Yo, Ricardo, tengo diecisiete años y mi madre, Doña Inés, ya cuenta sesenta. En el instituto los compañeros no dejaban de burlarse de mí, llamándome el hijo de una vieja, porque ellos veían a sus padres con apenas treinta años. En la cultura española se suele pensar que los hijos deben nacer de padres jóvenes, no solo por la fisiología sino por lo que dicta la sociedad.
Una tarde, cuando los demás alumnos fueron recibidos por sus padres guapos y recién casados, mi abuela, Doña Carmen, llegó cojeando para recogerme. Yo sentía una vergüenza inmensa, y todo el momento se volvió incómodo. No pasó mucho tiempo antes de que, harto de las risas y los mirones, escapara de casa y pasara varias semanas fuera.
Inés me llamaba sin cesar, rogándome que volviera y que dejara ese comportamiento. Yo, sin embargo, creía que me había herido profundamente y que me había despreciado.
Un día, al regresar al piso en el que vivíamos en el centro de Madrid, descubrí que mi madre no estaba. La vecina de al lado me dijo que Inés había sufrido un infarto y que estaba ingresada en el Hospital Clínico San Carlos, asegurando que todo era por mi culpa. Yo no le había hecho nada malo; solo quería que volviera a casa.
Una fría mañana de enero, Inés halló en una papelera un bebé envuelto en una manta. Sin pensarlo dos veces lo adoptó y lo crió como si fuera su propio hijo. Mientras tanto, el resto de la familia dejó que el niño muriera allí, pero Inés le dedicó toda su vida, envejeciendo rápidamente mientras yo seguía siendo un adolescente.
El niño, al ver la forma en que su madre había sacrificado todo por él, se sintió avergonzado por su propio comportamiento. Corrió al hospital, lloró desconsolado, cayó de rodillas, besó las manos de Inés y le suplicó perdón. Ella, como madre, le perdonó al instante, porque al fin y al cabo él era su hijo.







