Ruptura por defecto
Todo irá bien susurró suavemente Iván, procurando que su voz sonase segura. Inspiró hondo, exhaló despacio y pulsó el timbre. Aquella tarde se anunciaba complicada, pero, ¿acaso podía ser de otro modo? Conocer a los padres nunca es fácil…
La puerta se abrió casi al instante. En el umbral se encontraba doña Benita Sáenz. Impecable: el cabello recogido en un moño pulcro, vestido de líneas sobrias, maquillaje discreto resaltando sus facciones. Su mirada descendió fugaz sobre Clara, se detuvo en la cestita de pastas artesanas, y después apretó los labios apenas perceptiblemente. Ese gesto fue tan fugaz que solo Clara lo captó.
Pasad dijo doña Benita sin mucho calor en la voz, apartándose con cortesía medida pero fría.
Iván entró procurando evitar la mirada de su madre; Clara, cautelosa, le siguió atravesando el umbral. Les envolvió una luz tenue y el aroma elegante del incienso, quizás sándalo. Todo en el piso transmitía hospitalidad forzada: orden impoluto, ningún libro fuera de lugar, ningún pañuelo olvidado. Cada objeto cumplía con su deber, como si proclamase: aquí reina el control.
Doña Benita los condujo al salónuna estancia espaciosa con un gran ventanal, oculto bajo cortinas beige pesadas. Un sofá majestuoso de tapicería fina dominaba la habitación junto a una mesita baja de nogal. Con un gesto breve les señaló el sofáuna invitación sin sonrisa.
¿Café, té? preguntó sin mirar a Clara, la voz igual de mesurada que antes, como si la hospitalidad fuese un trámite y no un deseo genuino de agradar.
Un té, por favor respondió Clara cortesmente, conteniendo los nervios con una media sonrisa. Dejó la cesta sobre la mesa, desató el lazo y mostró el contenido. El olor de las pastas recién horneadas llenó el aireHe traído pastas. Las he hecho yo misma. Si le apetece probarlas…
Doña Benita sostuvo su mirada sobre la cesta, asintió con una expresión indescifrable.
Bien murmuró y se fue a la cocinaAhora traigo el té.
Al irse, Iván se inclinó hacia Clara y murmuró:
Lo siento. Es… siempre tan comedida.
No pasa nada le respondió Clara, apretándole suavemente la mano, con una sonrisa valiente. Lo importante eres tú.
Mientras tanto, la estancia quedaba congelada; el ambiente era elegante pero tan ajeno como un escaparate de Galerías Preciados. La calma se imponía, pero no traía consuelo.
Benita regresó con una bandeja: delicadas tazas de porcelana con filigranas, la tetera de plata y un platillo con las pastas, ahora colocadas formando un círculo perfecto. Sirvió el té con parsimonia, se acomodó con gesto regio en un sillón frente a los jóvenes y cruzó las manos sobre las rodillas.
Así que, Clara… arrancó su interrogatorio amablemente, aunque el examen minucioso con el que recorría cada detalle de la joven delataba lo contrario: el pelo, los ojos, el modo en que sujetaba la taza. Iván dice que estudias Magisterio, ¿no es así?
Sí, estoy en tercero asintió Clara, esforzándose por mantener la serenidad. Apoyó la taza, no quería que le temblasen las manos. Me gusta mucho trabajar con niños. Es importante ayudarles a crecer y descubrir el mundo.
Con niños repitió doña Benita, con esa fina ironía suya y una ceja levemente alzada. Es sin duda un trabajo vocacional. Aunque sabrás que el magisterio no es precisamente de las profesiones mejor remuneradas. Hoy en día hay que pensar en el futuro… en la estabilidad.
Iván reaccionó al instante.
Mamá, no hace falta hablar de dinero… Su tono, sin pretenderlo, fue brusco; de inmediato se suavizó. Clara ama su oficio y eso es lo que importa. Lo demás ya vendrá. Nos apoyaremos el uno al otro, que es lo esencial.
Benita giró la cabeza hacia su hijo, enarcando una ceja, pero no respondió. Bebió un sorbo de té, midiendo sus palabras.
Amar el trabajo es importante concluyó al fin, mirando de nuevo a Clara. Pero la vida no siempre se resuelve con amor. ¿Has pensado dónde te gustaría trabajar tras la carrera? ¿Tienes planes para los próximos años?
Clara respiró hondo. Sabía bien que aquellas preguntas no eran simples fórmulas de cortesía.
Por supuesto respondió con voz templada. Quiero empezar en una escuela infantil pública. Después hacer un máster: me interesa la educación especial, trabajar con niños con necesidades distintas. Sé que no será fácil, pero siento que es mi vocación, mi manera de aportar…
Benita asintió en silencio, aunque sus ojos seguían evaluando. No se apresuraba en sacar conclusiones, sino que parecía desentrañar el alma de Clara a través de cada respuesta.
No pienso vivir a costa de Iván añadió Clara con voz firme. Quiero trabajar, superarme y ser independiente. Para mí lo esencial no es solo el dinero, sino trabajar de lo que me llena.
Vaya perspectiva intervino al fin doña Benita, ladeando la cabeza. Pero, ¿nunca te has planteado un oficio más rentable? Con tus cualidades podrías probar en ventas, en publicidad… Todo eso se cotiza mucho mejor que la Enseñanza.
Iván quiso intervenir, pero Clara le detuvo suavemente con la mano. Sintió que aquel era su momento para defender su postura.
¿A qué se dedica usted, doña Benita? preguntó de pronto, mirándola con franqueza.
Por un instante, el espejo de su compostura se resquebrajó. Dudó, después recuperó el tono.
Yo… no trabajo. Mi marido es quien sostiene la casa. Yo la llevo, organizo y le ayudo en sus cosas, mantengo todo en orden. Créeme, es un trabajo, aunque nadie lo pague.
Lo entiendo Clara asintió, sintiendo cómo crecía su decisión. Entonces, ¿por qué insiste en que yo deba perseguir únicamente el dinero? ¿Debe una renunciar a lo que le da sentido solo por ganar más? Yo nunca le he exigido a Iván que me mantenga.
El silencio llenó la sala. Benita contempló a Clara con una intensidad nueva.
Mi marido me lo pidió, podía permitirnos ese lujo. Iván…
El muchacho se removió en el sofá, incómodo ante la evidente tensión. Lanzó un vistazo a su madreimplacable, luego a Clara, erguida y digna, pero con la incertidumbre temblándole en la expresión.
Clara, tienes que entenderlo… musitó Iván, inseguro, buscando las palabras correctas, pero su tono era débil, como si le pesaran la boca y el alma. Mamá solo quiere que estemos bien, que evitemos problemas que pueden preverse.
Clara le miró dolida. Hacía solo un rato sentía su cercanía y apoyo, y ahora parecía cambiarse de lado en el momento más crucial.
¿Estás de acuerdo con ella…? preguntó despacio, procurando mantener la entereza. ¿Opinas que no debo dedicarme a lo que me gusta? ¿Que debería trabajar en algo que detesto solo porque pagan más?
No es eso… Iván dudó, entrelazando y soltando los dedos. Pero mamá tiene razón en algo: debemos pensar en el futuro… En la estabilidad… No podemos vivir solo del presente. Hay que planificar cómo enfrentaremos las responsabilidades domésticas, los gastos…
La aprobación silenciosa en el rostro de Benita fue suficiente para que Iván se sintiera atrapado en aquel papel de niño obediente, incapaz de rebatir a su madre. Ella volvió a Clara, en un tono algo más dulce pero igual de firme.
Dime, Clara, ¿de verdad crees que mi hijo debe sacrificar sus sueños? Él siempre quiso ser reportero, viajar, escribir… Eso era lo suyo. ¿Debe renunciar a eso por formar una familia y sostenerla él solo?
Clara abrió la boca para replicar, pero Iván la interrumpió primero.
Mamá, yo…
No, Iván, responde sinceramente cortó Benita con firmeza¿Estás dispuesto a abandonar todos tus sueños por una chica? ¿Dejar tus viajes, tus proyectos, todo lo que te ilusionaba?
Iván titubeó. Buscó los ojos de Clara: había tristeza y desilusión pero ella aguardó en silencio. En su interior sentía la lucha de dos almas: la que amaba a Clara y la que temía que su madre tuviera razón. El corazón le urgía a luchar por ambos, la razón le gritaba prudencia.
Yo… No quiero renunciar a lo que soy balbuceó, apurado. Pero tampoco quiero perder a Clara. ¿Es tan difícil encontrar un equilibrio? Seguir con mi pasión, aunque sea menos, y tenerte a mi lado, Clara.
Benita resopló, negando con la cabeza.
Qué interesante, qué manera de plantearlo repuso de pronto Clara, sin ocultar la decepción. Es decir, ¿Iván no puede renunciar a su vocación pero yo sí debería? Se espera que yo lo sacrifique todo y él sólo disfrute… ¿No le parece incoherente?
Iván bajo la mirada, crispando la taza. El antiguo valor se había diluido y las palabras no le salían. Había esperado hallar la frase perfecta, pero sólo hallaba silencio.
Tal vez haya que combinar… susurró sin convicción, fijos los ojos en la taza como si allí estuviese la salida.
¿Combinar? Benita sonrió, segura de sí. Sabes bien que eso no es posible. O das todo por un camino, o…
Quedó suspendido su juicio. En ese mutismo cabían todas sus vivencias y pesimismos: o apuestas por un camino, o te pierdes por indecisión.
Iván tragó saliva. Había creído que el mundo era más flexible, que cabían acuerdos, pero ante la mirada de su madre volvía a ser el niño que no podía rebelarse.
Creo que hemos hablado suficiente resumió Benita, levantándose con ese mismo aire pausado y concluyente. Ya anochece y por aquí a veces hay jaleo de noche. Mejor que te vayas, Clara. Iván, tenemos que hablar.
No había margen para objeciones.
Mamá, ¿puedo acompañar a Clara…? Al portal al menos…
¡Ni se te ocurra! le atajó ella sin mirar atrás. No me hagas pasar un mal rato. Quédate.
Iván se encogió de hombros. Todo su cuerpo parecía desinflarse; se rindió ante la inamovibilidad materna.
Perdona, Clara murmuró él, sin levantar los ojos. Mejor hazme caso y coge un taxi.
Clara asintió, sin discutir, sin siquiera intentar sonreír. Recogió la bolsita y se puso en pie.
Bien. Me marcho entonces dijo con voz serena, aunque por dentro todo era un remolino de desilusión.
Enderezó la chaqueta con un gesto casi ceremonial para darse fortaleza. El deseo de agradar había desaparecido. Solo quería dejar atrás ese lugar minucioso y ajeno.
Gracias por el té añadió fríamente, más por protocolo que por otra cosa.
Hasta luego cerró Benita, la mirada perdida, como si Clara ya fuese un simple eco en la estancia.
Clara caminó hasta la puerta. Salió despacio, evitando precipitarse a pesar de la prisa por escapar de aquel ambiente gélido. Se permitió volverse una vez: Iván seguía allí, cabizbajo, las manos inertes sobre las rodillas. No alzó la vista, no dijo palabra. Ese silencio fue más definitivo que cualquier discusión.
Ya en la calle, Clara inhaló profundamente el aire fresco de la noche, sintiendo que el peso reciente se diluía un poco, aunque no del todo. En su interior seguían mezclándose la rabia y la tristeza: Ni siquiera intentó apoyarme frente a ella, ¡ni una palabra! Prefiere complacerla antes que estar conmigo. No se dio cuenta de cómo aceleraba el paso, ni de los puños apretados en los bolsillos de la chaqueta. Quiso gritar, pero sólo apretó los labios.
Casi de noche llegó a su piso. La calle estaba desierta, los faroles proyectaban destellos tímidos sobre los charcos recientes. Entró, cerró la puerta tras de sí, se quitó los zapatos y se sentó en el escabel del recibidor. El silencio la arropó, y en esa soledad pudo, por fin, respirar y dejar escapar lo que llevaba dentro.
Permaneció un rato mirando al vacío. El vendaval interior se fue calmando. Comprendió que no, no era el fin del mundo. Simplemente, el final de una historia que quizá no tendría que haber comenzado. Inhaló y exhaló despacio. Un nuevo día la esperaba; y con él, nuevas oportunidades. Clara supo que saldría adelante.
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Al día siguiente, Clara evitó responder las llamadas de Iván. Más de una vez el móvil vibró en su bolsillo pero ni amagó con contestar. Necesitaba ese tiempo para ordenarse, descubrir qué quería realmente. Sabía que, incluso si seguían juntos, la sombra de Benita Sáenz sería siempre la árbitra de sus vidas y que Ivánpor buena persona que fuesenunca rompería con esa dependencia.
Pasaron los días y Clara se aferró a la rutina: clases, deberes, charlas tópicas con sus compañeras. El eco de aquella tarde seguía doliendo en su mente. No conseguía apartar el recuerdo del silencio de Iván.
Una tarde, al volver de la universidad, Clara vio una figura familiar cerca del portal.
¡Clara! llamó él.
Dudó si entrar, pero se detuvo. Iván aguardaba a pie firme, las manos en los bolsillos, la mirada resignada, exenta de la chispa que antes tanto la ilusionaba. Se acercó despacio, temiendo que ella siguiera de largo.
Tenemos que hablar empezó sin mirarla a los ojos. Mi madre lo tiene claro… cree que no eres la adecuada para mí.
Clara arqueó una ceja, luchando contra el pinchazo en el pecho.
¿Y tú qué opinas? musitó, conteniendo cualquier estremecimiento en su voz.
Iván se removió; parecía buscar las frases exactas, pero sólo hallaba evasivas.
Es mi madre… terminó diciendo, encogiéndose de hombros. Se preocupa por mí. No quiero disgustarla.
Sonaba más a justificación que a convicción. Clara lo observó con atención: ¿decía lo que sentía o solo cumplía el mandato materno?
¿Entonces estás de acuerdo con ella…? insistió. La respuesta ya la intuía.
No es eso… Pero es mi familia, Clara. No puedo darle la espalda así sin más…
Calló, esperando inútilmente que fuera ella quien propusiera una solución. Clara, tras un segundo de reflexión, asumió lo inevitable: Esto nunca cambiará. Si en cada decisión tendrá que consultar a su madre, yo nunca seré la primera opción.
¿Quieres estar conmigo? le preguntó directamente.
Iván no supo o no quiso responder. Abrió la boca, soltó un suspiro y bajó la cabeza, incapaz de ofrecerle nada.
Clara simplemente asintió. No era necesario añadir más. Se marchó, directa, sin mirar atrás.
Él siguió su silueta mientras se desvanecía tras la puerta del portal. Dudó si llamarla, pero el silencio fue su única respuesta.
Esa misma noche, Clara salió a caminar. La calle lucía tranquila, apenas iluminada por farolas dispersas. El aire traía el perfume húmedo de las hojas caídas. Caminaba sin rumbo, solo dejándose llevar.
Sin avisar, la risa brotó en su garganta; una carcajada limpia, casi ligera, que le sorprendió incluso a ella. Mirando las luces parpadeantes a lo lejos, comprendió que aunque el camino por delante estuviese plagado de incógnitas, se sentía preparada para lo que viniera. Ahora ya sabía que nadie podría exigirle que viviese según expectativas ajenas. Era libre. Y eso, en ese instante, lo era todo.







