Siempre estaré contigo, mamá. Una historia en la que puedes creer.
La abuela Carmen no podía esperar a que llegara la noche. Su vecina, Aurora, una mujer solitaria de unos cincuenta años, le había contado algo tan extraordinario que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Como prueba de sus palabras, incluso la había invitado a pasar por la noche, prometiéndole mostrarle algo.
Todo había empezado con una conversación simple. Aurora había pasado aquella mañana por casa de Carmen, de camino al mercado:
¿Te hace falta algo, Carmen? Voy al mercado de la calle Mayor, quiero hacer una empanada y comprar alguna cosita.
Mira que eres buena mujer, Aurora; generosa y atenta. Yo todavía recuerdo cuando eras una niña. Qué pena que no formaste una familia siempre sola. Pero te veo, no te entristeces ni te quejas. No como otras.
¿Y de qué voy a quejarme, Carmen? Si tengo a mi amor, aunque, por ahora, no podamos vivir juntos. Pero, ¿sabes? Te lo voy a contar, sólo a ti. De hecho, quiero contarte aún más, porque sé que eres de confiar y si acaso se te escapa, nadie lo creería rió Aurora. Bueno, dime, ¿compraré algo para ti? Después, cuando vuelva, echamos un té y te cuento mi vida. Seguro que así dejas de sentir lástima por mí.
A Carmen realmente no le hacía falta nada, pero aprovechó para pedirle pan y unos caramelos para el té. Tenía demasiada curiosidad ¿Qué sería eso tan asombroso que Aurora deseaba confesarle?
Aurora regresó al rato con el pan y los caramelos, y Carmen preparó su té aromático, dispuesta a escuchar.
Carmen, tú recuerdas lo que me pasó hace ya veinte años. Yo pasaba de los treinta. Tenía pareja, pensábamos casarnos. No lo amaba, pero era buen hombre y, a fin de cuentas, una mujer quiere familia, hijos. Pedimos cita para el registro y él se mudó a mi casa. Al poco, me quedé embarazada. Al octavo mes nació una niña dos días vivió, Carmen, sólo dos. Después murió. Creí volverme loca de tanto dolor. Me separé de él, ya nada nos unía. Pasaron un par de meses, poco a poco fui volviendo a la vida, dejando de llorar.
Y de repente
Aurora miró a Carmen con una expresión enigmática:
No sé ni por dónde empezar. Mira, tenía la cunita preparada para la niña. Dicen que es mal augurio comprar cosas antes de que nazca el bebé, y tal vez sea cierto, pero yo no creía en supersticiones y tenía todo listo, hasta los peluches.
Y entonces, una noche, me desperté oyendo el llanto de un bebé. Pensé que era cosa de mi cabeza, fruto del dolor. Pero otra vez, y otra. Me levanté, me acerqué a la cuna ¡y allí estaba, una niñita, muy pequeña!
La tomé en brazos; juro que casi me desmayo de felicidad. Me miró, cerró los ojos y se quedó dormida.
Comenzó a repetirse, cada noche, mi hija venía conmigo.
Incluso llegué a comprarle leche y un biberón, aunque apenas comía. Lloraba, yo la cogía, me sonreía, cerraba los ojos y dormía.
¿Pero eso cómo puede ser? susurró Carmen, hechizada.
Eso me preguntaba yo, Carmen Aurora, ya de mejillas encendidas.
¿Y después? Carmen nerviosa se llevó un caramelo a la boca y sorbió té.
Y así sigue. Mi niña vive en otro mundo, allí tiene madre y padre. Pero no me olvida: cada noche me visita, unas veces más, otras menos. Y un día me dijo algo:
Siempre estaré contigo, mamá. Nos une un hilo invisible que nada puede romper.
A veces pienso que todo lo he soñado, pero hasta me trae regalos extraños de allá. Duran poco, se desvanecen como la escarcha en primavera.
¿De verdad? Carmen, con la garganta seca, apuró el té.
Por eso quiero que vengas esta noche, para que veas con tus propios ojos y me digas si solo es mi imaginación.
Por la noche, Carmen fue a casa de Aurora. Se sentaron a conversar a oscuras. Allí sólo estaban Aurora y ella, la casa en absoluto silencio. Cuando ya les vencía el sueño, una luz suave inundó la habitación, el aire vibró y apareció una joven encantadora.
¡Hola, mamá! He tenido un día precioso, quería compartirlo contigo. Y te he traído un regalo dijo la joven dejando flores sobre la mesa.
Ay, buenas noches la joven y Carmen se miraron. Se me olvidaba, mamá me contó que vendrías a verme. Me llamo Teresa
Al rato, la joven se despidió y desapareció como si se deshiciera en el aire.
Carmen se quedó inmóvil, sobrecogida. Cuando logró reaccionar, apenas pudo hablar.
Vaya cosas, Aurora, resulta que sí puede pasar algo así.
Y tu hija es guapísima, igualita a ti.
Me alegro tanto por ti, Aurora. ¡Eres una mujer afortunada! Tienes todo lo que necesitas y quizá más que cualquiera.
Quién lo diría, si no lo viera con mis propios ojos jamás lo creería. ¡Qué bello es todo esto!
Te lo agradezco.
Me has abierto los ojos, Aurora; el mundo es vasto y la vida nunca se detiene. Ya no me asusta la muerte.
¡Que seas feliz, queridísima!
Las flores sobre la mesa se iban borrando poco a poco, hasta desvanecerse por completo.
Pero Aurora, al despedir a Carmen, sonreía feliz en silencio. Mañana sería un día maravilloso. Iba a ver a Ernesto, el hombre a quien quería con locura, y estaba segura de que él la quería también.
¿Cómo lo sabes?
Eso sí que es imposible de explicar.
Algún día, tendría que presentarles a los dos seres que más quería: Teresa y Ernesto.







