REMOLQUE

REMOLQUE.
Javier estaba agotado de tantas fiestas, de relaciones efímeras, de citas inacabables.
Por eso, cuando conoció a la sencilla, divertida y brillante Lucía, supo al instante: era ella.
Salieron a tomarse algo en un bar del centro, escucharon músicos callejeros en el Paseo del Prado, hablaron de sus logros laborales y de la pasión de Lucía por la poesía contemporánea.
Y en el momento en que descubrieron que ambos preferían la ensaladilla rusa con manzana, ya no había vuelta atrás: había que seguir adelante.
El escenario perfecto para que todo avanzara fue el piso de Lucía en Chamberí.
Ella lo invitó a cenar; Javier se puso su mejor camisa, se afeitó a conciencia, memorizó unos poemas rarísimos de los favoritos de Lucía, compró flores y una buena botella de Ribera del Duero.
Iba camino de la cita con un ánimo ligero, sintiéndose invencible.
Su confianza rayaba lo felino; seguro, coqueto, nada podía salir mal.
Todo estaba tan bien planeado que sólo una cosa no había previsto: Buenas noches, me llamo Esteban.
Mamá está en la ducha, pasad.
Javier se quedó de piedra.
Le miraba desde arriba una cara cuadrada, a medio camino entre la madurez y la infancia.
El dueño de aquel rostro le tendía una mano enorme, capaz de taparle toda la cabeza de un golpe.
En un principio Javier temió haberse equivocado de casa, pero cuando Esteban estornudó a carcajadas sujetándose la nariz, igual que hacía Lucía, la duda desapareció.
Su ánimo se precipitó, el vino empezó a agriarse y las flores parecían marchitarse en sus manos.
Entró en el piso y al ver las zapatillas de Esteban ahogó un suspiro: podría ponérselas encima de sus propios zapatos de vestir, y seguirían sobrando centímetros.
Lucía, por su parte, apenas le llegaba al hijo a la cintura.
A Javier le pasó fugazmente por la cabeza que sería maravilloso si las joyas crecieran igual: le das un anillo a una mujer y, diez años después, ya es una pulsera o unos pendientes.
Divagando así, siguió a la cocina, donde ya estaba puesta la mesa, y Esteban cambiaba cortinas sin ayuda de escalera.
Cinco minutos y salgo se escuchó la voz de Lucía desde el baño.
Cinco veces cinco minutos después, finalmente Lucía apareció, elegante en un vestido de noche y con el maquillaje impecable.
Al ver el gesto tenso de Javier, supo al instante el motivo, y la inquietud se le evaporó, llevándose de paso todo el aire romántico.
Sin decir palabra, sirvió comida para ambos, vertió vino, y empezó a cenar sin esperarle.
¿Por qué no dijiste que tenías un hijo?
logró preguntar Javier, dolido como si le hubieran mentido.
¿Te asusta el remolque?
Lucía esbozó una sonrisa herida.
Eso no es un remolque…
es un tren completo.
Es grande, sí.
Se parece a su padre.
El es de un pueblo perdido de Castilla, aún más alto que Esteban.
Cazaba jabalíes con las manos desnudas.
¿Y dónde está?…
preguntó Javier, sintiendo un nudo en la garganta.
De gira, con el mismísimo jabalí.
Nos dejó por el espectáculo.
De vez en cuando manda cartas.
Aunque a juzgar por la letra, parece que las escribe la bestia, que por cierto tiene más corazón.
¿Cuántos años tiene?
Javier hizo un gesto hacia el pasillo.
Catorce.
Acaba de recoger el DNI.
¿Por la fuerza?
Qué gracioso.
La cena prosiguió en un silencio incómodo, la conversación no fluía.
¿Me pasas más carne?
Javier alargó el plato.
¿Te gusta?
Sinceramente, jamás probé nada igual.
¿Qué es?
Carne de ciervo.
La cocina Esteban.
Madre mía, vaya talento.
Lo ha heredado de su padre, junto a un viejo libro de recetas, un juego de cuchillos, una caña de pescar, una barca y algún que otro trasto más.
¿La barca?
tragó saliva Javier.
Sí, está guardada en el trastero.
Bueno, a veces.
Mi hijo es un apasionado de la pesca.
En ese momento el móvil de Lucía vibró.
Se disculpó y fue a la habitación a contestar.
Mejor voy pensando en irme, pensó Javier.
Ya estaba claro que no pintaba nada allí.
Oye, Javi, una cosa…
Lucía reapareció algo nerviosa.
En el trabajo ha habido un lío tremendo.
¿Podrías quedarte un par de horitas con Esteban?
¿Yo?
¿Con Esteban?
¿Para qué?
Es menor, nunca se sabe qué puede pasar.
Hay cada personaje suelto por Madrid…
¿Temes que se lo lleven sin que te enteres?
Mira, cambió el tono te pago el tiempo que pierdas y el favor de hacer de canguro.
Después no te vuelvo a llamar.
¿Ok?
¿Y qué hago con él?
No sé, sois hombres, charlad de vuestras cosas.
Tengo que salir corriendo.
Javier no tuvo tiempo de contestar: Lucía ya se había ido, a toda prisa.
Él se quedó sentado en la cocina, vaciándose la batería del móvil, acabó la cena y el vino, y Lucía no regresaba.
Al llegar a la puerta de la habitación de Esteban, escuchó unos sonidos familiares.
No puede ser, pensó Javier y tocó.
Está abierto.
Javier empujó con cautela la puerta.
Lo primero que vio fue una gran diana de madera con cuchillos y flechas clavados.
No había ni un agujero en la pared: el chico era certero.
Sobre la mesa, un tocadiscos, y de un altavoz sonaba suavemente Iron Maiden, su grupo favorito.
Esteban estaba en la esquina, liando aparejos de pesca.
Siguió curioseando la habitación: copas de trofeos en el armario, un saco de boxeo colgando del techo, y junto a la tele, una consola nueva.
Te trata bien tu madre, eh silbó Javier con envidia.
No sólo Esteban soñaba con esa habitación; él también.
Trabajo en verano respondió el chaval, y Javier sintió vergüenza.
Había imaginado a Lucía persiguiendo fondos interminables y el chico, resulta, era totalmente autosuficiente.
¿Tienes un cargador?
Javier enseñó el móvil.
Está junto al tren, dijo Esteban señalando.
¿El tren…?
balbuceó Javier, hasta que vio un circuito de tren eléctrico a escala.
Se quedó boquiabierto.
¿Lo has hecho tú?
preguntó sin aliento.
Sí.
Poco a poco compro piezas.
Quiero montar un segundo nivel con puentes.
Me han llegado unas vías nuevas pero aún no las he colocado.
Javier sintió un calor recorriéndole la cabeza y el pecho.
¿Puedo dar una vuelta al tren?
pidió bajito.
Claro, Esteban se levantó como un gigante y cruzó la habitación de un paso.
***
Lucía volvió a casa una hora después.
Convencida de que Javier habría huido, fue directa al cuarto de su hijo y se encontró a ambos montando el circuito ferroviario.
A simple vista ni siquiera se distinguía quién era adulto y quién adolescente.
Javier, ya es hora de marchar, susurró Lucía desde la puerta.
Maaadre…
Ay, perdón, saltó Javier del suelo.
¿Qué hora es?
Son las diez y media, bostezó agotada Lucía.
Mañana madrugo otra vez por el lío del trabajo.
Necesito dormir.
Acompañó a Javier hasta la puerta, le besó en la mejilla y le tendió unos billetes de euros.
No acepto dinero de mujeres, la miró Javier con un deje de dignidad.
Como prefieras.
Gracias por cuidar de mi remolque.
Sonrió escuetamente y se marchó.
***
Hola, oye, ¿puedo pasarme otra vez por tu casa?
llamó Javier a los pocos días.
Mira, ahora en el trabajo estoy saturada; no tengo tiempo ni para respirar.
Y la última vez…
¿Pero puedo ir a ver a Esteban?
¿A Esteban?
Lucía dudó.
Sí.
Igual necesita compañía, jugar un poco…
Bueno, no sé…
Tendré que preguntarle.
Ya le he escrito.
No le importa.
Además, le he comprado un juego nuevo para la Xbox.
Nos vamos a quedar tranquilos y tú puedes trabajar a gusto.
Bueno…
vale, vente hoy.
Esa tarde, Javier entró con otro aire: sin camisa de gala, ni perfume ni vino.
Sólo una camiseta negra con su grupo favorito, una mochila repleta de patatas fritas y refrescos, y esa sonrisa de niño travieso.
Portaos bien, que tengo videollamada en breve y va para largo, Lucía los recibió en bata, con mascarilla facial y un olor intenso a cebolla por toda la casa.
Javier asintió y fue al cuarto de Esteban.
Esa noche, Lucía casi tuvo que separarlos de pura fuerza; discutían sobre Amenábar y Guy Ritchie como si dependiera de ello su vida.
Ninguno daba su brazo a torcer y ya planeaban un maratón de seis horas para ver quién tenía razón, pero Lucía, más práctica, los despachó con humor asegurando que ambos tenían pésimo gusto.
El sábado no te olvides de comprar cebo gritó Esteban desde su cuarto.
¿Qué cebo?
interrogó Lucía a Javier con la ceja arqueada.
Vamos a por lucios.
Le dije a Esteban que hay una tienda por mi barrio con cebo especial.
¡Hace mil años que no pescaba!
Vaya, sois uña y carne.
¿No querrás pasar también algo de tiempo conmigo?
Puedes venir, y encargarte de los bocadillos.
Claro, como si no tuviera nada mejor que hacer…
Venga, id a pescar sonrió Lucía empujando a Javier hacia la puerta.
Por lo menos, que el niño se entretenga.
***
Pasó un mes.
Lucía se volcó en el trabajo, incapaz de permitirse ningún desliz romántico.
Mientras, Javier y Esteban aprovecharon el tiempo: terminaron el circuito de trenes, fueron a por cangrejos, y hasta prepararon un barril de sidra siguiendo una receta vieja del libro heredado.
Esteban enseñó a Javier a orientarse en el monte, y Javier, por su parte, explicó al chaval los entresijos del cortejo y hasta le ayudó a invitar a una chica de su clase al cine.
Todo iba en calma, hasta que una noche alguien aporreó la puerta, haciendo temblar las lámparas.
Lucía abrió, y un intenso olor a carne de jabalí invadió el recibidor.
Era su exmarido y padre de Esteban.
Lo he entendido todo, dijo arrodillándose.
Incluso así, le sacaba una cabeza a Lucía.
Potro y yo queremos una vida tranquila.
He ahorrado algo de dinero, y quiero llevaros a nuestro pueblo.
Viviremos felices.
Tú dejarás el trabajo.
Mi hijo y yo cazaremos y pescaremos juntos.
¡Vaya gracia!
Diez años después y lo entiendes ahora.
¿Se ha animado también tu jabalí a volver?
No…
El muy listo firmó un contrato con una productora de cine y se fue por su cuenta, rezongó el hombre.
Ya veo, cruzó los brazos Lucía.
Vamos, que te han dejado tirado.
¡Eso da igual!
Lo importante es que…
Se interrumpió porque Javier salió al pasillo con una camiseta de Lucía.
Lucía, he cogido tu camiseta, es que la mía la he manchado pintando el tren con Esteban…
¿Aquí va a terminar alguna frase alguien?
preguntó Lucía, mirando a los hombres uno tras otro.
¿Y tú quién eres?
el exmarido alzó su puño enorme hacia la cabeza de Javier.
Él es…
él es…
Lucía tartamudeó.
En ese momento salió Esteban, sujetó el brazo de su padre con agilidad y lo inmovilizó contra la pared.
¡Es el remolque!
gruñó Esteban.
¡Esteban, hijo!
¡Soy yo, tu padre!
¿Qué remolque ni qué niño muerto?
se agitó el hombre.
Uno que nos ayuda a llevar el peso que nos dejaste, susurró Esteban.
Pero si yo nunca os dejé nada…
dijo el ex.
Y por primera vez captó lo que acababa de decir.
Javier y Lucía, refugiados en una esquina, observaban la escena como si presenciaran el duelo de dos titanes.
Bueno, vale, calma, gimió el padre, y Esteban aflojó la presa.
Bien hecho, hijo; de mayor irás a por jabalíes masajeaba el brazo el exmarido.
Al fin y al cabo, ¿puedo salir siquiera mañana a cazar con mi hijo?
Quiero hablar, recuperar algo de tiempo.
Al fin y al cabo, sigo siendo su padre…
Lucía dudó, mirando alternativamente al ex y a Javier, incapaz de dar una respuesta.
Comprendo, asintió Javier, tímido, y se marchó.
Perdona…
***
Al día siguiente, el padre y el hijo salieron temprano y Esteban regresó solo, ya de noche.
¿Y papá?
preguntó Lucía, inquieta.
Se ha ido respondió él, descalzándose.
¿Cómo que se ha ido?
¿Así, sin más?
No exactamente negó Esteban.
Se fue con el jabalí.
Lo metió en un remolque y se fue a entrenar.
Ha encontrado un nuevo compañero para sus espectáculos.
Me dejó en la ciudad y se perdió de vista.
Dios mío, qué tonta soy Lucía se dio una palmada en la frente.
Tengo que llamar a Javier, agarró el móvil.
No hace falta.
Me acompañó a casa.
Dijo que mañana vendrá.
Pero si te has dejado el teléfono aquí.
¿Cómo supo dónde recogerte?
Dijo que nos siguió para asegurarse de que estábamos bien los dos.
¿Así te lo dijo?
Sí.
Y que ya estaba enganchado a nuestro remolque y que dudo que algún día pueda soltarse.

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