— Si es que tú nunca me quisiste. Te casaste conmigo sin amor. Ahora, cuando me he puesto enfermo, ¿me vas a dejar…? — ¡No te voy a dejar! —dijo Marina abrazando a Íñigo—. ¡Eres el mejor marido! Jamás te dejaría… Íñigo no podía creer que fuese verdad. Estaba desanimado… Marina llevaba veinticinco años casada, y durante todo ese tiempo seguía gustando a los hombres. Incluso de joven era la más deseada del instituto. ¡Y no sólo de joven! Cuando iba al colegio casi todos los chicos iban detrás de Marina. A pesar de todo, Marina nunca fue una gran belleza. Nunca se divorció de su marido, aunque él era un hombre de carácter discutible. No, Marina estuvo con Javier hasta el día de su muerte. Criaron a su hija, la casaron. El yerno se llevó a Claudia a Italia, ahora mandan bonitas fotos y les invitan a visitarlos. Pero Marina y Javier nunca llegaron a ir juntos… A lo mejor Marina todavía visite Italia. Javier ya no podrá hacerlo. El esposo de Marina murió en un accidente de coche. Tan absurdo… Bueno, después le dijeron a Marina que lo más probable es que él se sintió mal al volante. Un fallo del corazón, se despistó, perdió el control. — ¿Se desmayaría? —sugirió ella. — Ya no podremos saberlo —suspiró su amiga, médico de profesión—. Causa: lesiones múltiples incompatibles con la vida. Marina estaba en estado de shock. Su amiga Olga le ayudó a organizar todo. Fue ella quien averiguó todos los detalles. Enterraron a Javier y Marina se quedó sola en la gran casa que construyeron a lo largo de la vida. No, para dos era perfecta, y cuando venían invitados no parecía tan grande. Pero para una persona… para una mujer, era enorme y una carga. Un hogar es un hogar. Se necesita una mano masculina… Claudia vino a despedirse de su padre. Propuso a su madre vender la casa, comprar un piso y quizás venir a vivir con ellos. — ¡Ni hablar! —exclamó Marina—. No he construido esta casa para venderla. Y no me apetece vuestra Italia. Ya la he visto suficiente… — ¡Mamá! — ¡Qué ignorante eres, Claudita! —sonrió Marina entre lágrimas—. Es una broma. — Si bromeas, igual no está todo tan mal. La situación era ambigua, tanto como el propio difunto. Por un lado, Javier era un marido cariñoso y atento. Por otro, tenía un carácter difícil. Cuando tenía un mal día era capaz de crisparle los nervios a Marina. Después se arrepentía y pedía perdón, pero Marina era muy pragmática, no se quedaba enganchada en esos momentos. Así vivieron. ¡Veinticinco años! Una locura… Claudia pasó unos días y se marchó. Su marido tenía mucho trabajo, y la chica se apresuró a volver para cuidar de su propio hogar. Marina se quedó sola. Eso sí, sabiendo cómo era, Marina intuía que no sería por mucho tiempo. Y así fue. Se lamentó medio año, y al secarse las lágrimas, descubrió ya tenía una pequeña legión de pretendientes a su alrededor. Incluso la madre de Marina siempre se sorprendía de lo solicitada que era su hija. — ¿Pero qué te ven? ¡Caen a tus pies! No eres especialmente guapa… o no lo entiendo. — Eres muy buena, mamá —sonreía Marina pintándose los labios—. La belleza no es más que un sonido vacío. La mujer debe ser encantadora y carismática. Que tenga chispa. — Anda, sal ya, mujer —reía la madre—. Si no, el pretendiente se cansa de esperar y se va. — Vendrá otro —encogía los hombros Marina despreocupada. Ya han pasado casi treinta años desde aquella conversación con su madre, y nada ha cambiado. Las mujeres se quejan de que no hay hombres libres, que después de los cuarenta no hay con quién casarse. Marina nunca entendió ese problema. Con cuarenta y seis tenía dos pretendientes y ambos maravillosos. Su corazón se inclinaba hacia Diego. Le gustaba muchísimo, tanto física como intelectualmente. Era simpático, educado. Con él era un placer conversar y se podía ir con él a cualquier parte. Eso sí, Diego era sobre todo un maestro de las palabras. Marina prácticamente se enamoró escuchándole, pero con la edad y la experiencia sabía que esa persona no era para convivir, ni para su gran casa. El segundo pretendiente, Íñigo, era un hombre sólido y sencillo. De los que en las fiestas se toman hasta el agua de los floreros, pero que tienen don de manos, hacen de todo y lo hacen bien. Un hombre de oro, con carácter dócil pero con nervio interior. Con su esposa es tranquilo y tierno como un cachorro, pero si hace falta, mueve montañas. Pero, paradójicamente, Íñigo gustaba menos a Marina —las contradicciones femeninas. No le decía frases bonitas. En sobriedad era muy callado. Si bebía, sí podía contar historias graciosas, algún chiste, y animar la conversación. A decir verdad, Íñigo sí podía beber mucho, pero al día siguiente ya estaba como nuevo. Se duchaba con agua fría y volvía a la vida activa. Pocas palabras, pero de verdad. Por eso Marina le eligió. Diego se ofendió al ver fracasadas sus bonitas palabras y se marchó. Marina se casó con Íñigo, que estaba feliz como un niño. En la boda bebió de más, cantó y bailó hasta el amanecer. — Te lo montas bien —sonrió Olga—. No ha pasado ni un año desde que faltó Javier y ya te casas de nuevo. ¡Nada ha cambiado! Las mujeres desesperadas buscan un hombre con lupa, y a ti te basta salir de casa. — Si vas a decir: “¿Pero qué te ven si no eres ni guapa?”… — Ni loca diría eso. Pero que siempre has sido misteriosamente solicitada, es verdad. — No sé, Olga, qué me ven. Habla con mi madre sobre eso. Marina guiñó el ojo y se fue a bailar con su marido. Bailaba y desterraba las últimas dudas de su cabeza. ¿Qué más da si Íñigo es simple? Pero qué fuerte es. Y manitas. Y muy atractivo aún. Y todo el día callado, tampoco está mal. Si hubiese elegido a Diego, ¿qué? Las palabras bonitas no hacen la vida más fácil. En pocos meses Íñigo transformó la parcela de Marina en un jardín de cuento. Arrancó los árboles innecesarios. Dejó el terreno nivelado. Hizo a Marina parterres para flores. Construyó una pérgola. La casa respiraba energía masculina. Sí, eligió bien Marina. ¡Sin duda, el mejor! Y además, Íñigo ganaba dinero. Quería alegrar a Marina con regalos. Comparó el corto periodo de vida con Íñigo y los veinticinco años de matrimonio anterior y sinceramente lamentó no haberle conocido antes. ¡Un hombre de oro! En verano hacían barbacoas al aire libre y cenaban en la pérgola, donde Íñigo puso una bonita mesa y bancos de madera. Marina, satisfecha de pinchos, achinaba los ojos como un gato saciado. Íñigo la miraba sonriendo. — ¿Qué pasa, Íñigo? — Nada. Soy feliz. Su primera esposa fue muy aburrida. Nunca pensó encontrar una mujer tan maravillosa. Fueron felices cuatro años, pero luego Íñigo comenzó a sentirse… raro. Se cansaba rápido. Adelgazó sin motivo. Y si bebía —a veces le gustaba— se sentía fatal. — Íñigo, ¡al médico ya! —insistió Marina—. ¿A qué esperas? Esto no es normal. — Bah, tonterías, Marina. Ya se pasará. — ¿Estamos en la Edad Media? ¿Y si no se pasa? ¿O es que, como la mayoría, le tienes miedo al médico? — No. Íñigo no se atrevía a decir a Marina lo que en realidad temía. Sólo tenía un miedo: si estaba grave, Marina lo dejaría. No iba a quedarse con un hombre enfermo. No era tonto. Sabía que Marina no se casó por gran amor, sino por motivos prácticos. Pero él sí la amaba. Más allá de todo. La vio una vez en el supermercado, despistada buscando la cartera en el bolso, y se enamoró en el acto. Su torpeza era conmovedora. Le daban ganas de acercarse, cogerla en brazos y protegerla toda la vida. Aunque su madre, al ver a la novia, le dijo misteriosa: — Hijo, tú sabrás… pero no logro entender qué le ves. No es guapa, no es joven. ¡Cualquier chica veinteañera querría estar contigo! Nadie era importante para Íñigo, sólo Marina. ¿Pero y ahora, si se pone enfermo, querrá Marina quererlo? Nunca logró convencerle de ir al médico. Era un sábado por la tarde. Olga y su marido, Borja, estaban de visita. Los hombres asaban carne. Olga, en la cocina, mientras preparaba la ensalada, preguntó a Marina: — ¿Íñigo está enfermo o qué? — ¡No lo sé! —exclamó, contrariada—. Le suplico que vaya al médico y no quiere. Tú eres médico, ¿qué opinas? ¿Está mal Íñigo, verdad? — Bueno… Lo veo peor. Ha adelgazado. Y la piel, no sé, un tono amarillento. — ¡Dios mío! Olga, convéncelo tú de que vaya al médico, por favor, a lo mejor a ti te hace caso. Olga miró a su amiga fijamente. — Marina… ¿le quieres? Recuerdo que dudabas… Marina se mordió el labio y no contestó. Pero Olga no llegó a convencerle. Íñigo se desmayó en la comida. Llamaron a la ambulancia. Marina le acompañó. No recuperaba la conciencia. Ella le agarraba la mano y rezaba. Le operaron casi de inmediato. — Tumor en el hígado. — ¿Cáncer? —se asustó Marina. — Esperamos los resultados ahora. Al final el tumor era benigno, pero ya bastante grande cuando le operaron. Los médicos le prohibieron casi todo, advirtiendo que la recuperación sería lenta y no aseguraban que fuese total. Era ya una edad… Íñigo cayó en la tristeza. En el hospital le visitó su madre. Marina estaba en el trabajo, la madre fue en horario de visitas. Lleva comida especial, poca cosa permitida. — ¡Hijo, no te reconozco! —dijo doña Teresa—. ¿Qué es esto? ¡Salvaste! No tienes cáncer. ¡Alégrate y a comer esas albóndigas al vapor! — No tengo hambre. — ¡Pues a comer! ¿Y Marina, viene a verte? — Viene… de momento —respondió Íñigo. — ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que te deje? ¡Pues menudo favor te haría! — Pero si yo ya no valgo nada. Ni puedo trabajar. Nada de nada. Me faltan apenas meses para los cincuenta y ya soy un inválido. ¿A quién le sirve un inválido? — ¿Qué pasa aquí? —preguntó Marina entrando—. Gritáis a todo el hospital. Buenas tardes, Teresa. — Me voy. Hola Marina. Y adiós. — ¿Qué ha pasado? La madre levantó la mano y se fue. Marina se lavó las manos y se sentó al lado de su abatido marido. — ¿Por qué ese enfado, inválido? Tienes manos y piernas, ¿eh? Ya te recuperarás. ¿Sabes lo que he leído sobre el hígado? — ¿Qué? — Es el único órgano capaz de regenerarse solo. Si queda el cincuenta y uno por ciento, listo. El tuyo conserva el sesenta por ciento. Dale tiempo y se pondrá bien. — ¿Y tiempo me queda? — ¿Qué? — El tiempo. — ¿Qué pasa, Íñigo? ¿No me han contado algo? ¿Has pedido a los médicos ocultármelo? — No es eso… Le dieron el alta. Y empezó la peor parte de su vida. Si hacía un poco de esfuerzo, enseguida se cansaba. Eso era lo que más le dolía a Íñigo. Y pronto era su cincuenta cumpleaños, algo que ya sólo le traía tristeza. No podía comer ni beber nada. ¡Bonita alegría! Marina, parecía, no se daba cuenta de la debilidad de Íñigo, y, animada, comía comida dietética a su lado. — Marina… —al fin se atrevió—. ¿Qué será de nosotros ahora? — ¿De qué hablas? —preguntó ella. — Yo… tardo mucho en recuperarme. ¿Me vas a dejar? Dímelo ya. — ¿Y por qué habría de dejarte? Estoy genial contigo. — Sí, cuando yo hacía de todo y trabajaba. ¿Y ahora? ¿Qué hay de bueno? Ni yo me aguanto. — Pues estás equivocado. ¡Venga, anímate! — ¡Lo intento! ¿Pero qué pasa? Dos golpes de martillo y caigo rendido. Marina se acercó por detrás y le abrazó, apoyó la mejilla en su nuca. — Te quiero. Y nunca te dejaré. Recupera a tu ritmo. Ya irá todo bien. — ¿Me quieres? ¿De verdad? — De verdad. Marina no dejó a Íñigo. Él se fue recuperando, despacio. Marina le organizó el cumpleaños sin alcohol, para que no se sintiera mal. Vinieron unos amigos, pasaron la tarde en la pérgola jugando a juegos de mesa. — Te ha tocado una mujer de 10, Íñigo —dijeron los amigos. — Ahora iréis y os empinaréis unas copas por mi salud, ¿verdad? —bromeó. Rieron. Se fueron. Por la noche, Marina y él se sentaron bajo las estrellas en el porche. Felices. Aquella noche, Íñigo se sintió mejor por primera vez desde hacía meses. Creyó que se recuperaría. Que su mujer de verdad no le dejaría. La abrazó fuerte. — ¿Qué pasa, Íñigo? — ¡Todo va bien! —dijo. — Por fin —rió Marina y le besó la mejilla. Fueron felices… 💬 Amigos, si os gusta leer más historias como esta, dejad vuestros comentarios y no olvidéis los “me gusta”. ¡Vuestra energía nos anima a seguir escribiendo!

Pero tú nunca me has amado Te casaste conmigo sin amor. Ahora me dejarás, que estoy enfermo

No te dejaré jamás dijo Carmen y abrazó a Ignacio. Eres el mejor hombre del mundo. Por nada te dejaría

Él no podía creer que esas palabras fueran ciertas. Su ánimo era sombrío, como el cielo de Madrid en una noche de tormenta.

Carmen había estado casada veinticinco años y, durante todo ese tiempo, seguía atrayendo la atención de los hombres. De joven ya era una de las chicas más codiciadas, aunque ni siquiera era una belleza convencional. En el instituto, casi todos los chicos la seguían Y eso que Carmen no tenía un rostro de portada.

A pesar del carácter complicado de su esposo, nunca se separó. Vivió con Tomás hasta su último día. Criaron juntos a su hija, Blanca, y la vieron marchar al extranjero tras casarse. Su yerno se la llevó a Milán, y ahora enviaban fotos preciosas y la invitaban a estar con ellos. Pero Carmen y Tomás nunca encontraron el momento. Carmen quizás iría. Tomás ya no estaba.

Murió en un accidente absurdo con el coche, en la autovía camino de Salamanca. Después le dijeron a Carmen que probablemente sufrió un mareo al volante. El corazón le falló, perdió el control

¿Se desmayó quizá? sugirió ella.

Ya nunca lo sabremos suspiró su amiga, Lucía, que es médico. Las lesiones eran millares, incompatibles con la vida.

Carmen quedó en estado de shock. Su amiga Lucía fue quien le ayudó a organizarlo todo e investigó cada detalle. Enterraron a Tomás y Carmen quedó sola en la gran casa sevillana que juntos habían construido durante años.

No era tan grande si había invitados; pero para una mujer sola, la casa se tornó inmensa y pesada. Un hogar necesita una mano masculina

Blanca regresó para despedir a su padre. Propuso vender la casa y comprar un piso; incluso habló de que Carmen se fuera con ellos a Italia.

¡Ni hablar! exclamó Carmen. No la levanté para venderla, y la Italia vuestra, ya la he visto.

¡Mamá!

Ay, Blanquita, eres una inocente sonrió Carmen entre lágrimas. Solo bromeaba.

Si es una broma, no será tan grave

Todo era ambiguo, como el propio Tomás. A ratos, tierno y amoroso; a ratos, un hombre de humor voluble que podía agotar la paciencia. Luego pedía perdón y Carmen, mujer de carácter abierto, no se ofuscaba. Así vivieron veinticinco años. Una locura.

Blanca se marchó, su marido trabajaba mucho y ella quería volver a cuidar su hogar. Carmen quedó realmente sola. Aunque, conociéndose, sabía que no sería por mucho tiempo.

Así fue. Medio año duró la tristeza y, cuando secó las lágrimas, encontró a su alrededor una pequeña corte de admiradores. Incluso su madre, en otra vida, se asombraba de tanta demanda.

¿Pero qué tienes tú, hija mía? ¡Los hombres se te amontonan! Y eso que tampoco eres una belleza o quizás no entiendo nada.

Eres un sol, mamá reía Carmen, pintándose los labios. La belleza es nada. Lo que cuenta es el encanto. Un toque especial.

Venga, vete a la calle, que si no, los novios se cansan de esperar bromeaba su madre.

Vendrá otro Carmen se encogía de hombros con gracia.

Treinta años después de aquella conversación nada había cambiado: las mujeres decían que no había hombres libres pasados los cuarenta, pero Carmen no lo entendía. Con cuarenta y seis, se le presentaban incluso dos pretendientes, y ambos bien majos.

Por el corazón, Carmen se inclinaba hacia Daniel: guapo, elegante, sabía conversar. Era difícil aburrirse con él. Pero era hombre de palabras más que de hechos. Y Carmen, ya con experiencia, sabía que no era el suyo.

El otro, Ignacio, era un hombre recio, de los que beben sidra en las fiestas y todo lo arreglan con las manos. Con buen carácter y temple; un hombre de los que mueven montañas en silencio por su mujer. Pero, ah, cómo gusta lo complicado: Ignacio le gustaba menos a Carmen, una lógica femenina inexplicable.

No hablaba bonito, ni le soltaba piropos. Ignacio era callado; solo con vino le salían los chistes. Podía beber mucho y al día siguiente estar de nuevo cortando leña o arreglando el jardín con agua fría.

Y Carmen lo eligió. Daniel se disgustó y se fue con sus palabras dignas de copla.

Carmen se casó con Ignacio y él, radiante, en la boda bebió más de la cuenta, cantó y bailó como un torero en feria.

Olé tú le soltó Lucía, su amiga. Apenas ha pasado un año desde lo de Tomás y ya te casas. Nada cambia, Carmen, siempre te asoman los hombres como caracoles tras la lluvia.

Anda que no, Lucía, dime qué le ven, que ni guapa soy…

No lo sé pero lo tuyo de estar tan demandada es un misterio.

Habla con mi madre, que a mí no me preguntes.

Carmen guiñó un ojo y se fue a bailar con su marido. Al hacerlo, espantaba las últimas dudas.

¿Y qué si Ignacio no era poeta? Pero era fuerte, mañoso, y ni siquiera estaba mal de ver. Si hablaba poco, casi mejor: el silencio también abriga.

¿Y Daniel? ¿Qué iba a hacer con sus metáforas? De palabras no se hace un cocido.

En pocos meses, Ignacio convirtió el terreno en un jardín de cuento: arrancó los árboles innecesarios, niveló la tierra, organizó los parterres y construyó un cenador de madera robusta. Por la casa se notaba la mano de hombre fuerte y artesano.

Sí, acertó con Ignacio. Qué bien había elegido.

Además, Ignacio traía dinero a casa y le hacía regalos. Carmen, al comparar su corta vida juntos con los veinticinco años del primer matrimonio, se lamentaba de no haberlo conocido antes. Un hombre de oro.

En primavera y verano, hacían barbacoas y cenaban en el cenador sobre bancos de madera bajo glicinas. Carmen, tras la carne a la brasa, se relamía como un gato saciado. Ignacio la observaba y sonreía.

¿Qué miras, Ignacio?

Nada Soy feliz.

Su primera esposa fue una fámula aburrida, y nunca pensó volver a tener una mujer como Carmen.

Fueron dichosos cuatro años. Pero, de pronto, Ignacio empezó a fatigarse. Adelgazó sin saber por qué. Si bebía, se sentía fatal.

¡Ignacio, hay que ir al médico! insistía Carmen. No esperes más.

Tonterías, mujer. Se pasará solo.

¿Y si no pasa? ¿Tienes miedo, como todos los hombres?

No, mujer

No quería confesarlo, pero temía algo: que, si estaba grave, Carmen lo abandonara. Sabía que Carmen se casó por conveniencia y no por amor apasionado pero él la amaba.

Se enamoró de ella viéndola en la panadería, rebuscando la cartera en el bolso con gesto torpe. Esa fragilidad lo enterneció. Quiso protegerla para siempre. Incluso su madre fue explícita:

Pero hijo ¿qué le ves? No es guapa no es joven. Cualquier chica te querría.

Pero a Ignacio no le hacía falta nadie más. Y si enfermaba, ¿quién lo necesitaría ya?

Nunca aceptó ir al médico. Era un sábado por la tarde. Recibían de visita a Lucía y su marido, Borja. Ignacio bebía cerveza fresca y asaba carne, entre aroma a humo y risas. En la cocina, Lucía le dijo a Carmen:

¿Está enfermo Ignacio?

Creo que sí pero no me hace caso. Tú eres doctora, ¿le ves mal?

La piel la tiene amarillenta, y se ha quedado pellejudo.

¡Por Dios! Lucía, insiste tú, que igual a ti te escucha.

Lucía la miró largo.

Carmen ¿le quieres? Porque recuerdo tus dudas

Carmen mordió su labio y no respondió.

No llegó a convencerlo. Ignacio se desmayó en mitad de la comida. Llamaron al SAMUR. Carmen fue con él. No despertó. Ella le apretaba la mano y rezaba.

Le operaron al llegar.

Un tumor en el hígado.

¿Cáncer? balbuceó Carmen.

Esperamos aún los resultados de las pruebas.

El tumor resultó benigno, pero ya era grande cuando operaron.

Los médicos le prohibieron casi todo, y le advirtieron que la recuperación iba a ser lenta. Quizá no se recuperaría del todo: la edad no ayudaba ya.

Ignacio cayó en abatimiento. En el hospital, su madre lo visitó: Carmen estaba en el trabajo. Le llevó puré de calabacín, lo poco que podía comer.

Hijo mío, no te reconozco. ¡Pero si has sobrevivido! Hay que celebrarlo. Anda, come.

No tengo hambre.

Hay que comer. ¿Viene Carmen?

Viene de momento.

¿Tienes miedo de que te deje? Sería tonta

Ya no valgo para nada. Ni trabajar puedo. Cincuenta cumplo en junio y ya soy un inválido ¿quién quiere a un inválido?

¿Pero qué pasa aquí? preguntó Carmen entrando. ¿Gritando a todo el hospital? Buenas, Asunción.

Me marcho, Carmen, hasta pronto.

¿Qué sucede?

La madre de Ignacio se encogió de hombros y salió. Carmen se lavó las manos y se acercó a la cama de su marido vencido.

¿Y ese genio, inválido? Brazos y piernas, todos los huesos están ahí. El resto se curará solo. ¿Sabes lo que he leído sobre el hígado?

¿Qué?

Que si te queda el 51% del hígado, se regenera solo. Tú tienes el 60%. Deja que el hígado reposo. Se arreglará.

¿Y tengo tiempo?

¿Qué?

Tiempo.

¿Qué pasa, Ignacio? ¿Me escondes algo? ¿Pediste a los médicos que no me contaran?

No, mujer no es eso

Dieron el alta. Y empezó la peor etapa para Ignacio. De trabajar dos minutos, agotado. Y eso lo enfurecía.

Se acercaba su cumpleaños. No podía comer de todo ni beber vino. Menuda fiesta.

Carmen, como si no notara el cansancio, comía con él soso arroz hervido, animosa.

Carmen se atrevió. ¿Qué va a ser de nosotros?

¿Cómo?

Que tardo en recuperarme. ¿Me dejarás? Mejor dilo ahora

¿Por qué debería dejarte? Estoy bien contigo.

Porque antes trabajaba y hacía cosas. Ahora no sirvo ni para pintar una pared. A mí mismo me doy pena.

Anda, deja ya. Vamos, ¡ánimo!

Lo intento, pero ¡si apenas puedo levantar el martillo dos veces!

Carmen le abrazó por la espalda y apoyó la mejilla en la nuca.

Te quiero. Y no te dejaré jamás. Recupera el tiempo que haga falta. Lo que tenga que ser, será.

¿De verdad me quieres?

De verdad de la buena.

Carmen no abandona a Ignacio. Él se recupera, poco a poco.

Le organizó el cumpleaños sin vino ni brandy. Unos pocos amigos, charla bajo el cenador, partidas de dominó.

Tienes una suerte con Carmen le dijeron los amigos al marcharse.

Ahora iréis a brindar por mi, ¿eh, bribones? les picó Ignacio.

Se rieron y cada uno partió. Aquella noche, en el porche, miraban el cielo salpicado de estrellas y se sentían felices. Por primera vez en meses, Ignacio sintió que mejoraba.

Creyó en su recuperación y en el amor de su esposa. Apretó fuerte a Carmen.

¿Y ahora qué, Ignacio?

Todo va bien contestó él.

Por fin rio Carmen y le besó en la mejilla.

Eran plenamente felicesLa brisa de la noche agitó dulcemente las glicinas, y un aroma antiguo, a campo y promesa, flotó entre ellos. Ignacio miró las manos de Carmen, esas manos enérgicas que nunca dudaron en quedarse. Recordó las dudas, las palabras que nunca se atrevió a pronunciar, y supo, al fin, que el corazón encuentra su hogar donde es aceptado con todas sus cicatrices.

A vecesdijo Carmen tras un silenciopienso que la vida nos pone a prueba para ver si somos valientes. Y nosotros lo somos, ¿verdad, Ignacio?

Ignacio asintió, atrapando la luna en los ojos. No hacía falta que nadie más lo confirmara. Habían sobrevivido a la muerte, al miedo y a la incertidumbre, y ahora conocían la paz sencilla de quienes lo han perdido y recuperado todo.

Vendrá la primaverasusurró ellay, cuando te encuentres mejor, bailaremos otra vez. Como cuando éramos jóvenes y el mundo no era tan complicado.

Él sonrió, imaginándose de nuevo apoyado en la risa de Carmen, en una fiesta bajo las luces del jardín, entre amigos. Ese futuro era modesto, pero real y pleno. No hacían falta grandes gestas, ni amores de novela: solo el coraje de quedarse, la alegría de mirar juntos el mismo cielo, noche tras noche.

La casa, al fondo, parecía menos inmensa que nunca. El rumor de la ciudad llegaba amortiguado, como una anécdota lejana. Allí, en ese instante robado al tiempo y al miedo, Carmen e Ignacio supieron que la felicidad, aunque esquiva, siempre tiene la forma de quien decide acompañarte cuando las luces se apagan.

Y así, bajo las glicinas en flor, sin promesas más allá del presente, se abrazaron, agradecidos. Porque al final, pensó Carmen, el amor no necesita ser perfecto. Basta con que sea verdadero.

Rate article
MagistrUm
— Si es que tú nunca me quisiste. Te casaste conmigo sin amor. Ahora, cuando me he puesto enfermo, ¿me vas a dejar…? — ¡No te voy a dejar! —dijo Marina abrazando a Íñigo—. ¡Eres el mejor marido! Jamás te dejaría… Íñigo no podía creer que fuese verdad. Estaba desanimado… Marina llevaba veinticinco años casada, y durante todo ese tiempo seguía gustando a los hombres. Incluso de joven era la más deseada del instituto. ¡Y no sólo de joven! Cuando iba al colegio casi todos los chicos iban detrás de Marina. A pesar de todo, Marina nunca fue una gran belleza. Nunca se divorció de su marido, aunque él era un hombre de carácter discutible. No, Marina estuvo con Javier hasta el día de su muerte. Criaron a su hija, la casaron. El yerno se llevó a Claudia a Italia, ahora mandan bonitas fotos y les invitan a visitarlos. Pero Marina y Javier nunca llegaron a ir juntos… A lo mejor Marina todavía visite Italia. Javier ya no podrá hacerlo. El esposo de Marina murió en un accidente de coche. Tan absurdo… Bueno, después le dijeron a Marina que lo más probable es que él se sintió mal al volante. Un fallo del corazón, se despistó, perdió el control. — ¿Se desmayaría? —sugirió ella. — Ya no podremos saberlo —suspiró su amiga, médico de profesión—. Causa: lesiones múltiples incompatibles con la vida. Marina estaba en estado de shock. Su amiga Olga le ayudó a organizar todo. Fue ella quien averiguó todos los detalles. Enterraron a Javier y Marina se quedó sola en la gran casa que construyeron a lo largo de la vida. No, para dos era perfecta, y cuando venían invitados no parecía tan grande. Pero para una persona… para una mujer, era enorme y una carga. Un hogar es un hogar. Se necesita una mano masculina… Claudia vino a despedirse de su padre. Propuso a su madre vender la casa, comprar un piso y quizás venir a vivir con ellos. — ¡Ni hablar! —exclamó Marina—. No he construido esta casa para venderla. Y no me apetece vuestra Italia. Ya la he visto suficiente… — ¡Mamá! — ¡Qué ignorante eres, Claudita! —sonrió Marina entre lágrimas—. Es una broma. — Si bromeas, igual no está todo tan mal. La situación era ambigua, tanto como el propio difunto. Por un lado, Javier era un marido cariñoso y atento. Por otro, tenía un carácter difícil. Cuando tenía un mal día era capaz de crisparle los nervios a Marina. Después se arrepentía y pedía perdón, pero Marina era muy pragmática, no se quedaba enganchada en esos momentos. Así vivieron. ¡Veinticinco años! Una locura… Claudia pasó unos días y se marchó. Su marido tenía mucho trabajo, y la chica se apresuró a volver para cuidar de su propio hogar. Marina se quedó sola. Eso sí, sabiendo cómo era, Marina intuía que no sería por mucho tiempo. Y así fue. Se lamentó medio año, y al secarse las lágrimas, descubrió ya tenía una pequeña legión de pretendientes a su alrededor. Incluso la madre de Marina siempre se sorprendía de lo solicitada que era su hija. — ¿Pero qué te ven? ¡Caen a tus pies! No eres especialmente guapa… o no lo entiendo. — Eres muy buena, mamá —sonreía Marina pintándose los labios—. La belleza no es más que un sonido vacío. La mujer debe ser encantadora y carismática. Que tenga chispa. — Anda, sal ya, mujer —reía la madre—. Si no, el pretendiente se cansa de esperar y se va. — Vendrá otro —encogía los hombros Marina despreocupada. Ya han pasado casi treinta años desde aquella conversación con su madre, y nada ha cambiado. Las mujeres se quejan de que no hay hombres libres, que después de los cuarenta no hay con quién casarse. Marina nunca entendió ese problema. Con cuarenta y seis tenía dos pretendientes y ambos maravillosos. Su corazón se inclinaba hacia Diego. Le gustaba muchísimo, tanto física como intelectualmente. Era simpático, educado. Con él era un placer conversar y se podía ir con él a cualquier parte. Eso sí, Diego era sobre todo un maestro de las palabras. Marina prácticamente se enamoró escuchándole, pero con la edad y la experiencia sabía que esa persona no era para convivir, ni para su gran casa. El segundo pretendiente, Íñigo, era un hombre sólido y sencillo. De los que en las fiestas se toman hasta el agua de los floreros, pero que tienen don de manos, hacen de todo y lo hacen bien. Un hombre de oro, con carácter dócil pero con nervio interior. Con su esposa es tranquilo y tierno como un cachorro, pero si hace falta, mueve montañas. Pero, paradójicamente, Íñigo gustaba menos a Marina —las contradicciones femeninas. No le decía frases bonitas. En sobriedad era muy callado. Si bebía, sí podía contar historias graciosas, algún chiste, y animar la conversación. A decir verdad, Íñigo sí podía beber mucho, pero al día siguiente ya estaba como nuevo. Se duchaba con agua fría y volvía a la vida activa. Pocas palabras, pero de verdad. Por eso Marina le eligió. Diego se ofendió al ver fracasadas sus bonitas palabras y se marchó. Marina se casó con Íñigo, que estaba feliz como un niño. En la boda bebió de más, cantó y bailó hasta el amanecer. — Te lo montas bien —sonrió Olga—. No ha pasado ni un año desde que faltó Javier y ya te casas de nuevo. ¡Nada ha cambiado! Las mujeres desesperadas buscan un hombre con lupa, y a ti te basta salir de casa. — Si vas a decir: “¿Pero qué te ven si no eres ni guapa?”… — Ni loca diría eso. Pero que siempre has sido misteriosamente solicitada, es verdad. — No sé, Olga, qué me ven. Habla con mi madre sobre eso. Marina guiñó el ojo y se fue a bailar con su marido. Bailaba y desterraba las últimas dudas de su cabeza. ¿Qué más da si Íñigo es simple? Pero qué fuerte es. Y manitas. Y muy atractivo aún. Y todo el día callado, tampoco está mal. Si hubiese elegido a Diego, ¿qué? Las palabras bonitas no hacen la vida más fácil. En pocos meses Íñigo transformó la parcela de Marina en un jardín de cuento. Arrancó los árboles innecesarios. Dejó el terreno nivelado. Hizo a Marina parterres para flores. Construyó una pérgola. La casa respiraba energía masculina. Sí, eligió bien Marina. ¡Sin duda, el mejor! Y además, Íñigo ganaba dinero. Quería alegrar a Marina con regalos. Comparó el corto periodo de vida con Íñigo y los veinticinco años de matrimonio anterior y sinceramente lamentó no haberle conocido antes. ¡Un hombre de oro! En verano hacían barbacoas al aire libre y cenaban en la pérgola, donde Íñigo puso una bonita mesa y bancos de madera. Marina, satisfecha de pinchos, achinaba los ojos como un gato saciado. Íñigo la miraba sonriendo. — ¿Qué pasa, Íñigo? — Nada. Soy feliz. Su primera esposa fue muy aburrida. Nunca pensó encontrar una mujer tan maravillosa. Fueron felices cuatro años, pero luego Íñigo comenzó a sentirse… raro. Se cansaba rápido. Adelgazó sin motivo. Y si bebía —a veces le gustaba— se sentía fatal. — Íñigo, ¡al médico ya! —insistió Marina—. ¿A qué esperas? Esto no es normal. — Bah, tonterías, Marina. Ya se pasará. — ¿Estamos en la Edad Media? ¿Y si no se pasa? ¿O es que, como la mayoría, le tienes miedo al médico? — No. Íñigo no se atrevía a decir a Marina lo que en realidad temía. Sólo tenía un miedo: si estaba grave, Marina lo dejaría. No iba a quedarse con un hombre enfermo. No era tonto. Sabía que Marina no se casó por gran amor, sino por motivos prácticos. Pero él sí la amaba. Más allá de todo. La vio una vez en el supermercado, despistada buscando la cartera en el bolso, y se enamoró en el acto. Su torpeza era conmovedora. Le daban ganas de acercarse, cogerla en brazos y protegerla toda la vida. Aunque su madre, al ver a la novia, le dijo misteriosa: — Hijo, tú sabrás… pero no logro entender qué le ves. No es guapa, no es joven. ¡Cualquier chica veinteañera querría estar contigo! Nadie era importante para Íñigo, sólo Marina. ¿Pero y ahora, si se pone enfermo, querrá Marina quererlo? Nunca logró convencerle de ir al médico. Era un sábado por la tarde. Olga y su marido, Borja, estaban de visita. Los hombres asaban carne. Olga, en la cocina, mientras preparaba la ensalada, preguntó a Marina: — ¿Íñigo está enfermo o qué? — ¡No lo sé! —exclamó, contrariada—. Le suplico que vaya al médico y no quiere. Tú eres médico, ¿qué opinas? ¿Está mal Íñigo, verdad? — Bueno… Lo veo peor. Ha adelgazado. Y la piel, no sé, un tono amarillento. — ¡Dios mío! Olga, convéncelo tú de que vaya al médico, por favor, a lo mejor a ti te hace caso. Olga miró a su amiga fijamente. — Marina… ¿le quieres? Recuerdo que dudabas… Marina se mordió el labio y no contestó. Pero Olga no llegó a convencerle. Íñigo se desmayó en la comida. Llamaron a la ambulancia. Marina le acompañó. No recuperaba la conciencia. Ella le agarraba la mano y rezaba. Le operaron casi de inmediato. — Tumor en el hígado. — ¿Cáncer? —se asustó Marina. — Esperamos los resultados ahora. Al final el tumor era benigno, pero ya bastante grande cuando le operaron. Los médicos le prohibieron casi todo, advirtiendo que la recuperación sería lenta y no aseguraban que fuese total. Era ya una edad… Íñigo cayó en la tristeza. En el hospital le visitó su madre. Marina estaba en el trabajo, la madre fue en horario de visitas. Lleva comida especial, poca cosa permitida. — ¡Hijo, no te reconozco! —dijo doña Teresa—. ¿Qué es esto? ¡Salvaste! No tienes cáncer. ¡Alégrate y a comer esas albóndigas al vapor! — No tengo hambre. — ¡Pues a comer! ¿Y Marina, viene a verte? — Viene… de momento —respondió Íñigo. — ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que te deje? ¡Pues menudo favor te haría! — Pero si yo ya no valgo nada. Ni puedo trabajar. Nada de nada. Me faltan apenas meses para los cincuenta y ya soy un inválido. ¿A quién le sirve un inválido? — ¿Qué pasa aquí? —preguntó Marina entrando—. Gritáis a todo el hospital. Buenas tardes, Teresa. — Me voy. Hola Marina. Y adiós. — ¿Qué ha pasado? La madre levantó la mano y se fue. Marina se lavó las manos y se sentó al lado de su abatido marido. — ¿Por qué ese enfado, inválido? Tienes manos y piernas, ¿eh? Ya te recuperarás. ¿Sabes lo que he leído sobre el hígado? — ¿Qué? — Es el único órgano capaz de regenerarse solo. Si queda el cincuenta y uno por ciento, listo. El tuyo conserva el sesenta por ciento. Dale tiempo y se pondrá bien. — ¿Y tiempo me queda? — ¿Qué? — El tiempo. — ¿Qué pasa, Íñigo? ¿No me han contado algo? ¿Has pedido a los médicos ocultármelo? — No es eso… Le dieron el alta. Y empezó la peor parte de su vida. Si hacía un poco de esfuerzo, enseguida se cansaba. Eso era lo que más le dolía a Íñigo. Y pronto era su cincuenta cumpleaños, algo que ya sólo le traía tristeza. No podía comer ni beber nada. ¡Bonita alegría! Marina, parecía, no se daba cuenta de la debilidad de Íñigo, y, animada, comía comida dietética a su lado. — Marina… —al fin se atrevió—. ¿Qué será de nosotros ahora? — ¿De qué hablas? —preguntó ella. — Yo… tardo mucho en recuperarme. ¿Me vas a dejar? Dímelo ya. — ¿Y por qué habría de dejarte? Estoy genial contigo. — Sí, cuando yo hacía de todo y trabajaba. ¿Y ahora? ¿Qué hay de bueno? Ni yo me aguanto. — Pues estás equivocado. ¡Venga, anímate! — ¡Lo intento! ¿Pero qué pasa? Dos golpes de martillo y caigo rendido. Marina se acercó por detrás y le abrazó, apoyó la mejilla en su nuca. — Te quiero. Y nunca te dejaré. Recupera a tu ritmo. Ya irá todo bien. — ¿Me quieres? ¿De verdad? — De verdad. Marina no dejó a Íñigo. Él se fue recuperando, despacio. Marina le organizó el cumpleaños sin alcohol, para que no se sintiera mal. Vinieron unos amigos, pasaron la tarde en la pérgola jugando a juegos de mesa. — Te ha tocado una mujer de 10, Íñigo —dijeron los amigos. — Ahora iréis y os empinaréis unas copas por mi salud, ¿verdad? —bromeó. Rieron. Se fueron. Por la noche, Marina y él se sentaron bajo las estrellas en el porche. Felices. Aquella noche, Íñigo se sintió mejor por primera vez desde hacía meses. Creyó que se recuperaría. Que su mujer de verdad no le dejaría. La abrazó fuerte. — ¿Qué pasa, Íñigo? — ¡Todo va bien! —dijo. — Por fin —rió Marina y le besó la mejilla. Fueron felices… 💬 Amigos, si os gusta leer más historias como esta, dejad vuestros comentarios y no olvidéis los “me gusta”. ¡Vuestra energía nos anima a seguir escribiendo!