Diario de Miguel, 17 de febrero
Siempre he tenido la sospecha, quizá absurda, de que mi mujer podría llegar a engañarme. Así pues, sentí que debía hacer algo al respecto, y lo que descubrí me dejó perplejo.
Manuel, ¿no vas a llegar tarde? me preguntó Lucía mientras yo hablaba por teléfono. Tu vuelo a Barcelona sale en dos horas.
¿No te lo he dicho? le respondí, mirándola como si no entendiese nada. Han aplazado la reunión. Seguramente iré dentro de unos días.
Ya veo contestó ella, y acto seguido fue corriendo a la cocina, cogiendo el móvil disimuladamente. En un instante vi cómo escribía un mensaje y luego regresó como si nada al salón. Esa actitud no hizo más que avivar mis sospechas. Lucía siempre me ha dejado salir con los amigos o hacer viajes de negocios sin poner pega alguna. Tampoco le preocupa si vuelvo un poco contentillo de vez en cuando. Mis amigos dicen a coro que no se encuentran mujeres así, que no hay trampa posible. Sin embargo, la duda no me dejaba descansar.
Yo le saco ocho años a Lucía. ¿Y si conoce a un hombre más joven, alguien que le despierte otra ilusión?
Por suerte, siempre he tenido las cosas claras y preferí guardar mis sospechas para mí. Acusar sin pruebas sería ruin. Pero necesitaba estar seguro. No se me ocurrió mejor idea que instalar cámaras en casa mientras viajaba por trabajo.
Salí rumbo a Madrid para un congreso, bastante malhumorado, la verdad. Lucía hasta se preocupó por mi estado, y estuvo a punto de ofrecerme unas pastillas para relajarme. Ese pequeño gesto suyo me tranquilizó y hasta llegué a pensar que quizás todo estaba bien.
Durante el viaje, ni siquiera me apetecía revisar los vídeos de las cámaras; apenas tenía tiempo. Por la noche, abría el portátil, veía unos cinco minutos y lo cerraba rápidamente, alejándolo de mí, queriendo ahuyentar la tentación de seguir mirando.
Al regresar a casa, después del viaje, aproveché que Lucía se iba a trabajar para revisar bien las grabaciones. Aún me resistía, pero sentía la necesidad de saber la verdad.
Abrí el portátil y puse las grabaciones. Al principio todo era rutina: Lucía se levantaba, desayunaba y limpiaba el piso. Más tarde, la vi, ataviada únicamente con mis pantalones cortos y una camiseta enorme, sentada frente al ordenador jugando. Se oían voces de otros jugadores al otro lado de la pantalla. Al parecer, Lucía tenía verdadera pasión por los videojuegos online.
Desde luego, esto tampoco es lo ideal reflexioné. Pero, al final, cada uno tiene sus aficiones.
Vi el resto de los vídeos aceleradamente, pero no descubrí nada extraño. Solo el ordenador y las tareas del día a día. Sobre todo, ni rastro de otro hombre en mi casa ese tiempo.
Cerré el portátil y suspiré profundamente. Lo que sentí fue culpa, culpa por dudar de Lucía, por haber llegado tan lejos. Así que decidí compensar mi torpeza y fui a comprarle un gran ramo de rosas rojas y preparar una cena especial.
Eso sí: decidí dejar las cámaras por si acaso… Sin saber realmente que aún me quedaba mucho por aprender.
Hoy he entendido que los celos y la desconfianza sólo generan distancias. Debemos aprender a confiar en quien amamos y no dejar que las inseguridades arruinen la tranquilidad que nos brinda cada día.







