Tía, te tengo que contar lo que pasó en el hospital aquí en Madrid, porque de verdad todavía me viene a la cabeza de lo fuerte que fue todo.
Era temprano, debía de ser poco más de las siete de la mañana. El hospital olía a esos productos de limpieza que te hacen picar la nariz y un cansancio como de lunes eterno flotaba en el aire. Sentada en una de esas sillas de plástico frías y nada cómodas, estaba una mujer, sencilla, con el bolso agarrado contra el pecho como si en él llevara toda la esperanza y todos los miedos del mundo. Había venido desde un pueblo de Soria, fíjate, más de 200 kilómetros hasta aquí, y sin rechistar ni una palabra, sólo esperando con la dignidad de quien sabe lo que es luchar cada día.
Por allí también estaban un hombre con la mano vendada, una chica joven con los ojos hinchados por no haber dormido nada y una madre con su niño dormido apoyado en el hombro. Nadie decía nada, pero todas las caras tenían esa expresión de Virgencita, échame una mano
Bueno, y entonces aparece él. Un señor mayor, tendría unos 75 años, vestido de punta en blanco: abrigo bueno, bastón reluciente, sombrero elegante de esos que ves por el barrio de Salamanca. Caminaba como quien sabe que el mundo le tiene que dejar paso, cruzó el pasillo sin mirar a nadie ni decir ni media palabra, y se fue directo a la puerta del médico. Cuando la fue a abrir, la mujer se levantó, pero no para armar follón ni nada, sino con una dignidad que vamos, te deja sin palabras.
Disculpe, caballero pero es mi turno. Estoy esperando desde las siete de la mañana. He venido desde Soria dijo ella suave.
Él la miró, como sorprendido de ver que había alguien más ahí. Sonrió, pero una sonrisa fría, de esas que cortan.
Señorita, yo soy alguien importante, no tengo tiempo de esperar como usted.
Y remató:
Cuando llegas a mi edad y has hecho cosas en la vida, aprendes que el tiempo es demasiado valioso como para perderlo en una cola.
Eso le dolió, pero no por el turno, sino por la humillación. Se hizo un silencio de esos incómodos que parecen que chillan.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y salió el médico, un hombre de unos cincuenta, con bata arrugada y cara de no haber parado en toda la semana.
¿Qué pasa aquí? preguntó.
Y el señor mayor, tan seguro, se adelantó:
Doctor, he venido a consulta. Le ruego que me atienda ahora mismo. No tengo tiempo para esperar.
El médico lo miró unos segundos y luego miró a la mujer.
¿Es usted la señora de las siete? le preguntó.
Ella asintió, casi con vergüenza.
Sí vengo de Soria.
El doctor resopló y se giró hacia el viejo, con voz tranquila, pero de esas que te atraviesan.
Caballero le reconozco.
El señor mayor pareció hincharse de orgullo. Pero el doctor siguió:
Usted fue mi profesor en el instituto.
Se hizo otro silencio, pero distinto, de esos que pesan mucho. El hombre mayor sonrió satisfecho, pensando que eso le daba puntos, pero el médico ni se inmutó.
Recuerdo perfectamente una lección que nos repetía siempre: El valor de una persona no se mide por la ropa, ni el cargo, ni lo fuerte que hable sino por el respeto que muestra a quienes no pueden defenderse.
El anciano, de repente, se veía pequeño, casi agarrado al bastón para no caerse.
El doctor dio un paso hacia él y le dijo, sin maldad pero con verdad, que picaba:
Hoy no ha sido usted alguien. Hoy sólo ha sido un hombre que se ha olvidado de ser persona.
El hombre bajó la cabeza, rojo como un tomate. Nadie dijo nada, pero todos lo miraban.
El médico abrió la puerta bien fuerte y dijo:
Pase, señora. Es su turno.
Ella entró, casi llorando, pero con el orgullo intacto. El anciano se hizo a un lado, por primera vez en mucho tiempo, y esperó.
Cuando por fin le tocó entrar a él, tragó saliva y antes de decir nada, soltó:
Doctor perdone por antes, de verdad.
El médico le sonrió, cálido:
Nunca es tarde para ser persona, caballero.
Porque la verdadera valía no está en gritar más fuerte, sino en tratar bonito a los demás. Puedes ser alguien para el mundo y ser muy pequeño ante la cortesía, y al revés: puedes ser sencilla, callada, humilde y ser un gigante de dignidad.
¿Tú qué habrías hecho si fueras la señora? ¿Y si fueras el doctor?
Si esta historia te ha tocado algo, pásala. A lo mejor justo la lee quien necesita recordar lo que es SER PERSONA hoy mismo.




