Rompiendo el yugo materno: La historia de Varvara, una mujer tímida de treinta y cinco años, controlada por una madre dominante, que nunca ha conocido el amor ni la independencia, hasta que una oportunidad inesperada y el apoyo de una vecina cambian su vida en la tranquilidad de una casa rural; allí, lejos del control materno, Varvara descubre el valor de la autoestima, se transforma física y emocionalmente, encuentra el amor verdadero con Esteban y, por fin, la felicidad y libertad que nunca pensó alcanzar.

Bajo la sombra de mi madre

A mis treinta y cinco años, mi hermana Lucía era una mujer discreta y, como se suele decir, apocada. Nunca había salido con ningún chico, aunque llevaba años trabajando como contable en la misma oficina desde que terminó la universidad.

Lucía no era de arreglarse demasiado; siempre vestía ropa holgada, tenía algo de sobrepeso, y sus labios caían hacia abajo en un gesto triste. Nació cuando mi madre Carmen tenía apenas dieciocho años, y nunca supo quién era su padre. Se crió en un pequeño pueblo de Castilla con nuestra abuela. Allí terminó el instituto y solo se mudó a Madrid para ir a la universidad y vivir con Carmen.

Mientras Lucía crecía en el pueblo, Carmen se divertía en la ciudad: trabajando, saliendo de fiesta, cambiando de pareja, siempre bella y despreocupada. Venía a ver a Lucía una vez al mes, trayéndole algún juguete, y desaparecía de nuevo. Nuestra abuela era estricta, y mi hermana nunca supo lo que era el afecto o la ternura, ni por parte de ella ni de nuestra madre.

Hoy en día, Lucía sigue viviendo en la misma casa con Carmen, en Vallecas. Carmen, con poco más de cincuenta años, se conserva estupenda: usa siempre cosmética de alta gama, acude al salón de belleza, incluso sigue saliendo alguna noche. Mi hermana, sin embargo, es todo lo contrario.

Por fin, al acabar su jornada laboral, Lucía entregó sus papeles a la compañera que la va a sustituir durante las vacaciones y salió del edificio.

Pues nada, otro verano más rumiaba Lucía para sí, llevo el dinero de las vacaciones en el bolso. Qué pena… Seguro que mamá me lo va a quitar todo en cuanto llegue. Voy a pasármelas en casa, como siempre. Estoy harta. ¿Por qué no puedo plantarme de una vez? Hace mucho que dejé de ser una niña y ella sigue teniéndome sujeta a su lado. Me pide toda la nómina, no puedo decidir sobre mi propio sueldo. Mi vida no tiene salida…

Al abrir la puerta de casa, se encontró a Carmen esperándola en el recibidor.

Ya era hora que llegaras dijo Carmen impaciente. ¿Te han dado ya el dinero de vacaciones? Venga, dámelo.

Sí, ahora te lo doy, déjame al menos quitarme la chaqueta respondió Lucía.

No hace falta, ya tendrás tiempo de cambiarte…

Lucía, rebuscando en su bolso, buscó la cartera.

Madre mía, ni bolso tienes, menuda pena. Siempre llevas ese trasto como una vieja, ¿no te da vergüenza? soltó Carmen, apretando el tono.

A Lucía se le saltaron las lágrimas.

¿Y de dónde voy a sacar dinero para otro bolso? Si tú me quitas hasta el último euro se le escapó, y se sorprendió a sí misma al desafiar a Carmen.

No será solo el bolso, ¡tú también pareces una vieja descuidada y gorda! Adelgaza y arréglate, es que da vergüenza salir contigo insistió, mordaz, su madre.

¿Te doy vergüenza? Bueno, pues a mí tampoco me parece bien que te quedes con mi dinero. No salgo contigo a ninguna parte igualmente gritó Lucía, y de repente salió corriendo del piso.

Con lágrimas en los ojos, bajó las escaleras y salió de la portería, sentándose en un banco con la cara entre las manos. No sabe cuánto tiempo estuvo así, hasta que una voz la sacó de golpe.

Lucía, ¿estás bien? Levantó la cabeza y vio a Doña Rosario, una vecina mayor que vivía en el portal de al lado en el bajo. ¿Estás llorando? Rosario se sentó junto a ella y le cogió la mano. Cuéntame, ¿tan mal va la cosa para que estés así?

Lucía ya no pudo más y se lo contó todo a Rosario.

Mi madre me quita todo el dinero, lo gasta en cosas caras y yo siempre voy hecha un cuadro, con ropa vieja. Es culpa mía, soy demasiado blandita desde pequeña; nunca me atreví ni con mi abuela ni ahora con mi madre, que es autoritaria y cruel…

Rosario negaba con la cabeza, pero Lucía se sintió de pronto avergonzada.

¡Ay, qué cosas digo de mi madre! Seguro piensa que soy una quejica, aunque eso sí, soy una fracasada.

Rosario conocía de sobra a Carmen y jamás la había respetado; siempre miraba con lástima a Lucía, entendiendo bien que sufría bajo el dominio de su madre.

Mira, Lucía, deja de preocuparte y de llorar. Eres una mujer adulta y tienes que empezar a cuidar de ti misma.

¿Mujer adulta? ¿Yo? A mí nunca me han querido, no le sirvo a nadie

Escúchame, tienes que mudarte cuanto antes. Deja a tu madre dijo Rosario. Lucía la miró asustada.

¿A dónde voy yo? Con mi sueldo no llego a alquilar nada. Y encima mi madre se va a enfadar, espera que le dé el dinero de las vacaciones; solo he salido corriendo por cómo se puso conmigo…

Entonces, ¿te llevaste el dinero? Pues no te preocupes por Carmen, tiene suficiente y siempre se las apaña. Piensa en ti. Te ofrezco quedarte en mi casa de campo cerca de Segovia. Mi marido, que en paz descanse, la construyó con sus manos pensando en envejecer allí El caso es que ahora está vacía y no te voy a cobrar nada.

¿De verdad te fías de dejarme tu casa? preguntó Lucía.

¡Claro que sí! Te conozco de toda la vida. Siéntate, que traigo las llaves y te apunto la dirección y mi número.

Lucía fue a la estación, compró billete de tren y ya estaba sentada junto a la ventana, observando a los pasajeros. Miraba desde el andén cómo la gente iba y venía. Jamás había salido sola a ningún sitio fuera de Madrid. Nadie le prestaba atención y, cuando logró calmarse, empezó a disfrutar del paisaje cambiante. Se bajó en la parada indicada y caminó hasta la casa de campo. Con la llave abrió la puerta y entró.

La envolvió el silencio absoluto: se sentó en un viejo sillón, mirando a su alrededor.

¡Qué paz! Qué maravilloso es estar solo, este mundo de libertad y silencio desconocido pensaba.

Por primera vez no tenía a Carmen encima, ni sus comentarios sarcásticos. Vio el mando de la tele y la encendió. Pasaba un programa de tertulia, esos que su madre nunca le dejaba ver, cambiando siempre a sus concursos favoritos sin pensar en lo que quería Lucía.

Si eres un desastre, esas cosas solo te gustan a ti le solía decir Carmen, y si Lucía quería replicar, empezaba a insultarla.

Lucía jamás se atrevió a responder con dureza; cada vez agachaba la cabeza más, sintiéndose cada vez peor, sin atreverse siquiera a enfrentarse a su madre.

Revisó la casa, puso en marcha el frigorífico y guardó la bolsita de croquetas, algo de queso y yogures que había comprado en el supermercado de la estación antes de subir al tren.

Lucía cocinó las croquetas, comió y por fin se tranquilizó.

¡Qué bien se está solo! pensó, feliz.

Al rato, sonó el teléfono: era Carmen.

¿Así que te has escapado? Te vi con Rosario en el banco. Ya verás, vuelve cuando te aburras. Anda, confía en extraños Nadie va a ayudarte, porque eres inútil y no puedes valerte por ti misma. Sin mí no eres nadie…

Lucía colgó enseguida, sabía que venía una retahíla de insultos. Para sorpresa suya, ni siquiera se sintió mal. Por la tarde la llamó Rosario.

Lucía, ¿estás cómoda allí? ¿Has tenido tiempo de instalarte?

Sí, mil gracias Rosario.

Mañana irá mi sobrino Esteban. Llevará tus cosas.

¿Mis cosas?

Tu madre dejó una bolsa grande con tus cosas y me dijo: Si te llevas a mi hija, llévate también sus cosas.

Vale, ¿cómo reconozco a Esteban?

Llegará en coche y conoce bien la casa. Es alto y lleva gafas.

¿Seguro que no es molestia?

Lucía, deja de hacerte preguntas. Empieza a hacer tu vida y ante todo, quiérete. Ponte guapa, compra ropa nueva. En el fondo eres bonita, solo te has dejado. ¡Cuídate!

El rocío brillaba sobre la hierba, ladraba algún perro a lo lejos, cantaban los pájaros.
Lucía pensó en las palabras de Rosario y se acercó al espejo.

La verdad es que, si lo miro bien, tengo los ojos bonitos, aunque tristes, y el pelo es bastante fuerte. Solo que siempre me hago el moño como las señoras mayores. Tengo que adelgazar, igual mamá tenía razón.

Durmió profundamente en su nueva habitación, sin despertar ni una sola vez. Al abrir los ojos por la mañana, la luz entraba por la cortina; el sol brillaba fuera, la hierba cubierta de rocío; a lo lejos ladraba un perro y las aves cantaban.

Qué maravilla, qué día tan hermoso pensó Lucía, desperezándose.

En la terraza desayunó café que encontró en la alacena. Miró la televisión y empezó a rondarle la idea de buscar trabajo en otro sitio y mudarse a un piso propio; aquello estaba demasiado lejos de la ciudad. No pensó ni una sola vez en Carmen. Su corazón latía emocionado, esperando una nueva vida.

Por fin voy a vivir por mi cuenta, sin depender de mi madre sus pensamientos se vieron interrumpidos por un golpe en la puerta.

¿Quién será? se sobresaltó y abrió con prudencia.

Detrás estaba un hombre alto, con gafas y una bolsa grande en la mano.

Hola sonrió el hombre, amable, soy Esteban. ¿Lucía?

Sí, claro, pasa contestó Lucía, apartándose.

Mi tía Rosario me pidió que te traiga tus pertenencias y te ayude si lo necesitas. Si tienes que ir a algún sitio, tengo mi coche aparcado fuera. No seas tímida, Lucía. Mi tía ya me comentó tu historia perdona, pero sé lo que has pasado.

Así fue como Lucía conoció a su futuro marido. Esteban se enamoró enseguida, más aún después de un primer matrimonio fallido. Lucía también se enamoró y, de repente, desaparecieron las inseguridades: se volvió decidida, cambió su mirada por una sonrisa llena de vida. Adelgazó, quiso verse guapa para él. Acudió al salón de belleza y el cambio fue increíble; ella misma jamás pensó que podría transformarse tanto.

¿De verdad soy yo? decía Lucía, viendo su reflejo y esbozando por fin una sonrisa sincera; sus ojos brillaban.

Esteban la llevó con él a Madrid.

Lucía, siempre soñé con una mujer como tú: amable, honesta y atenta. No hace falta complicarnos la vida, ya no somos unos niños. ¿Te casas conmigo?

Lucía aceptó, comprendiendo que había tenido mucha suerte al encontrarle; además, se parecían en muchas cosas. La boda fue pequeña y sencilla, pero invitaron a Carmen. Por supuesto, Carmen no pudo evitar sus sarcasmos en la mesa, pero Rosario la paró con firmeza. Carmen se levantó y se marchó temprano. Nadie la echó en falta; Lucía ni se preocupó.

La familia de Esteban pronto tomó cariño a Lucía. Él la miraba con devoción, pensando:

Antes o después, la felicidad siempre le llega a la gente; nos ha llegado a nosotros, Lucía y a mí.

Poco tiempo después, Lucía se quedó embarazada, doblemente feliz. Aunque su felicidad llegó tarde, era auténtica. Olvidó su antigua vida, esa existencia gris bajo el control de Carmen, y encontró fuerzas para cambiar. No solo era más atractiva por fuera, también brillaba por dentro, porque por fin supo quererse y amar a Esteban.

Gracias por leerme, por seguirme y por vuestro apoyo. ¡Os deseo lo mejor!

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MagistrUm
Rompiendo el yugo materno: La historia de Varvara, una mujer tímida de treinta y cinco años, controlada por una madre dominante, que nunca ha conocido el amor ni la independencia, hasta que una oportunidad inesperada y el apoyo de una vecina cambian su vida en la tranquilidad de una casa rural; allí, lejos del control materno, Varvara descubre el valor de la autoestima, se transforma física y emocionalmente, encuentra el amor verdadero con Esteban y, por fin, la felicidad y libertad que nunca pensó alcanzar.