Querido diario,
Hoy vuelvo a sentir la vergüenza que siempre me acompañó por culpa de mi madre. En el instituto mis compañeros no dejan de reírse y me llaman hijo de la viejita porque, a sus ojos, mi madre ya parece una anciana. En nuestra sociedad se espera que los hijos nazcan cuando los padres son jóvenes, no solo por motivos biológicos sino también por la presión social.
Yo apenas tengo diecisiete años y mi madre, Carmen, ya supera los sesenta. Cada vez que algún grupo de alumnos comenta al pasar, siento que el calor me sube a la cara. Incluso cuando fuimos a recoger a los niños más pequeños a la escuela, mi madre no vino; fue mi abuela, una mujer que ya cojea, la que nos esperó en la puerta. Me avergonzó tanto que todavía me revuelve el estómago al recordarlo.
En más de una ocasión huí de casa y pasé semanas fuera de la ciudad. Mi hermana menor, Inés, me suplicaba una y otra vez que volviera a la normalidad, que dejara de comportarme así. Yo, sin embargo, creía que me había herido profundamente y que me había despreciado.
Un día llegué al piso y descubrí que mi madre no estaba. La vecina, Doña Pilar, me informó con voz temblorosa que Inés había sufrido un infarto y estaba ingresada en el Hospital Universitario La Paz. Según ella, todo era culpa mía; ella no había hecho nada malo, pero yo sentía que mi culpa era tan pesada como una losa.
En una fría mañana de enero, mientras buscaba entre la basura del contenedor del barrio, encontré una pequeña muñeca rota. La llevé a casa y, sin pensarlo mucho, la adopté como si fuera mi propio hijo. La familia de Ricardo, el niño que había encontrado, lo dejó morir allí, mientras Inés dedicó su vida a él. Por eso, cuando yo ya era adolescente, ella ya estaba muy cansada y arrugada.
Ahora, al recordarlo, me duele el corazón. Corrí al hospital, caí de rodillas junto a la cama de mi madre, le besé las manos temblorosas y le supliqué perdón. Carmen, con lágrimas en los ojos, me perdonó al instante; al fin y al cabo, yo era su hijo.
Así concluyo otro día cargado de recuerdos y de un dolor que aún no se cura. Quizá algún día logre aceptar que la edad no define el amor ni el respeto que merecemos.
Hasta mañana.





