**Secretos de Familia y el Camino a la Felicidad**
Lucía Martín compró una cesta de fresas maduras y aromáticas en el mercado del pueblo de Valdemorillo y decidió llevárselas a su hijo y a su nuera. Era domingo, así que Álvaro y Carmen estarían en casa. La puerta de su piso, en un edificio antiguo de ladrillo, estaba entreabierta, así que Lucía entró sin llamar. Iba a preguntar si había alguien cuando escuchó a Carmen llorar amargamente mientras hablaba por teléfono. «¿Qué habrá pasado para que Carmencita esté así?», pensó la suegra, preocupada. Se acercó sigilosamente y, conteniendo la respiración, escuchó. Lo que oyó la dejó boquiabierta.
Lucía llevaba fresas recién compradas y quiso pasar por la casa de los jóvenes. Era su día libre, seguro que estaban. Al ver la puerta abierta, entró sin avisar.
Iba a llamarlos cuando de repente escuchó a Carmen sollozar en la habitación, hablando por teléfono. Lucía se quedó quieta en el pasillo y aguzó el oído.
—María, es como si yo no existiera —lloriqueaba Carmen—. Me compré un vestido nuevo y él ni lo miró. Solo gruñó algo y se fue. Siempre callado, siempre de mal humor. Por las noches, se clava en el móvil y luego a dormir. Como si yo no estuviera. Después del trabajo, va directo a casa, no creo que haya otra… Antes hablábamos de tener un hijo, pero ahora ni me atrevo a mencionarlo. Creo que ya no me quiere, pero no tiene valor para decírmelo. ¡María, esto es el fin! Sin Álvaro no puedo, no quiero a nadie más que a él.
—Gracias por escucharme —siguió Carmen—. No tengo con quién quejarme. Mi madre vive en su mundo, y mi suegra siempre lo defenderá, así que me callo.
Lucía entendió que la llamada terminaba y, en voz alta, preguntó:
—¿Hay alguien en casa?
—Sí, hola, Lucía —salió Carmen, secándose las lágrimas.
—Carmen, te traje fresas del mercado, recién cogidas —sonrió Lucía, alargando la cesta.
—Gracias, justo quería comprar —respondió Carmen—. Pasa, ¿quieres un café? Tengo pasteles.
—Sí, gracias —asintió Lucía.
Mientras Carmen ponía la cafetera y sacaba los dulces, Lucía pensó en lo que había escuchado. Así que las cosas no iban tan bien en el matrimonio de su hijo.
—¿Qué tal Álvaro? —preguntó—. No llama mucho, ni venís a vernos. No quiero entrometerme, supongo que estaréis ocupados…
—Ay, siempre está trabajando —suspiró Carmen—. Llega, come, ve una serie y a dormir. No salimos, vivimos como dos jubilados.
Lucía se rio. Le caía bien su nuera por su franqueza. Llevaban tres años casados y antes fueron novios. No podía desear mejor pareja para su hijo: lista, guapa… Lucía la trataba como a una hija, sin celos absurdos, pese a los típicos clichés de suegras.
—Raro lo de Álvaro —dijo pensativa—. Sois jóvenes, sin hijos, deberíais salir, disfrutar… ¿Para qué encerrarse?
—Eso digo yo —la voz de Carmen tembló—. Seguro que ya no me quiere.
Rompió a llorar. Lucía, desconcertada, intentó consolarla:
—Carmen, ¡qué dices! ¡Claro que te quiere! Quizá son problemas del trabajo o el cansancio. Háblalo con él.
—Le he preguntado, pero dice: «Todo bien, no inventes» —sollozó Carmen—. Y yo quiero un hijo, pero para eso hace falta… esfuerzo.
—No sé cómo ayudar —suspiró Lucía—. No puedo obligarlo a escuchar, ni quiero que se enfade contigo. ¿Qué tal si provocamos un poco de celos?
—¿Celos? —Carmen levantó la mirada—. ¿Cómo?
—La vecina tiene un sobrino, Javier. Alto, moreno, ojos verdes. Actor de teatro, las chicas se le derriten. Podríamos hacer que Álvaro sienta que tienes un pretendiente. A una amiga le funcionó: su marido se volvió atento de golpe. ¿Qué te parece?
Carmen la miró incrédula.
—Qué tontería —negó—. Quizá mejore solo…
—Tú decides, pero si quieres, lo hablo con Javier —guiñó Lucía—. Por ser tu suegra no dejo de ser mujer. Quiero que seáis felices.
—Gracias, pero esperaré —musitó Carmen. En ese momento, se abrió la puerta.
—Mamá, hola —entró Álvaro—. ¿Pasa algo?
—Hola, hijo —sonrió Lucía—. Os traje fresas. ¿Qué tal el trabajo?
—Normal —refunfuñó él—. ¿Y papá?
—Se fue de caza con Amador un par de días —contestó—. ¿Y vosotros? Buen tiempo y aquí encerrados…
—No me apetece salir —se encogió de hombros—. Prefiero ver una peli.
Carmen miró a Lucía y suspiró. Exactamente como lo había descrito: apático, distante. ¿Qué le pasaba? Con una mujer como Carmen…
Días después, Carmen llamó a Lucía, temblando:
—¡Acepto lo de Javier! ¡Es insoportable! Me teñí el pelo, me hice un cambio de look… ¡Todos me halagan menos él! ¿En serio cree que no tengo opciones? ¡Que sienta celos!
—¡Perfecto! —se entusiasmó Lucía—. Hablaré con Javier. ¡Verás como reacciona!
Ese mismo día, Lucía visitó a la vecina y pactó el plan con Javier. Él se rio, pero aceptó ayudar. Le pasó su número a Carmen.
Al día siguiente, Carmen llamó llorando:
—¡Su idea lo arruinó todo! ¡Álvaro se fue!
—¿Qué pasó? —se alarmó Lucía—. Cuéntame.
—Llegó del trabajo —explicó Carmen—. Me arreglé delante de él, me puse un vestido… Ni preguntó. Llamó Javier y dije: «Voy a salir». Ahí sí reaccionó: «¿Adónde?». Le contesté que un cliente me contrataba para un diseño y quedábamos en una cafetería. No dijo nada. Javier vino, me recogió y Álvaro nos vio desde la ventana. Me dejó en el café y se fue. Yo estuve una hora y volví… La ropa de Álvaro había desaparecido. ¡No contesta al teléfono! ¡Fue un error!
—Yo hablaré con él —prometió Lucía—. Fue culpa mía.
Horas después, Álvaro apareció en su casa:
—Mamá, me quedo aquí unos días.
—No —fue firme Lucía—. Vuelve con tu mujer.
—No puedo —murmuró—. La quiero demasiado… Por eso la dejo ir. Que sea feliz con otro, que tenga el hijo que desea. Yo… no puedo darle eso.
—¿Le has contado lo del médico? —preguntó Lucía, con el corazón encogido.
—No pude —susurró—. Ella lo quiere tanto… Mejor que encuentre a alguien sano. Y parece que ya lo hizo. Ese «cliente»… La miró con adoración.
—Hijo, ese «cliente» era Javier —confesó Lucía—. Carmen estaba desesperada por tu indiferencia. Yo inventé lo de los celos. Él ni la conocía. Todo fue un teatro. Pero ahora entiendo por qué te portabas así.
—¿Fuiste a otro médico? —insistió Lucía—. Los diagnósticos pueden fallarÁlvaro, con lágrimas en los ojos, murmuró: “Voy a pedir segunda opinión, mamá, y si hay la más mínima esperanza, lucharé por ella y por nuestro futuro juntos”.






