Rumbo a una nueva vida —Mamá, ¿pero cuánto tiempo más vamos a quedarnos en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en la provincia, ¡sino en la provincia de la provincia! —entonó su hija, poniéndose nostálgica tras volver de la cafetería. —Marta, te lo he dicho cien veces: aquí está nuestro hogar, nuestras raíces. Yo de aquí no me muevo. La madre yacía en el sofá, con las piernas subidas a un cojín. A esa postura la llamaba “la gimnasta de Lenin”. —Ya estás otra vez con lo de las raíces, mamá. Como sigamos aquí otros diez años, tu ramaje se va a marchitar y seguro que aparece otro escarabajo, como ese que intentaste que llamara papá. Tras esas palabras la madre se levantó y se miró en el espejo del armario. —De ramaje ando bien, déjate de historias… —Eso, de momento, pero cualquier día nos vemos como un nabo, una calabaza o un boniato, el que te mole más como cocinera. —Mira, hija, si tanto quieres irte, vete tú sola. Ya tienes edad de hacer lo que quieras dentro de la ley. ¿Para qué me necesitas a mí? —Por conciencia, mamá. Si yo me voy a buscar una vida mejor, ¿quién va a cuidar de ti aquí? —La póliza de seguros, un sueldo fijo, Internet, y seguro que sale por ahí algún escarabajo, como tú misma dijiste. Para ti es fácil mudarte, eres joven, moderna, entiendes la vida actual y aún aguantas a los adolescentes; yo ya voy de camino al Valhalla. —¡Si lo ves! ¡Hablas como mis amigos! Si solo tienes cuarenta… —¿Y para qué lo dices en voz alta? ¿Quieres amargarme el día? —Si lo traduzco a años gatunos, solo tienes cinco —corrigió rápido la hija. —Te perdono. —Mamá. Antes de que sea tarde, vámonos, cógete el primer tren conmigo. No hay nada aquí que nos retenga. —Hace un mes logré que por fin pusieran bien nuestro apellido en la factura del gas y estamos apuntadas a nuestro centro de salud —argumentó la madre. —El seguro lo aceptan en todos sitios y no hace falta vender la casa. Si sale mal, siempre podemos volver. Ven, te enseño la buena vida. —Ya me lo dijo el ecógrafo: que esta niña no me dejaría en paz, pensé que era broma. Y mira, luego ganó medalla en “El reto de los videntes”… Está bien, vamos, pero si sale mal prométeme que no harás un drama y me dejarás volver. —¡Palabra! —Lo mismo me prometió tu padre en el registro civil, y tenéis el mismo factor Rh. *** Marta y su madre no se conformaron con la capital de provincia y apuntaron directamente a Madrid. Sacaron todos sus ahorros de los últimos tres años y se instalaron a lo grande en un piso estudio en la periferia, entre el mercado y la estación de autobuses, pagando el alquiler de cuatro meses por adelantado. El dinero se evaporó antes incluso de gastarlo. Marta estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo con cosas aburridas como hacer la mudanza y colocar el piso, se lanzó de cabeza a la vida madrileña: creativa, social y nocturna. Pronto fue “una más”: conectó con todo el mundo, aprendió dónde estar, cómo hablar y cómo vestirse como una madrileña de toda la vida, como si nunca hubiera pisado un pueblo en su vida. La madre, en cambio, vivía entre el ansiolítico matutino y las pastillas para dormir. Ya el primer día, pese a las súplicas de su hija para salir a dar una vuelta, se puso a buscar trabajo. Madrid ofrecía empleos y sueldos incompatibles y todo parecía esconder trampa. Sin necesidad de ningún vidente, ella misma se vaticinó: seis meses máximo y nos volvemos. Sin hacer caso a las críticas modernas de su hija, siguió el camino seguro y se colocó como cocinera en una escuela privada; por las noches, fregaba platos en una cafetería. —Mamá, ¿otra vez pasas el día entre fogones? Como si no hubiéramos salido del pueblo. Así no vas a disfrutar Madrid. Podrías estudiarte cualquier cosa: diseño, sumiller, o en plan básico, arreglar cejas. Viajar en metro, tomar café, integrarte. —Marta, yo ahora no estoy para ponerme a estudiar. No te preocupes por mí, que ya me adaptaré. Tú céntrate en lo tuyo. Suspirando por la falta de espíritu moderno de su madre, Marta se “colocaba” en otro sentido: se dejaba invitar por chicos recién llegados a Madrid como ella, se hacía a la vida de la ciudad tal y como recomendaba su influencer favorita, participaba en grupos donde el éxito y el dinero eran religión. No le urgía encontrar trabajo ni pareja formal: primero ella y Madrid debían conocerse y encajar. A los cuatro meses, la madre ya pagaba el alquiler con lo que ganaba, dejó el turno de platos y cocinaba para otro colegio más. Marta, mientras, cambió de estudios varias veces, fue a un casting de radio, apareció de figurante en una peli de estudiantes donde le pagaban con macarrones con chorizo y salió con un par de “músicos de Bremen”: uno resultó ser un burro integral y el otro, un gato con muchas vidas y ninguna voluntad de asentarse. *** —Mamá, ¿quieres hacer algo esta noche? ¿Pedimos pizza y vemos una peli? Estoy agotada, no tengo ganas de salir —bostezó Marta en la pose de la gimnasta de Lenin, mientras su madre se arreglaba frente al espejo. —Pide tú, te mando dinero a la tarjeta. Ni me guardes, que dudo que tenga hambre cuando vuelva. —¿Cómo que vuelvas? ¿De dónde? —Me han invitado a cenar —rió la madre, tímida como una colegiala tras dejar el espejo. —¿Quién? —preguntó Marta sin ocultar el disgusto. —En el cole tuvimos inspección y yo les preparé tus albóndigas favoritas; el jefe de la comisión pidió conocer a la chef. Me lo tomé a broma (“qué chef en un cole”). Pero después tomamos un café —como tú me aconsejaste— y hoy voy a su casa a cenar. —¿Estás loca? ¿Irte a casa de un hombre desconocido a cenar? —¿Y qué? —¿No piensas que a lo mejor quiere otra cosa? —Hija, tengo cuarenta y no estoy casada. Él tiene cuarenta y cinco, es guapo, listo y libre. La verdad es que todo lo que espere de mí me parece bien. —Hablas como una pueblerina acomplejada, como si no tuvieras opciones. —No te reconozco, tú misma me arrastraste aquí para que viviera la vida. Contra esos argumentos no había réplica. Marta se dio cuenta de que ahora eran ellas quienes se habían cambiado los papeles, y eso ya era otra historia. Con el dinero, pidió la pizza más grande y, toda la noche, se consoló con atracones. Cuando llegó la madre, ya de madrugada, entró iluminada de felicidad. —¿Qué tal? —preguntó Marta, sombría. —Un buen escarabajo, para nada colorado, bien de aquí —rió su madre, camino de la ducha. Pronto, la madre empezó a encadenar citas: teatro, stand up, jazz, sacó carné de biblioteca, se apuntó a un club de té y se registró en el centro de salud. A los seis meses, empezó cursos de cocina avanzada y sumó certificados para preparar platos más sofisticados. También Marta dejaba de perder el tiempo: intentó colocarse en varias empresas de prestigio, pero nunca llegaba a la entrevista final. Sin ofertas y con los amigos dejando de pagarle cafés, fue barista y, después de dos meses, camarera de noche. La rutina la envolvía: ojeras, robos de tiempo y de energía. Su vida sentimental no era mucho mejor: los clientes del bar le lanzaban propuestas medio borrachas, poco relacionadas con “amor verdadero”. Harta de todo, Marta explotó: —Mamá, tenías razón, aquí no pintamos nada. Perdona por traerte, tenemos que volver. —¿Volver a dónde? —preguntó la madre, mientras metía cosas en una maleta. —¡A casa! ¡Donde nuestro apellido sale bien en la factura y estamos apuntadas en el centro de salud! Tú siempre tuviste razón. —Yo ya estoy empadronada aquí y no pienso irme —la interrumpió, mirándola a los ojos para entender qué pasaba. —¡Pues yo no! ¡Y quiero volver! No me gusta esto: el metro, el café a precio de filete, la gente arrogante en el bar. Allí tengo amigos, casa… y aquí nada. Y tú, ya te veo, también te estás mudando. —Me voy a vivir con Juan —soltó la madre de golpe. —¿Cómo que te vas a vivir con Juan? —Pensé que ya estabas “instalada” y puedes sola pagarte el piso. Marta, ¡es mi regalo para ti! Grande, guapa, con trabajo, en Madrid… Aquí tienes todo lo que quieras —dijo sin ironía—. Gracias por traerme. Si no fuera por ti, seguiría mustia en nuestro pueblo. ¡Aquí de verdad se vive! ¡Gracias!— La madre la besó en ambas mejillas. —¿Y yo, mamá? ¿Quién me cuida ahora? —sollozó Marta. —La póliza, el sueldo fijo, el Wi-Fi y algún escarabajo… —citó su madre con una sonrisa. —¿Me abandonas, así de simple? —No te abandono, pero prometiste no montar un drama, ¿recuerdas? —Sí… Bueno, dame las llaves de casa. —Están en el bolso. Solo te pido un favor. —¿Cuál? —Que ayudes a la abuela a hacer las maletas: también se viene para Madrid. Ya lo he hablado con ella. Aquí buscan encargada de Correos y, con cuarenta años de experiencia, manda cartas sin sello hasta el Polo Norte si hace falta. Así probará, antes de que se le marchite el ramaje.

Rumbo a una nueva vida

Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir en este rincón perdido? No es que estemos en la provincia, es que estamos en la provincia de la provincia empezó a quejarse mi hija Clara en cuanto volvió de la cafetería.
Clara, te lo he dicho mil veces: aquí está nuestra casa, nuestras raíces. Yo no me pienso ir.
Mi madre estaba tumbada en el sofá, con las piernas dormidas apoyadas en un cojín. Siempre decía que esa era su postura de Lenin gimnasta.
¡Otra vez con las raíces, mamá! Mira que si pasan diez años más, tus raíces se habrán podrido y van a traerte otro escarabajo pelotero de esos y querrás que lo llame papá.
Después de esas palabras tan amables, mamá se levantó y se miró en el espejo del armario.
Yo no veo que mis raíces estén tan mal
Ahora sí, pero en nada estarás como un nabo, una calabaza o un boniato Elige la que prefieras, que de cocina tú entiendes.
Hija, si tanto lo quieres, vete tú. Que mayor de edad eres desde hace dos años. ¿Para qué me necesitas?
Por conciencia, mamá. Si me voy a buscar una vida mejor, ¿quién te va a cuidar aquí?
Tengo seguro médico, salario fijo, internet… y a algún escarabajo encontraré, tal como dices. Para ti es fácil, eres joven, moderna, entiendes el mundo de hoy y los adolescentes todavía no te sacan de quicio. Yo ya tengo un pie en el Valhalla.
¡Ay, mamá! Mira, si te pones así eres igual que mis amigos. Que tampoco tienes tantos años, sólo cuarenta…
¿Por qué tienes que decirlo en voz alta? ¿Para amargarme el día?
Si lo convierto a años gatunos, son apenas cinco replicó Clara rápido.
Te perdono.
Mamá, aún estamos a tiempo, vamos, vámonos en el primer tren. Aquí no hay nada que nos ate.
Hace un mes conseguí que por fin escribieran bien mi apellido en los recibos del gas, y además tenemos la tarjeta sanitaria ligada al centro médico.
En cualquier centro te atienden con el seguro, y no hay que vender la casa. Si no sale bien, siempre podemos volver. Yo te pongo al día, verás otra vida.
Ya me lo avisó el médico en la ecografía: No te va a dejar tranquila nunca. Creí que era una broma. Pero si luego ganó bronce en El Desafío de los Médiums. Está bien, vamos, pero si no funciona, prométeme que me dejas volver, sin dramas ni escándalos.
Palabra.
Eso mismo me juró tu padre en el Registro y los dos tenéis el Rh igual
***
Clara y mi madre ni se plantearon probar suerte en la capital de provincia; se lanzaron de cabeza a Madrid. Sacaron todos los ahorros de los últimos tres años y alquilaron un estudio a las afueras, entre el mercado de barrio y la estación de autobuses, pagando cuatro meses por adelantado. El dinero se acabó casi antes de empezar a gastarlo.

Clara estaba tranquila y llena de energía. Ni se molestó en deshacer las cajas o decorar el piso; enseguida se volcó en la vida de la ciudad, tanto la creativa como la nocturna y social. Se integró con una facilidad asombrosa: hacía amigos enseguida, aprendió dónde estaban los sitios de moda, imitaba acentos y ropa como si fuera madrileña de siempre, aunque hasta hacía nada parecía que venía de la otra punta del planeta, teletransportada por el aire de la Castellana y un toque muy castizo de esnobismo.

Mi madre, en cambio, vivía entre el ansiolítico de la mañana y el tranquilizante de la noche. El primer día, pese a las insistencias de Clara para salir a pasear, empezó a investigar el mercado laboral. La capital ofrecía ofertas que ni el humor de Gila: mucho trabajo, poca paga, y siempre con trampa. Bastó hacer cuentas para pronosticar que, con suerte, aguantarían medio año y después, a casa. Sin dejarse impresionar por los consejos de la hija moderna, siguió su instinto y se colocó de cocinera en un colegio concertado y, por las tardes, de friegaplatos en una cafetería del barrio.

Mamá, ya estamos otra vez, ¡todo el día entre fogones! Así no vas a conocer lo bueno de la ciudad. Podrías haberte formado en algo: en diseño, en sumiller, o de estilista de cejas. Irías en metro, tomarías café, te adaptarías.
Clara, no estoy para estudiar ahora. Déjame tranquila, ya me adaptaré, tú busca lo tuyo, que es lo importante.
Suspirando por la poca visión moderna de mi madre, Clara seguía adaptándose. Se acomodaba en las cafeterías donde la invitaban chicos que, como ella, venían de provincias; buscaba su equilibrio mental creando un vínculo místico con la ciudad, como recomendaba su runóloga de Instagram; se integraba en ambientes donde sólo se hablaba de éxito y dinero. No tenía prisa en buscar trabajo ni novios. Primero tenía que encajar con la ciudad.

Cuatro meses después, mamá ya pagaba el alquiler con lo que ganaba, dejó el puesto de friegaplatos y empezó a cocinar para otro colegio más. Clara, por su parte, abandonó varios cursos, hizo una prueba de locutora en la radio, apareció de figurante en una peli universitaria a cambio de macarrones y algo de carne guisada, y salió fugazmente con dos músicos ambulantes, uno que resultó ser un auténtico burro y otro, un gato con muchas vidas que no pensaba estabilizarse.

***
Mamá, ¿quieres hacer algo esta noche? Podemos pedir una pizza, ver una peli Estoy tan cansada, no me apetece nada bostezó un día Clara repantigada haciendo de Lenin gimnasta, mientras mi madre se maquillaba ante el espejo.
Si quieres, pide y te hago bizum. No me guardes nada, seguro que no querré comer cuando vuelva.
¿Cómo que cuando vuelvas? ¿De dónde?
Me han invitado a cenar dijo mi madre con una risa nerviosa de colegiala.
¿Quién te ha invitado?
Vinieron una inspección al cole. Les preparé unos filetes como los que te gustaban de pequeña, y el jefe de la comisión me pidió conocer a la chef. Le hice la broma de que aquí la chef está en el colegio, y nada, acabamos tomando café como tú decías. Hoy me ha invitado a su casa a cenar.
¿Te has vuelto loca? ¿A casa de un desconocido? ¿A cenar?
¿Y qué pasa?
¿No te has parado a pensar que a lo mejor no sólo quiere cenar contigo?
Hija, tengo cuarenta, no estoy casada. Él tiene cuarenta y cinco, guapo, simpático y soltero. Lo que espere de mí hasta lo agradecería.
Mamá, pareces una resignada de pueblo. Como si no tuvieras elección.
No te reconozco, hija. ¿No me trajiste para que viviera de verdad?
No supe qué contestar ante semejante argumento. De pronto, sentí que habíamos cambiado los papeles, lo cual era demasiado. Con el móvil, pedí la pizza más grande y me zampé media en lo que me duró la autocompasión. Mamá volvió cerca de medianoche, ni encendió la luz, la iluminaba la sonrisa.

¿Y qué tal? murmuré, a medio camino entre la envidia y el desconcierto.
Muy buen escarabajo, y no es de Colorado, es de aquí mismo se rió mi madre antes de meterse en la ducha.

Empezó a salir más a menudo: fue al teatro, a un monólogo, a un concierto de jazz, se sacó el carnet de la biblioteca, se apuntó a una asociación de té y ya estaba inscrita en el centro de salud de la zona. Medio año después, decidió apuntarse a unos cursos de cocina avanzada, coleccionó diplomas y aprendió a preparar platos exquisitos.

Clara tampoco se quedó quieta. Sabía que no podía vivir del esfuerzo de su madre, así que intentó entrar en empresas de prestigio. Pero, aunque se esforzaba, las entrevistas terminaban siempre mal. Perdió los amigos recientes (que sólo pagaban cafés los primeros días), y acabó de barista, hasta que a los dos meses la pasaron a barman de noche.

La rutina la envolvía, las ojeras se instalaban, le robaba tiempo y ganas. Su vida sentimental, ni rastro. Los clientes borrachos apenas sabían articular palabras, y amor era un concepto lejano. Pronto, Clara se hartó.

Mamá, tenías razón. Aquí no pintamos nada. Perdona por arrastrarte, nos tenemos que volver soltó Clara entrando en casa tras otra noche movida en el bar.
¿De qué hablas? ¿Volver a dónde? preguntó mi madre, justo mientras hacía la maleta.
A casa, ¿dónde si no? Clara, nerviosa, daba vueltas mientras tiraba cosas sobre el sofá. Donde el apellido aparece bien escrito y tenemos médico de cabecera. Tuviste razón en todo.
Yo ya estoy empadronada aquí y no pienso irme dijo mi madre, mirándole los ojos rojos para entender qué pasaba.
¡Pues yo no! ¡Y me quiero ir! Aquí no me gusta: el metro es una locura, el café cuesta como un chuletón, y la gente del bar, tan estirada. Mis amigos, mi casa, todo está allí. Aquí ya nadie me retiene. Y tú misma, mírate, también haces las maletas.
Me voy a vivir con Javier dijo sin rodeos mi madre.
¿Cómo que te vas con Javier?
Bueno, pensé que ya te has instalado y puedes pagar el piso sola. Clara, te estoy haciendo un favor. Eres mayor, guapa, tienes trabajo, vives en Madrid. Aquí se te abren mil caminos me dijo sin un atisbo de ironía. Te agradezco que me sacaras de allí. Si no llegas a insistir, me habría marchitado. Aquí la vida de verdad es otra cosa. ¡Gracias! me llenó de besos, pero yo no podía alegrarme.
¿Y quién me cuida a mí, entonces? preguntó mi hija con lágrimas.
Seguro médico, salario fijo, internet… y algún escarabajo aparecerá repitió mi madre, devolviendo mis propias palabras.
Entonces, ¿me dejas sola? ¿Sin más?
No te abandono, pero prométeme que tampoco tú armarás ningún drama. ¿Te acuerdas?
Me acuerdo Dame las llaves de casa.
Están en el bolso. Sólo te pido una cosa.
¿Cuál?
La abuela también se muda. Ya lo hemos hablado por teléfono. Ayúdala a prepararlo todo.
¿¡La abuela se viene?!
Sí, le he contado lo de la vida mejor, los escarabajos, lo del pueblo y justo buscan a alguien en la oficina de Correos. Ya sabes, cuarenta años lleva en el oficio, cualquier postal sin sello la manda hasta el Polo Norte, y llega. Que arriesgue un poco antes de que se le sequen las raícesClara no pudo evitar reír entre lágrimas. Pensó en su madre con Javier, la abuela subiendo en el tren con la maleta forrada de pegatinas y un termo eterno de café. Y pensó en sí misma, en ese piso diminuto lleno de cajas sin abrir, un colchón en el suelo y, sobre todo, una llave en la mano que ahora ya era solo suya. Nadie la miraba esperando que fuera el ejemplo ni la salvación; por fin, solo era Clara en Madrid y su vida por delante.

Aquella noche, por primera vez, deshizo una caja. En la radio sonaba una canción que hablaba de no tener miedo a perderse ni a encontrarse. Clara recortó algunas fotos viejas de su madre y de la abuela, y las pegó en la nevera junto al recibo del gas bien escrito. Empezó a poner en orden sus libros, sonriendo cuando encontró aquel del que mamá le leía cada invierno en voz alta.

Al día siguiente, fue temprano al mercado y saludó a la frutera, esa que siempre le preguntaba de dónde venía y a dónde iría. Compró el pan más crujiente y, con una tregua sin drama ni escándalo, bajó a la plaza y se dejó llenar por el ruido, las voces, los camiones y el cielo inmenso de la ciudad. Sintió, por primera vez, un leve cosquilleo en la punta de las raíces.

Quizá la vida de verdad era sólo esto: moverse, quedarse, partir y volver a empezar. Quizá nunca era tarde para mudarse, ni para soltar ni para volver a coger la mano de las cosas pequeñas. Y así, entre la nostalgia y la certeza de que todo cambia, Clara miró adelante. Comenzaba, al fin, la suya propia.

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MagistrUm
Rumbo a una nueva vida —Mamá, ¿pero cuánto tiempo más vamos a quedarnos en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en la provincia, ¡sino en la provincia de la provincia! —entonó su hija, poniéndose nostálgica tras volver de la cafetería. —Marta, te lo he dicho cien veces: aquí está nuestro hogar, nuestras raíces. Yo de aquí no me muevo. La madre yacía en el sofá, con las piernas subidas a un cojín. A esa postura la llamaba “la gimnasta de Lenin”. —Ya estás otra vez con lo de las raíces, mamá. Como sigamos aquí otros diez años, tu ramaje se va a marchitar y seguro que aparece otro escarabajo, como ese que intentaste que llamara papá. Tras esas palabras la madre se levantó y se miró en el espejo del armario. —De ramaje ando bien, déjate de historias… —Eso, de momento, pero cualquier día nos vemos como un nabo, una calabaza o un boniato, el que te mole más como cocinera. —Mira, hija, si tanto quieres irte, vete tú sola. Ya tienes edad de hacer lo que quieras dentro de la ley. ¿Para qué me necesitas a mí? —Por conciencia, mamá. Si yo me voy a buscar una vida mejor, ¿quién va a cuidar de ti aquí? —La póliza de seguros, un sueldo fijo, Internet, y seguro que sale por ahí algún escarabajo, como tú misma dijiste. Para ti es fácil mudarte, eres joven, moderna, entiendes la vida actual y aún aguantas a los adolescentes; yo ya voy de camino al Valhalla. —¡Si lo ves! ¡Hablas como mis amigos! Si solo tienes cuarenta… —¿Y para qué lo dices en voz alta? ¿Quieres amargarme el día? —Si lo traduzco a años gatunos, solo tienes cinco —corrigió rápido la hija. —Te perdono. —Mamá. Antes de que sea tarde, vámonos, cógete el primer tren conmigo. No hay nada aquí que nos retenga. —Hace un mes logré que por fin pusieran bien nuestro apellido en la factura del gas y estamos apuntadas a nuestro centro de salud —argumentó la madre. —El seguro lo aceptan en todos sitios y no hace falta vender la casa. Si sale mal, siempre podemos volver. Ven, te enseño la buena vida. —Ya me lo dijo el ecógrafo: que esta niña no me dejaría en paz, pensé que era broma. Y mira, luego ganó medalla en “El reto de los videntes”… Está bien, vamos, pero si sale mal prométeme que no harás un drama y me dejarás volver. —¡Palabra! —Lo mismo me prometió tu padre en el registro civil, y tenéis el mismo factor Rh. *** Marta y su madre no se conformaron con la capital de provincia y apuntaron directamente a Madrid. Sacaron todos sus ahorros de los últimos tres años y se instalaron a lo grande en un piso estudio en la periferia, entre el mercado y la estación de autobuses, pagando el alquiler de cuatro meses por adelantado. El dinero se evaporó antes incluso de gastarlo. Marta estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo con cosas aburridas como hacer la mudanza y colocar el piso, se lanzó de cabeza a la vida madrileña: creativa, social y nocturna. Pronto fue “una más”: conectó con todo el mundo, aprendió dónde estar, cómo hablar y cómo vestirse como una madrileña de toda la vida, como si nunca hubiera pisado un pueblo en su vida. La madre, en cambio, vivía entre el ansiolítico matutino y las pastillas para dormir. Ya el primer día, pese a las súplicas de su hija para salir a dar una vuelta, se puso a buscar trabajo. Madrid ofrecía empleos y sueldos incompatibles y todo parecía esconder trampa. Sin necesidad de ningún vidente, ella misma se vaticinó: seis meses máximo y nos volvemos. Sin hacer caso a las críticas modernas de su hija, siguió el camino seguro y se colocó como cocinera en una escuela privada; por las noches, fregaba platos en una cafetería. —Mamá, ¿otra vez pasas el día entre fogones? Como si no hubiéramos salido del pueblo. Así no vas a disfrutar Madrid. Podrías estudiarte cualquier cosa: diseño, sumiller, o en plan básico, arreglar cejas. Viajar en metro, tomar café, integrarte. —Marta, yo ahora no estoy para ponerme a estudiar. No te preocupes por mí, que ya me adaptaré. Tú céntrate en lo tuyo. Suspirando por la falta de espíritu moderno de su madre, Marta se “colocaba” en otro sentido: se dejaba invitar por chicos recién llegados a Madrid como ella, se hacía a la vida de la ciudad tal y como recomendaba su influencer favorita, participaba en grupos donde el éxito y el dinero eran religión. No le urgía encontrar trabajo ni pareja formal: primero ella y Madrid debían conocerse y encajar. A los cuatro meses, la madre ya pagaba el alquiler con lo que ganaba, dejó el turno de platos y cocinaba para otro colegio más. Marta, mientras, cambió de estudios varias veces, fue a un casting de radio, apareció de figurante en una peli de estudiantes donde le pagaban con macarrones con chorizo y salió con un par de “músicos de Bremen”: uno resultó ser un burro integral y el otro, un gato con muchas vidas y ninguna voluntad de asentarse. *** —Mamá, ¿quieres hacer algo esta noche? ¿Pedimos pizza y vemos una peli? Estoy agotada, no tengo ganas de salir —bostezó Marta en la pose de la gimnasta de Lenin, mientras su madre se arreglaba frente al espejo. —Pide tú, te mando dinero a la tarjeta. Ni me guardes, que dudo que tenga hambre cuando vuelva. —¿Cómo que vuelvas? ¿De dónde? —Me han invitado a cenar —rió la madre, tímida como una colegiala tras dejar el espejo. —¿Quién? —preguntó Marta sin ocultar el disgusto. —En el cole tuvimos inspección y yo les preparé tus albóndigas favoritas; el jefe de la comisión pidió conocer a la chef. Me lo tomé a broma (“qué chef en un cole”). Pero después tomamos un café —como tú me aconsejaste— y hoy voy a su casa a cenar. —¿Estás loca? ¿Irte a casa de un hombre desconocido a cenar? —¿Y qué? —¿No piensas que a lo mejor quiere otra cosa? —Hija, tengo cuarenta y no estoy casada. Él tiene cuarenta y cinco, es guapo, listo y libre. La verdad es que todo lo que espere de mí me parece bien. —Hablas como una pueblerina acomplejada, como si no tuvieras opciones. —No te reconozco, tú misma me arrastraste aquí para que viviera la vida. Contra esos argumentos no había réplica. Marta se dio cuenta de que ahora eran ellas quienes se habían cambiado los papeles, y eso ya era otra historia. Con el dinero, pidió la pizza más grande y, toda la noche, se consoló con atracones. Cuando llegó la madre, ya de madrugada, entró iluminada de felicidad. —¿Qué tal? —preguntó Marta, sombría. —Un buen escarabajo, para nada colorado, bien de aquí —rió su madre, camino de la ducha. Pronto, la madre empezó a encadenar citas: teatro, stand up, jazz, sacó carné de biblioteca, se apuntó a un club de té y se registró en el centro de salud. A los seis meses, empezó cursos de cocina avanzada y sumó certificados para preparar platos más sofisticados. También Marta dejaba de perder el tiempo: intentó colocarse en varias empresas de prestigio, pero nunca llegaba a la entrevista final. Sin ofertas y con los amigos dejando de pagarle cafés, fue barista y, después de dos meses, camarera de noche. La rutina la envolvía: ojeras, robos de tiempo y de energía. Su vida sentimental no era mucho mejor: los clientes del bar le lanzaban propuestas medio borrachas, poco relacionadas con “amor verdadero”. Harta de todo, Marta explotó: —Mamá, tenías razón, aquí no pintamos nada. Perdona por traerte, tenemos que volver. —¿Volver a dónde? —preguntó la madre, mientras metía cosas en una maleta. —¡A casa! ¡Donde nuestro apellido sale bien en la factura y estamos apuntadas en el centro de salud! Tú siempre tuviste razón. —Yo ya estoy empadronada aquí y no pienso irme —la interrumpió, mirándola a los ojos para entender qué pasaba. —¡Pues yo no! ¡Y quiero volver! No me gusta esto: el metro, el café a precio de filete, la gente arrogante en el bar. Allí tengo amigos, casa… y aquí nada. Y tú, ya te veo, también te estás mudando. —Me voy a vivir con Juan —soltó la madre de golpe. —¿Cómo que te vas a vivir con Juan? —Pensé que ya estabas “instalada” y puedes sola pagarte el piso. Marta, ¡es mi regalo para ti! Grande, guapa, con trabajo, en Madrid… Aquí tienes todo lo que quieras —dijo sin ironía—. Gracias por traerme. Si no fuera por ti, seguiría mustia en nuestro pueblo. ¡Aquí de verdad se vive! ¡Gracias!— La madre la besó en ambas mejillas. —¿Y yo, mamá? ¿Quién me cuida ahora? —sollozó Marta. —La póliza, el sueldo fijo, el Wi-Fi y algún escarabajo… —citó su madre con una sonrisa. —¿Me abandonas, así de simple? —No te abandono, pero prometiste no montar un drama, ¿recuerdas? —Sí… Bueno, dame las llaves de casa. —Están en el bolso. Solo te pido un favor. —¿Cuál? —Que ayudes a la abuela a hacer las maletas: también se viene para Madrid. Ya lo he hablado con ella. Aquí buscan encargada de Correos y, con cuarenta años de experiencia, manda cartas sin sello hasta el Polo Norte si hace falta. Así probará, antes de que se le marchite el ramaje.