Secretos familiares y el camino hacia la felicidad

**Secretos de Familia y el Camino a la Felicidad**

Isabel Martínez compró una cesta de fresas maduras y aromáticas en el mercado del pueblo de Valdemor, decidida a llevarlas a su hijo y su nuera. Era domingo, así que Álvaro y Lucía seguro estarían en casa. La puerta de su piso en el viejo edificio de ladrillo estaba entreabierta, e Isabel entró sin llamar. Justo cuando iba a preguntar si había alguien, escuchó a Lucía llorando amargamente mientras hablaba por teléfono en la habitación. «¿Qué habrá pasado para que llore así?», pensó alarmada la suegra. Se acercó en silencio, conteniendo la respiración, y escuchó. Lo que oyó la dejó boquiabierta.

Isabel había comprado las fresas pensando en compartirlas con los jóvenes. Como era día libre, ellos estarían en casa. Al ver la puerta abierta, entró sin más.

Iba a llamarles cuando de pronto escuchó los sollozos de Lucía en la habitación. Isabel se quedó quieta en el pasillo, atenta.

—Carla, es que ya ni me mira— lloriqueaba Lucía—. Me compré un vestido nuevo y solo murmuró algo sin más. Siempre en silencio, siempre disgustado. Por las noches, se clava en el móvil y a dormir. Como si yo no existiera. Va del trabajo a casa, no creo que tenga a alguien más. Antes soñábamos con un hijo, pero ahora ni me atrevo a mencionarlo. Creo que ya no me quiere, pero no se atrevece a decírmelo. Carla, esto se acabó. Sin Álvaro no puedo, no quiero a nadie más que a él.

—Gracias por escucharme— siguió Lucía—. No tengo con quién quejarme. Mi madre está en su mundo, mi suegra defenderá a su hijo, por eso me callo.

Isabel comprendió que la llamada terminaba y dijo en voz alta:

—¿Hay alguien en casa?

—Sí, hola, Isabel— salió Lucía, secándose las lágrimas.

—Lucía, he traído fresas del mercado, pensé en compartirlas con vosotros— sonrió Isabel, extendiendo la cesta.

—Gracias, justo quería comprar— contestó Lucía—. Pasa, ¿quieres té? Tengo pasteles.

—Sí, gracias— asintió Isabel.

Mientras Lucía preparaba el té, Isabel recordaba lo escuchado. Así que no todo iba bien en el matrimonio de su hijo.

—¿Cómo están las cosas? ¿Y Álvaro?— preguntó—. Casi no llama, no vienen a vernos. No quiero entrometerme, supongo que estáis ocupados…

—Ay, siempre en el trabajo— suspiró Lucía—. Llega, come, ve series y a dormir. No salimos, encerrados como ancianos.

Isabel rio. Le gustaba su nuera por su sinceridad. Llevaban tres años casados, después de un noviazgo. No se podía pedir mejor chica: lista, guapa. Isabel la acogió como una hija, y, contra lo que se suele pensar, jamás tuvo celos.

—Qué raro se porta Álvaro— reflexionó—. Sois jóvenes, sin hijos, deberíais salir, divertiros… ¿Por qué encerrarse?

—Eso digo yo— la voz de Lucía tembló—. Quizá ya no me quiere.

Rompió a llorar. Isabel se sintió perdida, pero intentó consolarla:

—Lucía, ¡por Dios, claro que te quiere! Quizá son problemas en el trabajo, o está cansado. Háblalo con él.

—Ya lo he intentado, pero dice: “Todo está bien, no inventes”— sollozó Lucía—. Yo quiero un hijo, pero para eso hace falta… intentarlo.

—No sé cómo ayudar— suspiró Isabel—. No puedo obligarle a escuchar, ni quiero ponerte en mala posición. Si se enfada, pensará que te quejas conmigo. Hay que pensar algo…

—Oye— se iluminó Isabel—, hay una forma. Despertar sus sentimientos, por decirlo así.

—¿Cómo?— Lucía se secó las lágrimas—. Haré lo que sea por no perderle.

—A la vecina le ha llegado su sobrino, Sergio. Alto, guapo, ojos castaños. Trabaja en el teatro, las chicas se le quedan mirando. Quizá si Álvaro siente celos… A una amiga le pasó: su marido se desentendió, hasta que un día un compañero la llevó en coche, él se puso celoso, ¡y todo se arregló! Hablaré con Sergio, montaremos un plan para provocarle. Que no te importe que sea tu suegra: soy mujer y quiero que vaya bien.

Lucía la miró sorprendida.

—No, es una tontería— negó con la cabeza—. Quizá se arregle solo…

—Tú decides, pero si cambias de idea, aquí estoy— guiñó Isabel—. Es lo único que se me ocurre.

—Gracias por apoyarme— susurró Lucía—. Ojalá no haga falta. Oh, ha llegado Álvaro…

—Mamá, ¡hola!— entró el hijo—. ¿Pasa algo?

—Hola, hijo— sonrió Isabel—. Os traje fresas, estamos tomando té con Lucía. ¿Qué tal el trabajo?

—Normal— gruñó Álvaro—. ¿Y papá?

—Se fue de caza con su amigo un par de días— contestó Isabel—. ¿Y vosotros? Hace buen tiempo, ¿por qué no salís?

—No me apetece— se encogió de hombros—. Prefiero ver una película en casa.

Lucía miró a Isabel y levantó las cejas. Exacto, como ella decía: apático, hosco. ¿Qué le pasaba? Con una chica así…

Días después, Lucía llamó a Isabel llorando.

—¡Isabel, acepto el plan! ¡Es insoportable! Me corté el pelo, me lo teñí, todo el mundo dice lo bien que me queda, ¡y Álvaro ni pestañea! ¡Indiferencia total! A lo mejor sí hay que darle un susto. Veremos si le importo. Habla con Sergio. Inventemos que me encarga un trabajo (soy diseñadora). Que Álvaro nos vea juntos, a ver si siente celos.

—¡Lucía, me parece perfecto!— se animó Isabel—. Probemos, quizá reviva tu relación.

Ese mismo día, Isabel habló con la vecina y con Sergio. Él se rió, pero accedió a ayudar. Isabel le pasó su número a Lucía.

Al día siguiente, Lucía llamó histérica.

—¡¿Por qué te escuché?! ¡Álvaro se ha ido! ¡Tu plan lo arruinó todo!

—Dime qué pasó— se alarmó Isabel—. Tranquila, cuéntame.

—Álvaro estaba en casa— comenzó Lucía—. Me maquillé frente a él, planché un vestido. Ni preguntó adónde iba. Luego llamó Sergio, dije que saldría. Ahí Álvaro preguntó con quién quedaba. Le dije que con un cliente en un café. No dijo nada. Sergio llegó, me recogió en la puerta. Me subí, nos fuimos. Seguro Álvaro nos vio desde la ventana, eso queríamos. Sergio me dejó en el café y se fue. Estuve una hora sola, volví. ¡Álvaro no estaba! Su coche tampoco. ¡Y faltaban cosas suyas! No contesta al teléfono… ¡Fue una idea estúpida!

—Hablaré con él, tranquila— prometió Isabel—. La culpa es mía, yo lo solucionaré.

Isabel estaba disgustada. ¿Por qué se metió? Ellos solos lo habrían arreglado. Ahora Lucía le guardaría rencor.

—Mamá, ¿estás?— la voz de Álvaro. Tenía llave, entró sin llamar.

—Sí, hijo— respondió Isabel—. ¿Qué pasa?

—Voy a quedarme unos días aquí— dijo él—. ¿Te importa—Sí me importa, Álvaro— respondió Isabel con firmeza—. Vuelve a casa con tu mujer, que es donde debes estar.

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