En casa había visitas. Prácticamente siempre había gente invitada.
Todo el mundo bebe, beben sin parar, el salón lleno de botellas, pero de comida nada. Ni siquiera un trozo de pan solo colillas y una lata de sardinas vacía encima de la mesa me fijé bien, mirando una vez más por si encontraba algo, pero nada de nada.
Bueno, mamá, me voy dije mientras me calzaba despacio mis zapatos rotos.
Todavía tenía la esperanza de que mi madre me detuviera, que me dijera:
¿A dónde vas, hijo, sin comer y con este frío en la calle? Quédate aquí. Ahora preparo unas gachas, echo a los invitados y limpio el suelo.
Siempre esperaba de mi madre palabras cariñosas, pero a ella no le salía ni una. Lo que decía parecían espinas, frases que me daban ganas de hacerme pequeño y esconderme.
Esta vez tomé la decisión de irme para siempre. Tenía seis años y me sentía ya todo un adulto. Mi primer pensamiento fue ganar algo de dinero para comprarme una barra de pan, o quizá hasta dos. Mi estómago rugía pidiendo alimento.
No tenía ni idea de cómo conseguir dinero, pero pasando junto a los puestos de la Plaza Mayor vi una botella vacía medio enterrada en la nieve; la cogí y me la guardé en el bolsillo. Encontré también una bolsa tirada y pasé medio día recogiendo botellas por la calle.
El bolso ya pesaba. Las botellas tintineaban y yo ya me imaginaba entrando en una panadería y comprando un bollo suave y dulce con semillas de amapola, o con pasas, o quizá hasta glaseado Bueno, para el glaseado no tendría suficientes botellas, así que mejor seguir buscando.
Me acerqué a los andenes de cercanías, donde los hombres esperaban el tren tomando una cerveza. Dejé el bolso pesadísimo junto a un kiosco y corrí a por una botella recién abandonada. Mientras iba y venía, un hombre mugriento y de cara mala llegó, cogió la bolsa y me miró con tal ceño que enmudecí y me di media vuelta.
Mi sueño del bollo se esfumó como un espejismo.
Recolectar botellas también es un trabajo duro pensé, y me puse a caminar de nuevo por las calles nevadas de Madrid.
La nieve estaba húmeda y pegajosa. Se me mojaron los pies y tenía un frío de los que calan. La noche cayó y ni recuerdo cómo acabé tumbado en un portal, en el rellano, acurrucado junto al radiador y sumido en un sueño caliente y profundo.
Al despertarme pensé que seguía soñando, porque todo era cálido, tranquilo, acogedor, y olía a algo increíblemente rico.
Entró una mujer sonriente y amable:
¿Ya entraste en calor, chaval? ¿Has dormido bien? Venga, desayuna conmigo. Encontré a un niño como un cachorrito, tirado en el portal y te traje a mi casa.
¿Es este mi hogar ahora? pregunté, incrédulo por tanta suerte.
Si no tienes casa, este será el tuyo respondió ella.
Lo que vino después parecía sacado de un cuento. Aquella señora desconocida me cuidaba, me daba de comer, me compró ropa nueva. Poco a poco le conté mi vida con mi madre.
La buena mujer tenía un nombre mágico: Lidia. En realidad era bastante común en España, pero yo no lo había escuchado nunca, así que me pareció cosa de hadas. Creía que solo una hada buena podía llamarse así.
¿Quieres que sea tu madre? preguntó una tarde, abrazándome fuerte, como haría una madre auténtica y amorosa.
Por supuesto que quería. Pero la felicidad no duró mucho. Solo una semana después vino mi madre.
Aquel día estaba casi sobria y vociferó contra mi cuidadora:
Todavía no me han quitado la tutela, y tengo todos los derechos sobre mi hijo.
Y mientras me sacaba de aquella casa, caían copos de nieve y el piso de Lidia me parecía un castillo blanco, resplandeciente.
A partir de entonces, las cosas sólo empeoraron. Mi madre no dejó de beber. Yo me escapaba, dormía en estaciones y seguía recogiendo botellas, gastando la poca calderilla en pan. No hacía amigos, no pedía nada a nadie.
Con el tiempo, mi madre perdió la tutela y me trasladaron a un centro de menores.
Lo que más tristeza me daba es que, por más que pensaba, no recordaba dónde estaba aquel hogar tan blanco, el hogar con la mujer de nombre de cuento.
Pasaron tres años.
Vivía aún en el centro, siempre callado y solitario. Sólo me gustaba apartarme para dibujar, siempre la misma imagen: una casa blanca y nieve cayendo del cielo.
Una periodista vino un día de visita. La directora la acompañaba por las habitaciones, presentándole a los chicos. Me presentaron a mí:
Leonel es un niño muy bueno y especial, pero tiene problemas de adaptación. Llevamos tres años trabajando y buscamos una familia para él.
La periodista se presentó:
Hola, me llamo Lidia dijo.
Me reanimé de golpe. Empecé a hablar con entusiasmo, contando todo sobre la otra Lidia, la señora que me había salvado y cuidado. Parecía que mi alma revivía según hablaba. Se me iluminaban los ojos y me salía el color en la cara. La directora no podía creer cómo cambiaba.
El nombre de Lidia fue la llave dorada para abrir mi corazón.
La periodista no pudo evitar llorar al escuchar mi historia. Me prometió escribir sobre mí en el periódico local, para que aquella buena mujer lo leyera y supiera que yo deseaba reencontrarme con ella.
Así lo hizo. Y sucedió el milagro.
La señora no compraba el periódico, pero justo el día de su cumpleaños, sus compañeros de trabajo le regalaron flores. Era invierno, así que las envolvieron en el diario. En casa, al abrir el ramo, leyó el artículo titulado: Buena mujer Lidia, el niño Leonel te busca. Por favor, responde.
Leyó aquello, y supo enseguida que era yo, el niño que ella había recogido, el que quiso adoptar.
En cuanto la vi la reconocí. Corrí hacia ella; nos abrazamos. Nos echamos a llorar los dos, y también las educadoras que estaban presentes.
Te he esperado tanto le dije.
No fue fácil dejarla ir de vuelta a casa; no podía llevarme aún, y tocaba empezar el proceso de adopción, pero me prometió que vendría todos los días a verme.
P.D.:
Después empezó mi verdadera vida feliz. Ahora tengo 26 años. Terminé el Grado en Tecnología en la Universidad Politécnica. Estoy a punto de casarme con una chica maravillosa. Soy alegre, comunicativo y adoro a mi madre Lidia, la mujer a quien le debo todo.
Cuando crecí, ella me confesó que su marido la había dejado por no poder tener hijos. Se sentía sola y desgraciada. En ese momento me encontró en aquel portal y me rescató con su cariño.
Cuando mi madre biológica me recuperó, Lidia pensó que quizá el destino no estaba de nuestro lado.
Pero fue inmensamente feliz cuando supo de mí en el centro de menores.
Quise averiguar qué fue de mi madre biológica. Descubrí que vivíamos de alquiler en Madrid; años atrás se marchó no se sabe dónde con un hombre recién salido de prisión. No seguí buscando. ¿Para qué?Hoy, cada invierno, en cuanto la primera nevada cubre la ciudad, camino con Lidia por la Plaza Mayor. A veces, pasamos por viejos portales y me pregunto si ese fue el refugio donde todo cambió. Lidia sonríe y aprieta mi mano; no necesitamos saber el lugar exacto. Sabemos, sí, que los milagros existen, que a veces el frío de la calle puede transformarse en el calor más verdadero.
Al mirar a mi madre, ya no veo solo a la mujer que me rescató, sino a la raíz de mi propia esperanza. Gracias a ella aprendí que, aunque la vida pueda parecer un camino de nieve y botellas vacías, siempre cabe la posibilidad de encontrar un hogar donde nadie lo espera.
Y así, desde la ventana de nuestro piso, cuando caen los copos y Madrid se cubre de blanco, cuento esa historia a quien quiera escucharla. Digo que en esta ciudad, entre portales y plazas, se esconde el secreto de todas las familias: a veces no se busca, simplemente te encuentra.
Al fin y al cabo, la vida no se mide por el pan que falta en la mesa, sino por el abrazo que decide quedarse.
Siempre tenían invitados en casa: las visitas eran casi constantes. Todos bebían, bebían sin parar, había botellas por doquier, pero comida, ni rastro. Ni siquiera un trozo de pan… en la mesa solo colillas y una lata vacía de sardinas. Mientras León observaba con atención la mesa sin encontrar nada, decidió: –Mamá, me voy– dijo el niño mientras se ponía lentamente sus desgastados zapatos. Todavía esperaba que su madre lo detuviese, que le dijera: “¿A dónde vas, hijo, sin comer y con el frío que hace en la calle? Quédate en casa, ahora mismo preparo unas gachas y echo a los invitados, hasta friego el suelo.” Él siempre esperaba una palabra cariñosa de su madre, pero a ella no le gustaba hablar con ternura. Sus palabras eran como púas que hacían que León quisiera encogerse y esconderse. Esta vez decidió irse para siempre. León tenía seis años y se creía muy mayor. Para empezar, pensó en ganar algo de dinero para comprarse un bollo, quizá dos, pues su estómago rugía de hambre. No sabía cómo, pero al pasar cerca de los quioscos encontró una botella vacía en la nieve, la guardó en el bolsillo, luego encontró una bolsa vieja y pasó medio día recogiendo botellas. Las botellas tintineaban en la bolsa. León ya se imaginaba comprando un bollo suave y aromático, de semillas de amapola o de pasas, quizás con glaseado… aunque, calculó, para el glaseado no le daría con lo recogido y decidió buscar aún más. Se acercó a la estación de trenes de cercanías donde hombres esperaban bebiendo cerveza. León dejó la bolsa junto al quiosco y corrió a por una botella recién dejada, pero mientras tanto, un hombre sucio y hosco se acercó y se llevó todas sus botellas, lo miró con tal enfado que León tuvo que marcharse sin decir nada. El sueño del bollo se desvaneció como un espejismo. “Recoger botellas también es un trabajo duro,” pensó León mientras avanzaba por las calles nevadas. La nieve estaba húmeda y pegajosa, los pies se le mojaron y se le quedaron helados. La noche cayó. No recordaba cómo llegó a un portal, donde cayó exhausto en el rellano y se acurrucó junto a la calefacción, sumido en un sueño cálido. Al despertar, pensó que seguía soñando, pues sentía calor y calma, y olía algo deliciosamente sabroso. Entonces entró en la habitación una mujer con una sonrisa bondadosa. –Bueno, niño, ¿ya has entrado en calor? ¿Has dormido? Venga, desayuna conmigo. Te vi durmiendo en el portal, como un cachorrito, y te traje a casa. –¿Este es mi casa ahora?– preguntó León, sin creerse su suerte. –Si no tienes casa, esta será la tuya. Todo después fue como un cuento de hadas. La tía desconocida lo alimentaba, lo cuidaba, le compraba ropa nueva. Poco a poco, León le contó su vida con su madre. A la tía buena le llamaban Lilia. El nombre no tenía nada de especial, pero León jamás lo había escuchado y decidió que solo una hada podía tener un nombre tan bonito. –¿Quieres que sea tu mamá?– le preguntó ella, abrazándole como hacen las madres de verdad. Por supuesto que quería, pero… la felicidad duró poco. A la semana, apareció su madre. Casi sobria, gritó a la mujer que lo acogía: “Todavía no me han quitado la custodia, tengo todos los derechos sobre mi hijo.” Mientras se la llevaba, ya caían copos de nieve y a León le parecía que la casa donde quedaba la tía buena era un castillo blanco. La vida que siguió fue terrible; su madre bebía, él huía. Dormía en estaciones, recogía botellas para comprar pan, sin hablar ni pedir nada a nadie. Con el tiempo su madre perdió la custodia y lo llevaron a un hogar infantil. Lo que más le pesaba era no recordar dónde estaba ese castillo blanco, hogar de la mujer de nombre maravilloso. Pasaron tres años. León vivía en el hogar, reservado y callado. Lo que más le gustaba era estar solo dibujando, y siempre dibujaba lo mismo: una casa blanca bajo la nieve. Un día, una periodista visitó el centro. La educadora la acompañó, les presentó a los niños. –León es un niño bueno e interesante, pero tiene problemas de adaptación. Tratamos de encontrarle familia– explicó la educadora. –Encantada, soy Lilia– se presentó la periodista. León se animó, empezó a hablar sin parar sobre la otra buena tía Lilia, como si, con cada frase, su alma se deshelara. Sus ojos brillaban y sus mejillas se sonrojaban. La educadora miraba asombrada su transformación. El nombre Lilia resultó ser la llave dorada para el corazón del niño. La periodista Lilia no pudo contener las lágrimas al escuchar la historia de León y prometió publicar en el periódico local su historia: quizá aquella buena mujer leería el artículo y sabría que León esperaba verla. Cumplió su palabra. Y ocurrió el milagro. La mujer no compraba prensa, pero en su cumpleaños, sus compañeros le regalaron flores envueltas en un periódico. Al llegar a casa, leyó el titular de una noticia: “Buena mujer Lilia, un niño llamado León te busca. ¡Responde!” Al leerlo, supo que era él, el niño que una vez recogió del portal y quiso adoptar. León la reconoció enseguida y corrió a abrazarla. Lloraron todos: León, Lilia y los educadores presentes. –Te he esperado tanto– le dijo él. Costó convencerle de que dejase ir a la tía Lilia a casa, pues debía esperar los trámites de adopción, aunque ella lo visitaría cada día. PD: Después, León tuvo una vida feliz. Hoy tiene 26 años, terminó el instituto tecnológico, planea casarse con una buena chica, es alegre y sociable, y quiere con toda el alma a su madre Lilia, a quien debe todo. Ya mayor, ella le contó que su esposo la había dejado porque no podían tener hijos y se sentía sola y triste. Fue entonces cuando encontró a León y lo “calentó” con su cariño. Cuando la madre lo recuperó, Lilia pensó: “No era el destino.” Y fue inmensamente feliz al reencontrarlo en el hogar infantil. León intentó averiguar la suerte de su madre biológica. Descubrió que vivían de alquiler y, tiempo atrás, ella se fue con un hombre recién salido de prisión. No quiso investigar más. ¿Para qué…?







