Saltando por el mundo, como una cabra

Galopas por el mundo, como una cabra
Vamos a hacer cosas increíbles tú y yo, Jimena, ya lo verás decía Carmen, agitando los brazos mientras se sentaba en el alféizar de la residencia universitaria. Tú en consultoría, yo en marketing, y luego, ¡zas!, montamos nuestra propia agencia. ¡Tenemos todo el futuro por delante!
Jimena levantaba la cabeza del resumen y reía, echando hacia atrás su gruesa trenza.
Carmen, la selectividad es la semana que viene, y tú ya construyendo un imperio.
¿Y qué? ¿No puedo soñar un poco? Carmen saltó del alféizar y cayó a la cama hundida junto a ella. En serio, Jime. Nosotras no somos como esas otras chicas de la carrera. Nosotras somos listas. Seguro que llegaremos lejos.
Jimena dejaba el bolígrafo a un lado y miraba a su amiga con el pelo alborotado, la camiseta desteñida, pero con los ojos encendidos. Y por alguna razón, justo en ese instante, le creyó sin dudar.
Llegaremos, claro que sí murmuró…
Diez años pasaron como un suspiro…
…Jimena luchó durante esos años. Prácticas en una multinacional, noches sin dormir revisando informes, clases de inglés de negocios por las mañanas, chino los fines de semana. Congresos, foros, nuevas conexiones. Trepaba, raspando codos y rodillas, pero nunca paraba. A los treinta, vestía trajes de lana italiana, negociaba en Tokio, y ya no recordaba cuándo fue la última vez que lloró de cansancio simplemente no tenía tiempo.
…Carmen conoció a Víctor en tercero. Él era mecánico, olía a aceite y la miraba como si fuera la única mujer en la tierra. En cuarto curso, Carmen quedó embarazada, y en quinto dejó la universidad. La agencia de marketing se desvaneció entre los primeros dientes de su hija y el segundo parto. Su imperio era ahora un piso de tres habitaciones en un barrio residencial, donde comandaba cazuelas, berrinches infantiles y un grifo que nunca funcionaba.
Todavía se veían, cada vez menos.
Jimena traía regalos de sus viajes: un pañuelo de seda de Milán, un set de té de montaña de Yunnan. Sacaba fotos, mostraba templos de Kioto, relataba negociaciones con socios japoneses.
Allí nunca dicen nada directamente, ¿te imaginas? Todo en insinuaciones, matices. Me pasé tres meses aprendiendo su etiqueta para no meter la pata la primera vez.
Carmen asentía, giraba el paquetito de té entre los dedos y permanecía en silencio. Luego suspiraba con peso.
Qué bien te va. Yo, en cambio, Álvaro ha vuelto a traer un virus de la guardería, Víctor se pasa el día fuera y el dinero nunca llega…
Jimena no sabía qué decir. Entre ellas, parecía crecer un muro hecho de diferentes vidas, lenguas y olores su perfume de doscientos euros frente al detergente infantil de Carmen.
…En el cumpleaños de Carmen, Jimena llegó directamente del aeropuerto. Traje azul oscuro, tacones, peinado recién hecho en la sala business. Encajó enseguida, reía, hablaba de su nuevo proyecto, captaba miradas de admiración de los hombres y respeto de las mujeres.
Carmen estaba en una esquina…
El vestido era antiguo, el mismo de la cena de empresa de Víctor tres años atrás. El pelo recogido en una simple coleta, porque esa mañana no tuvo tiempo para secador Álvaro estuvo inaguantable. Observaba cómo Jimena brillaba en el centro, cómo la escuchaban todos boquiabiertos, y dentro de ella crecía algo oscuro, amargo y pegajoso.
No era envidia.
Era peor…
Jimena entró a la cocina buscando agua y se quedó paralizada en el umbral. Carmen estaba junto a la ventana, aferrada a su copa de vino, mirando al horizonte a través del cristal con la mirada perdida.
¿Carmen, qué haces aquí sola? Jimena se acercó, tocando su hombro. Ven, van a sacar la tarta.
Carmen se zafó, apartando su mano.
Vete. Te esperan ahí fuera.
Jimena frunció el ceño, pero no se rindió. Se sirvió agua, tomó un sorbo y empezó con cautela:
Mira, hace tiempo quiero decirte… Sé que echas de menos trabajar. En mi empresa hay una vacante, es básica, pero tiene futuro. Puedo hablar con recursos humanos, podrías entrar de prácticas, y después…
La copa cayó contra la encimera, el vino se derramó en un charco bermellón.
¿Prácticas? Carmen se giró y Jimena retrocedió ante su expresión. ¿A mí? ¿Prácticas?
Carmen, solo quería ayudarte…
¿Ayudarme? Carmen soltó una carcajada rota y agria. ¿Te oyes? La gran Jimena Fernández condescendiendo a su amiga desgraciada, dándome migajas. ¡Gracias por tu generosidad!
No lo ves bien Jimena intentó mantener la calma. Veo que te cuesta, que quieres más, y te propongo una opción.
¿Te lo he pedido? Carmen se acercó y Jimena retrocedió sin querer. Has cambiado, Jimena. Antes eras normal, ahora… Eres arrogante, altiva. Nos miras a todos desde arriba con tus Tokios y tus trajes.
No es justo.
¿No es justo? Carmen alzó la voz, y alguien asomó desde la sala, para volver a esconderse enseguida. ¿Y es justo que tú alardees de tu vida perfecta? Cada día en Instagram: en el avión, en la conferencia, tu smoothie de quinientos euros. ¿Crees que es agradable verlo?
Jimena, sorprendida, apenas podía respirar…
Comparto alegría, Carmen. Es normal.
¿Alegría? Carmen bufó. Solo presumes. Nos muestras lo exitosa que eres y nosotras, ¿qué? Fracasadas. Mujeres normales a los treinta tienen marido, crían hijos. ¿Y tú? Das vueltas por el mundo como una cabra, sin esposo ni crío. ¡Flor estéril!
Aquella palabra cortó hondo, en lo más vulnerable.
He trabajado Jimena logró que no se le quebrara la voz. He pasado noches en vela mientras tú veías series. Aprendía idiomas mientras tú cocinabas. Fue mi decisión y tengo derecho a ella.
¡Anda ya! Has pisoteado a quien hiciera falta. ¿Crees que no sé cómo apartaste a Marina de aquel puesto? ¡Egoísta! ¡Siempre solo piensas en ti!
Jimena calló, mirando a su antigua amiga. Labios temblorosos, mejillas encendidas, esa rabia acumulada durante años por fin liberada.
De pronto lo entendió todo. Claramente, hasta el repugnante extremo.
No me odias a mí, Carmen dijo Jimena en voz baja. Te odias a ti misma. Por no arriesgarte. Por rendirte. Y es más fácil pensar que yo soy la mala, que aceptar que tú te acobardaste.
Carmen se puso pálida.
¡Lárgate!
Ya voy Jimena dejó el vaso y se dirigió a la puerta. Adiós, Carmen. Que te vaya bien con tu vida tranquila.
Jimena tomó la bolsa, empujó la puerta de entrada. La lluvia fría le golpeó el rostro, pero ni se inmutó, caminando hacia esa cortina gris.
Los tacones resonaban sobre el asfalto mojado. El caro traje se empapaba, pegado a la espalda, la máscara de pestañas seguramente corría por las mejillas, pero qué más daba. Jimena caminaba hacia el metro, y con cada paso respiraba mejor.
Lo curioso es que esperaba dolor. Esperaba que la envolviera la nostalgia de quince años de amistad, de la joven de ojos brillantes sentada en el alféizar, de los sueños compartidos. Pero en vez de dolor, sintió solo alivio, sordo y algo vergonzoso.
Su amistad no murió ese día. Fue desapareciendo poco a poco, año tras año, conversación tras conversación. Cada vez que Jimena compartía una alegría y recibía labios apretados. Cada vez que hablaba de sus planes y Carmen ponía los ojos en blanco. Cada vez que intentaba sacar a la amiga del fango y ésta se aferraba a su pantalón, arrastrándola hacia abajo.
Jimena bajó al metro y se sentó, sin mirar las huellas mojadas que dejaba. Sacó un espejito de la bolsa, observó su reflejo: máscara corrida, pelo desordenado, ojos rojos. Sonrió hacia dentro y guardó el espejo.
Mañana se levantaría a las seis, se peinaría, elegiría otro traje y se iría al trabajo. Porque la vida no se acaba por culpa de la envidia ajena…
Un mes después, el director general la llamó. Entró al despacho, preparada para todo: un nuevo proyecto, una crítica, una maratón de reuniones. Pero Don Álvaro le entregó en silencio una carpeta y Jimena leyó la primera página.
Nombramiento como directora regional en Asia.
Contrato anual en Singapur.
Te lo has ganado, Jimena Fernández el director se recostó en el sillón. El consejo votó por ti de forma unánime. El vuelo es en tres semanas. ¿Te da tiempo a organizarte?
Jimena levantó la mirada y asintió.
Me da tiempo.
Salió del despacho y se permitió unos segundos en el pasillo vacío. El sol de noviembre se apagaba fuera, dibujando el cielo en bandas doradas y rojizas. Por allí, en el barrio residencial, Carmen estaría preparando la cena y lamentándose de la injusticia del mundo.
Y Jimena empaquetaba rumbo a Singapur.
Y nunca, jamás en toda su vida, se arrepintió de su decisión. Que cada cual ande el camino que elija…

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