SIN TECHO
A Lucía no le queda a dónde ir. Es decir, literalmente no le queda ningún sitio «Un par de noches puedo pasar en la estación de tren. ¿Y después?», piensa. De repente, le asalta un pensamiento salvador: «¡La casa del pueblo! ¿Cómo lo había olvidado? Bueno llamarla casa es demasiado: es más bien una casucha medio derruida. Pero sigue siendo mejor ir allí que a la estación», reflexiona Lucía.
Al subir al cercanías, Lucía apoya la cabeza en el cristal frío y cierra los ojos. Los recuerdos recientes la abruman. Hace dos años perdió a sus padres, quedando completamente sola, sin ningún tipo de apoyo. No pudo seguir pagando los estudios y tuvo que dejar la universidad, buscando trabajo en un mercado de Madrid.
Tras muchas penurias, la fortuna le sonríe y pronto conoce a su gran amor. Ignacio resultó ser un hombre bueno y honesto. A los dos meses celebraron una boda discreta.
Parecía que la vida empezaba a sonreírles. Pero enseguida la vida le puso otra prueba a Lucía. Ignacio le propuso vender el piso de sus padres, situado en pleno centro, para montar su propio negocio.
El chico lo pintó todo tan bien que Lucía no dudó ni un instante; confiaba en que su marido haría lo correcto y que en poco tiempo ambos olvidarían los problemas económicos. «Cuando estemos asentados, podremos pensar en un bebé. ¡Cómo deseo ser madre cuanto antes!», soñaba la ingenua joven.
Pero el negocio de Ignacio salió mal. Las discusiones acerca del dinero perdido se hicieron constantes y, pronto, la relación se desgastó por completo. Finalmente, Ignacio llevó a otra mujer al piso y le indicó la puerta a Lucía.
Su primera reacción fue acudir a la policía, pero pronto se dio cuenta de que no tenía nada de qué acusar a su esposo. Fue ella misma quien vendió el piso y le entregó todo el dinero a Ignacio
***
Al bajarse en la estación del pueblo, Lucía camina sola por el andén desierto. Es principios de primavera, la temporada de segundas residencias aún no ha comenzado. El terreno lleva tres años sin cuidados y está en estado lamentable. «No pasa nada, lo dejaré listo y todo volverá a ser como antes», piensa, aunque sabe que nada será igual.
Encuentra sin problemas la llave bajo el porche, pero la puerta de madera se ha deformado y no quiere abrirse. Lucía lo intenta con todas sus fuerzas, pero la tarea resulta imposible. Al comprender que no puede sola, se sienta junto al portal y rompe a llorar.
De repente, divisa humo en la parcela de al lado y oye algún movimiento. Contenta por no estar sola, corre hacia la finca.
¡Tía Rosario! ¿Está usted? llama Lucía.
Pero al llegar, se encuentra con un hombre mayor, desaliñado, que la sorprende y asusta. El desconocido calienta agua en una taza sucia sobre una pequeña hoguera.
¿Quién es usted? ¿Y dónde está tía Rosario? pregunta Lucía, recelosa.
No temas. Y por favor, no llames a la Guardia Civil. No hago nada malo. No entro en la casa, solo vivo aquí fuera contesta con voz tranquila.
Sorprendentemente, el hombre tiene un tono cultivado, propio de una persona instruida.
¿Eres un sintecho? pregunta Lucía, sin tacto.
Sí, tienes razón responde él bajando la mirada. ¿Vives por aquí? No te preocupes, no te causaré molestias.
¿Cómo te llamas?
Manuel.
¿Y de segundo nombre?
¿Segundo nombre? se sorprende. Fernández.
Lucía observa a Manuel Fernández. Su ropa, aunque usada, está razonablemente limpia. Y el propio hombre parece aseado, dentro de lo posible.
No sé a quién acudir suspira angustiada Lucía.
¿Te ocurre algo? pregunta con interés Manuel.
La puerta está atascada y no consigo abrirla.
Si quieres, puedo echarle un vistazo se ofrece el hombre.
Te lo agradecería mucho responde Lucía, desesperada.
Mientras Manuel forcejea con la puerta, Lucía se sienta en el banco, reflexionando sobre el desconocido: «¿Quién soy yo para juzgarlo? Yo también me he quedado sin casa nuestra situación no es tan distinta».
¡Lucía, prueba ahora! sonríe Manuel Fernández, empujando la puerta. Dime, ¿vas a quedarte aquí a dormir?
Pues sí, ¿dónde, si no? se extraña ella.
¿Tienes calefacción?
Hay una chimenea confiesa sin saber bien de esas cosas.
¿Y leña?
No lo sé admite cabizbaja.
Bueno. Entra y recoge un poco, yo me las apañaré dice decidido el hombre, saliendo de la finca.
Lucía pasa cerca de una hora limpiando. La casa es fría, húmeda y nada acogedora. Se deprime, sin saber cómo podrá seguir allí. Al poco, aparece Manuel Fernández con un fajo de leña. Sorprendentemente, Lucía se alegra de tener a alguien cerca.
Manuel limpia un poco la chimenea y la enciende. Al cabo de una hora, la casa se caldea.
Ya está, la leña arderá tranquila. Puedes echar un poco durante la noche pero, antes de dormir, apágala. Tranquila, el calor durará hasta la mañana le explica.
¿Y tú? ¿Te quedas con los vecinos? pregunta Lucía.
Sí, viviré un tiempo en la parcela de al lado. No quiero volver a la ciudad No quiero remover recuerdos.
Manuel Fernández, espera. Ahora cenamos juntos, tomamos un té calentito y luego ya te irás le dice Lucía, decidida.
El hombre no se resiste. Se quita la chaqueta y se sienta junto a la chimenea.
Perdona que me meta, pero no pareces una persona sin hogar. ¿Por qué vives así? ¿No tienes familia?
Manuel Fernández cuenta que estuvo toda la vida enseñando en la universidad. De joven se volcó en el trabajo y en la ciencia. La vejez le llegó de improviso. Cuando fue consciente de que estaba solo, era demasiado tarde para cambiar nada.
Hace un año empezó a visitarle su sobrina. Ella le insinuó que cuidaría de él si le dejaba la vivienda en herencia. Manuel se alegró y aceptó.
Luego, Sofía se ganó su confianza y propuso vender el piso de un barrio ruidoso y comprar una buena casa en las afueras con huerto y porche. Ya tenía localizado un chollo.
Siempre soñó con campo y tranquilidad. No lo dudó. Tras vender el piso, Sofía sugirió abrir una cuenta bancaria para no llevar el dinero encima.
«Tío, siéntate aquí en el banco mientras yo averiguo cómo va. Dame la bolsa. Nunca se sabe, quizá alguien nos sigue», dijo al entrar en el banco.
Sofía entró con el dinero. Manuel esperó una hora, dos, tres Su sobrina no volvió. Al entrar al banco, vio que había otra salida. Sofía había desaparecido, y no pudo creer que le hubiese traicionado así.
Manuel fue a buscarla a casa. Allí le abrió una desconocida, quien le dijo que Sofía llevaba mucho sin vivir allí y que el piso lo había vendido hacía dos años.
Qué historia más triste suspira el hombre. Desde entonces vivo en la calle. Aún me cuesta asumir que ya no tengo hogar
Sí Pensé que solo me pasaba a mí La mía es parecida confiesa Lucía y le cuenta todo.
Todo esto es duro. Yo al menos he vivido mi vida Pero tú, tan joven, dejaste la universidad y perdiste el piso Pero ánimo, cualquier problema tiene solución. Eres joven y te irá bien intenta animarle.
Bueno, dejemos las penas. ¡A cenar! sonríe Lucía.
Observa, con pena, el apetito con el que Manuel devora la pasta con chorizo. Se da cuenta de lo solo y vulnerable que está.
«¡Qué miedo acabar así! Solo, en la calle, sin que a nadie le importes», piensa Lucía.
Lucía, puedo ayudarte a volver a la universidad. Conozco aún a muchos allí; seguro puedes entrar en una beca dice Manuel de pronto. Ahora no puedo aparecer en público, pero le escribiré al rector. Es amigo mío, se llama Constantino. Seguro que te ayuda.
¡Sería maravilloso! se alegra Lucía.
Gracias por la cena y por escucharme. Me voy, es tarde se levanta Manuel.
Espera, no vayas fuera. ¿A dónde vas? le pide Lucía en voz baja.
No te preocupes. Tengo un refugio cálido junto. Mañana vuelvo sonríe él.
No vayas fuera. Aquí hay tres habitaciones espaciosas, coge la que quieras. Y te diré la verdad, me da miedo quedarme sola. No entiendo nada de chimeneas. ¿No me dejarás tirada, verdad?
No, no lo haré responde él con seriedad.
***
Han pasado dos años Lucía ha aprobado la carrera y hoy, con ilusión por las vacaciones de verano, vuelve a casa. Sigue yendo al pueblo; durante el curso vive en la residencia, pero los fines de semana y en verano vuelve a su casita.
¡Hola! saluda alegre, abrazando a abuelo Manuel.
¡Lucía! Mi niña, ¿por qué no me avisaste? Habría sido mejor ir a buscarte. ¿Qué tal, todo bien? ¿Has aprobado? se alegra el viejo.
¡Sí!, casi todo sobresaliente presume Lucía. Mira, he traído una tarta. Pon la tetera, ¡hay que celebrarlo!
Lucía y Manuel Fernández disfrutan un té y se cuentan las novedades.
He plantado vides. Allí construiré una pérgola, será cómodo y muy agradable cuenta él.
¡Genial! De hecho, tú eres el dueño. Haz lo que quieras. Yo solo vengo y voy ríe Lucía.
Manuel ya no está solo. Ahora tiene casa, familia, una nieta de corazón. Lucía también ha vuelto a la vida. Manuel Fernández se ha vuelto alguien fundamental para ella, sustituyendo a sus padres y mostrando apoyo en los peores momentos. Lucía agradece al destino que le haya dado un abuelo que la protegió cuando más lo necesitaba.







