María y Antonio nos casamos hace poco más de diez años. En aquel entonces teníamos treinta y tantos, mi marido era director en una gran empresa de Madrid y yo trabajaba en un salón de belleza del centro. Tuvimos dos hijos, me tomé la baja de maternidad y después dejé de trabajar. Disfrutábamos de una buena situación económica porque Antonio percibía un sueldo cómodo.
Antonio es un hombre muy ambicioso; suele estar fuera de casa y dedica su tiempo libre a su madre, Doña Carmen. Doña Carmen, además de ser una actriz aficionada, sabe representar magistralmente enfermedades y arrebatos de ira para llamar la atención de su hijo. Lo hace con la intención de mantenerse en el foco familiar.
En una reunión familiar, Doña Carmen me dijo:
Antonio me pertenece a mí, y no importa que tú seas su esposa. Para él, la familia es solo yo. Tienes que entenderme, pues tú también eres madre. Pase lo que pase, tendrás que ayudar siempre a tu marido.
Aquellas palabras las guardé en mi memoria. A la mañana siguiente pedí a Antonio que me explicara la situación. Él intentó justificar el comportamiento de su madre como si fuera una broma de mal gusto.
Como todo lo bueno tiene su final, el año pasado Antonio perdió el empleo y empezó a beber para ahogar su tristeza. Yo volví a trabajar en el salón de belleza.
No perdí la esperanza de que mi marido recobrara la cordura y volviera a ser el de antes, pero no se presentó ningún milagro. La situación siguió empeorando. Presenté el divorcio y Antonio se mudó con mi madre, Doña Luisa.
Me sentí aliviada al tener una boca menos que alimentar. Un mes después, Doña Carmen me llamó:
¿Has olvidado lo que siempre te he dicho? ¡Siempre debes ayudar a tu cónyuge! Mi pensión no alcanza, así que exijo que me envíes cada mes una cantidad de dinero para mantener a Antonio.
¡Qué atrevimiento! Le respondí que solicitaría la pensión alimenticia, pues es obligación del padre mantener a los hijos. Ella, a su vez, me acusó de ser yo quien había hundido a su hijo en ese estado.
Aquellas palabras me dejaron incómoda y corté la conversación. Lo curioso es que, aun después del divorcio, sigo queriendo a mi exmarido, pero ya no sé cómo convivir con él.
Al final he aprendido que el amor no debe convertirse en una carga que sacrifica la propia dignidad; ayudar es vital, pero también lo es saber poner límites para protegerse a uno mismo.





