Rumbo a una nueva vida — —Mamá, ¿pero cuánto más vamos a seguir atrapadas en este agujero? Ni siquiera estamos en provincia, estamos en la provincia de la provincia —canturreó mi hija su canción preferida, al volver de la cafetería. —Marta, te lo he dicho cien veces: aquí está nuestra casa, nuestras raíces. Yo no me voy a ninguna parte. Mamá estaba echada en el sofá, con las piernas subidas sobre el cojín, y llamaba a esa postura “el Lenin gimnasta”. —Que no empieces tú también con lo de las raíces, mamá. Dentro de diez años tu mata se habrá marchitado, y seguro que aparece otro escarabajo de esos a quien me querrás presentar como mi nuevo padre. Molesta, mamá fue al espejo empotrado en el armario. —Está perfectamente mi mata, no digas tonterías… —Eso digo, que de momento está bien, pero un poco más y ya sabrás: nabo, calabaza o boniato… escoge lo que prefieras para el menú. —Hija, si tanto quieres irte, vete tú sola. Ya tienes edad, dentro de la legalidad. ¿Para qué me necesitas? —Por mi conciencia, mamá. Si me voy a una vida mejor, ¿quién cuidará de ti aquí? —La póliza del seguro, el sueldo fijo, Internet, y algún escarabajo se encontrará, como tú dices. Para ti es fácil mudarte, eres joven, moderna, entiendes la vida de ahora, hasta los adolescentes te caen bien, pero yo estoy ya a medio camino del Valhalla. —¡Venga ya! Si tú bromeas como mis amigos, si solo tienes cuarenta… —Ya podrías haberlo callado, solo para fastidiarme el día. —Transformando a años de gato, solo tienes cinco —corrigió rápido la hija. —Estás perdonada. —Mamá, antes de que sea tarde, vámonos en tren y dejamos esto atrás. Aquí no hay nada que nos ate. —Hace un mes conseguí que pusieran bien nuestro apellido en los recibos del gas, y además estamos adscritas al centro de salud —lanzó sus últimos argumentos mamá. —Nos atenderán igual gracias a la póliza, y la casa no hace falta venderla; si no sale bien, siempre podremos volver. Yo te enseño cómo brillar y disfrutar de la vida en la ciudad. —Ya me lo advirtió aquel médico en la ecografía: “no le va a dejar tranquila”. Pensé que bromeaba, pero luego ganó la medalla de bronce en “La batalla de los videntes”. Bueno, vamos, pero si no sale bien, prométeme que me dejas volver sin dramas ni escándalos. —¡Por mi honor, mamá! —Eso mismo prometió tu padre en el registro, y vaya si me salió rana, igualito que tú. *** Marta y su madre no se conformaron con una capital de provincia y decidieron lanzarse directamente a conquistar Madrid. Retiraron todos sus ahorros de tres años y, a lo grande, alquilaron un estudio en el extrarradio, comprimido entre el mercado y la estación de autobuses, pagando el alquiler de cuatro meses por adelantado. El dinero se esfumó antes incluso de empezar a gastarlo. Marta estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo en tareas aburridas como deshacer maletas o decorar el humilde piso, enseguida se zambulló en la vida urbana —la creativa, la social y la nocturna. Se hizo “de la casa”; se comunicaba con todos, aprendió los lugares de moda, el acento, la ropa; a cualquiera le parecía una madrileña de toda la vida, una que salía del aire del metro y de la esencia del esnobismo capitalino. La madre, en cambio, vivía entre la pastilla de la mañana y el somnífero de la noche. A pesar de los ruegos de su hija, ese primer día se puso a buscar trabajo. La capital ofrecía empleos absurdos y sueldos incompatibles entre sí. Tras echar cuentas, y sin ayuda de adivinos, llegó a la conclusión: seis meses como mucho y vuelta a casa. Sin aceptar las críticas progresistas de su hija, recurrió al camino conocido y consiguió trabajo de cocinera en un colegio privado y, por la tarde, de friegaplatos en una cafetería cerca de casa. —Mamá, ¡otra vez todo el día entre fogones! Es como si no nos hubiéramos mudado. Así no vas a saborear la ciudad. Podrías estudiar otra cosa: diseño, sumiller, estilista de cejas, viajar en metro, beber café, adaptarte… —Marta, no estoy lista para ponerme a estudiar otra vez. No te preocupes por mí, me adaptaré, tú céntrate en encontrar tu sitio. Suspirando por la falta de mentalidad moderna de su madre, Marta se buscaba la vida: se instalaba cómodamente en cafeterías donde le invitaban chicos llegados de los pueblos, se integraba mentalmente imaginando relaciones cósmicas con la ciudad, tal como decían los influencers; entablaba amistades donde todo era hablar de éxito y dinero. No buscaba trabajo ni pareja fija todavía: ciudad y ella debían encajar primero. A los cuatro meses, mamá pudo pagar la renta con su propio sueldo, dejó el turno de tarde y aceptó cocinar para otra sede del colegio. Marta, por su parte, dejó varios cursos a medias, fue a un casting, rodó como extra en una película de estudiantes a cambio de macarrones… hasta salió unas veces con dos músicos bohemios, uno burro total y el otro un gato con familia, reacio a sentar cabeza. *** —Mamá, ¿quieres hacer algo hoy? ¿Pedimos una pizza y vemos una peli? Estoy agotada, no me apetece nada —bostezaba Marta, hecha un “Lenin gimnasta” en el sofá mientras mamá se arreglaba ante el espejo. —Pide tú la pizza, te hago una transferencia a la tarjeta. Puedes comértela toda, dudo que yo tenga hambre al volver. —¿Volver de dónde? —se enderezó la hija en el sofá. —Me han invitado a cenar —dijo mamá dejando el espejo, con la risa nerviosa de una adolescente. —¿Por quién? —Marta no pudo esconder la molestia. —Vino una inspección al colegio, yo les preparé tus filetes favoritos. El jefe de la comisión me pidió presentarle al chef, bromeando. Al final tomamos café, como tú me recomendaste, y hoy voy a su casa a preparar una cena. —¿Te has vuelto loca? ¿A casa de un desconocido? ¡A cenar! —¿Y qué? —¿No piensas que lo que espera de ti no es la cena precisamente? —Hija, tengo cuarenta, y estoy soltera. Él tiene cuarenta y cinco, es guapo, listo y sin pareja. En el fondo me va a gustar lo que sea que quiera de mí. —Hablas como una pueblerina sin dignidad, como si no tuvieras elección… —No te reconozco. Tú me trajiste para vivir la vida, ¿no? Esos argumentos eran difíciles de combatir. Marta entendió que se habían intercambiado los papeles y, frustrada, pidió la pizza más grande y pasó la noche comiéndola compulsivamente. La mamá volvió pasada la medianoche, resplandeciente incluso sin encender la luz. —¿Qué tal? —preguntó Marta, sombría. —Buen escarabajo, bien local, nada de ese coloradito tuyo —rió mamá y se metió en la ducha. Empezó a salir más: al teatro, stand-up, un concierto de jazz, se hizo el carné de la biblioteca, se apuntó a un club de té y cambió de centro médico. Medio año después, se inscribió en cursos de cocina avanzada y consiguió varios certificados. Marta tampoco perdió el tiempo. No pensaba vivir de la madre eternamente, así que probó suerte en empresas de prestigio, pero las entrevistas la derrotaban sin remedio. Sin trabajo ni amigos nuevos dispuestos a invitarla, terminó de barista y, en dos meses, de camarera de noche en un bar. La rutina le traía ojeras y le robaba la vida. Amor tampoco encontraba: los borrachos del bar dejaban caer propuestas, pero el amor puro ni en el diccionario. Al final, Marta se hartó. —¿Sabes, mamá? Tenías razón, aquí no hay nada que hacer. Lo siento, tenemos que volver a casa —dijo, entrando tras otra noche infernal en el bar. —¿De qué hablas? ¿Volver a dónde? —preguntó mamá mientras metía cosas en una maleta. —A casa, claro —Marta iba echando en la cama toda prenda que encontraba a mano—. Allí donde en las facturas ponen bien el apellido y tenemos centro de salud asignado. Tú tenías razón desde el principio. —Yo ahora ya estoy aquí registrada, y no quiero volver —le detuvo su madre, mirando a sus ojos rojos para entender qué pasaba. —¡Pues yo sí! Quiero volver. No me gusta esto: el metro horrible, el café a precio de solomillo, la gente antipática en el bar. Allí tengo amigas, casa, aquí nada me retiene. Y tú, encima, ya te estás llevando las cosas… —Me voy a vivir con Eugenio —anunció mamá. —¿Cómo que te vas con Eugenio? —He pensado que ya tienes todo arreglado y puedes pagar la casa. ¡Te hago un favor! Eres mayor, guapa, con trabajo, vives en la capital. Tus oportunidades fluyen mejor que el grifo —dijo sin una pizca de ironía—. Gracias, de corazón, por sacarme de aquel lodazal. Aquí sí que se vive, hija. ¡Gracias! —la besó en las dos mejillas, pero Marta no se alegró mucho. —¿Y yo qué? ¿Quién cuida de mí? —lloró Marta. —La póliza, el sueldo, Internet, y algún escarabajo —citó mamá a sí misma. —¡Así que me dejas, tal cual! —No te abandono, pero tú prometiste no montar dramas, ¿recuerdas? —Sí… bueno, dame las llaves de casa. —Están en el bolso. Solo un favor: tu abuela también quiere mudarse. Le expliqué tu plan de vida mejor, los escarabajos y el lodazal. En la oficina de Correos están buscando personal, y nuestra abuela, ya sabes, en esos menesteres, cualquiera le manda una carta al Polo Norte y ella la entrega. Que arriesgue antes de que se le marchite la mata.

Hacia una nueva vida

Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en la provincia, estamos en el rincón más remoto de la provinciarepetía mi hija preferida, Alba, cuando regresó de la cafetería de la plaza.

Alba, hija, te lo he dicho mil veces: este es nuestro hogar, aquí están nuestras raíces. Yo no me voy a ir a ninguna parte.

Mi madre descansaba en el sofá, con las piernas cansadas apoyadas en el cojín. Siempre bromeaba llamando a esa postura Gimnasta Lenin.

Siempre con las raíces, mamá. En diez años tus raíces se habrán podrido, y vendrá otro escarabajo al que querrás que llame papá soltó Alba con su habitual desparpajo.

Después de esas palabras, mi madre se levantó y fue al espejo grande que había en el armario.

No tengas tanta guasa, que yo estoy estupenda replicó, colocándose un mechón detrás de la oreja.

Que sí, que aún estás bien, pero dentro de poco elegirás entre nabo, calabaza o boniato lo que mejor se adapte al menú, como buena cocinera.

Si estás tan deseosa de irte, vete tú sola. Hace dos años que ya puedes hacer lo que quieras según la ley. ¿Para qué me necesitas?

Para la conciencia, mamá. Si yo me voy a probar suerte, ¿quién cuidará de ti aquí?

El seguro médico, el sueldo fijo, internet y siempre aparece algún escarabajo, ¡ya lo has dicho! Para ti todo es fácil, eres joven, moderna, entiendes la vida de ahora y los adolescentes aún no te sacan de quicio, pero yo ya voy camino del Camposanto.

¡Venga ya! Que pareces más joven que muchos de mis amigas solo tienes cuarenta años.

¿Eso tenías que decirlo en voz alta? ¡Ya me has fastidiado el día!

Si lo pasamos a años gatunos son solo cinco corrigió Alba pensando rápido.

Así sí. Eres perdonada.

Mamá, mientras aún haya tiempo, vámonos. Aquí no hay nada que nos retenga.

Hace un mes que conseguí que escribieran bien nuestro apellido en las facturas del gas, y estamos apuntadas a la consulta de la Seguridad Social de aquí replicó ella, usando sus últimos argumentos.

En cualquier centro te atienden con la tarjeta sanitaria. Ni siquiera hace falta que vendamos la casa. Si sale mal, siempre podemos regresar. Te prometo que te sacaré a la luz y te enseñaré cómo se vive.

Ya me lo decía el técnico de la eco: no te va a dejar en paz, señora. Pensé que bromeaba… No es de extrañar que luego saliera tercero en Got Talent. Vale, vámonos, pero si no resulta, prométeme que me dejarás volver sin dramas ni escenitas.

Te lo juro.

Lo mismo me prometió tu padre en el Registro Civil, y luego salió rana.

***

Ni Alba ni mi madre se conformaron con mudarse a Valladolid o a Zaragoza. Decidieron lanzarse directamente a Madrid. Tras sacar todos los ahorros de tres años, alquilaron una diminuta vivienda tipo estudio en el extrarradio, entre un mercado de abastos y la estación de autobuses, y pagaron el alquiler por cuatro meses por adelantado. El dinero se esfumó antes incluso de empezar a gastarlo.

Alba estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo en desembalar cajas o poner la casa a punto, enseguida se lanzó de lleno a la vida madrileña: su faceta creativa, social y nocturna floreció nada más llegar. Era una madrileña más, hablando y vistiéndose como las chicas de Malasaña, como si nunca hubiera puesto pie en un pueblo perdido sino que hubiese surgido del aire de la capital y de un ramalazo de esnobismo.

Mientras tanto, mi madre alternaba el lexatín matutino con una valeriana por la noche. El primer día, pese a mis súplicas para que saliera a pasear, se puso a buscar trabajo. La capital ofrecía sueldos y contratos tan dispares que parecía que te estaban tendiendo una trampa. Tras hacer un par de cálculos, sin necesidad de médium, llegó a la conclusión: para medio año nos da, después a casa.

Sin aceptar críticas de su hija progresista, eligió el camino seguro: se incorporó como cocinera en un colegio privado y, por las noches, fregaba platos en una cafetería del barrio.

Mamá, ¿otra vez trabajando todo el día entre fogones? Así no vas a conocer nunca Madrid de verdad. Podrías haber estudiado algo: diseño, sumiller, o aunque fuera especialista en cejas. Coges el metro, tomas café caro, te adaptas.

Alba, ahora no puedo pensar en estudiar nada. Tú no te preocupes, yo me adapto. Ocúpate tú de buscarte la vida, como siempre has querido.

Yo, suspirando por la mente anticuada de mi madre, me las arreglaba como podía. Me acomodaba en las cafeterías donde pagaban chicos jóvenes, igual de recién llegados, y me integraba en grupos donde solo se hablaba de éxito y dinero. No tenía prisa por conseguir un empleo ni por relacionarme en serio con nadie. Quería tomarle el pulso a la ciudad.

A los cuatro meses, mi madre ya pagaba el alquiler con su sueldo, dejó la cafetería y pasó a encargarse de la cocina de otro colegio más. Yo, por mi parte, abandoné algunos cursos online, fui al casting de una emisora, hice de extra en una peli universitaria donde pagaban con tupper de macarrones, y salí fugazmente con dos músicos de Lavapiés: uno resultó ser un auténtico burro y el otro, un alma libre con seis gatos.

***

Mamá, ¿quieres salir hoy? ¿Pedimos pizza y vemos una peli? Estoy agotada bostecé una noche, tumbada en el sillón, justo cuando mi madre se acicalaba ante el espejo.

Pídela, te paso dinero a la tarjeta. No me guardes, seguro que no tendré hambre cuando vuelva.

¿Cómo que cuando vuelvas? ¿De dónde?

Me han invitado a cenar respondió mi madre, ocultando una risilla, como una colegiala nerviosa.

¿Qué dices? ¿A casa de quién? ¿De un hombre al que apenas conoces?

Y qué tiene de raro.

Mamá ¿y si no es solo una cena?

Hija, tengo cuarenta años, estoy soltera, él tiene cuarenta y cinco, es majo, culto y está libre. Sea lo que sea lo que quiere de mí, me parece bien.

Hablas como una resignada de pueblo, como si no tuvieras elección.

Alba, esto es lo que tú querías para mí: que viviera la vida, no solo sobreviviera.

No pude responder. Por primera vez comprendí que nos habíamos intercambiado los papeles y me sentí descolocada. Con el dinero que me envió, pedí la pizza más grande del menú y me la comí a solas, a modo de castigo. Mi madre regresó cerca de medianoche, toda brillante y sonriente, iluminando el recibidor.

¿Qué tal? pregunté, fingiendo desinterés.

Muy buen tipo, y es de aquí, nada de escarabajos rió, y se fue directa a la ducha.

A partir de ahí, mamá empezó a tener citas: fue al teatro, a monólogos, a conciertos de jazz, sacó el carné de la biblioteca, se apuntó a un club de té y se apuntó por fin al ambulatorio. Seis meses después, la tía se matriculó en cursos de cocina de autor, coleccionó diplomas y aprendió recetas complicadas.

Yo tampoco perdí el tiempo: intenté acceder a empresas de prestigio, pero las entrevistas siempre terminaban dejándome fuera. Sin amistades dispuestas a sufragar mis caprichos, acabé trabajando de barista y luego ascendi a camarera de barra en un pub nocturno.

La rutina empezó a atraparme, regalándome ojeras y robándome la energía. Mi vida amorosa era inexistente, y los clientes embriagados del bar solo sabían soltar indirectas penosas. Acabé hasta el gorro.

Mamá, tenías razón le solté una madrugada, al llegar tras otro turno caótico. No pintamos nada aquí. Perdona por arrastrarte. Hay que volver.

¿Volver a dónde? respondió mamá, mientras llenaba una maleta.

¡A casa! iba metiendo ropa sin ton ni son en otro equipaje. Allí donde ponen bien nuestro apellido y conocemos al médico de toda la vida.

Yo ya estoy empadronada aquí, y no me pienso ir me atajó, mirándome con ternura inquisitiva.

¡Pues yo sí quiero! No aguanto más: el metro es un lío, el café cuesta tanto como un filete, y los caraduras del bar me tienen harta. Prefiero estar donde tengo amigos, mi piso y todo en regla. Y tú también, si te veo haciendo la maleta

Me mudo a casa de Eugenio declaró ella de repente.

¿Qué? ¿Que te vas a vivir con él?

Pensé que ya estás asentada y puedes pagar el piso tú sola. Alba, es un regalo. Eres guapa, independiente, tienes trabajo y vives en Madrid: aquí tienes mil oportunidades. Estoy tan agradecida de que me lanzaras a esta aventura. Si no es por ti, habría seguido marchitándome allí. Aquí la vida vibra. ¡Gracias de corazón! me besó las dos mejillas, pero yo no sabía si reír o llorar.

¿Y yo? ¿Quién cuidará de mí? pregunté, sin disimular el llanto.

El seguro médico, salario fijo, internet y seguro aparecerá un escarabajo me respondió, citando mis palabras.

¿Así de fácil me dejas sola?

No es eso. Me prometiste aceptarlo sin dramas, ¿te acuerdas?

Sí. Dame las llaves.

Están en mi bolso. Solo te pido un favor.

¿Cuál?

También tu abuela quiere mudarse. Ya he hablado con ella. Pásate a ayudarla.

¿A Madrid?

Sí. Le he contado lo de la mejor vida, los escarabajos y nuestro pueblo. Justo buscan operaria en la oficina de Correos aquí y, ya sabes, tu abuela lleva cuarenta años en esto, manda una carta a la Concha Espina sin sello y seguro que llega. Que se arriesgue mientras sus raíces sigan frescas

Así terminó otro capítulo en mi diario. A veces empujar a otros a buscar una vida mejor es lo mejor que uno puede hacer, aunque signifique quedarse solo durante un tiempo. Aprendí que las raíces a veces hay que moverlas para que no se sequen.

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MagistrUm
Rumbo a una nueva vida — —Mamá, ¿pero cuánto más vamos a seguir atrapadas en este agujero? Ni siquiera estamos en provincia, estamos en la provincia de la provincia —canturreó mi hija su canción preferida, al volver de la cafetería. —Marta, te lo he dicho cien veces: aquí está nuestra casa, nuestras raíces. Yo no me voy a ninguna parte. Mamá estaba echada en el sofá, con las piernas subidas sobre el cojín, y llamaba a esa postura “el Lenin gimnasta”. —Que no empieces tú también con lo de las raíces, mamá. Dentro de diez años tu mata se habrá marchitado, y seguro que aparece otro escarabajo de esos a quien me querrás presentar como mi nuevo padre. Molesta, mamá fue al espejo empotrado en el armario. —Está perfectamente mi mata, no digas tonterías… —Eso digo, que de momento está bien, pero un poco más y ya sabrás: nabo, calabaza o boniato… escoge lo que prefieras para el menú. —Hija, si tanto quieres irte, vete tú sola. Ya tienes edad, dentro de la legalidad. ¿Para qué me necesitas? —Por mi conciencia, mamá. Si me voy a una vida mejor, ¿quién cuidará de ti aquí? —La póliza del seguro, el sueldo fijo, Internet, y algún escarabajo se encontrará, como tú dices. Para ti es fácil mudarte, eres joven, moderna, entiendes la vida de ahora, hasta los adolescentes te caen bien, pero yo estoy ya a medio camino del Valhalla. —¡Venga ya! Si tú bromeas como mis amigos, si solo tienes cuarenta… —Ya podrías haberlo callado, solo para fastidiarme el día. —Transformando a años de gato, solo tienes cinco —corrigió rápido la hija. —Estás perdonada. —Mamá, antes de que sea tarde, vámonos en tren y dejamos esto atrás. Aquí no hay nada que nos ate. —Hace un mes conseguí que pusieran bien nuestro apellido en los recibos del gas, y además estamos adscritas al centro de salud —lanzó sus últimos argumentos mamá. —Nos atenderán igual gracias a la póliza, y la casa no hace falta venderla; si no sale bien, siempre podremos volver. Yo te enseño cómo brillar y disfrutar de la vida en la ciudad. —Ya me lo advirtió aquel médico en la ecografía: “no le va a dejar tranquila”. Pensé que bromeaba, pero luego ganó la medalla de bronce en “La batalla de los videntes”. Bueno, vamos, pero si no sale bien, prométeme que me dejas volver sin dramas ni escándalos. —¡Por mi honor, mamá! —Eso mismo prometió tu padre en el registro, y vaya si me salió rana, igualito que tú. *** Marta y su madre no se conformaron con una capital de provincia y decidieron lanzarse directamente a conquistar Madrid. Retiraron todos sus ahorros de tres años y, a lo grande, alquilaron un estudio en el extrarradio, comprimido entre el mercado y la estación de autobuses, pagando el alquiler de cuatro meses por adelantado. El dinero se esfumó antes incluso de empezar a gastarlo. Marta estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo en tareas aburridas como deshacer maletas o decorar el humilde piso, enseguida se zambulló en la vida urbana —la creativa, la social y la nocturna. Se hizo “de la casa”; se comunicaba con todos, aprendió los lugares de moda, el acento, la ropa; a cualquiera le parecía una madrileña de toda la vida, una que salía del aire del metro y de la esencia del esnobismo capitalino. La madre, en cambio, vivía entre la pastilla de la mañana y el somnífero de la noche. A pesar de los ruegos de su hija, ese primer día se puso a buscar trabajo. La capital ofrecía empleos absurdos y sueldos incompatibles entre sí. Tras echar cuentas, y sin ayuda de adivinos, llegó a la conclusión: seis meses como mucho y vuelta a casa. Sin aceptar las críticas progresistas de su hija, recurrió al camino conocido y consiguió trabajo de cocinera en un colegio privado y, por la tarde, de friegaplatos en una cafetería cerca de casa. —Mamá, ¡otra vez todo el día entre fogones! Es como si no nos hubiéramos mudado. Así no vas a saborear la ciudad. Podrías estudiar otra cosa: diseño, sumiller, estilista de cejas, viajar en metro, beber café, adaptarte… —Marta, no estoy lista para ponerme a estudiar otra vez. No te preocupes por mí, me adaptaré, tú céntrate en encontrar tu sitio. Suspirando por la falta de mentalidad moderna de su madre, Marta se buscaba la vida: se instalaba cómodamente en cafeterías donde le invitaban chicos llegados de los pueblos, se integraba mentalmente imaginando relaciones cósmicas con la ciudad, tal como decían los influencers; entablaba amistades donde todo era hablar de éxito y dinero. No buscaba trabajo ni pareja fija todavía: ciudad y ella debían encajar primero. A los cuatro meses, mamá pudo pagar la renta con su propio sueldo, dejó el turno de tarde y aceptó cocinar para otra sede del colegio. Marta, por su parte, dejó varios cursos a medias, fue a un casting, rodó como extra en una película de estudiantes a cambio de macarrones… hasta salió unas veces con dos músicos bohemios, uno burro total y el otro un gato con familia, reacio a sentar cabeza. *** —Mamá, ¿quieres hacer algo hoy? ¿Pedimos una pizza y vemos una peli? Estoy agotada, no me apetece nada —bostezaba Marta, hecha un “Lenin gimnasta” en el sofá mientras mamá se arreglaba ante el espejo. —Pide tú la pizza, te hago una transferencia a la tarjeta. Puedes comértela toda, dudo que yo tenga hambre al volver. —¿Volver de dónde? —se enderezó la hija en el sofá. —Me han invitado a cenar —dijo mamá dejando el espejo, con la risa nerviosa de una adolescente. —¿Por quién? —Marta no pudo esconder la molestia. —Vino una inspección al colegio, yo les preparé tus filetes favoritos. El jefe de la comisión me pidió presentarle al chef, bromeando. Al final tomamos café, como tú me recomendaste, y hoy voy a su casa a preparar una cena. —¿Te has vuelto loca? ¿A casa de un desconocido? ¡A cenar! —¿Y qué? —¿No piensas que lo que espera de ti no es la cena precisamente? —Hija, tengo cuarenta, y estoy soltera. Él tiene cuarenta y cinco, es guapo, listo y sin pareja. En el fondo me va a gustar lo que sea que quiera de mí. —Hablas como una pueblerina sin dignidad, como si no tuvieras elección… —No te reconozco. Tú me trajiste para vivir la vida, ¿no? Esos argumentos eran difíciles de combatir. Marta entendió que se habían intercambiado los papeles y, frustrada, pidió la pizza más grande y pasó la noche comiéndola compulsivamente. La mamá volvió pasada la medianoche, resplandeciente incluso sin encender la luz. —¿Qué tal? —preguntó Marta, sombría. —Buen escarabajo, bien local, nada de ese coloradito tuyo —rió mamá y se metió en la ducha. Empezó a salir más: al teatro, stand-up, un concierto de jazz, se hizo el carné de la biblioteca, se apuntó a un club de té y cambió de centro médico. Medio año después, se inscribió en cursos de cocina avanzada y consiguió varios certificados. Marta tampoco perdió el tiempo. No pensaba vivir de la madre eternamente, así que probó suerte en empresas de prestigio, pero las entrevistas la derrotaban sin remedio. Sin trabajo ni amigos nuevos dispuestos a invitarla, terminó de barista y, en dos meses, de camarera de noche en un bar. La rutina le traía ojeras y le robaba la vida. Amor tampoco encontraba: los borrachos del bar dejaban caer propuestas, pero el amor puro ni en el diccionario. Al final, Marta se hartó. —¿Sabes, mamá? Tenías razón, aquí no hay nada que hacer. Lo siento, tenemos que volver a casa —dijo, entrando tras otra noche infernal en el bar. —¿De qué hablas? ¿Volver a dónde? —preguntó mamá mientras metía cosas en una maleta. —A casa, claro —Marta iba echando en la cama toda prenda que encontraba a mano—. Allí donde en las facturas ponen bien el apellido y tenemos centro de salud asignado. Tú tenías razón desde el principio. —Yo ahora ya estoy aquí registrada, y no quiero volver —le detuvo su madre, mirando a sus ojos rojos para entender qué pasaba. —¡Pues yo sí! Quiero volver. No me gusta esto: el metro horrible, el café a precio de solomillo, la gente antipática en el bar. Allí tengo amigas, casa, aquí nada me retiene. Y tú, encima, ya te estás llevando las cosas… —Me voy a vivir con Eugenio —anunció mamá. —¿Cómo que te vas con Eugenio? —He pensado que ya tienes todo arreglado y puedes pagar la casa. ¡Te hago un favor! Eres mayor, guapa, con trabajo, vives en la capital. Tus oportunidades fluyen mejor que el grifo —dijo sin una pizca de ironía—. Gracias, de corazón, por sacarme de aquel lodazal. Aquí sí que se vive, hija. ¡Gracias! —la besó en las dos mejillas, pero Marta no se alegró mucho. —¿Y yo qué? ¿Quién cuida de mí? —lloró Marta. —La póliza, el sueldo, Internet, y algún escarabajo —citó mamá a sí misma. —¡Así que me dejas, tal cual! —No te abandono, pero tú prometiste no montar dramas, ¿recuerdas? —Sí… bueno, dame las llaves de casa. —Están en el bolso. Solo un favor: tu abuela también quiere mudarse. Le expliqué tu plan de vida mejor, los escarabajos y el lodazal. En la oficina de Correos están buscando personal, y nuestra abuela, ya sabes, en esos menesteres, cualquiera le manda una carta al Polo Norte y ella la entrega. Que arriesgue antes de que se le marchite la mata.