SIN ALMA… Claudia Vázquez regresa a casa. Ha ido a la peluquería, y a pesar de su respetable edad —acaba de cumplir 68 años—, sigue mimándose con visitas regulares a su estilista. Claudia se arregla el cabello, la manicura, y esos sencillos rituales le insuflan energía y buen humor. —Claudia, ha venido una familiar a verte. Le he dicho que llegarías más tarde. Prometió volver —le informa su marido, Julio. —¿Otra familiar más? Si ya no tengo parientes. Será alguna “prima lejana”… seguro que viene a pedir algo. Mejor le hubieras dicho que me fui a la otra punta del mundo —responde Claudia, algo molesta. —¿Para qué mentir? Me pareció alguien de tu familia, alta y elegante, un aire a tu suegra, que en paz descanse. No creo que venga a pedir nada, parece culta, bien vestida —intenta tranquilizarla Julio. A los cuarenta minutos, la familiar llama a la puerta. Claudia la recibe personalmente. Es cierto, tiene un aire a la madre difunta, muy bien arreglada: abrigo caro, botas, guantes, pendientes discretos de diamante. En eso, Claudia entiende. Invita a la mujer a la mesa ya puesta. —Vamos a conocernos, si somos familia. Soy Claudia, sin apellidos, veo que somos de edad parecida. Él es mi marido, Julio. ¿Por qué parte me eres parienta? —pregunta la anfitriona. La mujer duda un poco, se sonroja: —Soy Galina… Galina Valverde. Solo nos llevamos unos años. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿No te dice nada esa fecha? — Claudia palidece. —Veo que recuerdas. Sí, soy tu hija. No te preocupes, no vengo a pedir nada. Solo quería conocer a mi madre biológica. Siempre viví sin saber por qué mi madre no me quería… Por cierto, falleció hace ocho años. Siempre sentí el cariño solo de mi padre. Él murió hace dos meses y finalmente me habló de ti. Me pidió que lo perdonaras, si podías —narra Galina, emocionada. —¿No entiendo nada? Tienes una hija —pregunta sorprendido Julio. —Eso parece. Luego te lo cuento —responde Claudia. —¿Eres mi hija? ¡Genial! ¿Ya me has visto? Si crees que voy a arrepentirme o pedirte disculpas, te equivocas. No es culpa mía —contesta Claudia—. Espero que papá te haya contado todo. Si crees que voy a sentir algo maternal por ti, tampoco, ni una pizca. Discúlpame. —¿Puedo venir otra vez? Vivo aquí cerca, en el chalé, tenemos una casa grande de dos plantas, podéis venir tú y tu marido a vernos. Te traje fotos de tu nieto y bisnieta, quizás quieras verlas —suplica tímidamente Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —responde Claudia, tajante. Julio pidió un taxi para Galina y la acompañó fuera. Al regresar, Claudia ya había recogido la mesa y veía la televisión tranquilamente. —¡Qué sangre fría tienes! Podrías dirigir ejércitos, ¿de verdad no tienes corazón? Siempre sospeché que eras implacable y sin alma, jamás imaginé semejante extremo —le reprocha Julio. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿cierto? Pues ya me habían arrancado y pisoteado el alma mucho antes. Soy una chica de pueblo; siempre soñé con mudarme a la ciudad, así que estudié como nadie y fui la única de mi clase en entrar a la universidad. Tenía 17 años cuando conocí a Volo. Lo amaba con locura. Era mayor por casi 12 años, pero no me importaba. Tras una infancia pobre, la ciudad y la universidad me parecían de cuento. La beca no me alcanzaba. Siempre con hambre, aceptaba con alegría las invitaciones de mi novio a cafeterías, helados… Nunca me prometió nada, pero yo confiaba: si hay amor, me pedirá matrimonio. Una noche me invitó a su casa de campo, acepté de inmediato. Convencida de que el vínculo era fuerte. Las citas en la finca se volvieron frecuentes. Pronto noté que “habíamos hecho amistad” y sería madre. Le avisé a Volo. Estaba feliz. Cuando ya no podía ocultar mi embarazo, le pregunté: ¿Cuándo nos casamos? Ya tenía 18, podía presentar los papeles. —¿Te prometí matrimonio alguna vez? —me respondió con otra pregunta. —No lo prometí, ni me casaré. Además, ya estoy casado… —siguió, tranquilo. —¿Y… el niño? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven, llena de vida, hasta escultura podría hacerse de ti. Coges baja en la uni, estudias hasta que no se note el embarazo, luego mi esposa y yo te acogemos. No logramos tener hijos; quizás porque ella es mayor. Cuando nazca, nos quedamos con el niño. Los papeles no son asunto tuyo. Aunque joven, tengo buen puesto en el ayuntamiento. Mi esposa dirige un departamento en el hospital. Así que no te preocupes. Tras el parto descansas y vuelves a la universidad. Incluso te pagaremos. En aquel entonces nadie hablaba de “madres de alquiler”. Fui la primera sin saberlo. ¿Qué podía hacer? ¿Volver al pueblo y avergonzar a la familia? Viví en su casa hasta dar a luz. La esposa nunca me dirigió la palabra, quizás por celos. Parí la niña en casa, con comadrona. Ni la amamanté, se la llevaron de inmediato. No la volví a ver. Al cabo de una semana me despidieron con discreción. Volo me dio dinero. Regresé a la uni. Luego a la fábrica. Me dieron cuarto en residencia de familias. Primero maestra, luego jefa de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie quiso casarse, hasta que apareciste tú. Ya con 28, no pensaba en boda, pero tocaba. Después tú ya sabes. Hemos tenido buena vida, tres coches, casa completa, finca cuidada. De vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió los 90 porque los aparatos para tractores solo se hacen en un taller, y nadie sabe qué pasa en los demás. Aún está rodeada de alambres y torres de vigilancia. Nos jubilamos. Tenemos de todo. Sin hijos, y bien. Viendo lo que son los niños hoy… —termina Claudia su confesión. —No hemos vivido tan bien. Te he querido siempre. Intenté calentar tu corazón y no pude. Vale que no hubo hijos, pero ni un gato, ni un perro te ha enternecido. Mi hermana te pidió ayuda para su sobrina y ni la dejaste hospedarse una semana. Hoy ha venido tu hija y ¿cómo la has recibido? ¡Tu hija! Tu sangre y tú… Te juro, si fuéramos más jóvenes, pediría el divorcio, pero ya es tarde. Es frío estar contigo, frío —dice Julio, indignado. Claudia hasta se asusta; nunca le habló así su marido. La paz de su vida la ha roto esa hija. Julio se mudó a la finca. Lleva años allí. Ahora tiene tres perros, recogió cachorros. Nadie sabe cuántos gatos o gata más. A casa apenas va. Claudia sabe que visita a su hija Galina, ya conocen a todos y adora a la bisnieta. —Siempre fue raro, y raro seguirá. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca le ha brotado el deseo de conocer a su hija, nieto ni bisnieta. Viaja sola al mar. Descansa, se recupera y se siente estupendamente.

SIN ALMA…

Claudia Fernández regresó a casa aquella tarde. Había ido a la peluquería, como hacía de vez en cuando pese a su edad: hacía poco había cumplido 68 años y seguía mimándose con los cuidados de su estilista. Para Claudia, arreglarse el cabello y las uñas era más que una simple rutina; le daba alegría y renovaba su ánimo.

Claudita, ha venido una pariente a buscarte. Le dije que estarías más tarde, que pasara luego le anunció su marido, Julián.

¿Una pariente? Pero si ya no tengo familia. Será algún primo lejano, la típica que viene a pedir algo Mejor le hubieras dicho que me fui lejos, a hacer fortuna a las Indias respondió Claudia con cierta molestia.

No seas así, mujer. Si te digo que parecía de tu familia, alta, elegante Me recordó a tu madre, que en paz descanse. Estaba bien vestida, se ve que es una señora respetable trató de tranquilizarla Julián.

A los cuarenta minutos, la pariente llamó a la puerta. Claudia la recibió personalmente. Era cierto: tenía el mismo aire de su difunta madre, vestía un abrigo de calidad, unos botines, guantes, y unas pequeñas sortijas de brillantes en las orejas. Claudia, que siempre fue muy observadora, reconoció el buen gusto al instante.

Claudia invitó a la mujer a sentarse a la mesa, ya preparada.

Bueno, si somos familia, habrá que presentarse. Yo soy Claudia, sin más formalidades, ya somos bastantes adultos. Él es mi esposo Julián ¿Por qué rama eres tú mi pariente? preguntó la anfitriona.

La mujer titubeó, se sonrojó levemente.

Soy Gala Gala Valdivieso. Lo cierto es que la diferencia de edad apenas es de unos años. Hace poco cumplí los 50, exactamente el 12 de junio. ¿Te suena esa fecha? preguntó.

A Claudia se le fue el color de la cara.

Veo que lo recuerdas. Sí, soy tu hija. No estés nerviosa, no vengo a pedirte nada. Solo quería verte, saber quién era mi madre de verdad. He vivido toda mi vida sin entender por qué mi madre no me quería. Por cierto, falleció hace ocho años. ¿Por qué solo me quiso mi padre? Él falleció hace apenas dos meses. En su último momento me habló de ti. Me pidió que, si es posible, lo perdonaras relató Gala, visiblemente emocionada.

¿Tienes una hija? preguntó Julián, incrédulo.

Por lo visto sí. Luego te cuento respondió Claudia.

¿Así que eres mi hija? Muy bien. ¿Querías verme? Ya lo has hecho. Si piensas que voy a arrepentirme y pedir perdón, te equivocas; no tengo nada de lo que sentirme culpable se defendió Claudia ante Gala. Espero que tu padre te haya contado todo. Si crees que puedes despertar en mí sentimientos maternales, tampoco, no me queda ni un ápice. Lo siento.

¿Podré visitarte otra vez? Vivo en el barrio residencial cerca de aquí. Tenemos una casa grande, de dos plantas. Podrías venir tú y Julián. Te acostumbrarías a la idea de que existo. He traído fotos, del nieto y de la bisnieta… quizás quieras verlas propuso Gala tímidamente.

No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós respondió Claudia con frialdad.

Julián llamó a un taxi para Gala y salió a despedirla. Al volver, Claudia ya había recogido todo de la mesa y contemplaba la tele impasible.

¡Vaya temple tienes! Deberías ser general de tropas. ¿No tienes corazón? Siempre sospeché que eras fría, pero no hasta este extremo le reprochó Julián.

Nos conocimos cuando yo tenía 28 años, ¿cierto? Pues mi alma quedó machacada mucho antes replicó Claudia. Era una chica de pueblo que soñaba con dejar atrás el campo. Por eso estudié con ahínco y conseguí entrar a la universidad, la única de toda mi clase.

Conocí a un hombre, Baltasar, cuando tenía 17. Le amaba con locura, era mayor que yo casi 12 años, pero nada me importaba. Tras una infancia de escasez, todo en la ciudad donde estudiaba me parecía un sueño. Mi beca apenas alcanzaba para sobrevivir, y siempre tenía hambre. Por eso aceptaba encantada sus invitaciones a cafés y heladerías.

Él nunca prometió nada, pero yo creía que, con ese amor, acabaría casándose conmigo.

Una noche me invitó a su casa de campo y acepté sin pensar. Pensé que, después de aquello, lo tenía atado a mí. Las visitas a la casa se hicieron frecuentes. Pronto quedó claro que estaba embarazada.

Se lo conté a Baltasar; se alegró muchísimo. Viendo que pronto sería evidente mi estado, le pregunté cuándo nos casaríamos, ya tenía 18 y podía hacer la solicitud.

¿Y acaso te lo prometí? me contestó. No pienso casarme. Además, ya estoy casado.

¿Y el niño? ¿Y yo?

Tú eres joven, sana, cualquiera te tomaría por modelo. En la universidad pide un permiso académico. Cuando se note mucho, estudia, luego mi esposa y yo te llevaremos a nuestra casa. No podemos tener hijos. Quizás porque mi mujer es mayor. Cuando nazca, tomaremos al niño. Todo el papeleo no es asunto tuyo. Aunque tengo poca edad, en el ayuntamiento no soy cualquiera. Mi esposa es jefa de servicio en el hospital. No te preocupes por el niño. Tras el parto descansas y vuelves a estudiar. Te daremos dinero.

En aquel entonces nadie hablaba de maternidad subrogada; yo fui seguramente la primera madre de alquiler sin saberlo. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver al pueblo y avergonzar a mi familia?

Viví en su chalé hasta el parto. La esposa de Baltasar nunca me visitó, quizás por celos. La niña la parí en casa, vino una comadrona y todo fue correcto. No le di pecho, se la llevaron enseguida. No volví a verla. A la semana me despidieron con delicadeza Baltasar me dio unos billetes.

Regresé a la universidad. Tras graduarme, entré a trabajar en la fábrica. Me dieron una habitación en una residencia familiar. Fui primero encargada, luego maestra de calidad.

Tuve muchos amigos, pero nadie me pedía matrimonio hasta que llegaste tú. Tenía ya 28 años, y aunque no lo deseaba, tocaba cumplir.

El resto ya lo sabes. Hemos vivido bien, cambiado tres coches, casa siempre llena, huerto bonito, y cada verano de vacaciones. Nuestra fábrica sobrevivió a los años duros porque teníamos la única sección que producía instrumentos para tractores. Está rodeada aún de muros y torres de vigilancia.

Salimos con la pensión. Nos sobra de todo. No tenemos hijos, y menos mal. Viendo a los niños de hoy cerró su relato Claudia.

No hemos vivido bien. Te amé. Toda mi vida intenté darte calor y no lo logré. Vale que no hubo hijos, pero tampoco tuviste compasión ni de un gato ni de un perro. Mi hermana te pidió ayuda para su sobrina y ni siquiera la dejaste quedarse una semana.

Hoy vino tu hija, ¡tú hija! ¿Y cómo la recibiste? Hija de tu sangre… Si fuéramos más jóvenes te habría pedido el divorcio, pero ya es tarde. A tu lado siempre hace frío le reprochó Julián, irritado.

Claudia, algo asustada, nunca había visto a Julián hablarle así. Su tranquila existencia había sido interrumpida por aquella hija.

Julián se instaló en la casa de campo. Desde entonces, vive allí. Tiene tres perros rescatados y incontables gatos. Apenas aparece por casa. Claudia sabe que visita a Gala, se lleva bien con todos, y adora a la bisnieta.

Siempre fue un sentimental, así sigue. Que viva como quiera pensaba Claudia.

Jamás tuvo deseos de conocer de cerca a su hija, su nieto o bisnieta.

Viaja sola al mar. Descansa, se recobra, y se siente plenamente feliz.

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MagistrUm
SIN ALMA… Claudia Vázquez regresa a casa. Ha ido a la peluquería, y a pesar de su respetable edad —acaba de cumplir 68 años—, sigue mimándose con visitas regulares a su estilista. Claudia se arregla el cabello, la manicura, y esos sencillos rituales le insuflan energía y buen humor. —Claudia, ha venido una familiar a verte. Le he dicho que llegarías más tarde. Prometió volver —le informa su marido, Julio. —¿Otra familiar más? Si ya no tengo parientes. Será alguna “prima lejana”… seguro que viene a pedir algo. Mejor le hubieras dicho que me fui a la otra punta del mundo —responde Claudia, algo molesta. —¿Para qué mentir? Me pareció alguien de tu familia, alta y elegante, un aire a tu suegra, que en paz descanse. No creo que venga a pedir nada, parece culta, bien vestida —intenta tranquilizarla Julio. A los cuarenta minutos, la familiar llama a la puerta. Claudia la recibe personalmente. Es cierto, tiene un aire a la madre difunta, muy bien arreglada: abrigo caro, botas, guantes, pendientes discretos de diamante. En eso, Claudia entiende. Invita a la mujer a la mesa ya puesta. —Vamos a conocernos, si somos familia. Soy Claudia, sin apellidos, veo que somos de edad parecida. Él es mi marido, Julio. ¿Por qué parte me eres parienta? —pregunta la anfitriona. La mujer duda un poco, se sonroja: —Soy Galina… Galina Valverde. Solo nos llevamos unos años. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿No te dice nada esa fecha? — Claudia palidece. —Veo que recuerdas. Sí, soy tu hija. No te preocupes, no vengo a pedir nada. Solo quería conocer a mi madre biológica. Siempre viví sin saber por qué mi madre no me quería… Por cierto, falleció hace ocho años. Siempre sentí el cariño solo de mi padre. Él murió hace dos meses y finalmente me habló de ti. Me pidió que lo perdonaras, si podías —narra Galina, emocionada. —¿No entiendo nada? Tienes una hija —pregunta sorprendido Julio. —Eso parece. Luego te lo cuento —responde Claudia. —¿Eres mi hija? ¡Genial! ¿Ya me has visto? Si crees que voy a arrepentirme o pedirte disculpas, te equivocas. No es culpa mía —contesta Claudia—. Espero que papá te haya contado todo. Si crees que voy a sentir algo maternal por ti, tampoco, ni una pizca. Discúlpame. —¿Puedo venir otra vez? Vivo aquí cerca, en el chalé, tenemos una casa grande de dos plantas, podéis venir tú y tu marido a vernos. Te traje fotos de tu nieto y bisnieta, quizás quieras verlas —suplica tímidamente Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —responde Claudia, tajante. Julio pidió un taxi para Galina y la acompañó fuera. Al regresar, Claudia ya había recogido la mesa y veía la televisión tranquilamente. —¡Qué sangre fría tienes! Podrías dirigir ejércitos, ¿de verdad no tienes corazón? Siempre sospeché que eras implacable y sin alma, jamás imaginé semejante extremo —le reprocha Julio. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿cierto? Pues ya me habían arrancado y pisoteado el alma mucho antes. Soy una chica de pueblo; siempre soñé con mudarme a la ciudad, así que estudié como nadie y fui la única de mi clase en entrar a la universidad. Tenía 17 años cuando conocí a Volo. Lo amaba con locura. Era mayor por casi 12 años, pero no me importaba. Tras una infancia pobre, la ciudad y la universidad me parecían de cuento. La beca no me alcanzaba. Siempre con hambre, aceptaba con alegría las invitaciones de mi novio a cafeterías, helados… Nunca me prometió nada, pero yo confiaba: si hay amor, me pedirá matrimonio. Una noche me invitó a su casa de campo, acepté de inmediato. Convencida de que el vínculo era fuerte. Las citas en la finca se volvieron frecuentes. Pronto noté que “habíamos hecho amistad” y sería madre. Le avisé a Volo. Estaba feliz. Cuando ya no podía ocultar mi embarazo, le pregunté: ¿Cuándo nos casamos? Ya tenía 18, podía presentar los papeles. —¿Te prometí matrimonio alguna vez? —me respondió con otra pregunta. —No lo prometí, ni me casaré. Además, ya estoy casado… —siguió, tranquilo. —¿Y… el niño? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven, llena de vida, hasta escultura podría hacerse de ti. Coges baja en la uni, estudias hasta que no se note el embarazo, luego mi esposa y yo te acogemos. No logramos tener hijos; quizás porque ella es mayor. Cuando nazca, nos quedamos con el niño. Los papeles no son asunto tuyo. Aunque joven, tengo buen puesto en el ayuntamiento. Mi esposa dirige un departamento en el hospital. Así que no te preocupes. Tras el parto descansas y vuelves a la universidad. Incluso te pagaremos. En aquel entonces nadie hablaba de “madres de alquiler”. Fui la primera sin saberlo. ¿Qué podía hacer? ¿Volver al pueblo y avergonzar a la familia? Viví en su casa hasta dar a luz. La esposa nunca me dirigió la palabra, quizás por celos. Parí la niña en casa, con comadrona. Ni la amamanté, se la llevaron de inmediato. No la volví a ver. Al cabo de una semana me despidieron con discreción. Volo me dio dinero. Regresé a la uni. Luego a la fábrica. Me dieron cuarto en residencia de familias. Primero maestra, luego jefa de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie quiso casarse, hasta que apareciste tú. Ya con 28, no pensaba en boda, pero tocaba. Después tú ya sabes. Hemos tenido buena vida, tres coches, casa completa, finca cuidada. De vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió los 90 porque los aparatos para tractores solo se hacen en un taller, y nadie sabe qué pasa en los demás. Aún está rodeada de alambres y torres de vigilancia. Nos jubilamos. Tenemos de todo. Sin hijos, y bien. Viendo lo que son los niños hoy… —termina Claudia su confesión. —No hemos vivido tan bien. Te he querido siempre. Intenté calentar tu corazón y no pude. Vale que no hubo hijos, pero ni un gato, ni un perro te ha enternecido. Mi hermana te pidió ayuda para su sobrina y ni la dejaste hospedarse una semana. Hoy ha venido tu hija y ¿cómo la has recibido? ¡Tu hija! Tu sangre y tú… Te juro, si fuéramos más jóvenes, pediría el divorcio, pero ya es tarde. Es frío estar contigo, frío —dice Julio, indignado. Claudia hasta se asusta; nunca le habló así su marido. La paz de su vida la ha roto esa hija. Julio se mudó a la finca. Lleva años allí. Ahora tiene tres perros, recogió cachorros. Nadie sabe cuántos gatos o gata más. A casa apenas va. Claudia sabe que visita a su hija Galina, ya conocen a todos y adora a la bisnieta. —Siempre fue raro, y raro seguirá. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca le ha brotado el deseo de conocer a su hija, nieto ni bisnieta. Viaja sola al mar. Descansa, se recupera y se siente estupendamente.