Se inclinó hacia la vieja pastora alemana. Ella le dirigió una mirada resignada y apartó la cabeza. Hace tiempo que dejó de esperar milagros. Conocía demasiado bien a las personas
En el barrio la llamaban, sin mucha creatividad, la manada de perros. Pero Pedro, el vecino del tercer piso, siempre corregía: «No son una banda. Sólo son cinco perros que se han juntado para sobrevivir».
La líder era una pastora alemana ya veterana, de esas que un día tuvieron cojín propio y comedero grabado con nombre. Seguramente la abandonaron sus antiguos dueños, que se marcharon sin mirar atrás. Desde entonces era ella quien mantenía a los otros juntos, defendía, guiaba, no permitía que se rompiera ese improvisado hogar callejero.
Pedro les llevaba algo de comer cada día: un poco por la mañana, rumbo al trabajo, y por la tarde a la vuelta. Los cinco rabosunos enroscados, otros arrastradosempezaban a moverse como hélices tan pronto como le veían aparecer. Había tanta alegría en sus ojos, que uno sentía el corazón apretarse como un filete de San Jacobo. Ellos saltaban, le empujaban las manos con sus hocicos húmedos y le llenaban las palmas de lametones. En esas miradas cabía todo: gratitud, confianza, esperanza.
¿A qué puede aferrarse un perro que fue dejado en la calle para morir? Y aun así, esperaban. Y creían. Y querían. Por eso Pedro jamás bajaba sin algo para ellos; le esperaban, y nunca en vano.
Pero esa mañana, sólo cuatro se acercaron corriendo. Ladraban bajito y miraban inquietos hacia el extremo de la calle. Pedro enseguida lo supoalgo malo pasaba.
Suspiró y llamó al trabajo para decir que llegaría tarde.
En el borde del barrio dormitorio, ya casi saliendo de Madrid, encontró a la pastora alemana tendida bajo un seto. Había sido atropellada. Justo en ese cruce raro donde algún conductor acelerado, siempre con prisas por llegar al atasco siguiente, no frenó a tiempo. Esta vez la suerte no jugó de su lado.
Cuatro perritas le rodeaban, lloriqueando, buscándole los ojos como si él pudiese volver a poner el mundo en orden.
Se agachó junto a la pastora. De sus ojos caían lágrimas. Ella le miró como quien ya todo lo entiende y apartó la vista. Hace mucho que no esperaba nada bueno de los humanos. Sólo le inquietaba una cosa: ¿qué pasaría con las otras cuatro, aquellas a las que todavía protegía?
Vaya ¿Duele mucho? preguntó Pedro en voz baja, sacando otra vez el móvil.
Consiguió el día libre, echó mano del coche y con la máxima delicadeza instaló a la pastora en el asiento de atrás. Las otras cuatro saltaban a su alrededor, se le pegaban a las piernas murmurando agradecimientos perrunos.
En la clínica veterinaria, la médica la examinó y se encogió de hombros:
Lo más compasivo sería dormirla. Demasiadas fracturas. Tiene pocas posibilidades de salir adelante, y el tratamiento se pone caro Pedro, atónito, la interrumpió.
Pero, entonces, ¿hay posibilidades?
Posibilidades, alguna siempre hay admitió resignada la veterinaria. Sufrirá mucho. ¿Merece la pena?
Para mí sí, respondió Pedro, firme. Para ella también. Y para las otras cuatro que se quedan esperando. ¿Cómo voy a mirarles luego a los ojos?
La doctora le miró, meditando, y asintió:
Empezamos entonces.
Una semana después Pedro recogía a la pastora en la clínica. Las otras cuatro no se habían movido de su portal en esos días. El jaleo que montaron al volver a verla emocionó hasta a la paciente, que trató de lamerles las orejas con ese entusiasmo tan poco elegante y tan perro.
La llevó a casa en brazos y salió de nuevo para hablar con las demás. Les dio toda una charla sobre la responsabilidad del hogar, lo de no hacer pis en sitios indebidos, lo de que la comida ahora no sale de la basura, sino de cuencos decentes
Las cinco lo miraban serias, como si de verdad estuviesen haciéndole caso. Pedro interrumpió el discurso, sonrió y dijo:
Bueno, ¿a qué esperamos? ¡Tirad para dentro!
Y abrió de par en par la verja.
La recuperación de la pastora fue milagrosa. Ella empeñada en levantarse, en salir a ver a sus amigas, y Pedro casi haciendo de celador para evitar disgustos. Cuando por fin se sostuvo firme, Pedro le puso un collar especial: dorado, con un cascabel diminuto.
Ahora Pedro sale antes de casa. Pasea por esa calle aún vacía llevando cinco correas: cuatro perritas pequeñas, medio chispeantes, y una pastora mayor, orgullosa con su collar de oro y cascabel vienés.
Deberíais ver cómo miran el mundo. Ahora tienen casa. Y la pastora, collar. Camina con la cabeza alta, como quien sabe que, por fin, la respetan.
Quizá os cueste entenderlono todos han llevado un collar con cascabel. Pero cualquier perro lo sabe: así camina quien es alguien.
Van por la acera: un hombre que no pasó de largo, y cinco perros que, a pesar de los humanos, no aprendieron a renunciar ni a dejar de querer.
Caminan contentos, felices por algo indefinido. Quizá por saberse juntos. Quizá por el sol. Quizáojaláporque todavía queda en el mundo un poco de cariño.
Miras esos ojos y no puedes dudarlo: con esos ojos en la Tierra, todavía hay esperanza.







