Revelación

**Iluminación**

—Ale. —Carlota entró en la habitación con las manos a la espalda. Una sonrisa misteriosa iluminaba su rostro, y sus ojos brillaban de felicidad.

Alejandro también sonrió, imaginando una buena noticia o quizá un regalo.

—¿Qué escondes? —Se inclinó hacia adelante desde el sofá, curioso—. No me tengas en ascuas, muéstrame.

—Mira. —Carlota extendió la mano, mostrando un pequeño objeto sobre su palma. Alejandro aún no distinguía qué era, pero su sonrisa ya no era tan radiante.

—¿Qué es eso? —Preguntó, retrocediendo contra el respaldo del sofá como si intentara alejarse del «regalo».

—¡Mira bien! —Carlota dio un paso hacia él, sosteniendo el objeto—. Estoy embarazada. —No pudo contenerse—. ¡Es un niño! Lo siento.

La voz le temblaba de emoción.

*Embarazada.* La palabra resonó en la mente de Alejandro. Su sonrisa desapareció. La miró con temor, como si ya no fuera la misma Carlota.

La alegría de ella también se apagó, como las luces de un teatro antes de la función. Cerró el puño alrededor del test de embarazo y bajó lentamente la mano.

—¿No te alegras? —Ahora el temblor en su voz no era de felicidad, sino de lágrimas contenidas.

—Cariño, habíamos hablado de esperar —dijo él, recuperando el tono—. ¿Dejaste de tomar las pastillas?

—Se me olvidó una vez, y luego… —Carlota se sentó a su lado, pero él se apartó, como si temiera contagiarse.

—¿En qué estabas pensando? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿De verdad quieres cambiar pañales y pasar noches en vela? Tú misma aún eres una niña. —Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro.

—Carlota, hablemos, no tomemos decisiones apresuradas…

—No voy a abortar. Ya está aquí. Sé que es un niño. Se parecerá a ti. —Sus ojos brillaban con lágrimas.

Las palabras de ella lo paralizaron. Carlota lo miró con una determinación desesperada. Una lágrima rodó por su mejilla.

—Escucha… —Alejandro la abrazó—. No quise reaccionar así. Perdóname. Ven aquí.

La atrajo hacia sí, sentándola en sus piernas.

—Mi tonta. Te quiero tanto. —Acarició su hombro—. No llores, por favor. No es bueno para el bebé.

—¿De verdad estás contento? —Ella se secó las lágrimas.

—Claro —mintió él, pensando en los nueve meses que quedaban. Todo podía pasar…

Pasaron las semanas sin cambios. Alejandro empezó a dudar. Quizá el test había fallado. Pero un mes después, Carlota comenzó con náuseas. Palideció, perdió peso, apenas comía.

Antes salían cada noche: cines, cenas, amigos. Ahora ella no quería moverse de casa, siempre fatigada. El olor a carne la mareaba. Alejandro se aburría. No estaba acostumbrado a encerrarse.

—Cariño, el sábado es el cumple de Rafa —dijo, casi esperando su rechazo.

—Ve tú. No aguantaría ni cinco minutos en una mesa —murmuró ella, dándole la espalda.

Alejandro se alegró. Esa noche bebió demasiado, rio, disfrutó de la libertad. Regresó tarde. Carlota seguía en la misma posición, vuelta hacia la pared.

Luego le creció la barriga. Dormía mal, buscando posturas, quejándose. Se volvió llorona, negándose a la intimidad. Su malestar crecía al ritmo de su vientre.

—¿Cuándo os vais a casar? —preguntó su madre durante una visita—. Ya es hora. No me entusiasma Carlota, pero bueno… ¿Tienen nombre para el niño?

—Andrés. Como su padre. Mamá, ¿bodas con barriga?

—Podéis firmar el papel. Te lo dije…

—¡Basta ya! No hay paz en ningún lado.

De camino a casa, entró en un bar. Apenas dormía cuando Carlota lo sacudió.

—Ale… ¡Despierta!

—¿Qué? —murmuró, sin abrir los ojos.

—Me duele… La espalda, la tripa… —Su voz era angustiada.

Alejandro se incorporó y vio su rostro contraído.

—¿Llamo a una ambulancia? —Buscó el móvil entre los vaqueros del suelo.

—No contestan. —Ella apretó los dientes.

—Vale. —Usó su teléfono, pero estaba descargado. Tomó el de Carlota—. Pide un taxi, yo te ayudo a vestirte.

En el recibidor, ella esperaba con un abrigo sobre el camisón. A sus pies, una bolsa abultada.

—¿Tienes los documentos? Vamos.

Bajaron lentamente. El taxi los esperaba.

—Al hospital, rápido —ordenó Alejandro.

Carlota jadeaba, sosteniendo su vientre. En el coche, parecía enorme.

—Aguanta, falta poco —murmuró él, ocultando su miedo.

En Urgencias, una enfermera somnolienta los atendió.

—Pasad, cariño —dijo a Carlota—. Tú, padre, vete a casa. Llama luego.

La puerta se cerró. Alejandro vio cómo se alejaba, encorvada.

—¡Carlota! —gritó, pero ella no se volvió.

Cuatro horas después, nació Andrés. Aturdido, Alejandro fue a casa de su madre.

—Enhorabuena, papá. Vamos a comprar lo necesario —dijo ella, resolutiva.

Llenaron medio coche. Esa noche, celebró con amigos, bebiendo sin control.

—¿Qué festejamos? —Una voz familiar lo sobresaltó. Unas manos suaves se posaron en sus hombros—. Hola, guapo.

—¿Natalia? —Se sorprendió, alegre.

—Cuidado, chicos. Acaba de ser padre. ¡Tres kilos y medio! Un campeón —rió un amigo, ofreciéndole champán.

Alejandro no recordó nada más. Despertó en una habitación desconocida, la cabeza explotándole.

—Despierta, papá —dijo Natalia, a su lado—. Te traje en coche.

—¿Estoy en tu casa? ¿Por qué estoy desnudo?

—No te preocupes, fuiste fiel —sonrió—. ¿Desayunas o te vas?

Se vistió rápidamente.

—Te esperaré —dijo ella, al cerrar la puerta.

Tres días después, Alejandro fue al hospital con flores, su madre y la suegra.

—Toma, padre —la enfermera le entregó un bulto. Esperaba un rostro sonrosado, pero vio una cara roja y arrugada entre los pañales. No sintió nada, solo rechazo.

En casa, el niño lloró sin parar. Las mujeres corrían alrededor de la cuna. Alejandro se sintió fuera de lugar.

Las noches fueron una tortura. Carlota, demacrada, meciéndolo sin cesar. Él dormía en el trabajo, soñando con descansar.

Llegó el otoño. Alejado del ajetreo, inhaló el olor a hojas mojadas. No quería volver. Un claxon lo sobresaltó.

—Sube —ordenó Natalia—. ¿Cansado de la paternidad?

—No dormimos —admitió.

—Ven a mi casa. Descansarás.

A la mañana siguiente, despertó renovado.

—Gracias, Carlota —dijo, devorando un café.

—De nada, pero soy Natalia.

—¿Te llamé así? —Se ruborizó—. Me voy.

Días después, volvió a su puertaY al mirar a Carlota sosteniendo a Andrés, con ese mismo brillo en los ojos que lo había enamorado, supo que, a pesar de todo, no había otro lugar al que pertenecer.

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