**Diario de un padre**
Mamá, tú tuviste a tu hijo, no yo. Así que ocúpate tú de tu pequeño Juanito. Yo necesito dormir antes de clases.
Álvaro, no te pido tanto. Solo que lo acompañes al colegio hoy. Es su primer día, todos irán con sus padres…
Exacto, con sus padres interrumpió Álvaro. ¿Dónde estaban los míos en mis actos de graduación? Siempre con el pequeño. Que vaya solo, no le pasará nada.
No fue siempre… Solo un par de veces. Y no fue a propósito…
Pues hoy tampoco es a propósito dijo Álvaro, tomando un sorbo de té.
Lucía se quedó sin palabras. No esperaba esa reacción. Después de todo, mantenían a Álvaro, y él no quería colaborar en la familia.
Escucha dijo Lucía, frunciendo el ceño. Vives en una familia, y aquí todos ayudamos. Tu padre y yo te damos dinero, cocinamos, limpiamos… hasta tu habitación. Es justo que ayudes también.
Yo no pedí que limpiaran mi cuarto. Y sin vuestro dinero, me las apaño. Tengo dieciocho años, no soy un niño ni una niñera. Mi opinión también cuenta.
Con eso, Álvaro tomó su taza y se encerró en su habitación. Lucía se quedó sola, con el corazón apretado y la sensación de que su hijo era egoísta.
¿Cuándo se había vuelto así?
Su primer matrimonio fue un fracaso. El padre de Álvaro jamás maduró; prefería el sofá, los videojuegos y el móvil antes que la familia. Apenas trabajaba, y cuando lo hacía, no ganaba suficiente ni para él. Lucía terminó divorciándose y volvió con su madre.
Cuando se casó con Javier, Álvaro tenía cinco años. Aún era pequeño para aceptar a un padrastro, pero Javier supo ganarse su confianza y pronto se convirtió en su «papá».
A los diez años de Álvaro, nació Juanito. Quizá ahí empezó todo, aunque Lucía no lo notó entonces.
Ese año, Álvaro fue solo al colegio el primer día. Lucía acababa de dar a luz y estaba agotada. Javier trabajaba, y los abuelos vivían lejos.
Cariño, lo siento… ¿Puedes ir solo? Sabes que yo iría si pudiera… dijo Lucía, culpable.
Está bien susurró Álvaro. No soy un niño.
En ese momento, Lucía pensó que no pasaba nada. Pero Álvaro lo recordó todo.
Tres años después, se repitió. Esta vez, Lucía no pudo ir porque Juanito se enfermó.
El pequeño enfermaba a menudo. Una vez, trajo varicela del jardín de infancia, justo antes de que Álvaro viajara con su clase a Madrid. Tuvo que quedarse en casa.
Mamá, entiendo que esté malito, pero ¿no podrías aislarlo? preguntó Álvaro, mientras Lucía le untaba loción.
Cariño, somos una familia. No podemos separarnos así.
Lucía comprendía su frustración. Cada vez que Juanito enfermaba, Álvaro también caía. Pero lo veía inevitable.
Con el tiempo, Álvaro empezó a negarse a ayudar. Al principio con excusas; luego, abiertamente.
¿Por qué debo limpiar el salón si nunca estoy ahí? Vosotros lo usáis más.
Pero comes en la cocina, y yo la limpio replicó Lucía.
Tú eres la obsesionada con la limpieza. Yo viviría bien sin tanto rigor. Si a ti te importa, hazlo tú.
A veces, Lucía lo obligaba. Otras, dejaba pasar. Hasta que llegó el día en que nadie podía llevar a Juanito al colegio. Los abuelos lejos, Javier de viaje, y Lucía no podía faltar al trabajo. Álvaro, libre ese día, se negó rotundamente.
Lucía llamó a Javier.
Quiere independencia, ¿eh? Pues que la pruebe dijo él, serio. Ya verá cómo vive sin «papá, llévame» o «mamá, recógeme esto».
Lucía temió que Javier, testarudo, pusiera un ultimátum drástico.
Al final, resolvió el problema con su amiga Marta, que llevó a Juanito al colegio y lo cuidó.
Gracias, Marta. Eres un ángel dijo Lucía al recogerlo.
Tranquila, tú también me has ayudado. Las madres debemos apoyarnos respondió Marta, sonriendo.
En la sobremesa, Lucía compartió sus preocupaciones. Marta, de solo veintiséis años, entendía a Álvaro.
Yo también cuidaba de mis hermanas pequeñas. Creo que lo presionas demasiado. Para él, Juanito es responsabilidad vuestra. Pero también te entiendo a ti.
Solo quiero que colabore. Es justo.
Para ti, sí. Para él, no. Yo pensaba igual.
¿Qué hago entonces?
Dos opciones: o dejáis de ayudarlo en todo, o le dais su espacio. Alquilarle un piso, que experimente la vida solo.
¿Y si abandona los estudios?
Si quiere irse, lo hará. Yo me fui de casa joven. Por eso recomiendo la segunda opción.
Tras pensarlo, Lucía y Javier alquilaron un piso a Álvaro por dos meses. Lo abastecieron y le dieron las llaves.
Así que me echáis dijo Álvaro, aunque las aceptó. Sabéis que no puedo con todo.
No es un abandono aclaró Javier. Eres nuestro hijo, y te queremos. Pero si no quieres vivir en familia, aquí tienes tu espacio. La vida tiene derechos y deberes.
Álvaro refunfuñó, pero se mudó. Durante un mes, apenas habló. Poco a poco, empezó a preguntar: cómo limpiar, lavar, cocinar…
Una noche, Lucía lo invitó a cenar. Al despedirse, él la abrazó fuerte.
Al tercer mes, pidió hablar.
Quiero volver dijo. Pero con condiciones. Juanito es vuestra responsabilidad, no mía.
Antes, Lucía se habría enfadado. Ahora, entendía su postura.
Es tu hermano gruñó Javier.
Basta intervino Lucía. Tiene razón. No ayudará con Juanito, pero en casa, sí.
Propuso tareas claras: limpiar el baño semanalmente, el pasillo cada dos días, el salón ocasionalmente. Su habitación sería solo suya.
Álvaro asintió, relajándose.
Trato hecho dijo. Hasta puedo cocinar a veces. Es más fácil para todos.
Esa noche, cenaron juntos, sin rencores. Para Lucía, aquella cena fue un banquete.
«Al fin ha madurado», pensó. Y ella también. Ahora, todos aprendían a escuchar y ceder.
**Lección:** A veces, soltar es la mejor manera de que vuelvan. Y crecer duele, pero nos hace más sabios.







