**Diario de una madre abandonada: la sombra del pasado**
Hace dos años que Teresa Martínez no habla con su hija Lucía. Sin motivo aparente, hace un año dejó de contestar a sus llamadas. Cambió las cerraduras de su piso en un pueblo junto al Duero y dejó claro que no quería ver a su madre en casa. Teresa aún no asimila esta ruptura, y el corazón se le encoge cada vez que piensa en ella.
«Dos años sin hablar —suspiro, mientras la voz me tiembla—. Lucía sigue su vida: sube fotos a las redes, sale con sus amigas. Pero a mí, ni una llamada. Ya es una mujer, tiene una niña de tres años y un marido, viven en su casa. Yo siempre fui exigente: conmigo, con los demás y con ella. Un padre debe ser firme. Quería que estudiara, que ayudara en casa, que se cuidara».
Nunca cambié mis principios, ni cuando Lucía formó su familia. La visitaba a menudo, pero cada vez era un suplicio. «¿Cómo se puede vivir en este desorden?», protestaba, ordenando los armarios como si aún tuviera diez años. Señalaba los platos sin lavar, la regañaba por descuidar a su hija y no dudaba en criticar a su marido: «Javier no vale para nada, siempre sin un duro». Creía que solo yo podía decirle la verdad, aunque le doliera.
Hace un año, todo cambió. «La llamé, como siempre —recuerdo, con los ojos oscurecidos por el rencor—. Le conté que la hija de mi sobrina ya lee con cuatro años. De pronto, estalló: “¿Por qué comparas a las niñas?” Me sorprendió, claro que se nota la diferencia. Fue nuestra última conversación». Poco después, supe que cambió las cerraduras. «Pensé que era un capricho —digo, con amargura—. Creí que recapacitaría. Pero no volvió».
Pasaron los meses, y su silencio pesaba más. En julio, por mi cumpleaños, esperé su llamada. Nada. «¡Ni felicitar a su madre!». Al día siguiente, llamé desde un número desconocido. «Le dije: si no quieres verme, devuélveme el piso».
Seis años atrás, antes de su boda, lo puse a su nombre. «Javier ganaba cuatro perras —explico—. Quise ayudarles. Pero si me da la espalda, ¡que busque otro techo!». Ella respondió fría: el piso es suyo, los papeles están en regla. «Dijo que no tengo derecho a reclamar —me indigno—. ¿Dónde está la justicia?».
Estoy segura de que hice lo correcto. «Si es tan independiente, que lo demuestre. Que se busque la vida». Pero en el fondo, duele. Recuerdo cómo la crié, cómo le enseñé a ser fuerte, cómo soñaba con estar cerca de ella. «Solo quería su bien —murmuro, con lágrimas—. ¿Por qué me rechaza?».
Lucía guarda silencio. Quizá cansada de reproches. Quizá protegiendo a su familia. Pero yo no acepto este final. Espero que dé el primer paso, aunque cada día la esperanza se desvanece como la niebla mañanera sobre el río.







