al colegio infantil y yo tenía que salir corriendo al trabajo. Mi marido apenas apareció por casa hacía media hora: radiante por su nuevo amor, lleno de esa confianza arrogante.
Por eso, abrochándome el abrigo, repartí indicaciones con voz clara y firme:
Lucía, ayuda a Carmen a ponerse la chaqueta y vigila que coma bien en el cole, que la profe me ha dicho que está rechazando el puré.
Álvaro, haz el favor de llevarte todas tus pertenencias, no dejes nada, por favor. Y deja la llave en el buzón. Hasta luego.
Lucía llegó al mundo justo media hora antes que Carmen; por eso siempre se consideró la mayor. Ahora tienen cuatro años las dos, unas gemelas inquietas, cada una con su personalidad. Si Lucía se comerá el puré sin rechistar porque hay que hacerlo, Carmen se plantará: Hay grumos, eso no lo quiero comer.
Por suerte, la guardería está a diez minutos andando. Las chiquillas charlan, me hacen reír y me dragan de pensamientos sobre el futuro incierto. Tampoco en la consulta hay tiempo para lamentos: el día está calculado al minuto y entre pacientes y visitas a domicilio no puedes distraerte. Solo cuando regresé por la tarde y vi el perchero vacío el de las chaquetas de mi marido me cayó encima la certeza: desde hoy, estoy sola.
Pero no soy una mujer que se lamente. Todo debe seguir igual, o mejor. En cada situación, una puede hundirse en la pena o tomarse un respiro, evaluar la situación y buscar el lado positivo. Por ejemplo: hay que preparar la cena.
¿Qué ha cambiado? me pregunté en voz alta, cortando tomate para la ensalada. Se ha ido él. ¿Qué hacía que ahora recaiga sobre mí? Nada que no pueda gestionar. Ajustaré el horario, nada más. Yo puedo con esto. Todo va bien. Y va a ir mejor. No pienso perder tiempo preguntándome dónde está, si otra vez está con ella. Prefiero estar sola, sí. Es más difícil, pero más tranquilo.
Después de leerles un cuento de Pinocho y dar las buenas noches a las niñas, fui directa al baño a tender la colada. Antes de acostarme, me preparé un té de melisa para ordenar las ideas y planear el día de mañana. Las chicas se parecen como dos gotas de agua: gemelas idénticas. Dos pueden ser más trabajo que una, pero yo nunca lo viví así. Me sorprendía cuando los demás me miraban con lástima.
Todo perfecto les decía, aquí nadie está agotado. Yo me las apaño bien.
El hervidor chisporroteó. Eché melisa en la taza, encendí la lámpara pequeña del salón. Fuera se mezclaba la lluvia con la nieve: puro Madrid en febrero, pero en casa la calma y el calor lo llenaban todo, salvo ese tic-tac mil veces reconfortante del reloj…
Sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba la vecina de enfrente, doña Eugenia, la anciana que nunca saludaba más que por puro compromiso. Mujer de andar lento, siempre con su perro escuálido, la veías por las mañanas arrastrándolo hasta el contenedor donde el animal miraba con ojos tristes cada bolsa tirada. Supongo que la señora lo recogió de la calle por compasión. Nunca la vi recibir visitas; solo salía a comprar algo al supermercado y pasear a la mascota.
Perdona que te moleste musitó doña Eugenia, arropada en su chal de lana, pero te vi esta mañana y me pareció… bueno, ¿te ha dejado tu marido?
Eso no es asunto suyo respondí con frialdad.
Él no, desde luego. Solo quería decirte: si alguna vez te hace falta ayuda, cuenta conmigo. Para cuidar a las niñas o si quieres hablar…
Entre, por favor le ofrecí, ya con el impulso de la hospitalidad. Le serví té en dos tazas y puse una cesta de polvorones sobre la mesa. ¿Cómo se llama usted?
Eugenia Rodríguez. Y a ti, María, te conozco de verte. No quiero ser pesada siguió diciendo mientras partía un polvorón, pero si necesitas lo que sea, para mí es un placer ayudarte. No creas que lo haría por euros, ni mucho menos. Solo porque sí. Me entretiene.
Probó el té, sonrió con la cabeza y dijo:
Muy rico. ¿Es melisa? En mi pueblo tengo jardín y planto de todo: melisa, tomillo, romero… Cuando quieras, vente en verano a descansar. Me caben muchos invitados. Allí tengo un manzano que da manzanas deliciosas…
Mientras la escuchaba, me preguntaba por qué me pareció tan desagradable aquella vecina. Quizá porque nunca intentó caerme bien a la fuerza, ni hizo preguntas sobre si se me hacía duro criar a las gemelas. Jamás se metió a curiosear mi vida, pasaba como una sombra. Pensaba que era soberbia. Pero no preguntó por mi marido, ni me echó sal en la herida. Solo me tendió una mano.
La miré con otros ojos: bien arreglada, zapatillas nuevas, pelo recogido pulcramente, un vestido con cuello de encaje. Olía a colonia suave, de esas que llevan años en el botiquín.
Esa noche, me dejé envolver por sus historias de veranos en el pueblo, el manzano, la bañera al aire libre, los patos del lago. Mis preocupaciones se alejaron, el alma recobró su serenidad…
Aunque hayan pasado cinco años, recuerdo cada detalle. Cómo mi marido, en aquel febrero helado, me gritaba: ¡Te vas a venir abajo! ¡No podrás!
Pero todo eso es cosa del pasado.
Hoy, Eugenia corta las manzanas con maestría y las coloca en círculo sobre la masa del bizcocho antes de meter la bandeja en el horno. Las ensaladas están preparadas y el guiso burbujea en la cocina. Hoy celebramos el cumpleaños de mi querida vecina. Es agosto. Las ventanas abiertas dejan correr la brisa entre las cortinas y toda la casa está impregnada del aroma a manzana asada.
¡Cuántas veces me ha sacado del apuro! pienso al mirar a Eugenia, sonrojada por el calor del horno.
¿Qué habría sido de nosotras sin ella?
Las niñas, que ya tienen nueve años y empiezan primaria, adoran a la abuela Eugenia. Podría haberme dejado sola aquella noche y cerrar la puerta en mis narices, pero no lo hizo. Cada verano lo pasan aquí, en el pueblo, entre el lago y la pandilla de amigos, con la abuela querida, cercana, generosa.
Voy a por más manzanas, a ver si preparamos una compota digo, saliendo al jardín con la canasta.
Bajo el manzano, en la sombra, descansa Altea, la perra. ¿Quién diría que aquella perra flaca y desconfiada de la basura acabaría convertida en esta bella labradora?
Todo es amor. Solo el amor nos salva, pienso, y le ofrezco a Altea una galleta desde mi mano…






