¿Cuándo vais a comprar un piso? La voz de Dolores Martínez era exigente, insistente.
Estaba sentada en el sofá del piso de alquiler donde Lucía y Javier llevaban viviendo los últimos tres años, y miraba a su hija como si hubiera cometido un crimen.
¿Hasta cuándo vais a vivir así, como gitanos?
Lucía suspiró y apartó la mirada hacia la ventana. Esas conversaciones habían dejado de ser incómodas para convertirse en una tortura. Desde que se casó con Javier, su madre no dejaba de presionarla. Que no era el hombre adecuado. Que no tenía vivienda, ni dinero, que no tenía nada. ¿Para qué quería un marido así? Y durante estos tres años, Dolores no hacía más que preguntar cuándo comprarían un piso, por qué seguían alquilando, si no les daba vergüenza vivir así.
La irritación le hervía bajo las costillas, lista para estallar.
Estamos buscando algo que se ajuste a lo que necesitamos, mamá respondió Lucía con voz lo más tranquila posible. Que esté bien situado, que tenga un precio razonable, que esté en buen estado. No tenemos dinero para reformas, por eso buscamos algo ya arreglado. ¿Lo entiendes?
Dolores resopló y puso los ojos en blanco con tanta expresión que Lucía apretó los puños sin darse cuenta.
Claro, claro dijo su madre con sorna. Si te hubieras buscado un hombre de provecho, ahora vivirías como una reina y no andarías buscando pisos baratos. Podrías mirar en obra nueva. Pero, ¿qué tienes? Conformándote con las sobras.
Lucía se levantó de un salto, conteniendo a duras penas las ganas de gritar.
Tengo que salir, mamá dijo secamente, dirigiéndose hacia la puerta.
Dolores siguió hablando, pero Lucía ya no la escuchaba. La acompañó hasta la salida, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Respiró hondo. Solo entonces se dio cuenta de lo tensa que había estado todo el rato: los hombros le dolían, la mandíbula le ardía de tanto apretar los dientes. Últimamente, hablar con su madre solo le traía dolor de cabeza. Cada vez que Dolores venía, Lucía se preparaba para la batalla. Se defendía, se justificaba, discutía. Y todo para nada.
Fue a la cocina, se sirvió agua del jarro y se sentó a la mesa. Bebió un par de tragos, intentando calmarse. Entonces sonó el teléfono.
¡Lucía! La voz de Javier sonaba emocionada. ¡Lo he encontrado! ¡El piso perfecto! Tienes que venir ahora mismo a la dirección que te voy a decir. Hay que cerrar el trato cuanto antes, ¿entiendes? ¡Es nuestra oportunidad!
El corazón de Lucía latió con fuerza. Agarró un bolígrafo, anotó la dirección en un papel y salió corriendo. Se puso la chaqueta, bajó a la calle y cogió un taxi. Durante todo el trayecto no dejó de moverse en el asiento, mirando por la ventana, deseando que el conductor fuera más rápido.
Javier la esperaba en la puerta del edificio. Su rostro brillaba, los ojos le ardían.
Vamos, tienes que verlo le dijo, tomándola de la mano y llevándola dentro.
El piso estaba en el tercero. Un dos ambientes. No era grande, pero era acogedor. La reforma era reciente, luminosa. Las paredes, de un tono beige claro, el suelo de parquet imitación madera, las ventanas de PVC. Los muebles se quedaban: el sofá, los armarios, la cocina. Todo limpio, cuidado.
Mira Javier la guió por las habitaciones, mostrándole cada rincón. Aquí el dormitorio, aquí el salón. La cocina es muy luminosa. Y lo mejor: hay tiendas, paradas de autobús, un colegio cerca. Todo lo necesario. El precio es justo. Los dueños se mudan a otra ciudad y quieren vender rápido. Hemos tenido suerte.
Lucía recorrió el piso en silencio. Pasó de una habitación a otra, tocó las paredes, abrió los armarios. Algo cálido se expandía dentro de su pecho. Era su piso. Ya imaginaba cómo lo decorarían, dónde pondrían sus cosas, cómo tomarían el café por las mañanas en la cocina.
¿Lo compramos? preguntó Javier en voz baja, mirándola con esperanza.
Lo compramos sonrió Lucía, y él la abrazó.
Acordaron los detalles con los dueños al instante. Fijaron la fecha para firmar los documentos y, llenos de emoción, volvieron a casa. Javier no paró de hablar durante el trayecto: cómo lo amueblarían, qué cambiarían, qué comprarían. Lucía callaba, pero sonreía. La alegría le hervía por dentro, tan intensa que quería gritar, saltar, bailar.
Las semanas siguientes pasaron en un torbellino. Trámites, papeleos, empaquetar sus cosas. Lucía apenas podía seguir el ritmo. La vida los arrastraba sin pausa, avanzando sin detenerse. Javier se encargaba de casi todo, y ella le estaba agradecida. Por fin llegó el día de la mudanza. Llevaron las cajas, colocaron los muebles, desempacaron. Y esa misma noche, su primer atardecer en su propio hogar.
Lucía se quedó en el centro del salón, mirando a su alrededor. Javier se acercó por detrás y la rodeó con sus brazos.
Nuestro piso susurró en su oído.
Nuestro hogar dijo Lucía, y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Pero la felicidad duró poco. Al día siguiente, llamaron a la puerta. Lucía abrió y allí estaba su madre. Su rostro mostraba puro descontento.
Hola refunfuñó Dolores, entrando sin esperar invitación.
Su madre recorrió el piso con lentitud. Examinó cada rincón. Las cejas fruncidas, los labios apretados. Finalmente se detuvo en medio del salón y preguntó con decepción:
¿Y esto es todo?
Lucía se quedó desconcertada.
¿Qué quieres decir?
Dolores arrugó la nariz como si no estuviera en un piso, sino en un vertedero. Miró las paredes, el techo, las ventanas.
El piso es pequeño y cutre declaró con firmeza. Yo pensaba que compraríais al menos un tres ambientes. ¿Pero esto? Las habitaciones son minúsculas, pegadas. Más que un dos ambientes parece un trastero. Hasta una caja de zapatos sería más grande. ¿Esto es vivir?
El rostro de Lucía se encen







