Trabajaba como dependienta en una tiendecita de barrio en Madrid. Un día entró una señora mayor, hizo sus compras con parsimonia y al rato se quedó mirando sus bolsas y luego a mí, con esa mirada de quien está haciendo cálculos imposibles. Enseguida supe que se veía incapaz de cargar con todo aquello hasta casa.
¿Vive usted muy lejos? le pregunté, mientras recogía el cambio de unos euros.
A tres calles de aquí, hija.
Entonces, la acompaño sin falta.
Cerré la tienda unos minutos y decidí sacrificar mi descanso por la señora. Resultó ser un amor; tenía 78 años y estaba más sola que la una. Su hijo había fallecido de cáncer en la juventud y su hija, pues, digamos que había perdido el norte y ni se acordaba de que tenía madre. Y así, con esa conversación, comenzamos una amistad poco común.
Al poco, empecé a pasarme a menudo por su casa. Tomábamos té bueno, ella insistía con el té aunque yo echara de menos el café y charlábamos sobre la vida, las novelas turcas y el vecindario. Le ayudaba con las cosas de casa y le daba algún que otro consuelo cuando las fuerzas le fallaban.
Un día, simplemente no logré contactar con ella. Preocupada, me acerqué a su piso, llamé y llamé. Por fin, una vecina abrió la puerta tras una eternidad:
¿Quién eres? ¿Eres Catalina? ¿Su amiga?
Sí, soy yo.
Ha fallecido Te dejó una notita antes de que se la llevaran al hospital.
Me guardé la nota en el bolsillo y me fui, no podía leer nada en ese momento. Se lo conté a mi marido y, ya algo más serenos, abrimos juntas la carta.
Catalina, eres mi único apoyo en este mundo. Solo puedo confiar en ti para un favor. Tengo una nieta; mi hija perdió la custodia y la niña fue a parar a un centro de menores. Solía ir todos los fines de semana a verla Si no te importa, ¿podrías visitarla de vez en cuando? Aquí tienes el número; si llamas, te espera una sorpresa…
Llamé, me dieron cita y acudimos mi marido y yo. Sorpresa la nuestra al ver que el contacto era un notario. Ahí, en el despacho, nos enteramos de que la señora me había dejado en herencia su apartamento.
Al día siguiente, fuimos a visitar a la niña. Era una pelirroja de diez años con una bondad que enamoraba, así que quise adoptarla sin pensarlo. Nuestros hijos se pusieron más contentos que unas castañuelas.
Han pasado tres años. Mi marido y yo nos peleamos hasta decir basta y él se fue a vivir con su madre. Pero como en las buenas telenovelas, al cabo de un tiempo hicimos las paces.
La niña creció feliz, aunque no tenía prisa por mudarse al piso de la abuela. Lo alquilábamos y con la renta teníamos un dinerillo extra. Nuestros hijos tampoco tenían muchas ganas de dejar el nido, para qué engañarnos.
Un día, mi marido tardó mucho en volver del trabajo. Al oír la llave corrí para recibirle, pero vino acompañado de un niño pequeño, al que llevaba de la mano.
Puedo explicarlo dijo él, más rojo que un tomate.
Venga, primero a cenar y a acostar a los niños, y luego hablamos.
Fue cuando vivía con mi madre Me equivoqué, pero siempre te he querido solo a ti. Fue una noche de copas y pues Dos días después ni me acordaba. Hoy me llamaron de Servicios Sociales, parece que ella tuvo un hijo pero calló todos estos años. Ha estado bebiendo, sin cuidar al niño, así que le han retirado la custodia y me han localizado. Si no lo queremos, irá a un centro de menores. Si prefieres no hacerte cargo, lo entenderé.
Obviamente no pude permitirlo. Y como el chaval era puro retrato de mi marido, lo perdoné y lo acogí como propio. Y así seguimos, viviendo una vida que ni los guionistas de telenovelas habrían soñado.






