Sentí alivio al enterarme de que mi exmarido lo había perdido todo. Sé que suena cruel, pero voy a s…

Sentí cierta ligereza al enterarme de que mi exmarido lo había perdido todo.

Sé que eso suena feo. Pero quiero ser sincero.

Estuve casado con él quince años. Cuando nos casamos, él ya tenía su propio piso y su vida organizada. Nos mudamos allí juntos, con mi hijo, pues fui padre muy joven. Desde el principio fue claro acerca de una cosa: no podía tener hijos. Lo sabía, lo acepté, y nunca le reproché nada. Por su parte, jamás hizo distinción entre mi hijo y yo lo educaba, lo apoyaba, lo llevaba al colegio, le compraba ropa. En aquel momento yo creía haber escogido bien.

Jamás revisé cuentas ni documentos. No porque no pudiera, sino porque confiaba en él. Siempre decía: Esto es nuestro, Todo lo que tengo es para la familia. La casa, los muebles, los gastos. Años después compró un coche nuevo, y me soltó: Tú conduce el viejo. No estaba en malas condiciones, simplemente era un modelo más antiguo. Para mí fue mi primer coche propio. Nunca pregunté de quién era. Me entregó las llaves y acepté.

Un día se marchó con otra mujer. Viví todo lo que vive alguien tras quince años de matrimonio: el dolor, las dudas, las noches sin dormir, la sensación de haber construido algo que ya no existe. Llegaron los papeles de la separación, las conversaciones, las tensiones. Y ahí comencé a comprender que ese matrimonio nunca fue tan nuestro como imaginé.

Resultó que absolutamente todo estaba a nombre de su madre. El piso en el que viví quince años, la empresa que él decía que era su orgullo, las cuentas, incluso el coche que creía mío. Legalmente, nada estaba ni a su nombre ni al mío. Me quedé con una indemnización mínima, casi simbólica. Ni siquiera pude quedarme en el hogar donde había vivido la mitad de mi vida, porque era suyo antes del matrimonio. Me fui con una maleta, mi hijo y preguntas que nadie respondería.

A los cuarenta tuve que empezar de cero. Soy de profesión trabajador en el ámbito sanitario y social, pero llevaba años sin ejercer. Encontré empleo cuidando a un anciano en su casa. Turnos largos, poco descanso, dolores de espalda. A veces, al regresar a la habitación que compartía con mi madre, me preguntaba cómo fui tan confiado. Pero poco a poco fui levantando cabeza. Dos años después logré comprar un pequeño piso. Aún lo estoy pagando, pero es mío. Cada cuota me da un poco de dignidad.

Un día supe lo que le ocurrió a él. Su madre falleció y, con ella, todo lo que él consideraba propio despareció. Las propiedades, puestas a nombre de ella, se repartieron entre todos los herederos según la ley. (Resultó que tenía hermanos, cosa que yo desconocía.) Él intentó demostrar que, en la práctica, eran suyas, pero legalmente no pudo hacer nada. Se quedó sin casa, sin negocio, sin coche.

Cuando me lo contaron, guardé silencio. Y entonces sentí algo inesperado: alivio. No alegría, ni resentimiento. Solo una sensación de que por fin todo quedaba equilibrado. No es bonito sentir eso, lo sé. Pero también sé lo que es perderlo todo, sin saberlo, por haber confiado.

¿Creéis que soy mala persona por seguir adelante?

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