Sí, los perros son muy fieles. Pero son fieles solo a quienes les aman; a los traidores no les perdonan…
…
Linda corría detrás del coche, negándose a quedarse sola en un lugar desconocido. No quería ser abandonada, ni olvidada.
Corría detrás de aquel a quien amaba y en quien confiaba hasta el último momento. Detrás de la persona a la que nunca podría traicionar. Porque no sabía traicionar…
Clara, te presento a Linda dijo Álvaro, sonriendo ampliamente mientras presentaba a su perra a una joven de unos veinte años, que lo esperaba en la puerta subida a unos zapatos de tacón de aguja de diez centímetros, tan altos que la hacían verse casi una cabeza por encima de él.
Es muy buena y obediente, seguro que os vais a llevar bien. Bueno, seguro, no tengo ni la menor duda.
Linda daba vueltas alegremente alrededor de los pies de su dueño, aunque miraba a Clara con cierta desconfianza.
Es normal que los perros se muestren cautos con los desconocidos, pero aquí había algo más. Linda sentía claramente que aquella chica desprendía un olor desagradable, extraño, casi repulsivo.
No tenía nada que ver con el perfume empalagoso y dulzón que parecía violar toda convención olfativa. Los perros tienen ese don increíble: reconocer a la gente que no es de fiar.
Y Linda tenía ese don perfeccionado al máximo. Su intuición jamás la había fallado.
Cuando se cruzaba con personas así por la calle, Linda procuraba instintivamente mantenerse lo más lejos posible y apartar a su dueño, incluso en contra de la voluntad de Álvaro. Porque le quería y se preocupaba por su felicidad, a su manera.
Pero ¿a dónde podía ir en un piso de dos habitaciones? Además, su amo trataba a Clara con mucho afecto y ternura.
La abrazaba, la besaba…
Al ver la mirada inquisitiva de Linda, Clara tomó a Álvaro de la mano, se lo llevó a la cocina, cerró la puerta y susurró:
¿Por qué no me dijiste que tenías perro?
No hubo ocasión respondió Álvaro en voz baja. ¿Tienes algún problema con eso?
Sí, tengo. No me gustan los perros y no quiero compartir piso con esa… ¿cómo la has llamado?
Linda…
Linda.
¿Dónde quieres que la deje? ¿En la calle? Llevamos juntos cuatro años… Bueno, o cinco, ya ni recuerdo, pero mucho tiempo.
Álvaro… Clara le miró con tono que no dejaba lugar a réplica. Mientras ese perro siga aquí, yo no me voy a vivir contigo, y olvídate de boda.
Odio los perros, ¿entiendes? No los soporto. Así que decide tú quién es más importante: yo… o ella.
…Llovía a cántaros. Los limpiaparabrisas luchaban furiosos contra las gotas, como si las odiaran tanto como Álvaro, que conducía rápido por la noche madrileña y cuyo rostro era más oscuro aún que el cielo cargado de nubes.
Y además, aquella sensación por dentro como si le hubieran vertido un cubo de desperdicios directamente en el alma, como si le hubiesen obligado a hacer algo repugnante… Algo que de verdad no quería hacer.
Pero Álvaro amaba a Clara y hasta pensaba casarse con ella. O quizás ya no la quería, ¿qué más daba en ese momento?
Importaba otra cosa: el padre de Clara le había prometido solucionar los problemas de su pequeña empresa de reformas, y aquel hombre era influyente, de los que cumplen su palabra. Si decía que le ayudaría, así sería.
Era una oportunidad real, tal vez la única, de sacar a flote su negocio y llegar, quién sabe, a tener una empresa constructora de éxito. Solo un tonto rechazaría eso.
Al salir de Madrid, apretó el acelerador a fondo. La lluvia arreciaba, y el viento también.
Las gotas golpeaban el cristal, el techo, el capó y el maletero como si pretendieran detenerle. “¡Reacciona!” parecían decir, al chocar con el metal.
Linda iba tumbada en el asiento trasero y observaba cómo las gotas se deslizaban por la ventanilla. Su intuición no la había engañado: desde la llegada de la extraña, su dueño se había enfriado con ella, igual que la lluvia de otoño. Ya no le hablaba, ni la acariciaba. Parecía haberse vuelto un desconocido.
Álvaro aparcó en un arcén y encendió un cigarro. El humo ocupó el coche en pocos segundos.
Se subió la capucha y salió fuera. Linda esperaba, angustiada, a ver qué pasaría.
Y pasó lo que debía pasar: abrió bruscamente la puerta trasera y, dejando tras de sí una nube de humo que se perdió en la noche, agarró a la perra por el collar y la sacó del coche. Linda gimoteó.
Luego se oyeron dos portazos secos. Primero cerró la puerta de atrás, luego la delantera.
El coche arrancó, dio la vuelta y se alejó en dirección a la ciudad. La lluvia seguía golpeando el techo.
Linda, sola en mitad de la carretera, miró sin entender cómo el coche desaparecía en la noche cerrada. Las gotas caían sin piedad sobre su pelaje seco, empapándolo hasta que cada hebra estuvo empapada.
Y echó a correr. Linda corría detrás del coche, negándose a quedarse sola en la nada. Corría detrás de quien amaba, detrás de quien nunca podría traicionar.
Porque no sabía traicionar. Pero ¿cómo competir con un coche lanzado a cien por hora? Eso sería cosa de guepardos, y Linda era solo una perra.
Además, su pelaje mojado la lastraba aún más.
Las luces rojas del coche desaparecieron rápido entre la oscuridad, pero Linda no podía dejar de correr.
A veces, cuando deberías parar pero no puedes, la vida se encarga de ponerte freno. No porque sea cruel, sino porque no tiene sentido correr tras el pasado.
Se oyó el chirrido de unos frenos y un golpe sordo. El conductor salió disparado del coche y se detuvo, llevándose las manos a la cabeza.
Allí, tendida sobre el asfalto mojado, yacía la perra. Él se acercó con cuidado y miró sus ojos.
Unos ojos que aún confiaban, pero en los que el desaliento empezaba a asomar.
Menos mal que está viva pensó Javier.
Abrió la puerta con cuidado, puso su anorak en el asiento, cogió a la perra y la dejó sobre su abrigo improvisado.
Era ya muy tarde, así que solo podía acudir a la única clínica veterinaria de guardia en todo Madrid. Hacia allí se fue. Cada tanto, echaba una mirada a Linda, que movía las patas traseras como si aún siguiera corriendo.
El veterinario aceptó atender gratis la urgencia. Al preguntarle qué había pasado, Javier se perdió en su explicación.
Pero, siendo hombre curtido, entendió enseguida que a esa perra la habían abandonado. No era la primera vez en la ciudad, ni sería la última.
Por fortuna, no tenía heridas graves: solo algunos golpes. El veterinario recetó una pomada y recomendó aplicar frío en la zona inflamada.
Javier llevó a la perra a casa, le preparó un rincón con su cazadora encima y la acomodó.
Es solo temporal le dijo Javier. A los diez días, Linda empezó a mejorar. Aunque cojeaba un poco, al menos caminaba. Y lo de la pata tenía remedio.
¿Te han echado a la calle? le preguntó en voz alta, mientras se sentaba a su lado en la cama.
Él jamás había tenido perros. Ni amigos con perros. Si lo pensaba bien, ni siquiera amigos tenía ya. Antes, sí; ahora, ninguno. Se había desengañado de todos.
Uno le robó la novia, otro le arruinó un negocio, tan mal que tuvo que declararse en quiebra, y un tercero le metió en un lío que casi le costó la cárcel.
Por suerte, salió adelante y, decidido a romper con todo, se mudó a otra ciudad.
Así que todos los “asuntos caninos” los consultaba con el veterinario, que le dio su tarjeta y le animó a llamarle ante cualquier problema.
Gracias a sus consejos, Javier pudo bañar a Linda tranquilamente y quitarle toda la mugre acumulada.
Temía que se resistiría, pero Linda aceptó el agua sin una pizca de agresividad.
Después, consultó lo del pienso y, en dos revisiones, se aseguró con el veterinario de que Linda no tuviera secuelas psicológicas.
Le preocupaba: Linda comía poco, pasaba los días tumbada y casi no le hacía caso.
Es normal explicó el veterinario.
Don Tomás le recomendó sacarla al parque a menudo, para acelerar la recuperación emocional.
Simplemente pasea con ella y no esperes nada a cambio. Dale tiempo y acabará acostumbrándose. Quizá incluso lleguéis a sentiros uno parte del otro.
Y así fue. Las heridas antiguas, incluso las del alma, fueron cicatrizando, y al mes y medio, tras aquel encuentro en la carretera, Javier y Linda eran amigos.
Quizá no eran los mejores amigos del mundo aún, pero la perra confiaba en él y hasta comía mejor. Aunque, para entonces, ya no era Linda, sino Vega.
Nueva vida, nuevo nombre, como dicen. La perra se acostumbró rápido al nuevo nombre, quizá porque sonaba parecido al anterior; quizá porque le apetecía el cambio.
A diario, lloviera o hiciera sol, paseaban juntos por el barrio y se sentían a gusto.
Solo cuando llovía, los ojos de Vega se volvían tristes y brillantes. No era por el agua, sino por los recuerdos.
Sí, olvidar es difícil. Un perro no es una persona, pero sus emociones no son ajenas a las humanas. Quien piense lo contrario, jamás ha tenido perro.
Un día, paseando por el Retiro, Vega decidió perseguir a una gata mientras Javier compraba un café.
Noviembre era frío, así que algo caliente reconfortaba. Cuando Javier se dio la vuelta, Vega ya no estaba.
Dejó el café en la barra y salió a buscarla, sin saber en qué dirección correr, pero sabiendo que debía hacerlo.
Vega ladraba enérgica a una gata subida a un árbol, animándola a bajar para seguir el juego.
Entonces paró un todoterreno negro y de él bajó Álvaro.
Iba camino de una tienda, pero al ver a Vega se quedó quieto, perplejo.
¡Linda!
Al principio, la perra no entendió que la llamaban a ella. Pero tras escuchar de nuevo el nombre y reconocer el tono, miró fijamente a Álvaro.
¡Linda, ven! exclamó agachándose y sonriendo.
Quería correr hacia él, pero algo la retenía. Nadie sabe lo que los perros piensan en esos momentos, pero sin duda piensan.
¡Le abandonó! ¿La traicionó de verdad? Quizá ella no lo entendió bien y él la ha estado buscando siempre ¿y al fin la ha encontrado?
El rabo de Vega empezó a moverse, no se sabía si por alegría o por agitación.
Al ver la indecisión, Álvaro saltó la verja y se acercó, ofreciéndole la mano.
¡Linda, preciosa! ¡Qué alegría encontrarte! Ven, ven…
Le acariciaba e intentaba abrazarla, y Vega no se resistía. Pero tampoco mostraba la mínima alegría. No saltaba, no movía la cola.
Algo le impedía sentirse feliz como antes. Algo la retenía.
Javier apareció corriendo y vio a un tipo que tiraba de Vega hacia un coche.
¿Qué haces? ¡Esa es mi perra!
Javier se acercó, cogió a Álvaro por el hombro y lo encaró:
¿Qué haces? ¿Me lo explicas? ¡Esa perra es mía ahora!
¿De verdad?
¿De verdad qué? ¡Vega, ven!
Ella dio un paso hacia Javier, pero Álvaro seguía sujetándola fuerte.
Vega nada, se llama Linda. Es mi perra, la crié de cachorra y después…
¿Después qué?
Eso no importa. Es mi perra y me la llevo, ¿entendiste?
Lo dudo mucho. Se queda conmigo, y punto. Mejor no insistas.
¿Cómo?
Los ojos de Álvaro se tornaron rojos y su cara se puso morada de ira. Amenazó con pegar a Javier, pero la perra, que hasta ahora solo observaba el enfrentamientode repente gruñó y, soltándose de un tirón, se volvió hacia Álvaro, mostrando los dientes.
Álvaro quedó paralizado.
No era miedo, era sorpresa. Jamás Linda se había comportado así con él. Jamás le había enseñado los dientes.
Jamás la había visto con esa mirada: decidida a defenderse, dispuesta a morder si hacía falta. Él bajó la mano y dio dos pasos atrás.
Vega, no. Ven conmigo susurró Javier.
La perra se acercó, le hundió el hocico en la mano y agachó la cabeza para que le pusiera la correa.
Caminaron por el parque, tapizado de hojas secas, sin mirar atrás. Álvaro los siguió con la mirada, apretando los puños, impotente.
Con Clara no acabó y nunca hubo boda, el padre no le ayudó y vendió la empresa para pagar las deudas. Jamás se perdonó aquello que hizo aquella noche.
No había vuelta atrás.
Sí, los perros son muy fieles. Pero solo lo son con quienes les quieren. Y a los traidores no los perdonan.
Hoy he aprendido que el cariño no se compra, ni se exige; solo se gana, a veces perdiendo lo que uno cree más importante.







