Llevo casi siete años casado con mi esposa, y antes de casarnos ya nos conocíamos desde hacía mucho tiempo. Durante todo este tiempo, ambos hemos trabajado duro y hemos conseguido ahorrar lo suficiente para construir nuestra propia casa, la cual hemos edificado nosotros mismos.
Antes de mudarnos a esta vivienda, vivíamos en el piso de mi esposa en el centro de Madrid. Lo reformamos a fondo justo antes de casarnos. Y, aunque han pasado ya bastantes años, el estado del piso sigue siendo realmente bueno.
Por eso, cuando nos trasladamos a la casa nueva, ni se nos pasó por la cabeza alquilar el piso antiguo; preferimos dejarlo vacío para que no se deteriorara. Pensamos que así se conservaría mejor.
Hace medio año, mis padres nos regalaron otro piso, también en el centro de la ciudad. Ni se nos ocurrió venderlo; ya habíamos asumido los principales gastos con la casa, no era necesario deshacernos de ese piso.
Mi mujer y yo decidimos que más adelante haríamos unas reformas pequeñas y cambiaríamos algunos muebles. La idea era dejarlo preparado por si en algún momento queríamos alquilarlo, pero sin gastar mucho ni dejarlo hecho un desastre.
Hasta ahora, el piso ha permanecido cerrado y, claro, llamó la atención de mi cuñada cuando comentábamos en una comida familiar.
Empezó a decir que tenemos dos pisos ahí, muertos de risa. Uno es útil, sí, pero dos pisos sin utilizar le parecía un exceso, sobre todo sabiendo que mantener una familia cuesta dinero.
Resulta que ella y su marido estaban intentando comprar una vivienda en las afueras de Toledo, pero solo llevaban la mitad pagada. No querían pedir una hipoteca porque ambos tenían sueldos bastante bajos.
La conversación empezó a ponerse incómoda. La hermana de mi esposa expuso su punto de vista: según ella, lo lógico era que vendiéramos uno de nuestros pisos para ayudarles económicamente con lo recaudado, y el resto del dinero lo podíamos ahorrar en el banco. Eso sí, ella y su marido nos devolverían esa cantidad con el tiempo, aunque estaría claro que pasarían varios años.
Vi perfectamente que mi esposa se sentía incómoda. Nosotros siempre intentamos ayudar a la familia en lo que podemos, tanto en cosas prácticas como con dinero, pero esta petición nos parecía demasiado.
Así que decidí contestar yo mismo a mi cuñada. Le expliqué muy tranquilo que aquello era un tema muy serio. Ellos, al final, tendrían un piso y nosotros dejaríamos de tener uno de los nuestros, quedándonos únicamente con lo que sobrara en el banco. En esa situación, si las cosas iban mal, podríamos quedarnos sin sitio donde vivir.
Además, le dije, nunca se sabe cuándo se puede devolver ese dinero. Temas importantes de dinero entre familia siempre deben tratarse con todo el cuidado del mundo.
No me sorprendió que este tipo de conversación sentara mal a todos los presentes. Mi cuñada me miró con cierto resentimiento y mi esposa cambió el tema discretamente.






