Sin deber
Al entrar en casa, dejé la bolsa en el suelo y vi que, sobre la mesa de la cocina, había tres platos resecos con restos de macarrones, un vasito de yogur volcado y una libreta abierta de cuadros. La mochila de Kiko estaba en medio del pasillo. Vera estaba medio tumbada en el sofá, absorta mirando el móvil.
Me descalcé, con ganas de decirles algo de los platos, pero la fatiga me cerró la garganta, así que solo me acerqué, cogí un plato y lo llevé al fregadero.
Papá, que lo lavo yo ahora dijo Vera sin apartar la vista de la pantalla.
Ya, bueno.
Abrí el grifo, y dejé que el agua corriera sobre la loza. La pasta se ablandó y desapareció por el desagüe. Apagué el agua y me quedé mirando el plato.
Veri, ¿dónde está Kiko?
En su cuarto, con los deberes de mates.
¿Y tú?
Yo ya he terminado todo.
Me sequé las manos en el delantal y fui a la habitación de Kiko. Estaba tumbado en la alfombra, sujetándose la cabeza con el puño; en el cuaderno sólo había empezado el primer ejercicio.
Hola, Kiko dije.
Hola, papi.
¿Qué tal?
Bien.
¿Y los deberes?
Los estoy haciendo.
Me senté en el borde de la cama. Kiko me miró de reojo y volvió al cuaderno.
¿Qué pasa, papá?
No sé respondí. Supongo que estoy cansado.
De verdad no sabía. Por la mañana, mi madre llamó pidiendo que fuese a ayudarle con el armario; luego, una reunión en el trabajo que se alargó hasta las siete; el metro a reventar, medio asfixiado junto a la puerta. Ahora, aquí, en el cuarto de Kiko, sentía que no quería decir nada sobre los platos, ni de los deberes, ni del orden. No quería ser la función que llega y se activa al llegar casa.
Oye, ¿y si nos sentamos en la cocina juntos? propuse. Los tres.
¿Para qué? bufó Kiko.
Para charlar.
Frunció el ceño.
¿Otra vez por la nota de lengua?
No le sonreí. Solo hablar.
Papá, no he acabado los deberes.
Puedes terminarlos luego. Solo serán cinco minutos.
Salí y llamé a Vera. Levantó por fin la cabeza y resopló con fastidio.
¿En serio?
En serio.
Dejó el móvil en el sofá y vino. Kiko se asomó a la cocina y casi ni entró, apoyándose en el marco de la puerta.
Me senté en la mesa, aparté el cuaderno, y Vera se sentó enfrente. Kiko se acomodó justo en la esquina de la silla.
¿Qué pasa? preguntó Vera.
No pasa nada.
¿Entonces?
Miré a los dos, vi que Kiko tenía los ojos llenos de inquietud, como esperando un castigo.
Quiero hablar, de verdad dije. Sin hay que hacer los deberes, ni hay que fregar los platos, sin lo de siempre.
¿O sea que no hay que lavar los platos? preguntó Kiko en voz baja.
Los lavaremos luego. No voy por ahí.
Vera se cruzó de brazos.
Hoy estás raro, papá.
Raro, sí admití. Creo que estoy cansado de fingir que todo va bien.
Nos quedamos callados. Busqué las palabras, pero sólo encontraba silencio dentro de mí.
No sé ni cómo deciros esto empecé. Creo que todos actuamos como si todo fuese bien. Yo llego a casa y vosotros hacéis ver que está todo normal, y yo finjo que me lo creo. Hablamos de clase, de la comida pero en realidad no hablamos de nada.
Papá, nos estás dando la chapa susurró Vera. ¿Por qué?
No lo sé. Puede que porque yo tampoco puedo con todo, y me da miedo que vosotros tampoco podáis, y ni siquiera lo sepa.
Kiko frunció el ceño.
Yo sí puedo, de verdad.
¿Seguro? le miré. ¿Entonces por qué llevas dos semanas sin poder dormirte antes de medianoche?
Kiko bajó la cabeza mirando a la mesa.
Te oigo dar vueltas le dije. Y por la mañana te levantas con una cara
Es que no tengo sueño.
Kiko.
¿Qué?
Dime la verdad.
Se encogió de hombros y apartó la vista.
En el cole todo bien. Hago los deberes. ¿Qué más?
Saltó Vera:
Papá, ¿por qué tienes que insistir?
No insisto. Sólo quiero comprender.
Pues si él no quiere hablar es su derecho.
La miré en silencio.
Bien. Entonces dime tú cómo estás.
Se rió con desgana.
¿Yo? Fenomenal. Estudio, hablo con mis amigas, todo como debe ser.
Vera.
No respondió. Bajó la cabeza, se encogió sobre sí misma.
¿Qué?
Hace un mes que no sales casi. Tus amigas te han llamado dos veces y no has ido.
¿Y qué? No me apetecía.
¿Por qué?
Apresó los labios.
Porque estoy harta de ellas y de sus historias de chicos y tonterías. ¿Vale?
Vale dije. Sólo que me pareces triste.
Movió la cabeza, como quitándose un peso de encima.
No estoy triste.
Muy bien.
Volvimos a quedarnos callados. Sólo se oía el zumbido del frigorífico.
Escuchad dije por fin, no quiero educaros ni que me consolé. Solo quiero deciros la verdad: tengo miedo. Todos los días. Me angustia no tener suficiente dinero, que la abuela enferme y no lo diga, que me echen del trabajo. Me asusta que paséis por cosas difíciles y yo no me entere, por estar a lo mío. Y estoy agotado de fingir que lo controlo todo.
Vera me miró fijo, pestañeando.
Pero eres mayor, papá susurró. Tienes que poder con todo.
Eso dicen. Pero yo no siempre puedo.
Kiko levantó la vista.
¿Y qué pasa si no puedes?
Pues no lo sé confesé. Supongo que tendría que pedir ayuda.
¿A quién?
Por ejemplo, a vosotros.
Frunció aún más el ceño.
Pero nosotros somos críos.
Sois críos, sí admití. Pero sois parte de esta familia. Y a veces, necesito que me digáis la verdad, no eso de todo va bien.
Vera pasó la mano por la mesa, como buscando migas invisibles.
¿Y por qué necesitas saberlo?
Para no estar solo.
Alzó la mirada y, por un instante, creí ver que entendía.
Me da miedo ir al cole dijo de repente Kiko. Hay un niño que me llama tonto todos los días. Y todos se ríen.
Sentí el pecho apretárseme.
¿Cómo se llama ese niño?
No lo digo. Si vas tú, será peor.
No pienso ir. Te lo juro.
Kiko me miró con desconfianza.
¿Seguro?
Seguro. Pero tú tienes que saber que no estás solo.
Asintió bajando la cabeza.
No estoy solo. Está Diego conmigo, nos sentamos juntos.
Bien.
Vera suspiró.
No quiero ir a la universidad murmuró. Todos preguntan a dónde me apunto y yo no tengo ni idea. Siento que nunca sabré a qué dedicarme, que no sirvo para nada.
Vera, tienes catorce años.
¿Y qué? Mis amigas ya lo tienen claro. Yo no.
No todas.
Todas las que yo conozco.
Me quedé pensando.
A tu edad yo quería ser geólogo. Luego me arrepentí, y luego cambié mil veces de idea. Y ahora ni siquiera trabajo en nada parecido.
¿Y qué tal?
A veces bien, a veces duro. Así es la vida, no hay que tenerlo todo resuelto.
Vera asintió, aunque sin convicción.
Pero todos insisten en que hay que saberlo ya.
Eso dicen admití, pero es cosa suya, no tuya.
Me miró, casi sonrió.
Estás diferente hoy.
Estoy harto de fingir ser perfecto.
Kiko esbozó una mueca.
¿Puedo preguntarte algo?
Claro.
¿De verdad tienes miedo?
De verdad.
¿Y qué haces cuando tienes miedo?
Me paré a pensarlo.
Me levanto y hago lo que puedo. Aunque no sepa si es lo correcto. Hacer algo, aunque sea pequeño.
Kiko asintió.
Entiendo.
Nos quedamos en silencio. Yo les miraba, y supe que no había resuelto nada, ni dado respuestas, ni quitado miedos. Pero algo había cambiado: les mostré que puedo ser una persona y no solo el que aparece para supervisar, y ellos respondieron igual.
Bueno dijo Vera, levantándose. Habrá que fregar los platos.
Te ayudo dijo Kiko.
Y yo también añadí.
Nos pusimos a ello. Vera abrió el grifo, Kiko trajo la esponja. Yo cogí el trapo para secar. Trabajamos en silencio, pero una quietud distinta, llena, nueva.
Cuando el último plato estuvo en el escurreplatos, Vera se secó las manos y me miró.
Papá, ¿podemos hablar así otro día?
Claro dije. Cuando quieras.
Asintió y se marchó a su cuarto. Kiko dudó en el umbral.
Gracias por no ir a buscar a ese chico me dijo.
Pero si va a más, me lo cuentas, ¿vale?
Vale.
Entonces, vamos a acabar mates.
Fuimos a su cuarto, nos sentamos juntos en la alfombra. Cogí su cuaderno, hojeando los ejercicios. Se acercó, y nos pusimos a resolverlos, tranquilos, casi como siempre. Pero yo sabía ahora que, detrás de esos números, hay un niño con miedo, y que yo, pese a ser adulto, a veces también tiemblo y aún así me levanto.
No era mucho, pero era un principio.







