Me jubilé y me sentí irremediablemente sola. Sólo al llegar a la vejez me di cuenta de que no había vivido mi vida de la mejor manera.
Muchas mujeres piensan que la soledad es algo terrible. Que la verdadera felicidad radica en tener una familia numerosa, llena de problemas y preocupaciones diarias. Yo nunca estuve de acuerdo con esa idea. Viví pensando en mí misma. Nadie me exigió nada, ni tuve ataduras. No hubo compromisos ni juegos familiares complicados.
Tras terminar la universidad, empecé a trabajar para una gran empresa dedicada al turismo internacional. Además, fui modelo para una firma bastante importante. Logré ahorrar mucho dinero. Mis amigas también eran exitosas y con posibilidades económicas. Nos sentíamos realizadas así.
Siempre pensé de mí misma como una mujer acomodada. Viajé por medio mundo, conocí miles de lugares. En mi vida tuvieron presencia hombres que me hicieron sentir acompañada, aunque me cansaba con facilidad de las relaciones. Cuando ya no sentía interés por alguno, simplemente me alejaba. Jamás pensé en tener hijos. ¿Por qué invertir mi escaso tiempo libre en eso? ¿Por qué debía cambiarme de mujer elegante y segura en una de aquellas madres que se angustian por cualquier banalidad de sus niños? Me daban miedo las responsabilidades que conllevaban.
El tiempo se esfumó sin darme cuenta. Ahora soy una mujer retirada, y la soledad pesa mucho. Nunca llegué a casarme, nunca fui madre. Siento ahora, en mi vejez, un fuerte remordimiento de no haberme animado siquiera a tener un hijo. Al principio no quería, luego no encontré el momento, y más adelante ya fue demasiado tarde para planteármelo. Nunca creí que la maternidad fuera una dicha imprescindible.
Miro a mi hermana, Inés, que tiene dos hijos y tres nietos, y pienso en todo lo que he perdido. Fui arrogante, nunca escuché a nadie. Ahora solo quiero cambiar y recuperar lo que me queda: reconciliarme con mi familia, pasar tiempo con mis sobrinos y nietos, quizá encontrar a un hombre que, como yo, enfrente la soledad y quiera reinventarse en compañía. A lo mejor todavía es posible formar un hogar, aunque sea tarde.
Hoy, mientras escribo en mi diario en mi pequeño piso de Madrid, entiendo al fin que el dinero y la libertad no llenan todos los vacíos. Aprendí que la felicidad, esa tan discutida en nuestro país, no depende del éxito profesional ni de la independencia absoluta, sino de los lazos con las personas que queremos. Ojalá me quede tiempo para remediar, aunque sólo sea en parte, las decisiones de mi pasado.







