Me he jubilado y me siento irremediablemente sola. Recién ahora, en la vejez, me doy cuenta de que no he sabido aprovechar la vida.
Muchas mujeres piensan que la soledad es algo terrible. Para ellas, la felicidad significa tener una familia numerosa, multitud de problemas y preocupaciones cotidianas. Yo nunca he estado de acuerdo con esa visión. He vivido toda mi vida para mí, sin que nadie me exigiera nada. No había compromisos o ataduras familiares.
Después de la universidad, empecé a trabajar para una gran empresa de turismo internacional en Madrid. También trabajé como modelo para una firma reconocida. Durante años, gané mucho dinero. Tenía muchas amigas igual de exitosas y acomodadas que yo.
Me consideraba una mujer próspera; he viajado por medio mundo. En mi vida han pasado hombres con los que me sentía a gusto, pero cuando dejaba de interesarme uno, terminaba esa relación sin remordimientos. Nunca pensé en tener hijos; ¿por qué debería dedicar mi tiempo libre a cuidar de ellos? ¿Por qué cambiar de ser una mujer guapa y adinerada a esas madres siempre preocupadas por cualquier asunto relacionado con sus hijos? Sentía pánico ante la idea de responsabilidades.
Los años han pasado volando. Ahora, como jubilada, me embarga una sensación absoluta de soledad. No me casé jamás ni tuve hijos. A estas alturas añoro, incluso, no haber tenido aunque fuera un único hijo. Al principio no quería, luego no me apetecía, después el trabajo ocupaba todo mi tiempo y, cuando quise reaccionar, ya era tarde para ser madre. No comprendía que ser madre pudiera traerme felicidad.
Veo ahora a mi hermana Rosario, que tiene dos hijos y tres nietos. Yo era muy arrogante y nunca escuché consejos de nadie. Llegada esta etapa de mi vida, deseo cambiar las cosas: quiero acercarme de nuevo a mi familia, compartir momentos con mis sobrinos y sobrinas. También espero poder encontrar a un hombre que, como yo, esté solo y así formar juntos una familia. Quizá aún haya una oportunidad para mí.







