Se marchó… y casi mejor —¿Cómo que “el abonado no está disponible”? ¡Si hace solo cinco minutos estaba hablando con alguien! —Natasha permanecía en medio del recibidor, el teléfono apretado contra la oreja. Echó un vistazo al aparador. La caja donde guardaba sus joyas estaba en su sitio. Pero algo en su posición no era normal: la tapa no cerraba bien. —¡Román! —gritó adentrándose en el piso—. ¿Estás en el baño? Natasha se acercó despacio al aparador. Cuando tocó la madera pulida, un escalofrío le recorrió la espalda: la caja estaba vacía. Vacía del todo. Ni siquiera quedaba el recibo de la joyería que solía usar como marcapáginas. Junto a las joyas, también habían desaparecido sus ahorros. Bueno, en realidad, se los había entregado ella misma… —Dios mío… —susurró al desplomarse en el suelo—. ¿Cómo ha podido pasar? Si ayer discutíamos sobre el color del salón… Si prometiste que este verano nos íbamos juntos a la playa… Y todo empezó de la forma más tonta, como cualquier día. En junio del año pasado, a Natasha se le atascó el pistón de su coche. En el taller le dieron un presupuesto imposible, así que, frustrada, entró en su grupo regional de Facebook “AutoAyuda Madrid”. “Chicos, ¿alguien sabe si puedo arreglar yo sola el pistón si está agarrotado? —escribió, adjuntando la foto de la rueda sucia.” Las respuestas llegaron de inmediato. Unos le decían que ni loca se metiera a tocar los hierros, otros que cambiara directamente la pieza. Entonces recibió un mensaje privado de Roman85: “Señorita, no les haga caso. Cómprese un bote de WD-40 y un kit de reparación por menos de 20 euros. Desmonte la rueda, saque el pistón pisando el pedal, pero no del todo. Límpielo bien, engráselo con líquido de frenos. Si el cilindro está sano, le correrá perfecto.” A Natasha le llamó la atención aquel consejo. Sonaba convincente, sin adornos ni machadas. “¿Y si el cilindro tiene picaduras?” —respondió ella. “En ese caso, sustitución. Pero por la foto, se nota que cuida el coche, dudo que esté tan mal. Si tiene más dudas, escríbame por privado, le ayudo en lo que pueda”. Así fue como empezaron a hablar. Román resultó ser increíblemente resolutivo con la mecánica. En una semana, la había asesorado sobre el cambio de aceite, elección de bujías, y hasta de qué anticongelante evitar. Natasha se sorprendió a sí misma esperando sus mensajes. “Oye, Román, eres mi salvador —le escribió a finales de julio—. He pensado… ¿nos tomamos un café? Invito yo. O algo más fuerte, por lo que me estoy ahorrando”. La respuesta tardó. Pasaron tres horas antes de que su móvil vibrara. “Natasha, aceptaría encantado. Lo juro. Pero ahora mismo… estoy de viaje de trabajo. Largo, en el extranjero, por así decirlo”. “¡Vaya! —se extrañó—. ¿Lejos?” “Más lejos, imposible. Mira, no quiero mentirte. Me caes muy bien, eres especial. Pero no estoy de viaje. Estoy cumpliendo condena en prisión. Centro Penitenciario Sevilla I, por si te suena de algo”. Natasha dejó caer el móvil al sofá. El corazón le dio un vuelco doloroso. ¿Condenado? Ella, mujer formal, contable en una gran empresa, llevaba dos semanas chateando con un delincuente… “¿Por qué?” —tecleó con los dedos temblorosos. “Por estafa. Me metí en un lío, un poco por tonto, otro poco por meterme donde no debía. Me quedan menos de doce meses. Si quieres, elimina esta conversación, lo entenderé”. Natasha no contestó. Simplemente le bloqueó y se pasó tres días sin reconocer su propia sombra. Hasta sus compañeras le preguntaron si estaba enferma. Pero ella seguía dándole vueltas: “¿Por qué? ¿Por qué un tío tan competente termina ahí?” Una semana después recibió una notificación en su correo —Román le había pedido el e-mail. No lo había borrado de contactos, solo cerrado el chat. “Natasha —decía el mensaje—, no me guardes rencor. Sabía que esto iba a pasar. Eres demasiado buena, demasiado íntegra. Gente como yo no encaja en tu vida. Solo quería agradecerte estos días de conversación. Han sido las mejores semanas de los últimos tres años. Sé feliz. Adiós”. Ella leyó aquello en la cocina y rompió a llorar. Le daban pena él, ella misma, y la injusticia de todo. —¿Por qué las demás tienen suerte, y a mí solo me tocan casados, niños de mamá, o los raros? Y el único normal… está entre rejas —se repetía. Y, de nuevo, no contestó… *** Probó a salir con otros, pero nada era igual. Uno se pasó la noche hablando de su colección de sellos, otro llegó con las uñas negras y pidió dividir la cuenta en la cafetería. En marzo, el día que cumplió treinta y cinco, Natasha se sintió especialmente sola. Recibió un mensaje. “¡Feliz cumpleaños, Natasha! —era Román—. Sé que no debería molestarte, pero no me he podido resistir. Ojalá todo te vaya genial. Te mereces que te lleven en palmitas. Aquí, con un poco de pan y un trozo de alambre, te haría un regalito… Si pudiera, te lo daba. Solo quiero que sepas que allá al sur, en la Sierra Morena, hay quien hoy brinda por ti con una taza de té horroroso”. “Gracias, Román —acabó por responderle—. De verdad, me hace ilusión”. “¡Has respondido! —parecía eufórico—. ¿Cómo estás? ¿Y el Corsa? ¿Aguantó el invierno?”. Y así, volvieron a hablar cada día. Román llamaba cuando podía. Tenía la voz grave, con ese punto rasgado de los andaluces. Le contaba historias: cómo creció con su hermano, cómo ahora cuidaba de sus sobrinos, y cómo soñaba con volver a empezar. —A mi ciudad no volveré, Natasha —le decía mientras ella preparaba la cena—. Allí solo hay malas influencias. Quiero irme donde nadie me conozca. Tengo manos, cualquier sitio me coge como mozo de obra o en un taller. —¿Dónde te irías? —preguntaba ella, conteniendo un suspiro. —Me iría a tu ciudad. Alquilo un triste cuarto, o una buhardilla barata. Solo por saber que respiras el mismo aire que yo. Y luego, ya veríamos. No quiero agobiarte… En mayo, Natasha estaba hasta las cejas de amor. Sabía cuándo tenía inspección, cuándo le tocaba “ducha”, cuándo curre en taller. Le mandaba paquetes con té, dulces, calcetines de lana, y recambios para sus manualidades. —Aguanta tranquilo, Román —le rogaba—. No te metas en problemas, por favor. —Por ti, querida, me vuelvo invisible —le respondía entre risas—. En abril salgo. —Aquí estaré, te espero. *** En abril, Natasha fue a la puerta del centro penitenciario. Le compró una cazadora nueva, vaqueros y deportivas. El corazón le latía tan fuerte, pensó que se le iba a salir. Cuando salió Román, no era exactamente como en la foto: bajo, fuerte, con pelo ya canoso muy corto. Al principio se quedó paralizada. Pero cuando él sonrió y dijo: —Hola, reina —ella se lanzó a sus brazos. —Estás vivo —murmuró, pegada a su mejilla punzante. —¿Dónde iba a ir yo? —la abrazó fuerte—. Qué bien hueles… A flores. Fueron a su piso. La primera semana todo era de cuento. Román se puso manos a la obra: arregló el grifo, compuso la cerradura que llevaba meses atascada. Por las noches, entre copa de vino y risas, él contaba anécdotas “de otra vida”, siempre rodeando detalles turbios. —Oye, Román —le propuso al décimo día—. Dijiste de alquilarte algo… Pero aquí hay espacio de sobra. Y así, de paso, ahorras para herramientas o lo que necesites. —No sé, Natasha —frunció el ceño, removiendo el azúcar en la taza—. No está bien. Soy hombre, debería poder mantenerme. Y aquí ando, a tu costa… —¡Anda ya! —le cogió la mano—. Estamos juntos, lo importante es salir adelante. En cuanto encuentres trabajo, todo irá rodado. —Ayer llamó mi hermano —dijo de pronto, mirando al suelo—. Su hijo está muy mal, necesita una operación privada. Me pide ayuda, pero ya ves lo que tengo… Me da rabia, Natasha. Por mi familia… —¿Cuánto necesitáis? —preguntó ella, con cautela. —Una burrada… Cinco mil euros, aunque ya han juntado algo. Pensaba irme a Madrid de camionero, a ver si saco para ayudar. Natasha calló. Precisamente esos cinco mil euros estaban en la caja. Había estado ahorrando tres años, renunciando a casi todo. Pensaba renovar el baño, poner esa ducha de hidromasaje… —Tengo ese dinero —dijo en voz baja. Román levantó la cabeza de golpe. —¡Ni se te ocurra! Es para ti. Yo no lo acepto. —Por favor, es familia. Dámelo, lo devuelves cuando puedas. Ahora somos equipo. Él se resistió, estuvo dos días apagado, incluso retomó el tabaco en la terraza, aunque prometió dejarlo. Al final, Natasha puso el dinero encima de la mesa. —Toma. Ve a tu hermano, ayúdale. O transfiéreselo. —Prefiero llevárselo —le abrazó él—. Igual hasta me sale trabajo por allí. Serán solo dos días, Natasha. Ir y volver. Pasado mañana voy… *** En el recibidor, Natasha llevaba más de una hora sentada en el suelo, las piernas dormidas, sin sentir dolor. Repasaba la noche anterior: vieron una comedia tonta, él la abrazó, ella se sintió la mujer más feliz del mundo. —Mejor salgo pasado mañana temprano —dijo él antes de dormir. Pero él desapareció un día antes. Sin que ella se enterase siquiera. Solo creyó medio oír la puerta, pensó que serían los vecinos. A las dos de la tarde, Natasha llamó al hermano. El número que Román le había dado “por si acaso”. —¿Sí? —respondió una voz ronca—. ¿Quién es? —Hola, soy… la novia de Román. ¿Ha llegado ya por allí? Hubo un silencio. Luego, un suspiro. —Mire, señorita, aquí no conozco a ningún Román. Mi hermano es otro, y sigue en la cárcel hasta octubre. Le falta medio año de pena. A Natasha le temblaron las piernas. —¿Cómo que en octubre? Pero él salió en abril. Yo fui a buscarle al Sevilla I. —Mire —dijo la voz, ahora enfadada—, mi hermano, Alejandro, está en Córdoba II. Román fue mi compañero de celda, salió hace dos meses. Me birló el móvil y se llevó todos los contactos. Usted será otra más a la que engañó. A eso se dedica. Tiene carrera, es listo. Natasha dejó el móvil en el suelo. Recordó cómo le enseñó a cambiar bujías. —No las aprietes mucho —le decía—. O se va la rosca al carajo, y entonces sí que tienes lío. —Pues mira, rosca pasada —susurró ella—. Yo sola me he montado el lío. De repente, Natasha comprendió que no sabía nada real sobre su “pareja”. Jamás le pidió el DNI, ni el papel que asegurase que efectivamente estaba en libertad. ¿Y si ni siquiera se llamaba Román? *** Por supuesto, Natasha fue a la policía, denunció y enseñó la foto. Aprendió muchas cosas nuevas sobre su compañero de piso. Resulta que sí se llamaba Román—y eso fue lo único cierto de su relato. La condena era por un delito grave, media vida en la cárcel—y la conoció mientras cumplía su tercera pena. Natasha suspiró, cambió las cerraduras y decidió que, si comparaba con algunas de sus anteriores víctimas, casi debía dar gracias…

¿Cómo que el abonado no está disponible? ¡Si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Leticia se quedó de pie en mitad del recibidor, apretando el auricular contra la oreja.

Dirigió la mirada hacia la cómoda.

La caja donde guardaba sus joyas estaba en su sitio, pero algo en su posición era distinto: la tapa no estaba bien cerrada.

¡Ramón! gritó hacia lo profundo del piso. ¿Estás en el baño?

Leticia se acercó despacio a la cómoda. Al apoyar la mano en la madera barnizada, un escalofrío le recorrió la espalda: la cajita estaba completamente vacía. Ni rastro siquiera del ticket de la joyería que usaba de señalador.

Con las joyas también habían desaparecido el dinero. Claro, el dinero se lo había dado ella misma

Madre mía exhaló, dejándose caer sobre el suelo. ¿Cómo ha podido ser? Si anoche todavía discutíamos sobre el color de la pintura Me prometiste que en agosto iríamos a la playa

Todo empezó, para colmo, de la forma más común. En junio del pasado año, su cochecito se le averió de golpe.

En el taller le pidieron una barbaridad, así que, enfadada, Leticia acudió al grupo de Facebook Motor y Ayuda Madrid.

«¿Alguien sabe si puedo desatascar yo misma el pistón de freno si se ha quedado atascado?» escribió ella, adjuntando una foto de la rueda sucia.

Los comentarios llegaron enseguida: unos le decían que Ni de coña te metas en mecánica, otros que mejor comprara la pieza nueva.

Entonces recibió mensaje privado de un tal Ramon85:

«No hagas caso, compra un bote de WD-40 y un kit de reparación de treinta euros. Quita la rueda, empuja con el pedal el pistón, pero sin sacarlo entero. Limpia con líquido de frenos y engrasa. Si el cilindro está limpio, te durará mucho.»

Leticia valoró el consejo. Estaba escrito de forma sencilla, sin postureos.

«¿Y si el cilindro tiene picaduras?» respondió.

«Entonces sólo cambio. Pero viendo la foto, tu coche se ve cuidado. Si tienes otra duda, escríbeme sin problema.»

Y así empezaron.

Ramón demostró ser un crack en todo lo técnico.

En una semana la asesoró para cambiar el aceite, le recomendó bujías y hasta la orientó con el anticongelante.

Leticia se sorprendía esperando sus mensajes.

«Eres mi salvador, Ramón», le escribió a finales de julio. «¿Qué tal si nos tomamos un café? Invito yo, o a algo más fuerte, total, ya que me he ahorrado un dinerillo.»

La respuesta tardó unas horas:

«Leti, me encantaría. Pero estoy de viaje. Largo, y fuera de España.»

«¡Vaya! se sorprendió. ¿Lejos?»

«Imposible más, Leti. Mejor serte sincero: me caes genial, no quiero engañarte. No es un viaje de trabajo. Estoy cumpliendo condena. En la cárcel de Segovia, por si te suena.»

Leticia dejó caer el móvil. El corazón le dio un vuelco.

¿Preso? ¿Ella, contable en una empresa, llevaba dos semanas chateando con alguien de la cárcel?

«¿Por qué?» tecleó con los dedos temblorosos.

«Estafa. Hice una tontería, me enredé, me pillaron. Me queda menos de un año. Si quieres, bórrame, lo entenderé.»

Leticia no contestó. Le bloqueó y pasó tres días en estado de shock. Los colegas le preguntaban si le pasaba algo, que la notaban rara.

No podía dejar de pensar:

«¿Por qué? ¿Por qué un tío espabilado, mañoso, culto está ahí?»

A la semana recibió en el correo un aviso de mensaje: Ramón le había pedido su dirección hace tiempo, y ella no le borró de la agenda, sólo cerró el chat.

«Leti, no me enfado. Lo veía venir. Eres buena chica, brillante. Gente como yo sólo molesta. Gracias por estas dos semanas. Sé feliz. Adiós.»

Leticia leyó esto en la cocina y se echó a llorar. Lloró por él, por sí misma, por la vida injusta.

¿Por qué los demás tienen suerte y yo sólo me cruzo con casados, inútiles? ¡El único buen tío, en la cárcel! se decía.

Y no contestó de nuevo

***

Leticia intentó salir con otros. Todo era un desastre.

Uno se pasó la cita hablando de su colección de sellos, otro apareció con las manos negras y pidió pagar la cuenta a medias.

En marzo, el día de su treinta y cinco cumpleaños, Leticia se sentía especialmente sola.

Por la mañana saltó una notificación en el móvil.

«¡Feliz cumpleaños, Leticia! Sé que no debería escribirte, pero no he podido evitarlo. Ojalá todo te salga bien. Te mereces que te cuiden de verdad. He hecho un regalito con miga de pan y alambre Si pudiera, te lo daría. Acuérdate de que en un rincón de Castilla alguien hoy brinda una infusión malísima por ti.»

«Gracias, Ramón, me ha hecho mucha ilusión», contestó finalmente ella.

«¡Me has respondido! él parecía feliz. ¿Cómo estás? ¿Y el cochecito? ¿No te ha dado problemas este invierno?»

Y volvieron a hablar a diario. Ramón llamaba cuando la cárcel lo permitía.

Tenía la voz grave, con tono cálido.

Le contaba historias de su vida, de su hermano y sus sobrinos, cómo soñaba con empezar desde cero.

No volveré a mi pueblo, Leti, le decía mientras ella preparaba la cena. Allí están los amigos de siempre, y seguro me lío otra vez. Me iría donde nadie me conozca. Se me dan bien las chapuzas, algún trabajo encontraré.

¿Dónde te gustaría ir? le preguntaba Leticia aguantando el aliento.

Cerca de ti, alquilar algún cuarto barato. Simplemente, saber que estamos cerca en la misma ciudad, respirar tu aire.

No quiero imponerte nada añadió. Si no te apetece

En mayo Leticia estaba enamoradísima.

Sabía cuándo tenía revisión, la hora del patio, cuándo trabajaba en cocina.

Le enviaba paquetes: té, galletas, calcetines, piezas para sus manualidades.

Tranquilo, Ramón, aguanta y no te metas en líos, le rogaba.

Por ti, mi reina, ni respiro alto, respondía él. En abril soy libre.

Te espero.

***

En abril, Leticia fue a la puerta de la prisión. Le llevó una cazadora nueva, vaqueros, zapatillas.

El corazón se le salía por la boca.

Salió Ramón, bajito, fuerte, con pelo muy corto y canoso, nada como en las fotos.

Pero al sonreírle y decirle:

Hola, jefa, Leticia se lanzó a sus brazos.

Madre mía, estás aquí, le susurró ella pegada a su rostro rasposo.

¿A dónde me iba a ir? le respondió él abrazándola fuerte. Qué bien hueles, tienes colonia de flores.

Fueron a casa de ella.

La primera semana fue de ensueño. Ramón reparó el grifo que goteaba, arregló la cerradura atascada desde meses atrás.

Por las noches se sentaban con una copa de vino semidulce. Ramón contaba anécdotas divertidas, siempre evitando los asuntos delicados.

Oye, Ramón, dijiste que querías alquilar piso, le propuso al décimo día.

¿Para qué? Si aquí hay espacio, y ahorras dinero para tus herramientas. Mejor quedarte y vamos viendo.

No sé replicó él removiendo el café. Siento que no es justo, Leti. Debería poder mantenerme.

Deja de tonterías, no eres un invitado: ahora estamos juntos. Cuando trabajes y ahorres, todo cambiará.

Mi hermano me llamó ayer, dijo de repente evitando su mirada. Mi sobrino está enfermo, necesita una operación cara. Me ha pedido un préstamo, pero no tengo ni para pipas. Me da vergüenza, Leti. Vergüenza no poder ayudarles.

¿Cuánto necesita? preguntó con cautela.

Mucho cinco mil euros. Algo ya tienen, pero falta.

Estuve pensando en irme a Barcelona, ganar algo como peón de obra. Pagan bien.

Leticia se quedó callada. Ese dinero, cinco mil euros, era el ahorro de tres años. Lo guardaba en una cajita para reformar el baño, cambiar los azulejos y poner una ducha moderna con hidromasaje

Yo tengo ese dinero dijo muy bajito.

Ramón levantó la cabeza, sorprendido.

Ni se te ocurra, Leti. Es tu ahorro. No lo cojo.

Ramón, es para tu familia. Lo recuperarás luego. Estamos juntos en esto.

Él estuvo dos días dudando, apagado, salía a fumar al balcón aunque prometió dejar el tabaco.

Finalmente, Leticia sacó el dinero y lo puso sobre la mesa.

Toma. Llévalo. O mándaselo.

Prefiero ir en persona dijo abrazándola. Así hablo de trabajo por allí, a ver si sale algo.

Serán dos días. Voy, vuelvo enseguida.

***

Leticia llevaba una hora sentada en el suelo del recibidor. Tenía las piernas dormidas, pero no sentía nada.

Recordaba la noche anterior: vieron una comedia absurda, él la abrazaba y ella se sentía la mujer más afortunada.

Tal vez salga antes mañana, dijo él antes de dormir.

Y se fue antes de lo previsto. Ella ni escuchó cómo se vestía.

De madrugada creyó oír la puerta principal, pero supuso que eran los vecinos.

A las dos del mediodía llamó al supuesto hermano, el número que Ramón le había proporcionado por si acaso.

¿Sí? respondió una voz varonil, áspera. ¿Quién eres?

Hola, soy Leticia, la amiga de Ramón. ¿Él ha llegado hoy contigo?

Hubo un silencio. Después, un suspiro largo.

Señorita, ¿qué Ramón? Mi hermano se llama distinto, y sigue en la cárcel hasta octubre.

Leticia sintió que se le nublaba la vista.

¿Cómo hasta octubre? ¡Pero si yo lo recogí en abril!

Escuche, la voz se volvió dura. Mi hermano está en otra cárcel. Y Ramón Ramón fue mi compañero de celda, salió hace dos meses. Me robó el móvil y sacó todos los contactos. Seguro que eres otra a la que ha liado, es un artista para estas cosas. Tenía carrera, saber no le falta.

Leticia dejó el móvil en el suelo. Recordó cómo le había enseñado a cambiar bujías.

No las aprietes demasiado, le advirtió. Si rompes la rosca, adiós motor.

La he fastidiado susurró Leticia. He destrozado toda la rosca yo sola.

De repente entendió que nunca supo nada real de su pareja. Jamás vio su DNI ni papeles de excarcelación. ¿Y si ni siquiera se llamaba así?

***
Leticia, por supuesto, fue a la policía y presentó una denuncia. Enseñó su fotografía, y se enteró de muchas cosas.

Resulta que sí se llamaba Ramón y ese era el único dato cierto.

Había estado preso por delitos graves, casi media vida en la cárcel; conoció a Leticia en su tercer ingreso.

Leticia cruzó los dedos, cambió la cerradura y pensó que, comparado con lo que sufrieron otras mujeres, incluso había salido bien parada.

A veces la vida nos engaña con espejismos y promesas, pero cada tropiezo nos enseña una lección: antes de abrir el corazón y el hogar a alguien, hay que aprender a conocerse y valorarse primero, porque la confianza es un tesoro de mucho más valor que cualquier joya o billete guardado en una cajita.

Rate article
MagistrUm
Se marchó… y casi mejor —¿Cómo que “el abonado no está disponible”? ¡Si hace solo cinco minutos estaba hablando con alguien! —Natasha permanecía en medio del recibidor, el teléfono apretado contra la oreja. Echó un vistazo al aparador. La caja donde guardaba sus joyas estaba en su sitio. Pero algo en su posición no era normal: la tapa no cerraba bien. —¡Román! —gritó adentrándose en el piso—. ¿Estás en el baño? Natasha se acercó despacio al aparador. Cuando tocó la madera pulida, un escalofrío le recorrió la espalda: la caja estaba vacía. Vacía del todo. Ni siquiera quedaba el recibo de la joyería que solía usar como marcapáginas. Junto a las joyas, también habían desaparecido sus ahorros. Bueno, en realidad, se los había entregado ella misma… —Dios mío… —susurró al desplomarse en el suelo—. ¿Cómo ha podido pasar? Si ayer discutíamos sobre el color del salón… Si prometiste que este verano nos íbamos juntos a la playa… Y todo empezó de la forma más tonta, como cualquier día. En junio del año pasado, a Natasha se le atascó el pistón de su coche. En el taller le dieron un presupuesto imposible, así que, frustrada, entró en su grupo regional de Facebook “AutoAyuda Madrid”. “Chicos, ¿alguien sabe si puedo arreglar yo sola el pistón si está agarrotado? —escribió, adjuntando la foto de la rueda sucia.” Las respuestas llegaron de inmediato. Unos le decían que ni loca se metiera a tocar los hierros, otros que cambiara directamente la pieza. Entonces recibió un mensaje privado de Roman85: “Señorita, no les haga caso. Cómprese un bote de WD-40 y un kit de reparación por menos de 20 euros. Desmonte la rueda, saque el pistón pisando el pedal, pero no del todo. Límpielo bien, engráselo con líquido de frenos. Si el cilindro está sano, le correrá perfecto.” A Natasha le llamó la atención aquel consejo. Sonaba convincente, sin adornos ni machadas. “¿Y si el cilindro tiene picaduras?” —respondió ella. “En ese caso, sustitución. Pero por la foto, se nota que cuida el coche, dudo que esté tan mal. Si tiene más dudas, escríbame por privado, le ayudo en lo que pueda”. Así fue como empezaron a hablar. Román resultó ser increíblemente resolutivo con la mecánica. En una semana, la había asesorado sobre el cambio de aceite, elección de bujías, y hasta de qué anticongelante evitar. Natasha se sorprendió a sí misma esperando sus mensajes. “Oye, Román, eres mi salvador —le escribió a finales de julio—. He pensado… ¿nos tomamos un café? Invito yo. O algo más fuerte, por lo que me estoy ahorrando”. La respuesta tardó. Pasaron tres horas antes de que su móvil vibrara. “Natasha, aceptaría encantado. Lo juro. Pero ahora mismo… estoy de viaje de trabajo. Largo, en el extranjero, por así decirlo”. “¡Vaya! —se extrañó—. ¿Lejos?” “Más lejos, imposible. Mira, no quiero mentirte. Me caes muy bien, eres especial. Pero no estoy de viaje. Estoy cumpliendo condena en prisión. Centro Penitenciario Sevilla I, por si te suena de algo”. Natasha dejó caer el móvil al sofá. El corazón le dio un vuelco doloroso. ¿Condenado? Ella, mujer formal, contable en una gran empresa, llevaba dos semanas chateando con un delincuente… “¿Por qué?” —tecleó con los dedos temblorosos. “Por estafa. Me metí en un lío, un poco por tonto, otro poco por meterme donde no debía. Me quedan menos de doce meses. Si quieres, elimina esta conversación, lo entenderé”. Natasha no contestó. Simplemente le bloqueó y se pasó tres días sin reconocer su propia sombra. Hasta sus compañeras le preguntaron si estaba enferma. Pero ella seguía dándole vueltas: “¿Por qué? ¿Por qué un tío tan competente termina ahí?” Una semana después recibió una notificación en su correo —Román le había pedido el e-mail. No lo había borrado de contactos, solo cerrado el chat. “Natasha —decía el mensaje—, no me guardes rencor. Sabía que esto iba a pasar. Eres demasiado buena, demasiado íntegra. Gente como yo no encaja en tu vida. Solo quería agradecerte estos días de conversación. Han sido las mejores semanas de los últimos tres años. Sé feliz. Adiós”. Ella leyó aquello en la cocina y rompió a llorar. Le daban pena él, ella misma, y la injusticia de todo. —¿Por qué las demás tienen suerte, y a mí solo me tocan casados, niños de mamá, o los raros? Y el único normal… está entre rejas —se repetía. Y, de nuevo, no contestó… *** Probó a salir con otros, pero nada era igual. Uno se pasó la noche hablando de su colección de sellos, otro llegó con las uñas negras y pidió dividir la cuenta en la cafetería. En marzo, el día que cumplió treinta y cinco, Natasha se sintió especialmente sola. Recibió un mensaje. “¡Feliz cumpleaños, Natasha! —era Román—. Sé que no debería molestarte, pero no me he podido resistir. Ojalá todo te vaya genial. Te mereces que te lleven en palmitas. Aquí, con un poco de pan y un trozo de alambre, te haría un regalito… Si pudiera, te lo daba. Solo quiero que sepas que allá al sur, en la Sierra Morena, hay quien hoy brinda por ti con una taza de té horroroso”. “Gracias, Román —acabó por responderle—. De verdad, me hace ilusión”. “¡Has respondido! —parecía eufórico—. ¿Cómo estás? ¿Y el Corsa? ¿Aguantó el invierno?”. Y así, volvieron a hablar cada día. Román llamaba cuando podía. Tenía la voz grave, con ese punto rasgado de los andaluces. Le contaba historias: cómo creció con su hermano, cómo ahora cuidaba de sus sobrinos, y cómo soñaba con volver a empezar. —A mi ciudad no volveré, Natasha —le decía mientras ella preparaba la cena—. Allí solo hay malas influencias. Quiero irme donde nadie me conozca. Tengo manos, cualquier sitio me coge como mozo de obra o en un taller. —¿Dónde te irías? —preguntaba ella, conteniendo un suspiro. —Me iría a tu ciudad. Alquilo un triste cuarto, o una buhardilla barata. Solo por saber que respiras el mismo aire que yo. Y luego, ya veríamos. No quiero agobiarte… En mayo, Natasha estaba hasta las cejas de amor. Sabía cuándo tenía inspección, cuándo le tocaba “ducha”, cuándo curre en taller. Le mandaba paquetes con té, dulces, calcetines de lana, y recambios para sus manualidades. —Aguanta tranquilo, Román —le rogaba—. No te metas en problemas, por favor. —Por ti, querida, me vuelvo invisible —le respondía entre risas—. En abril salgo. —Aquí estaré, te espero. *** En abril, Natasha fue a la puerta del centro penitenciario. Le compró una cazadora nueva, vaqueros y deportivas. El corazón le latía tan fuerte, pensó que se le iba a salir. Cuando salió Román, no era exactamente como en la foto: bajo, fuerte, con pelo ya canoso muy corto. Al principio se quedó paralizada. Pero cuando él sonrió y dijo: —Hola, reina —ella se lanzó a sus brazos. —Estás vivo —murmuró, pegada a su mejilla punzante. —¿Dónde iba a ir yo? —la abrazó fuerte—. Qué bien hueles… A flores. Fueron a su piso. La primera semana todo era de cuento. Román se puso manos a la obra: arregló el grifo, compuso la cerradura que llevaba meses atascada. Por las noches, entre copa de vino y risas, él contaba anécdotas “de otra vida”, siempre rodeando detalles turbios. —Oye, Román —le propuso al décimo día—. Dijiste de alquilarte algo… Pero aquí hay espacio de sobra. Y así, de paso, ahorras para herramientas o lo que necesites. —No sé, Natasha —frunció el ceño, removiendo el azúcar en la taza—. No está bien. Soy hombre, debería poder mantenerme. Y aquí ando, a tu costa… —¡Anda ya! —le cogió la mano—. Estamos juntos, lo importante es salir adelante. En cuanto encuentres trabajo, todo irá rodado. —Ayer llamó mi hermano —dijo de pronto, mirando al suelo—. Su hijo está muy mal, necesita una operación privada. Me pide ayuda, pero ya ves lo que tengo… Me da rabia, Natasha. Por mi familia… —¿Cuánto necesitáis? —preguntó ella, con cautela. —Una burrada… Cinco mil euros, aunque ya han juntado algo. Pensaba irme a Madrid de camionero, a ver si saco para ayudar. Natasha calló. Precisamente esos cinco mil euros estaban en la caja. Había estado ahorrando tres años, renunciando a casi todo. Pensaba renovar el baño, poner esa ducha de hidromasaje… —Tengo ese dinero —dijo en voz baja. Román levantó la cabeza de golpe. —¡Ni se te ocurra! Es para ti. Yo no lo acepto. —Por favor, es familia. Dámelo, lo devuelves cuando puedas. Ahora somos equipo. Él se resistió, estuvo dos días apagado, incluso retomó el tabaco en la terraza, aunque prometió dejarlo. Al final, Natasha puso el dinero encima de la mesa. —Toma. Ve a tu hermano, ayúdale. O transfiéreselo. —Prefiero llevárselo —le abrazó él—. Igual hasta me sale trabajo por allí. Serán solo dos días, Natasha. Ir y volver. Pasado mañana voy… *** En el recibidor, Natasha llevaba más de una hora sentada en el suelo, las piernas dormidas, sin sentir dolor. Repasaba la noche anterior: vieron una comedia tonta, él la abrazó, ella se sintió la mujer más feliz del mundo. —Mejor salgo pasado mañana temprano —dijo él antes de dormir. Pero él desapareció un día antes. Sin que ella se enterase siquiera. Solo creyó medio oír la puerta, pensó que serían los vecinos. A las dos de la tarde, Natasha llamó al hermano. El número que Román le había dado “por si acaso”. —¿Sí? —respondió una voz ronca—. ¿Quién es? —Hola, soy… la novia de Román. ¿Ha llegado ya por allí? Hubo un silencio. Luego, un suspiro. —Mire, señorita, aquí no conozco a ningún Román. Mi hermano es otro, y sigue en la cárcel hasta octubre. Le falta medio año de pena. A Natasha le temblaron las piernas. —¿Cómo que en octubre? Pero él salió en abril. Yo fui a buscarle al Sevilla I. —Mire —dijo la voz, ahora enfadada—, mi hermano, Alejandro, está en Córdoba II. Román fue mi compañero de celda, salió hace dos meses. Me birló el móvil y se llevó todos los contactos. Usted será otra más a la que engañó. A eso se dedica. Tiene carrera, es listo. Natasha dejó el móvil en el suelo. Recordó cómo le enseñó a cambiar bujías. —No las aprietes mucho —le decía—. O se va la rosca al carajo, y entonces sí que tienes lío. —Pues mira, rosca pasada —susurró ella—. Yo sola me he montado el lío. De repente, Natasha comprendió que no sabía nada real sobre su “pareja”. Jamás le pidió el DNI, ni el papel que asegurase que efectivamente estaba en libertad. ¿Y si ni siquiera se llamaba Román? *** Por supuesto, Natasha fue a la policía, denunció y enseñó la foto. Aprendió muchas cosas nuevas sobre su compañero de piso. Resulta que sí se llamaba Román—y eso fue lo único cierto de su relato. La condena era por un delito grave, media vida en la cárcel—y la conoció mientras cumplía su tercera pena. Natasha suspiró, cambió las cerraduras y decidió que, si comparaba con algunas de sus anteriores víctimas, casi debía dar gracias…