Salieron juntos del hospital materno. Nadie les esperaba, nadie les grababa con el móvil, nadie les regaló flores. Y habría sido extraño… flores para un hombre.

Salimos los dos del hospital. No había nadie esperándonos, no se oía ni un clic de cámara, ni se veían flores en las manos de nadie. Además, ¿quién le regalaría flores a un hombre? Habría sido rarísimo

No, mi madre sigue viva, está bien. Simplemente, el niño no le interesaba en absoluto. Nunca. Y me lo dijo de primeras, tal cual, sin medias tintas. Pero yo insistí, supliqué, incluso llegué a dejar caer alguna amenaza, pequeña, de esas que nacen de la desesperación.

Después de todo, ya tengo casi cuarenta años, no tengo hijos, y quizás este fuera mi única oportunidad de dejar algo mío en el mundo. Así que llegamos a un acuerdo Mi esposa dio a luz, y al poco nos divorciamos. Ella aceptó sin problemas pagar la pensión de alimentos.

Al principio pensé en rechazar el dinero, por orgullo. Pero mi exmujer me miró y me soltó:

La vida es larga. Puede pasar de todo. No eres ningún chaval, y yo soy bastante más joven. Aunque no quiera al niño, es mío, y así tendréis un colchón, algo para cualquier imprevisto.

Empezaron días inquietos, pero no me vine abajo ni por un momento. ¡Cuántas madres solteras hay por todas partes! ¿Y por qué yo iba a ser menos? Hay niños criados en todo tipo de circunstancias Así que ni me preocupaba: no es cierto que los niños se marchiten en manos de un hombre. No. Rodrigo, que así le puse, crecía fuerte, ganando peso y tan contento como cualquier niño.

Pero cuando mi pequeño Rodrigo empezó a hacerse preguntas sobre su madre, ahí las cosas se complicaron. ¿Cómo decirle a un niño que su madre no lo quiere? Me vi rodeando el tema:

Te encontré en un sótano.

¿En qué sótano?

Pues en el de la casa de al lado.

A partir de entonces, el sótano empezó a atraer a Rodrigo como un imán. Durante los paseos, si me despistaba un segundo, el niño se asomaba a los ventanucos o llamaba bajito a mamá. Pero nadie le respondía nunca sólo el silencio contestaba.

Hasta que un día Un día, Rodrigo oyó algo. Su corazón se paró un segundo, y luego empezó a latir tan deprisa que no escuchaba otra cosa. La puerta al portal estaba entornada y Rodrigo se lanzó al sótano. Al principio no veía nada, pero pronto sus ojos se acostumbraron. Se coló cada vez más dentro, tratando de gritar y llamar. Pero la garganta se le apretó y sólo le salía un susurro ahogado por el llanto:

Mamá mamita ¿estás ahí? Soy yo, Rodrigo ¡He venido a buscarte!

Pero mamá no respondía. Rodrigo se detuvo, sollozó una vez más, e intentó escuchar. Un leve ruido sonó en una esquina. Se limpió las lágrimas con el puño, dispuesto a seguir el sonido.

Seguro que su madre estaba enferma, tristísima Si no, habría salido a por él. No pasaba nada, él la encontraría y ella se pondría contentísima de verlo.

Y así, llorando y sonriendo a la vez, Rodrigo siguió el sonido. ¡Ahora él también tendría mamá, como todos en la clase! Pero en la esquina, sobre un montón de trapos, sólo le esperaba una gata. La gata miraba con recelo al intruso y escondía bajo su cuerpo a un pequeño gatito.

¿Mamá?

El desencanto casi lo partió en dos. Las piernas le temblaron y se dejó caer al suelo. Luego levantó la cabeza y volvió a mirar a la gata

Con cinco años se piensa de otra forma. La lógica a esa edad es otra cosa. Y muchas veces, incluso más honesta y clara que la de los adultos.

Rodrigo observó a la gata y recordó a Lucía, la de su clase, que siempre iba presumiendo de melena y decía que su padre era un centauro. Y Tomás aseguraba que su padre era extraterrestre y hasta lo demostró. ¿Por qué no iba él a tener una gata por madre?

La gata debió de entender que ese niño era inofensivo, que no iba a hacerles daño ni a ella ni al cachorro. Se le acercó con mucho cuidado y le dio un cabezazo afectuoso en la palma.

¿Entonces sí eres mi mamá?

Rodrigo lo preguntó con tanta esperanza, quería creerlo tanto, que acabó creyéndolo de verdad. Nadie podía convencerle de lo contrario. Abrazó a la gata y ella, como si le comprendiera, también lo abrazó a su manera

Yo, como buen padre, tardé unos minutos en darme cuenta de su ausencia. Al percatarme, lo busqué gritando por el parque, miré entre los arbustos, me asomé por todos lados.

¡Rodriiigo! ¡Sal ya! ¿Dónde te has metido?

Fueron unos minutos eternos, que me sumaron más canas, hasta que finalmente vi salir a Rodrigo del sótano. Caminaba despacio, con la gata y el gatito apretados contra el pecho. Cuando me acerqué, me soltó:

He encontrado a mamá. Y creo que esta de aquí es mi hermana Estaban en el sótano, donde dijiste que me encontraste.

Me quedé de piedra. ¿Darle la verdad de golpe? ¿Cómo se hace eso? Al final tuve que seguir la corriente.

¿Y cómo lo sabes?

Rodrigo se encogió de hombros.

Lo sé y ya está ¡Cómo me mira! Papá, vámonos a casa. Yo creo que mamá está cansada.

Rodrigo era feliz. Había encontrado una madre. Y qué más daba que la “hermana” fuera en realidad un hermano; incluso mejor, así podrían jugar juntos a cosas de chicos, y por las noches mamá les contaría cuentos ronroneando.

En el cole nadie se rió. ¡Qué más daba que su madre fuese una gata! Si el padre de Quique era un avión y hasta enseñaba una foto.

Yo me comí la cabeza días enteros, sin saber cómo afrontar el asunto. Pero viendo la felicidad de Rodrigo, acabé por dejarlo pasar; ya se aclararía todo con el tiempo.

Y en casa se desató la locura: Rodrigo, la gata y el gatito lo pusieron todo patas arriba. La gata, tan joven, estaba encantada de jugar con los niños.

¡Me tenéis frito! refunfuñaba, recogiendo las cosas que volcaban.

Rodrigo, con el cordón en la mano, el gatito y la gata, se detenían un segundo, se miraban entre ellos, y luego salían corriendo a darme guerra otra vez. ¿Por qué? Porque mamá les daba permiso. ¡Y ya está!

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MagistrUm
Salieron juntos del hospital materno. Nadie les esperaba, nadie les grababa con el móvil, nadie les regaló flores. Y habría sido extraño… flores para un hombre.