“Salid de aquí, salid de aquí, seguro que hay algo malo en este lugar…”, exclamó el sacerdote con voz desconcertada, luego se levantó y nos dejó…

Mi esposa y yo acabábamos de firmar una hipoteca para un piso precioso en un barrio nuevo de las afueras de Madrid, aún en plena renovación. ¡Tenemos que bendecirlo! Nadie ha vivido aquí antes y, ¿cómo íbamos a instalar nuestra vida aquí sin ponerlo primero bajo la protección de Dios?, insistió enseguida mi abuela, Ramona, con ese tono que no admitía réplica. Desde luego que hay que consagrar la casa, bastante locura sería arriesgar alguna desgracia. Lo que necesitamos es alegría, fortuna y prosperidad en este piso nuevo de la calle Alcalá, reforzó mi madre, Carmen, dándole vueltas a un abanico entre las manos. Por más que nos costaba darle importancia, la presión familiar pudo más que nuestra reticencia, y así, resignados, decidimos organizar una ceremonia de bendición.

Esto es absolutamente imprescindible, recalcó mi abuela, sin ceder ni un ápice. El día acordado, el timbre sonó puntual y, al abrir, apareció en la puerta un sacerdote de avanzada edad, con el pelo canoso recogido detrás y una barba que le caía hasta el pecho. Del cuello le colgaba una gran cruz de plata en una cadena gruesa y sostenía un incensario de latón y una bolsa desgastada de cuero. Nos entregó una vela a cada uno, mirándonos con gravedad, y explicó el ritual con voz tranquila pero solemne.

Hijos míos, proclamó con aire ceremonioso, enciendan sus velas y acompáñenme. La casa hay que comenzarla con buen pie y buena luz. Obedecimos, preparados para una liturgia respetuosa, cuando de pronto mi padre, Julián, encontró que encender la vela era un desafío inesperado. El pabilo chisporroteaba y soltaba humo, negándose rotundamente a prender pese a nuestros esfuerzos y a las palmadas que le daba mi abuela para avivarlo. Tras varios intentos frustrados, el cura recogió deprisa todos sus objetos y los guardó en la bolsa de manera apresurada.

¡Salgan, salgan todos, aquí hay algo extraño, mejor no tentar a la suerte!, exclamó don Esteban, el sacerdote, con una mezcla de turbación y prisa. Su voz, urgente, llenó el pasillo. Sin mirar atrás, agarró la bolsa y salió a toda velocidad de nuestro nuevo piso, dejando tras de sí una estela de confusión y desconcierto.

Vaya cura raro y qué vela más enigmática, murmuró Clara, mi esposa, señalando cómo la vela del cura ahora ardía sin dificultad en el descansillo.

Quizá simplemente no tenía el día y por eso el ritual no salió como esperaba, soltó mi madre, intentando quitar hierro al asunto mientras agitaba el abanico más deprisa.

Habla mucho, pero al final sale corriendo. Seguro que en donde va ahora ni cobertura de móvil hay, pensé para mis adentros, buscando la gracia en medio de aquel episodio tan inesperado. ¿Y nosotros a dónde podríamos huir? Con quince años de hipoteca y todos los recibos por pagar en euros, estamos atados a este sitio, añadí con una sonrisa apretada.

¿Entonces qué? ¿Nos quedamos así o buscamos otro cura?, la voz de mi abuela Ramona cortó la tensión de golpe, devolviéndonos al presente y enfrentándonos a la decisión, mientras la luz de las velas temblaba sobre nuestras caras expectantes.

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MagistrUm
“Salid de aquí, salid de aquí, seguro que hay algo malo en este lugar…”, exclamó el sacerdote con voz desconcertada, luego se levantó y nos dejó…