Carmen, tengo que decirte algo.
Carmen Jiménez removía un puchero de cocido en la vitrocerámica. La voz de su marido sonaba como esas veces que le contaba algún lío del trabajo o cuando tenía que confesar que se había gastado más de la cuenta en cualquier chorrada. Tensa, algo arrepentida, pero resuelta.
Tú dirás respondió ella, sin girarse, pendiente de que no se pegara el caldo.
Me voy. Estoy con otra.
Dejó la cuchara sobre el mármol. Se giró despacio. Tomás estaba apoyado en el marco de la puerta, vestido con americana, de esas que nunca llevaba por casa aunque fueran ya las ocho. Se ve que quería darle gravedad al asunto, que pareciera un trámite notarial.
¿Desde hace cuánto? preguntó ella.
Ocho meses.
Entiendo.
Una parte de Tomás parecía esperar a ver caerse el mundo: lágrimas, gritos, demandas. Cambió el peso de un pie al otro, incómodo.
Carmen, no quiero que nos llevemos mal. Siempre has sido mi tú eres mi pilar. Mi retaguardia. Lo valoro de verdad.
Ella le miró largo rato, como si le hubieran traído a casa una estatua fea y pesada, y nadie se hubiese dignado a decirle para qué sirve.
¿Retaguardia? repitió en voz baja. Muy bien. ¿Vas a cenar?
¿Perdona?
Que el cocido está listo. ¿Cenas o no?
Tomás se quedó absolutamente descolocado.
No, yo no. Carmen, ¿te has enterado de lo que te he dicho?
Perfectamente. Te vas con otra, desde hace ocho meses. Pilar, retaguardia, todo claro. No cenas. Muy bien.
Se sirvió un plato limpio, lo llenó de cocido y se sentó a la mesa.
Él estuvo cinco minutos dando vueltas por el pasillo, luego se fue a la habitación a hacer la maleta. Empezó a revolver cajones y a meter camisas en bolsas. Carmen se comió su cocido despacio. Le había salido especialmente bueno, con el punto exacto de chorizo y garbanzos. Lo hacía igual desde hace treinta años, justo como le encantaba a Tomás.
Pensó en eso y un momento apartó la cuchara. Pero luego la volvió a coger. Se acabó el plato.
***
Tomás Sánchez Cortés tenía cincuenta y seis años y, como tantos españoles de mediana edad, estaba convencido de que la vida son dos días y uno de ellos aún estaba por llegar. Era director de proyectos en una empresa de reformas, robusto, sonrisa fácil y cada vez menos pelo cano, porque usaba un champú sospechoso aunque renegase de ello delante de todos, incluida su mujer. Se había casado con Carmen a los veintisiete, compartía vida con ella desde hacía veintiocho años y tenían un hijo, Álvaro, que trabajaba en Valencia y llamaba una vez a la semana.
La otra, Lucía Romero, estaba en la oficina también. Dieciocho años menos, estilizada y con una melena azabache de esas que te encuentras en las revistas, y una habilidad admirable para decir ¡hala! cada vez que algo la impresionaba: desde el último iPhone hasta la forma en que Tomás solucionaba papeleos con una sola llamada. Eso le llenaba un poco el hueco.
Carmen Jiménez, con cincuenta y tres cumplidos, era jefa de contabilidad en el hospital general de la ciudad. Menuda, pelo oscuro salpicado ya de alguna hebra blanca, que jamás se preocupó por teñirse. Hacía cuentas mentales antes de acabar de decir la suma en voz alta, leía hasta tres libros mensuales y cocinaba el mejor cocido del barrio, y punto. Mantuvo casa, trabajo y familia durante casi tres décadas, sin pedir que le levantaran un monumento porque, para ella, era lo normal. Simplemente, la vida.
Vivían en Alcalá de Mena, una ciudad ni grande ni chica a media hora de Madrid, donde todos se cruzan las caras en el mercado, hay un centro comercial decente y cuatro bares donde puedes cenar sin hipotecarte. El piso era un cuarto en una torre de nueve plantas, con tres habitaciones; un piso apañado, hecho a la medida, con cortinas cosidas por Carmen hace ocho años porque no había ni una decente en toda la provincia.
Cuando Tomás se marchó, ella estuvo un rato en la cocina, mirando aquel octubre lluvioso. Después recogió la mesa, fregó los cacharros y se fue a dormir.
Los tres primeros días se movía sin pensar mucho. Llevaba los números del hospital, saludaba a los compañeros con un todo bien tan neutral que desanimaba preguntas. Por las noches, se sentaba en el salón, mucho más silencioso de lo que ella recordaba, y se quedaba mirando un punto fijo. Sin lágrimas. Por dentro, sentía como un cosquilleo lejano de golpe, esa dormidera que llega antes del dolor real.
El cuarto día llamó su amiga Pilar.
Carmen, hija, me he enterado. ¿Es verdad?
Sí, Pili. Es verdad.
La Virgen ¿y cómo estás?
Bien.
No me mientas. ¿Cómo que bien? Treinta años hablándote a la cara, a mí no me la das.
Carmen dudó.
¿Sabes qué es lo más raro? Que me he dado cuenta de que hace tiempo que no sé ni lo que pensaba ese hombre. Vivíamos al lado y ni idea. Eso debe de ser lo peor.
Pilar se quedó pensativa.
¿Y si hablas con él? ¿Nunca se sabe si
No hace falta le cortó Carmen, tranquila. Solo pensaba en voz alta.
No le dijo lo más importante: que al anunciarle Tomás la traición, no sintió dolor. Sintió algo muy parecido al cansancio. Como si llevara una bolsa de la compra cargada durante horas y, por fin, alguien la soltase. Algo vergonzoso, hasta consigo misma.
Al quinto día quitó la foto de boda del salón. Él en traje oscuro, ella con aquel vestido que le prestó su prima, los dos jóvenes y sonrientes. Guardó la foto en el trastero; ni la rompió ni la tiró. Solo quitó el marco.
Quedó una mancha clara en la pared.
Miró el hueco, largo rato. Luego cogió el móvil y llamó a Decoraciones Madrid Hogar.
***
Se animó con la reforma ella misma, hasta donde pudo. Lo demás, por encargo. Quitó el papel pintado del salón un espantoso verde a rayas elegido a medias hace siglos y lo cambió por uno crema, alegre. Compró cortinas con flores de ésas que a Tomás le habrían dado un síncope (eso parece la casa de mi tía Encarna, mujer), y movió el sofá junto a la ventana, justo donde más luz había.
Álvaro llamó dos semanas más tarde. Se ve que el padre ya le había puesto al día.
¿Mamá, cómo andas?
Bien, Álvaro. Estoy renovando el salón.
¿Reformando? se notaba la sorpresa.
He cambiado los papeles de la pared. Ahora quiero hacer lo mismo en la habitación principal.
¿Estás bien, de verdad?
De verdad, cariño. ¿Has hablado con papá?
Álvaro dudó.
Sí le he llamado.
Eso está bien. Es tu padre, tienes que seguir hablando. ¿Vienes por Navidad?
Por supuesto, mamá. ¿Y tú no estás muy digo, ¿no te pesa estar allí sola?
Miró el salón nuevo, paredes crema, cortinas alegres, sofá en su sitio.
Pues mira, me está costando menos de lo que pensaba. Hasta yo me sorprendo.
Álvaro siguió preguntando un poco, pero acabó relajado. Era buen chico, pero como los hijos de tantas parejas, confiaba en que los mayores lo arreglarían solos.
En noviembre, rebuscando un abrigo en el altillo, Carmen dio con una caja. Una caja enorme, llena de ovillos, agujas y proyectos a medias. Hacía quince años que no la abría, desde que Tomás se quejaba de los ovillos por todas partes. Ella no discutió: guardó todo sin un pero.
Sacó la caja, la puso en mitad del salón, y se quedó mirándola, indecisa.
Cogió las agujas. Se acomodó en su sofá, junto a la ventana. Fuera caía la primera nevada que veía en la ciudad en años: silenciosa, ligera, casi una broma.
Las manos se acordaban solas.
***
La primera en preguntarle por su bufanda fue Mercedes, la del departamento de pediatría, a principios de diciembre.
¿Eso lo has hecho tú? ¡Qué maravilla!
Sí, hija, estoy quitando el óxido.
¿Me harías una a mí? Te pago la lana y lo que cueste.
Venga, mujer, no digas bobadas.
Que sí, que sí. Y quiero además un gorrito, pero de esos que se doblan
Así llegó el primer encargo, casi sin querer, como todas las cosas que acaban importantes.
Entre diciembre y enero tejió ocho piezas: bufandas, gorros, un par de jerséis y unos mitones. Cobraba lo justo, casi nada, pero era dinero además del sueldo, ganado con las manos y la satisfacción de cada tarde sentada en el sofá, ovillo en ristre.
Pilar, al verla una tarde en la casa renovada, se fijó en los detalles: las cortinas nuevas, los ovillos ordenados, la mesa torcida porque ahora daba mejor la luz.
Estás irreconocible soltó.
¿Para bien o para mal?
Para tranquila, diría yo. Temía que entrases en una depresión tremenda, y al final
No me ha dado tiempo concedió Carmen. Será por el lío que he montado.
¿Tomás te llama?
Una vez. Por noviembre. Preguntó por los papeles del coche. Le dije dónde estaban. No ha vuelto a dar señales.
Mira que llamar sólo por eso frunció Pilar.
Ya ves.
Se quedaron calladas un momento. Pilar se abrazó a su taza de café, gesto de pensar en cosas serias.
¿Le odias?
Carmen le dio vueltas, sincera.
No. Fíjate qué cosa. Hay días de rabia, menos ya, pero odio no. Es solo alguien que hizo lo que hizo, y ya.
Podrías escribir un libro de esto: “Cómo sobrevivir a la infidelidad y no acabar ni en la cárcel ni en psicólogos”.
Todo se andará soltó Carmen, y por primera vez en meses, se le escapó una carcajada verdadera, sin forzar nada.
***
Lucía era encantadora, pero eso de llevar una casa ni por asomo.
Tomás no se dio cuenta al principio. Al principio todo era risas, restaurantes, algo de sentirse un chico joven otra vez. Lucía se maravillaba por todo y, hombre, eso sube la autoestima.
Pero después alquilaron un piso juntos cerca de Valdebernardo, y a Tomás le fue cayendo la ficha.
Lucía no cocinaba ni una tortilla. Pero no que lo hiciera mal, sino que le parecía absurdo cocinar teniendo “Uber Eats” y bares en la esquina. Al mes, Tomás ya echaba de menos un gazpacho normal.
Orden tampoco era lo suyo. Ropa por todo el baño, el sofá lleno de trastos, platos en el fregadero días enteros. No era que fuese una guarra, sino que el caos era su hábitat natural. Tomás, tan maniático del orden, entró en estado de shock antes de Reyes.
Además, Lucía no veía sentido a pagar el alquiler antes de tiempo o dejar dinero en el banco para imprevistos. Tomás intentaba explicárselo. Lucía asentía, y el mes siguiente igual. Como hablar a un ficus.
Encima, Lucía llenaba la casa de amigas cada dos por tres; risas hasta medianoche, copitas de vino, y los vasos allí en la encimera semana y media. Tomás, tumbado en la cama, sudaba oyendo chillidos que no le hacían ni pizca de gracia.
En febrero, llamó a Carmen.
¿Qué tal?
Bien, Tomás.
¿No te molesta que lleve tanto sin dar señales?
No.
Silencio.
Una cosa ¿te acuerdas dónde está la garantía del frigorífico? Necesito llamar al técnico.
En la carpeta verde, tercer estante del trastero.
¿No la sacaste tú por casualidad?
No, Tomás. No he tocado nada tuyo.
Vale. Gracias.
Carmen colgó. Se quedó mirando el ventanuco; la nieve se derretía sobre los tejados. Pronto sería marzo.
Sacó las agujas otra vez, empezó un jersey suave, azul y gris, esta vez para ella.
***
En marzo, se jubiló la jefa de contabilidad del hospital, Mercedes la de las estadísticas. Se abría el hueco. La directora, Laura Gómez, llamó a Carmen al despacho.
Carmen, a ver, vas años haciendo de jefa sin el título. ¿Por qué no has postulado antes?
Carmen pensó.
La familia, supongo. No quería sobrecargarme.
¿Y ahora?
Ahora las circunstancias son digamos, otras.
Lo siento, de verdad.
No hace falta. ¿Qué tengo que hacer para aspirar?
Laura se rió.
Tú ya sabes el trabajo mejor que yo. Solo pon el papel por escrito.
Ahora mismo.
Lo entregó ese día. Y se fue a casa andando, aunque el bus acababa de parar delante. Quería pasear. El aire de marzo olía a tierra mojada y a hojas nuevas. Carmen pensó que hacía tiempo que no se fijaba en esas cosas: el olor del mes, los charcos iridiscentes, los brotes hinchados en los árboles.
Pensó: la vida sigue. Sí, frase hecha. Pero no por eso menos cierta.
***
En abril, Tomás apareció. Sin previo aviso. Llamó al timbre como si aún tuviera llave.
Abrió. Ahí estaba, en la puerta. Chaqueta arrugada, ojeras, con la pinta de que no dormía bien desde hacía semanas.
¿Puedo entrar?
¿Para qué?
Tomás bajó los ojos.
Carmen, necesito hablar contigo.
Le dejó paso. Él miró alrededor, fijándose en las paredes nuevas, las cortinas con flores, el sofá cambiado de sitio. Guardó silencio.
Has hecho reforma.
Sí.
Te ha quedado bien.
No contestó. Se metió en la cocina, puso agua para el té. Había hecho ese gesto mil veces.
Tomás se sentó a la mesa. Carmen le miraba y pensaba: es el mismo, pero ya no es igual. Como ese bar de tu barrio donde ibas de joven: es, pero no es.
¿Cómo estás? preguntó.
Bien. Me han ascendido.
¿De verdad? Enhorabuena. Te lo merecías.
Eso pensaba yo. Ya tocaba.
Él lo oyó. Silencio incómodo.
Carmen…
Vamos al grano, Tomás. ¿Qué pasa?
Él se restregó el puente de la nariz. Hizo ese gesto mil veces cuando no encontraba palabras.
Lucía y yo bueno, esto no es como yo pensaba. No va tan bien. Es distinta
Ya.
Creí se calló y, al fin, escupió. Creí que podría volver. Tú siempre tú sabías arreglarlo todo, entendías
Carmen sirvió el té. Le alcanzó una taza, se sentó al borde de la silla.
Sí, Tomás, sabía. Veintiocho años. Pero cuando estabas cerca apenas lo valorabas.
Claro que lo valoraba.
No tanto. Si no, me habrías llamado de otra manera.
Él agachó la cabeza.
No quería ofenderte. Retaguardia era un cumplido.
Eso es ser invisible. La retaguardia es lo que sigue ahí cuando todos se largan, el almacén de los que llevan la bandera.
Carmen
No hay resentimiento, Tomás. De verdad. Pero no va a ser como tú quieres.
Yo quiero volver.
Ya te he oído.
¿Y tú no vas a darme otra oportunidad?
Le miró. Esa cara de siempre, el gesto de no entender nada, nada de nada. Él esperaba lágrimas, ruegos, igual hasta algún portazo y después, que le acogiera porque ella era la de siempre, la infalible Carmen, la de detrás.
No.
¿Por qué?
Porque no me da la gana.
Él la miró como si le hablara en chino.
¿Vas a estar sola?
Sí. Y a gusto.
Eso no puede ser. Estás diciendo eso por enfado.
Carmen cogió la taza. Le miró calma.
¿Sabes lo que más me ha sorprendido? Pensaba que sin ti la casa estaría vacía. Qué miedo me daba esa idea. Y ahora está todo libre. Para mí.
Tomás calló.
Al final eres buena persona, creo dijo Carmen. Solo que pensaste que yo estaría siempre esperando, como un cojín en el sofá. Pero el cojín se fue.
¿Y ahora qué hago yo?
Pues no lo sé, Tomás. Ya no es asunto mío.
Terminó el té. Él recogió la chaqueta.
¿Vas a pedir el divorcio?
Sí. Ya he hablado con el abogado.
Él asintió, resignado.
Bueno. Pues eso.
En la puerta, se giró.
Has cambiado mucho.
No, Tomás. Soy la misma. Solo que ahora me ves.
Cerró la puerta.
Carmen se sentó un rato. Afuera, la calle seguía con su jaleo de todos los días, voces de vecinos, motos acelerando. Un abril normal en Alcalá de Mena.
Recogió las tazas y abrió la ventana. El aire olía a tierra y a brotes de álamo.
***
El primer día que vio a Javier Ortega fue en la junta de vecinos, en invierno. Se había mudado al sexto después de vender el chalet de las afueras; los hijos ya criados, uno en Valladolid, otra por Cádiz. La casa grande le sobraba.
Cincuenta y ocho años, bajito, serio y con ese pelo blanco de lobo tranquilo. Era ingeniero, se dedicaba a hacer carreteras y rotondas. Viudo desde hacía tres años.
En la reunión, habló sobre la gotera de la entrada con una tranquilidad tan marciana que la presidenta de la comunidad le escuchó cosa rara hasta el final.
Carmen le observó porque parecía uno de esos que no le interesa impresionar a nadie: va, dice lo suyo y punto.
Se presentaron en el ascensor en mayo. Carmen iba con una bolsa de ovillos que se le enganchaba por todas partes.
¿Le ayudo? propuso él.
No hace falta, gracias.
Ya, pero será más cómodo.
Ella se rió y le dejó la bolsa.
Se enredaron en conversación a pie de rellano. Él la acompañó a la puerta.
¿Tejes? preguntó, señalando la bolsa.
Eso intento. ¿Te hace gracia?
¿Por qué me iba a hacer? A mi difunta le encantaba. Aún tengo lana por cajas, si la quieres
Y así fue. Le regaló lana de la buena. Empezaron a coincidir más, una tarde de café, otra de charla sobre libros; él leía mucho, pero sin presumir, y sabía callarse cuando ella divagaba.
En junio, ella le hizo una bufanda gris de esa lana nueva.
¿Esto para el verano?
Da igual, hay adelantarse al frío. Además, me sirve de test.
¿Qué tal sale la lana?
Divina.
Él aceptó el regalo sin bromas, sin ay, qué cosas, simplemente agradecido. Y a ella eso le gustó.
***
En julio presentó la demanda de divorcio. Tomás no puso pegas. Se encontraron en la notaría, firmaron. Él tenía aspecto cansado y algo derrotado. Carmen llevaba un vestido veraniego, flores rojas, lo estrenó en mayo su compra más alegre en veinte años.
¿Cómo vas? preguntó él al salir.
Bien dijo sin mentir.
Lucía se ha ido a casa de su madre, en Bilbao.
Vaya.
Estoy solo ahora.
Ella lo miró, ni pena ni sorna. Solo lo miró.
Arreglarás. Sabes cómo hacerlo.
¿Tú crees?
Seguro. Pero tendrás que apañarte solito. Si quieres, se aprende.
Se despidieron y cada uno tiró por su calle.
Se paró en el mercado, compró cerezas medio kilo y se las comió al sol, allí mismo, dejando los huesos en una bolsita. Eran las mejores cerezas de la temporada y lo supo saborear.
***
Javier la invitó al cine en agosto.
Hay una de Berlanga en el parque, ¿te animas?
Claro.
Se sentaron en bancos de madera, en el cine de verano del parque, rodeados de familias, abuelos y niños, todos riendo en las mismas escenas. Luego pasearon despacio, atardecía sin prisa, como sólo ocurre en agosto.
Ella le contó cómo empezó lo de las bufandas por encargo. Él escuchaba sin interrumpir.
Sigue, no lo dejes. Se nota que lo haces con ganas.
¿Te refieres a la bufanda de antes?
A la bufanda y a todo.
Y después de pensarlo, añadió:
No tenemos prisa, ¿no?
Ninguna.
No hizo falta explicar más.
***
En septiembre, Pilar la pilló tejiendo junto a la ventana aromada a café. Había tres ovillos azulados sobre la mesa, y el portátil abierto con fotos de bufandas y gorros en su página veintitrés encargos este verano.
¿Te has metido en Internet? boquiabierta Pilar.
La hija de la vecina me echó un cable. Tengo hasta lista de espera.
Carmen, madre mía…
Oye, no es la ruina, pero es mío. Y me gusta.
Pilar negó con la cabeza.
¿Quién te lo iba a decir hace un año?
Nadie, ni yo.
¿Y el vecino ese, Javier…?
¿Qué pasa con Javier?
Nada sólo que se te cambia la cara al mencionarlo.
Carmen no contestó, siguió moviendo las agujas.
Me da mucha paz estar con él. Sin complicaciones. Es simple.
No necesitas explicarlo, Carmen. Te entiendo.
Tomaron café, charlaron como tantas otras veces: nietos, obras, la oferta del “Madrid Hogar” que va a salir, lo corriente. La calle seguía su vida; por el paseo caían las primeras hojas doradas, un chiquillo aprendía a andar en bici y una vecina sacaba al perro.
Carmen cogió el siguiente ovillo, buscó la punta de hilo. Empezó otra labor, un gorro trenzado que tenía comprometido para dos semanas. Llegaría de sobra.
Las manos confiadas marcaron el ritmo. Fuera, la primera lluvia de otoño hacía brillar las hojas en los árboles; éstas se mecían, relucientes, vivas.






