Salir y contar la verdad

Salir y decir

El botón de Enviar en la web de la escuela de arte dramático era diminuto, y la palma de Matilde sudaba como si estuviera sujetando no el ratón, sino la mano de un desconocido. En el formulario había puesto con total honestidad: 55 años. Experiencia: funciones escolares, leía en reuniones de padres. En la casilla de objetivo primero tecleó por mí misma, lo borró, puso quiero aprender a hablar en voz alta, y solo entonces pulsó el botón.

A los dos minutos llegó un correo con la dirección y la hora de la clase de prueba. Matilde cerró el portátil, como si aquello pudiera deshacer lo hecho, y se fue a la cocina. Allí la esperaba una montaña de platos y la sopa enfriándose en la vitro. Cogió la esponja casi por inercia, pero se detuvo.

Después dijo en voz alta, y su propio eco la hizo sentir rara, como si la estuvieran escuchando.

No le contó nada a nadie de la escuela de teatro. En la oficina de contabilidad ya tenían conversaciones de sobra: quien le dice qué a quién, quién mira raro a otro. En casa: el hijo, el marido, la suegra al teléfono, todo tan de siempre, tan demandante. Matilde temía que, si pronunciaba: Voy a una escuela de oratoria, empezara el bombardeo de preguntas, chistes, consejos O, peor, ese Ay, hija, ¿para qué te metes en eso?. Llevaba años diciendo eso a sí misma.

El día señalado, Matilde salió del Metro de Madrid y buscó durante rato el portal, aunque la dirección era clarísima. Caminaba despacio, revisando el bolso: DNI, cuaderno, botella de agua. En el portal la escalera era estrecha, alguien bajaba con un carrito y Matilde se pegó a la pared para dejar pasar. El corazón le latía como si fuera a un examen de selectividad.

La escuela estaba en la primera planta, tras una puerta con un cartel de Taller creativo. En el pasillo, un puñado de sillas y carteles antiguos pegados a la pared. Matilde se quitó el abrigo, lo colgó, y se arregló el pelo ante el espejo. Notó la cana demasiado visible en las sienes y la alisó de manera instintiva, como si pudiera esconderla.

En la sala había unas diez personas. Un par reía, otros leían fotocopias. Alguien, bajita, de pelo cortito, se presentó como Carmen Rodríguez y les pidió que hicieran un corro.

Hoy probamos la voz. No el volumen, el apoyo dijo ella. Respiramos. Y, sobre todo, nada de disculpas.

La frase nada de disculpas le dio en el pecho. Matilde estaba a un suspiro de decir: Solo voy a mirar, es casualidad. Pero en vez de eso, se unió al círculo en silencio.

El primer ejercicio era facilito: inspirar, soltar aire largo con un ssss; después con un jjj. Matilde intentaba no mirar alrededor, pero aún así vio: a una veinteañera de uñas de colores y postura de bailarina; un hombre en chándal, seguro, erguido. Matilde se sintió como en una fiesta donde nadie la había invitado.

Ahora, cada uno dice su nombre y una frase. La que quiera. Nada de susurros continuó Carmen Rodríguez.

Cuando le tocó a Matilde, la lengua se le pegó al paladar.

Matilde soltó, y de inmediato añadió: Perdón, es que…

Alto ahí la interrumpió, suave pero firme, la profesora. Esa palabra hoy no la usamos. Repítelo. Solo tu nombre.

Matilde tragó saliva.

Matilde.

Y, de golpe, se oyó diferente: la voz no era tan fina como pensaba, sino grave, un pelín ronca, pero con vida. Le dio más miedo y a la vez un pequeño alivio.

Tras la clase, Carmen la abordó.

Apúntate al curso le dijo. Tu voz tiene color. Pero tienes la manía de esconderte. Justo en eso vamos a trabajar.

Matilde asintió, como si aquello fuera asunto de otra mujer. Ya en la calle sacó el móvil para avisar a su marido de que llegaría tarde, dudó el mensaje, y al final fue directa: Voy después, tengo clase. Ni detalles, ni nada.

Al lunes siguiente empezaron los ensayos. Matilde imprimió el texto que les dieron: un monólogo breve de una mujer que aprende a decir no. Lo leía en la cocina mientras hervía el agua para la pasta, y tropezaba cada dos frases. O se le iba la línea, o tragaba sílabas. Se enfadaba, como cuando a un niño no le sale la letra.

¿Qué mascullas, mamá? preguntó el hijo, asomando la cabeza.

Matilde dio un respingo y escondió el folio.

Nada. Cosas del trabajo.

Trabajo era siempre excusa válida. Le dio apuro esconderse de su propio hijo, pero aún más miedo admitir la verdad.

En los ensayos, Carmen los sacaba al micrófono uno a uno. El micro, con su cable largo, la intimidaba casi tanto como la gente. Se imaginaba dando un paso adelante y que su voz temblorosa sonara por toda la sala, dejando su miedo en evidencia.

No te acerques tú al micro les decía Carmen. Que venga él a ti. Erguida. Respira en la espalda.

Matilde lo intentó. Salía fatal: hombros rígidos, respiración desordenada. Escuchaba a la chica joven leer con esa soltura cercana, como si charlara en una cafetería. Matilde pensaba: Esto ya no es para mí, parezco un chiste. Y luego se autojustificaba mentalmente.

Después del ensayo, una mujer de su edad, jersey gris y coleta, se sentó a su lado.

Haces buenas pausas le dijo. Soy Belén. También me daba miedo el micro, sentía que me iba a desenmascarar.

Matilde sonrió por primera vez esa tarde.

Pues desenmascara, sí contestó en bajito.

Bueno dijo Belén. Pero no tanto como creemos.

Salieron juntas a la Gran Vía. Belén le contó que trabajaba en un centro de salud y que, tras un año complicado, sentía el alma con relleno de algodón mojado. Matilde la escuchaba y notaba cómo algo dentro se le ablandaba. No era amistad aún, pero sí la sospecha de que no tenía que ir sola.

A las pocas clases vino el comentario desagradable. Matilde leía su texto con esmero cuando, a mitad de frase, olvidó una palabra que en casa sabía de memoria, y se quedó callada. El silencio se alargó.

Ufff, la memoria ya no es lo que era murmuró el del chándal, lo dijo bajito, pero lo oyó media clase.

Matilde sintió arder la cara. Quiso saltar con una respuesta mordaz, pero sonrió, como de costumbre.

Pasa a veces susurró.

Carmen levantó la mano.

Nos pasa a todos sentenció. También a los jóvenes. Aquí no comentamos la edad. Aquí trabajamos.

El hombre encogió los hombros, como si nada. Matilde pensó que su costumbre de reírse ante las pullas era también parte de su voz. O más bien, su ausencia.

Esa noche, en casa, repasó el texto de nuevo mientras su marido veía el telediario.

¿Qué haces, aprendiendo poesía? preguntó él al notar los repasos al folio.

Matilde se quedó clavada. Garganta seca.

No. Es que me apunté a unas clases. Hay una actuación.

Él apartó la mirada de la tele y la miró de verdad.

¿Actuación? repitió, sin chanza.

Ella esperó el chiste, pero él solo asintió.

Bueno si lo necesitas, ve. Pero no te agobies.

Palabras normales, sin entusiasmo, pero Matilde sintió el respaldo ahí, en la tranquilidad. No un bravo, ni un ole tú, simplemente el permiso de no justificarse.

Preparase le costaba. Se ponía la alarma media hora antes para hacer ejercicios de respiración mientras la casa dormía. De pie junto a la ventana, las manos en las costillas, contaba las inhalaciones. A veces tosía, a veces se reía sola. En el cuaderno escribía: no tensar la mandíbula, pausa tras el no, mira al público, no al suelo.

En uno de los ensayos, Carmen les hizo imaginar a quién tenían delante en la primera fila, como si el texto fuera para esa persona.

Matilde visualizó a su suegra. Después, a su jefa. Después, a sí misma reflejada: la sonrisa que usaba como escudo. Le temblaron las manos.

No hace falta hablarle a todo el mundo advirtió la profesora al verla. Escoge a UNO. Háblale.

Matilde se eligió a sí misma. Sentía vértigo, como si por primera vez admitiera que ella también merecía estar en la primera fila.

El día de la actuación llegó volando. Matilde se despertó antes de que sonara el despertador. Vacío estomacal, frío en el pecho. Fue a la cocina, se sirvió agua a sorbitos. El texto aguardaba doblado sobre la mesa. Al abrirlo, notó un agujero en la memoria justo en mitad del monólogo.

Se sentó, apretándose las sienes.

No salgo ni de broma, pensó, con alivio dulce de quien se permite rendirse. Siempre puede decir que le ha dado fiebre. Nada grave.

En eso apareció su marido, despeinado.

¿Qué haces despierta tan pronto?

Matilde lo miró y, para su sorpresa, confesó la verdad.

Me da miedo. Temor de que se me olvide.

Él se rascó la cabeza, cogió el folio.

Venga, léemelo, cómo salga.

Matilde intentó negarse, pero ya estaba de pie. Lo leyó, bajito, tropezando aquí y allá. Él, en silencio. Solo en un punto, donde ella volvía a disculparse, levantó las cejas.

En clase te enseñan justo a no decir eso, ¿no?

Matilde sonrió torcida.

Ya ves, ni en casa lo consigo.

Lo conseguirás dijo él, devolviéndole el folio. Igual lo harás.

La academia estaba a rebosar antes de la función. Trajines con bolsas de disfraces, alguien se arreglaba la camisa, otros susurraban frases al rincón. Matilde sujetaba su folio dentro de la carpeta para no arrugarlo. Tenía las yemas heladas, pese al calor.

Belén se le acercó, le ofreció su botella.

Bebe un trago. Y no repases más le aconsejó. Ya es tarde para memorizar. Ahora solo respira.

Matilde asintió, guardando la carpeta en el bolso, el bolso sobre la silla, cierre abrochado. Saber dónde estaban las cosas le daba una especie de amuleto.

El teatro alojaba a unas cincuenta personas. Escenario pequeño, cortinón negro, dos focos deslumbrantes. El micrófono en el centro. Matilde se asomó entre bambalinas, miró a la gente y se arrepintió ipso facto. Las caras eran manchas, pero distinguió al marido, asiento cercano al pasillo; a su hijo, que había aparecido por sorpresa, y eso le dio un fogonazo dulce y terrorífico.

No puedo susurró a Belén.

Claro que puedes devolvió Belén, igual de bajito. Mírame, estaré a un lado.

Carmen apareció, puso una mano amable sobre el hombro de Matilde.

No hace falta ser perfecta le dijo. Solo hay que estar viva. Sal, respira, suelta la primera frase. El texto irá.

Matilde cerró los ojos. Boca seca, lengua de mármol. Inspiró, llenando costillas sin subir los hombros. No era magia, era anatomía, pero ayudaba.

La anunciaron. Matilde salió. El suelo bajo sus pies era firme, ligeramente resbaloso. Se plantó ante el micro, a distancia de una mano. El foco la cegaba, el público era sombra y eso, curiosamente, tranquilizaba: menos ojos ajenos, menos presión.

Abrió la boca y durante un segundo no salió nada. La mente se puso en blanco. Pero vio en la primera fila a su marido, manos sobre las piernas, cara serena. Vio a su hijo, sin el móvil. Y comprendió que no esperaban la perfección. Solo estaban ahí.

Al principio, yo hablaba bajito dijo Matilde la primera frase. Temblaba la voz, pero sonó.

A partir de ahí, fluyó. No anticipaba cada palabra como en casa, pero las frases pescaban a las siguientes. En un sitio se lió con el orden y el corazón se le cayó a los pies, pero respiró, improvisó la siguiente idea. Nadie se alarmó, ni risa ni pitos. El silencio era amable, dispuesto a escuchar.

Al llegar al no, hizo una pausa, tal y como lo había ensayado. Y por primera vez, no sonrió para suavizar. Solo lo dijo.

Al acabar, se retiró un paso, el micro quedando en su sitio, manos visibles. Temblaban, pero no las escondió. Saludó con una inclinación breve.

Los aplausos no fueron atronadores, pero sí cálidos, auténticos. Alguien soltó un gracias, y le pareció nítido, dirigido sólo a ella.

Entre bambalinas se apoyó en la pared. Las piernas le temblaban como después de subir cuatro pisos andando. Belén la abrazó, rápido, como de costumbre.

Has salido le dijo.

Matilde asintió. Le daban ganas de llorar, pero no salían lágrimas. Era otra cosa: la sensación de haber ocupado, al fin, el sitio que llevaba años rodeando de lejos.

Después, tardaron en marcharse; unos buscaban sus cosas, otros posaban ante el móvil. Matilde fue al rincón de la silla, comprobó la cremallera del bolso, rescató la carpeta. La hoja estaba un poco arrugada, una esquina doblada. Pasó los dedos por el papel y decidió que no la tiraría de inmediato. Servía de prueba: eso había pasado.

El marido y el hijo la encontraron en el pasillo.

No estuvo mal dijo el hijo, fingiendo indiferencia, aunque los ojos brillaban. Hasta ha molado.

El marido asintió.

Tenías voz. No como cuando hablas en la cocina.

Matilde rió suavemente.

En la cocina siempre ando con prisas dijo. Y se atrevió a soltar, antes de arrepentirse: Quiero seguir yendo.

Salieron a la calle. Matilde se abotonó el abrigo, ajustó la bufanda. Seguía temblando, pero de otra manera: su cuerpo recordaba que, esta vez, había dado el paso.

Al día siguiente llegó a la escuela antes de la hora. El pasillo estaba vacío. Se acercó a la mesa de la administración, donde reposaban los formularios, y apuntó su nombre para el siguiente nivel. En objetivo no rebuscó palabras. Escribió simplemente: Hablar.

Cuando Carmen salió del despacho, Matilde levantó la vista.

Me quedo dijo.

Perfecto contestó la profesora. Elige texto nuevo.

Matilde cogió la carpeta, la abrazó. Y al entrar en la sala, se sorprendió al notar que ni se había disculpado. Un cambio mínimo, casi invisible, pero que dentro sonaba más fuerte que una ovación.

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