¡Por supuesto, todo ha sido culpa mía! llora con angustia Carmen, la hermana de mi amiga. ¡Jamás habría imaginado que acabaría así! Y ahora, ¿qué hago? Ni siquiera sé cómo podría recuperar todo sin perder la dignidad…
Mi hermana se casó hace unos años. Tras la boda, se decidió que los recién casados vivirían con la madre de él en Madrid. Mi madre tiene un piso grande de tres habitaciones y solo un hijo.
Me quedo con una habitación y el resto es para vosotros dijo mi suegra con tono conciliador. Todos somos gente educada, así que supongo que nos llevaremos bien.
Siempre podemos marcharnos le dijo entonces Sergio, su prometido, intentando tranquilizarla. No veo ningún problema en probar a vivir bajo el mismo techo que mi madre. Si no funciona, alquilamos un piso y punto…
Y así fue como tratamos de convivir. Pero pronto descubrimos que compartir espacio no era sencillo. Tanto Carmen como mi madre hacían todo lo posible, pero cada día las cosas iban a peor. Los roces y pequeños agravios se acumulaban y acababan estallando en discusiones, cada vez más frecuentes.
Tú mismo dijiste que, si esto no funcionaba, buscaríamos un alquiler y nos iríamos de casa de tu madre le espetó Carmen, con lágrimas en los ojos.
¡Pero mujer! respondía Sergio encogiéndose de hombros, con una sonrisa desdeñosa. Son detalles sin importancia, no merece la pena hacer las maletas por esas tonterías…
Justo un año después de la boda, Carmen cogió la baja por maternidad y, poco después, nació un niño fuerte y sano.
La llegada del nieto coincidió con el momento en que mi suegra perdió su trabajo. Rondaba la edad de jubilación y, claro, ningún empresario quería emplear a alguien tan mayor. Así que suegra y nuera se veían obligadas a convivir las veinticuatro horas del día sin apenas espacio personal. El ambiente en la casa se volvió irrespirable.
Sergio, único sostén económico, solo se limitaba a encogerse de hombros ante los conflictos de las mujeres.
Ahora no podemos dejar a mi madre sola, no tiene ni un euro para vivir. No puedo desentenderme de ella ni me alcanza el sueldo para pagar alquiler y, encima, ayudar económicamente a mi madre. Cuando encuentre trabajo, nos mudamos.
Pero la paciencia de Carmen terminó antes de que su suegra encontrara trabajo. Cansada, hizo las maletas, cogió al niño y se fue a casa de su madre en Salamanca. Antes de marcharse, le advirtió a su marido que no pensaba volver jamás a la casa de su suegra. Que si de verdad le importaba su familia, se esforzase en buscar una solución.
Carmen estaba convencida de que Sergio haría todo lo posible por recuperar a su familia, pero se equivocaba.
Pasaron más de tres meses desde su marcha y Sergio ni siquiera intentó reconciliarse. Vive con su madre en el piso de Madrid, y tras terminar en la oficina, habla con su mujer y su hijo por videollamada y va a visitarlos los fines de semana.
En la práctica, llevan un matrimonio de visitas.
Sergio disfruta de las atenciones y cuidados de dos mujeres; además, su madre le compadece por la “histérica” que le ha dejado y, por si fuera poco, no tiene que implicarse en la crianza de su hijo. ¡Todo ventajas! Y a la suegra parece que tampoco le ha cambiado la vida…
Carmen, en el piso de su infancia en Salamanca, padece y se arrepiente cada día. Nada le place. Ama mucho a su esposo, aunque sabe que su actitud no es la correcta.
¿Qué esperabas al irte así? le contesta Sergio cuando Carmen le reprocha la situación. Si quieres, puedes volver.
Pero no parece que Sergio piense irse jamás de casa de su madre. Carmen está de excedencia por maternidad y no tiene ahorros para independizarse.
¿Será este el fin de su familia?
¿Creéis que Carmen tiene alguna posibilidad, por pequeña que sea, de regresar a casa de su suegra sin perder la dignidad?




