Sin alma

Sin alma
Diario de Fernando Rodríguez, Madrid, 2024.
Hoy llegó a casa mi esposa, Leonor Martín, de la peluquería.
Aunque ya ha cumplido los 68 años, sigue cuidándose y se da el gusto de visitar a su estilista con cierta frecuencia.
Se arregla el cabello, las uñas, y esas pequeñas rutinas le animan el ánimo y la mantienen vital.
Leonor, ha venido una pariente tuya mientras estabas fuera.
Le dije que volverías más tarde y prometió regresar le comenté cuando entró.
¿Una pariente?
Si ya no tengo familia.
Seguramente alguna lejana, de esas que sólo aparecen para pedir algo.
Deberías haberle dicho que estaba de viaje por tierras lejanas respondió malhumorada.
No hay por qué mentir.
Me pareció de tu familia, alta, elegante, tiene un aire que me recordó a tu madre, que en paz descanse.
Dudo que venga a pedir favores, se veía una mujer culta, bien vestida intenté tranquilizarla.
Tras unos cuarenta minutos, la pariente llamó al timbre.
Leonor abrió la puerta.
Era cierto, tenía el porte de su difunta madre, vestía un abrigo caro, botas elegantes, guantes, y unos pendientes de brillantes diminutos en las orejas; Leonor es experta en distinguir esos detalles.
Le invitó a sentarse a la mesa, ya preparada para cenar.
Bueno, ya que somos familia, ¿nos conocemos?
Soy Leonor, sin apellidos, vea que somos casi contemporáneas.
Este es mi marido Fernando.
¿Por qué lado eres mi pariente?
preguntó Leonor con frialdad.
La mujer vaciló y se sonrojó Me llamo Carmen Carmen Alonso.
En realidad nos llevamos pocos años.
Cumplí 50 el pasado 12 de junio.
¿Esa fecha le dice algo?
Leonor se quedó pálida.
Está claro, lo recuerda.
Soy su hija.
No se preocupe, no vengo a pedir nada.
Solo quería ver a mi madre biológica.
He vivido toda mi vida sin entender por qué no me quería mamá, que falleció hace ocho años.
¿Por qué sólo me quería papá?
Hace apenas dos meses que falleció y justo antes de morir me contó la verdad sobre usted.
Me pidió que le pidiese perdón si podía.
¿Tienes una hija?
pregunté asombrado.
Parece que sí.
Luego te lo explicaré respondió Leonor.
Así que eres hija mía.
¿Has venido a mirar?
Si piensas que voy a cargarme de arrepentimiento o pedir perdón, te equivocas.
Yo no tengo culpa en esto le contestó.
Espero que papá te lo haya contado todo.
Si esperas que despierte sentimientos maternales, tampoco, ni una pizca.
Lo siento.
¿Puedo volver a visitarle?
Vivo en las afueras, tenemos una casa grande de dos plantas.
Podría venir con su marido, y acostumbrarse a la idea He traído fotos del nieto, de la bisnieta, ¿le gustaría verlas?
preguntó Carmen tímidamente.
No.
No quiero.
No vengas.
Olvídate de mí.
Adiós contestó Leonor tajante.
Llamé un taxi para Carmen y fui a despedirla.
Al regresar, Leonor había limpiado la mesa y miraba la televisión como si nada hubiera pasado.
¡Vaya temple!
Podrías dirigir ejércitos.
¿De verdad no tienes alma?
Siempre pensé que eras dura y fría, pero esto le dije, molesto.
Nos conocimos cuando yo tenía 28 años, ¿verdad?
Pues mi querido Fernando, mi alma me la arrancaron mucho antes.
Yo era una chica de pueblo que soñaba con vivir en la ciudad, por eso estudiaba mejor que nadie y fui la única de la clase que entró en la universidad.
Tenía 17 años cuando conocí a Javier.
Lo amaba locamente.
Era doce años mayor pero eso no me importaba.
Después de una infancia pobre, todo en Madrid me parecía mágico.
La beca no me alcanzaba y siempre tenía hambre, así que aceptaba con alegría las invitaciones de Javier a cafeterías o a tomar helado.
No me prometió nada, pero yo creía que si nos amábamos tanto, acabaría casándose conmigo.
Una noche me invitó a su casa de campo y acepté sin dudar.
Pensaba que así lo amarraba a mí para siempre.
Las visitas se hicieron habituales y pronto comprendí que estaba embarazada.
Se lo conté y él se alegró mucho.
Como pronto mi estado sería evidente, le pregunté cuándo nos casaríamos.
Ya tenía 18 años, podíamos ir al registro civil.
¿Yo te he prometido casarme?
me respondió con otra pregunta.
No te lo he prometido, ni lo haré.
Además, estoy casado dijo con absoluta calma.
¿Y el niño?
¿Y yo?
Mira, eres joven y sana.
Podrían hacerte una escultura como la del Retiro Toma un permiso en la universidad.
Mientras no se note, estudia.
Después mi esposa y yo te llevaremos a casa.
No logramos tener hijos, ella es mayor.
Cuando nazca, nos quedaremos con él.
Los trámites no son tu asunto.
Soy alguien en el Ayuntamiento y mi esposa dirige el hospital.
Así que tranquila.
Tras el parto, descansas y regresas a la universidad.
Te pagaremos además.
Por entonces nadie hablaba de maternidad subrogada, pero yo fui, en cierto modo, la primera.
¿Qué podía hacer?
¿Volver al pueblo y cargarme el honor de mi familia?
Viví en su chalet hasta el parto.
La esposa de Javier nunca entró a mi cuarto, quizás por celos.
Di a luz a la niña en casa, trajeron a una matrona, todo en regla.
No le di pecho, se la llevaron al momento.
No la volví a ver.
Una semana después me despidieron con delicadeza y Javier me dio dinero.
Volví a la universidad.
Luego al trabajo en una fábrica.
Me dieron una habitación en una residencia familiar.
Comencé como supervisora y acabé como responsable de control de calidad.
Amigos tuve, pero nunca me invitaban a casarme, hasta que apareciste tú.
Ya tenía 28, no buscaba marido, pero era lo que tocaba.
Lo demás lo sabes.
Buena vida juntos, tres coches, casa llena, jardín bien cuidado.
Viajábamos cada verano.
Nuestra fábrica sobrevivió a los años de crisis porque fabricábamos piezas únicas de maquinaria agrícola y nadie sabe qué hay en los demás talleres.
Aun está rodeada de alambrada y torres de vigilancia.
Salimos con pensión ventajosa.
No nos falta de nada.
No tuvimos hijos, ni falta que nos hacen.
Cuando veo a los niños de ahora terminó su confesión Leonor.
No fue tan buena vida.
Te quise y siempre intenté ablandar tu corazón, pero no logré nada.
No tuvimos hijos, pero ni un gato ni un perro te ha importado jamás.
Mi hermana te pidió ayuda para su sobrina y ni la dejaste quedarse una semana.
Hoy vino tu hija y así la recibiste.
¡Tu hija!
Tu sangre, y ni siquiera Te lo juro, si fuéramos más jóvenes pediría el divorcio, pero ya es tarde.
Contigo a mi lado hace frío, mucho frío le reproché, más dolido que nunca.
Leonor pareció asustada, nunca le había hablado así.
La llegada de la hija alteró toda su tranquila existencia.
Me mudé a la casa de campo, donde paso casi todos los días.
Allí tengo tres perros rescatados de la calle y quién sabe cuántos gatos.
Apenas paso por casa.
Sé que voy a visitar a Carmen, la hija de Leonor; he conocido a todos, y adoro a la bisnieta.
Siempre fuiste muy peculiar, Fernando.
Que haga lo que quiera piensa Leonor.
Nunca sintió necesidad de acercarse a su hija, ni a su nieto, ni a su bisnieta.
Viaja sola a la costa, descansa y sigue sintiéndose bien.
Hoy he aprendido que el alma humana, si se pierde, apenas se recupera; estar cerca de alguien helado es un exilio diario.

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