**Rivales de la infancia: la historia de una Esperanza**
Javier salió al porche de la casa de sus padres, respiró el aire cálido del atardecer en el pueblo y se sentó en el viejo banco de madera que crujió bajo su peso, como en los viejos tiempos. Al cabo de unos minutos, se acercó tranquilamente Diego. Era ese amigo con el que había crecido codo con codo, pero muchos años atrás, algo se torció entre ellos.
—¿Qué tal, cómo te va? —preguntó Diego, dándole una palmada en el hombro con camaradería.
—Pues normal —asintió Javier—. Trabajando, me compré un piso en la ciudad.
—No está mal —dijo Diego, aprobando con la cabeza—. Siempre fuiste el listo. No como yo…
—¡Anda ya! —soltó una risa Javier—. Mis padres me lo contaron, que tienes la mejor casa del pueblo. Dicen que los vecinos te toman como ejemplo.
—Tú tampoco vas mal, con tu piso. No es menos que lo que yo construí.
Se rieron. Y entonces, como por costumbre antigua, se fueron a casa de Diego. Sacaron pan, huevos, chorizo. Pusieron una botella de orujo. Se echaron un trago, haciendo muecas ambos—no eran de beber mucho.
De pronto, Diego dijo:
—Oye… ¿Sabes algo de Esperanza?
Javier se tensó:
—¿Qué pasa?
—Se casó. Con uno… de un pueblo cercano. Ahora da clases en nuestra antigua escuela.
—¿Esperanza? —repitió Javier, sintiendo un tirón en el pecho—. No lo sabía…
—Yo tampoco me lo creí al principio. Pensé que se me pasaría… Pero estuve tres días en el tractor y no se me fue. ¿Entiendes?
Volvió a servirse. Bebieron y luego se quedaron callados, mirando cada uno su taza de café.
De repente, levantaron la mirada y se echaron a reír a carcajadas, como cuando eran niños. Hasta que les dolían los costados y salían lágrimas.
—Y así terminó —se secó los ojos Diego—. Tantos años por ella… y al final, así resultó.
—Sí —asintió Javier—. Nos pasamos la vida compitiendo. Quién era mejor, quién aguantaba más, quién destacaba más. Y ella, zas, se fue con otro.
—Bien por ella —dijo Diego, inesperadamente—. Eligió a su manera. Aunque nosotros nos esforzamos…
—Claro —reflexionó Javier—. Pero no fue en vano. Tú levantaste una casa, yo dirijo un servicio en el hospital. Los dos hemos valido para algo.
—¡Exacto! —se animó Diego—. Tenemos veintinueve. ¡La vida acaba de empezar!
—Aunque tú empezaste primero —recordó Javier.
—Puede. Pero tú seguiste. Listillo de mierda.
—Entonces, tampoco fui menos tonto. Los dos lo fuimos —sonrió Javier.
—¿Te acuerdas cuando, después del cole, se sentaba en el banco y nos miraba a los dos igual? Ni a ti ni a mí… a ninguno.
Volvieron a callar. Recordando.
Con Diego, Javier se conocía desde la cuna —nacieron casi el mismo día. Crecieron juntos, vivían separados solo por una valla. Jugaban, estudiaban en el mismo colegio, compartían pupitre. Hasta los quince fueron inseparables.
Hasta que llegó Esperanza.
Parecía que en un verano se había hecho mayor. Dejó de ser la niña que iba en bici y se convirtió en una chica esbelta, con una larga trenza castaña. Y todo cambió. Los amigos se volvieron rivales.
Diego se inclinaba por la maquinaria, arreglando el tractor de su padre. Javier prefería los libros y los animales. Uno se metió en el campo, el otro en el laboratorio.
Y Esperanza los miraba a los dos con esa mirada que te hacía perder el ritmo del corazón.
Después del instituto, Javier se fue a estudiar a la ciudad, y Diego entró en una cuadrilla. Esperanza se apuntó a la universidad a distancia y aparecía a veces con uno, a veces con otro. Traía noticias: quién ganaba más, quién tenía mejor beca. Pero no se quedó con ninguno.
Ni el servicio militar los reconcilió. Se hicieron hombres, cada uno a su manera. Diego construyó una casa, compró el primer coche del pueblo. Javier se hizo médico, defendió su tesis. Y aun así, ambos seguían solteros. Ambos seguían solos. Ambos seguían guardando dentro el recuerdo de aquella chica de trenza castaña.
Y ahora, aquí estaban, en la cocina, cansados, con la mirada gastada por los años… y riéndose. Con amargura, pero también con luz.
—Al menos está bien que se haya casado —dijo al fin Javier—. En serio. Quizá ese tipo sí la quiere de verdad.
—Quizá… —respondió Diego en voz baja—. Ojalá que la quiera. Si no… Habría sido todo en vano.
Callaron un momento. Luego, Diego golpeó la mesa:
—¿Sabes qué? Brindemos. Por ella. Por nosotros. Porque la vida sigue.
—Vale —sonrió Javier—. Porque seguimos aquí. Y no somos enemigos.
Diego sirvió la última ronda.
—Por Esperanza.
—Por Esperanza.
Las copas chocaron. Y fuera, el atardecer daba paso a la noche. Sobre el viejo banco, se recortaban dos siluetas—ni niños ni viejos. Solo dos personas a quienes la vida unió una vez y nunca separó.
Y Esperanza… Bueno, que sea feliz. Se lo merece.






