«Siete años bajo el techo de la suegra: por qué mi hermana cree que todos le deben algo»

**«Siete años bajo el techo de mi suegra»: por qué mi hermana cree que todo el mundo le debe algo**

Mi hermana pequeña se llama Ana. Desde que tengo memoria, siempre ha tenido un don especial para hacerse la víctima. Para ella, nada está bien, todo es difícil y, por supuesto, la culpa siempre es de los demás. No es de esas personas que resuelven problemas, no. Prefiere esperar a que alguien más se moleste en arreglárselo todo, dejando sus asuntos para acudir corriendo en su ayuda. En resumen, lleva toda la vida en modo «el mundo me debe algo».

Nada más terminar la carrera, Ana se casó. Y no diré que no tuvo suerte, al contrario, tuvo una oportunidad con la que muchas sueñan. Su suegra, Carmen López, resultó ser una mujer de buen corazón y más lista que el hambre. Tenía un piso de una habitación heredado de una tía lejana y, en vez de alquilarlo como planeaba, les dejó vivir allí gratis a los recién casados. Ella se quedó en su casa, un dúplex en las afueras de Madrid. Todo para que los jóvenes pudieran ahorrar y comprarse algo propio. Pero, ay, los gestos generosos a veces se pagan con ingratitud.

Ana no era precisamente una trabajadora incansable. Se pasaba los días tirada en el sofá, enganchada a las series, el café y las redes sociales. ¿Buscar trabajo después de la universidad? ¿Para qué, si podía quedarse embarazada rápido y vivir de la baja por maternidad? Y así fue. Al año ya empujaba un carrito y, poco después, su marido pidió el divorcio y desapareció de su vida. Se quedó sola. ¿Y quién la acogió? Claro, su suegra.

Carmen, siendo la buena gente que es, le permitió quedarse en el piso «hasta que se pusiera de pie». Lo que para ella significaba: encontrar trabajo, ahorrar para la entrada de una hipoteca, ir avanzando hacia la independencia. Pero Ana entendió «vivir hasta que me echen».

La suegra ayudaba en lo que podía: cuidaba al niño, le compraba juguetes, le echaba una mano con la compra. Mientras, Ana, en vez de ahorrar, se iba de vacaciones a la playa, compraba bolsos de diseño y se hacía fotos para Instagram con sus nuevos maquillajes. Todo ello viviendo gratis. Su exmarido, por cierto, no perdió el tiempo: pidió una hipoteca, se volvió a casar y siguió adelante con su vida. En cambio, mi hermana decidió que ella podía quedarse de brazos cruzados, porque el mundo entero le debía algo.

Pasaron siete años. Y Carmen, que para entonces ya estaba jubilada, recordó amablemente que aquel piso lo había pensado para alquilar y tener un ingreso extra. Le pidió a Ana que empezara a buscar otro sitio. ¿Y qué creen que pasó? Mi hermana montó un número que habría dejado en ridículo a cualquier obra de Lope de Vega. Entre gritos y lágrimas, acusó a Carmen de echarla a la calle con su hijo. Todo, por supuesto, delante del niño y del exmarido.

Nadie la echaba a la calle. Nuestros padres viven en una casa amplia en las afueras, con una habitación lista para ella y el niño. Pero no le interesa. ¿Por qué? Porque en casa de los padres hay que ayudar, recoger, madrugar… y ella ya se había acostumbrado a vivir como una reina. Así que decidió pasarme la pelota a mí.

Mi marido y yo acabábamos de pagar la entrada de nuestro piso, terminamos la reforma y lo pusimos en alquiler. El dinero que nos da cubre la cuota de la hipoteca. De momento, seguimos viviendo en el piso de él. Cuando Ana se enteró, tuvo el descaro de proponerme que la dejáramos vivir allí «solo seis meses». Claro, sin pagar. Y me juró que en ese tiempo lo solucionaría todo.

Pero yo conozco a Ana. Esos seis meses se convertirían en ocho años rápidamente. Y nuestra reforma acabaría hecha trizos en cuestión de semanas. Luego vendrían los reproches: que si soy una egoísta, que si no ayudo a mi hermana. Así que le dije un «no» rotundo. La mejor decisión de mi vida. Ana se enfureció, se puso a mandar audios llorosos a toda la familia, pintándonos como unos desalmados y hasta poniendo al niño en nuestra contra.

Pero ya no caigo en sus manipulaciones. Mi marido y yo trabajamos, ahorramos y nos esforzamos por nuestro futuro. No nos hemos ido de vacaciones a la Costa del Sol, ni nos hemos comprado ropa de marca. Hemos renunciado a cosas para lograr lo nuestro. Y no vamos a pagar ahora por la pereza y el despiste de otra persona.

Sigo sin entenderlo: ¿cómo es posible no pensar en el futuro en siete años? ¿Creía que viviría eternamente en el piso de su suegra? ¿O esperaba que algún familiar le regalara otro? Y lo peor es esa idea fija de que todo el mundo le debe algo. Hasta su propio hijo se ha convertido en moneda de cambio en su obra de teatro titulada «Pobre de mí, me echan de casa».

¿Qué hacer con una hermana así? ¿Mantener el contacto o cortar por lo sano? Estoy harta de que me trate como si le debiera la vida…

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«Siete años bajo el techo de la suegra: por qué mi hermana cree que todos le deben algo»