Rita caminaba con paso decidido por la calle, bajo una pertinaz llovizna de invierno madrileño, rumbo al piso de su amiga Paloma. Había prometido regar las plantas y alimentar a la tortuga de Paloma, mientras ella y su marido disfrutaban de unas vacaciones en la Sierra de Guadarrama. Sola durante las fiestas, Rita sentía el peso de la tristeza en el pecho.
Metió la llave que Paloma le había dejado y giró el bombín. Al cruzar el umbral del portal, un resplandor la deslumbró. Toda la casa lucía encendida: las luces chisporroteaban en el árbol de Navidad, las guirnaldas refulgían, y la televisión rugía sin piedad. Pero, del baño, llegaban además ruidos inesperados.
Rita, conteniendo la respiración, giró el pomo, y su asombro la dejó paralizada.
Apenas hacía cinco días que Paloma y su marido se habían ido a la montaña. Su piso estaba en la misma manzana que el de Rita, solo que en otro bloque. Antes de irse, Paloma, con la confianza de la amiga más responsable, le encargó aquellas sencillas tareas.
Todo parecía tan simple… hasta que, una semana antes de Nochevieja, Nacho, su novio de dos años, le soltó la noticia en plena cena: estaba enamorado de otra. Para colmo, esa “otra” ya estaba embarazada de cuatro meses. Nacho aseguraba que, como hombre de honor castellano, debía casarse con ella.
“¿Y yo? ¿Qué hago yo ahora?”, preguntó Rita, balbuceando.
Nacho, imperturbable, terminó su tortilla, se limpió las comisuras con la servilleta y, con voz resignada, dijo:
Tú… No lo tomes a mal. Sabes tan bien como yo que lo nuestro hace tiempo que huele a humedad. Mejor que te libra de mí.
Sin esperar réplica, comenzó a recoger sus pertenencias, como si la cosa no tuviera la mayor importancia.
Rita se entregó al desconsuelo durante cuatro días, sin salir de su apartamento. Solo el café le mantenía en pie. Fue entonces cuando Lourdes, otra amiga, la visitó y comprendió al instante que Rita llevaba todo ese tiempo sin probar bocado.
El plan inicial era cenar las tres juntas en un restaurante ya reservado. Ahora Nacho acudiría con su nueva esposa. Rita prefería mil veces pasear sola por la ciudad antes que soportar la compasión de sus padres, a quienes Nuria, la madre de Rita, nunca les cayó en gracia Nacho.
Aquella Nochevieja, Rita se aferraba una vez más a la esperanza de un milagro. ¿Por qué? Quizá porque, como todos, cada fin de año soñaba secretamente con algún pequeño prodigio.
La tarde fue deslizándose hacia la noche. Nada ocurría. Rita miró la caja envuelta donde aún guardaba el regalo que nunca llegó a darle a Nacho: un jersey grueso de lana azul, caro y demasiado grande para ella. Se lo probó, pero le caía tan ancho como sus pensamientos. Lo volvió a guardar y se prometió no llorar más, delineó sus ojos frente al espejo, y salió bajo la lluvia.
Le quedaba hora y media para la medianoche. Entró en un colmado a comprar algo y, al meter la mano en el bolsillo, apareció el papel con los encargos de Paloma. ¡La tortuga! Con el ajetreo lo había olvidado completamente.
“Si algo le pasa a la tortuga, Paloma me mata”, se recriminó. El deber por encima de todo.
Rápido se dirigió al piso de Paloma. Al abrir la puerta y encontrarse la casa iluminada y animada, el corazón se le detuvo. De pronto, esos sonidos extraños desde el baño la inquietaron aún más. Temblorosa, empujó la puerta.
Allí, ante el espejo, un hombre desconocido se afeitaba, tarareando una canción de Sabina. Su primera reacción fue de puro pánico: ¿un intruso? Pero, ¿qué clase de ladrón se afeita tranquilamente?
¿Quién es usted? espetó Rita, procurando sonar segura.
El hombre, calmado, se retiró la espuma y sonrió afable:
No se asuste, por favor. Soy Álvaro, primo hermano de Paloma. Trabajo en Barcelona, pero he venido por motivos de trabajo y me quedé tirado en Madrid. Menos mal que tengo copia de la llave del piso de mi prima. Hablé con ella y me permitió alojarme unos días.
¿Ha visto la tortuga? ¿Sabe si ha comido? preguntó Rita, aún desconfiada.
La he visto y, tranquila, le he echado comida. Me parece que ahora está explorando detrás del sofá, respondió Álvaro, vistiéndose una camisa planchada.
Por cierto, soy Álvaro, encantado, se presentó tendiéndole la mano.
Rita, musitó ella, apretando débilmente.
Álvaro le propuso entonces, con una sonrisa cálida:
¿Nos tomamos una copa? Quedan apenas diez minutos para entrar en el año nuevo.
De pronto, Rita se sobresaltó. Sin dar explicación, salió disparada escaleras abajo hasta su piso, cogió el paquete azul de lana y regresó corriendo, justo cuando daban las campanadas de medianoche. La puerta seguía abierta.
Álvaro le ofreció una copa de cava, y Rita le entregó el paquete.
Para ti. ¡Feliz Año Nuevo!
Álvaro sonrió, asombrado al ver el jersey, y al probárselo comprobó que le sentaba perfecto, incluso de hombros. “He tenido muchas sorpresas en Nochevieja, pero como esta, ninguna”, fue lo primero que dijo, sin dejar de sonreír.
Rita, por dentro, pensaba: “Yo he tenido dos: la ruptura con Nacho y haber conocido a Álvaro”. Pero no dijo nada, solo sonrió.
Al año siguiente, Rita, Álvaro y su pequeña hija celebraron juntos la Nochevieja en su casa, en pleno corazón de Madrid.




